Conversaciones y pensamiento crítico

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El otro día viajando con mi hijo en el metro londinense veo sin querer, en manos del viajero de al lado, el titular con fotos incluidas de un periódico que se reparte gratuitamente en las estaciones: “Recien nacida cambiada por otra en el hospital mientras la madre dormía”. Se lo enseño a mi hijo, él lee el titular – nuestros ojos no alcanzan para más – y luego él me comenta serio: “¡Qué tonterías más grandes ponen como noticias en los periódicos! Esto es para atontar a la gente…”

Pienso un poco y llego a la conclusión de que tiene razón. Porque si bien el hecho en sí es terrible y me pongo en el lugar de los padres, y sé que no me gustaría pasar por esta situación, en realidad ¿a qué o a quién ayuda que el hecho se haya publicado en el periódico? ¿Acaso el público lector puede sentirse mejor después de leerlo? ¿O puede hacer algo para que el hecho no se repita?

¿Realmente la “noticia” ayuda a algo o a alguien al estar publicada?

Así que vuelvo al comentario de mi hijo y me alegro de que haya desarrollado su espíritu crítico, su discernimiento. Quizá porque nosotros, como familia, hemos sido muy selectivos con los medios de comunicación y las informaciones y muy escépticos a la hora de creernos al pie de la letra todo lo que leemos. Solemos comentar muchas veces en familia las noticias que nos llaman la atención, y no necesariamente son las más importantes del día. Simplemente hablamos de forma libre y damos nuestras opiniones sin restricciones, sin objetivos educativos.

Y es que las conversaciones libres, sin prejuicios, tocando otros temas relacionados con el que ocasionó la conversación, son las que desarrollan el espíritu crítico de cualquier ser humano, tenga la edad que tenga. En sí, una conversación libre sobre cualquier tema, es ya lo que llamamos “educación” porque no sólo desarrolla el pensamiento crítico o las habilidades comunicativas y sociales, sino también la lógica, y asimismo el intercambio de informaciones en el curso de la misma.

Lo interesante es que los niños ya nacen con este espíritu crítico y esta sinceridad a la hora de valorar las cosas, las personas, los hechos – todos recordamos los comentarios honestos (y a veces deliciosos o embarazosos) de nuestros hijos durante la etapa de la infancia.

La conclusión es que nacemos equipados ya con un potente radar para evaluar las situaciones y los hechos, lo único que nos falta cuando nacemos es información sobre el mundo en el que hemos aterrizado, nos falta ubicarnos dentro de este mundo como personas con consciencia y libre albedrío para saber cómo usar nuestro radar. Para ello existen los adultos que nos cuidan cuando nacemos, para guiarnos y ayudarnos a no perder este maravilloso espíritu crítico y a garantizar nuestro libre albedrío, nuestro propio juicio – por muy equivocado que pueda estar al principio – construir nuestro propio sistema de valores, desarrollar en toda su potencia nuestro espíritu crítico, lleva años y necesitamos paciencia por parte de nuestros acompañantes-educadores, y aprender de los errores.

Hablar, conversar, intercambiar opiniones sin juzgar, pasar por experiencias vitales de todo tipo al lado de nuestras figuras de apego es lo mejor para el desarrollo nuestro como seres humanos.

Realmente no existen temas más importantes que otros, sino maneras de tratarlas. Importa mucho también saber sesgar lo que vemos y oímos, lo que asimilamos y la manera en la que nosotros, como adultos – seamos padres o maestros – pensamos, ya que, al hablar y al actuar, influimos enormemente en los niños.

En definitiva, lo que importa es hablar con nuestros hijos de igual a igual, respetar sus puntos de vista y amarlos tal y cómo son.

Sorina Oprean

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