“Educar es ayudarles a ser la mejor versión de sí mismos”, Dra. Mer Flores

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Hoy comenzamos esta serie,  titulada “Hay esperanza”, que esperamos sea larga, en la que queremos dar voz a los maestros y profesores que trabajan desde el amor a los alumnos, con respeto, con energía, y contribuyendo a transformar la educación para que atienda las necesidades de los niños y los prepare para el futuro. Comenzamos con la Doctora Mer Flores, profesora de Lengua y Literatura en un instituto de Educación Secundaria, un verdadero ejemplo de honestidad, sensibilidad, entrega y pasión por su trabajo. Personas como ella, en las aulas, son las que transforman el mundo en un lugar mejor.

 

 

Desde que empecé a ejercer como profesora de secundaria, me incomodaban ciertos hábitos y circunstancias que parecían instaurados en la práctica de otros compañeros y eran vistos como normales. Empecé siguiendo la corriente, claro, pero poco a poco empecé a hacer pequeños cambios en mi aula.

Luego fui madre, y eso le dio la vuelta a todo. Otros compañeros me cuentan que sufrieron un cambio similar. Después de ser madre, empecé a luchar de forma más activa, predicando con el ejemplo a otros compañeros, para realizar cambios en las dinámicas de aula, en la forma de tratar al alumnado, en los sistemas de evaluación, en favorecer espacios inclusivos para todos (con independencia de su sexo, raza, creencias religiosas e incluso de sus intereses y de su nivel de esfuerzo).

Creo que la escuela pública es y debe ser para todos, y que un profesor (funcionario público) debe procurar despertar el interés y la curiosidad de sus alumnos, ofrecer respeto y afecto y ser el acompañante de un proceso que en cada alumno o alumna se realiza de manera diferente. Espero de corazón que la legislación educativa de nuestro país empiece a mostrar cambios dirigidos a la mejora de las condiciones de nuestro sistema educativo, pero son muchos los cambios que ya pueden hacerse (y que de hecho muchos hacemos) desde dentro. La Pedagogía Blanca y algunas de las personas que he conocido a través de ella han sido un gran apoyo y ejemplo para mí.

En mi clase no hay exámenes obligatorios, si deciden hacerlos pueden consultar los materiales que necesiten (libro, cuaderno, internet). Evalúo por trabajos cooperativos, por ejercicios creativos, exposiciones, lapbooks, debates, videorreseñas. Estudiamos los grados del adjetivo, pero también vemos documentales sobre neurolingüística, comunicación no verbal, o analizamos desde el punto de vista semántico las manipulaciones en discursos publicitarios o propagandísticos. Entre mis alumnos, unos adoran la asignatura y a otros les interesa menos, pero me satisface ver que la mayoría descubren en algún momento del curso alguna cosa que consideran útil y atractiva. Les incito a tirar del hilo, a profundizar. Si aprenden algo nuevo, he hecho bien mi trabajo.

Me gustan los niños. Disfruto de su compañía y de sus ocurrencias, me estimula el apasionamiento con que los adolescentes defienden sus ideas, y me gusta ayudarlos cada día a crecer, a reflexionar, a madurar y a convertirse en la mejor versión de sí mismos. Ese es para mí mi trabajo. La materia que imparto (lengua y literatura) me encanta, pero es un mero vehículo para ese objetivo final: educar a los hombres y mujeres del futuro para que se conviertan en la mejor versión de sí mismos.

Dra. Mer Flores. Profesora de Lengua y Literatura

Carta abierta a un profesaurio

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Querido profesaurio:

Orgulloso presumes de ser un excelente profesor y de enseñar muy bien, pese a que tus alumnos no atienden, no estudian, no sacan el curso, no hacen las tareas, no se enteran de nada y no aprenden. Tus alumnos son unos vagos.

No tienes conocimientos sobre psicología infantil, crianza, pedagogía, ni falta que te hacen. Todo eso son gilipolleces flowerpower. Los alumnos son vagos, no porque tus clases sean insoportables, tú un prepotente sin reciclaje, tus métodos iguales que los de la escuela de hace cien años y los contenidos completamente desfasados y sin interés. No es que los niños lleven años encerrados haciendo filas, fichas, exámenes memorísticos, con castigos, regaños, burlas, ceros, caritas tristes, silbatos, silencio y horas y horas en una silla. No, es que son unos vagos.

No tienes, repito, demasiados conocimientos sobre psicología infantil, crianza ni pedagogía, pero tienes muy claro que los niños son vagos naturalmente, que no quieren aprender y que la culpa de que no tengan capacidad de concentración y trabajo es de los padres que los miman y protegen y no les enseñan el valor del esfuerzo.

Por supuesto,  demuestras que no tienes empatía, ni comprendes la mente del niño o del adolescente, desprecias sus intereses o preocupaciones, los consideras unos vagos que solo buscan satisfacción inmediata y no tienen ningún interés por aprender nada ni lo han tenido desde la cuna.

Admites no tener ninguna vocación por la enseñanza. Caíste ahí, no tenías otra salida profesional, lo que te gusta es lo que estudiaste en la carrera y no la enseñanza. Te quejas mucho, lógicamente quieres conservar tus derechos laborales y mejores condiciones pero, en lo pedagógico, desearías volver a un modelo educativo lo más cercano posible al franquista:  autoritarismo, prioridad de los contenidos clásicos del currículum y muchos exámenes y reválidas (bueno, eso no, que te quita autoridad).

Tu formación o ganas de aprender de pedagogía, psicología, neuroapendizaje, metodologías novedosas, uso de las redes, internet, educación emocional, trabajo por proyectos, comunicación positiva… es casi nula. Y presumes de ello. Te gusta mucho el modelo de enseñanza del siglo II: tablillas de cera y memorización, supongo. Las mentes de tus alumnos son nueces que abrir. No se que significa eso, pero debe ser una teoría del aprendizaje que desconozco.

De hecho, crees que hablar de educación emocional y personalización es atacar a la “escuela pública”, donde, según tu opinión, todo eso no solo es inviable, sino que sobra.

No, no he terminado. Pese a tu rotunda incapacidad para ser considerado un educador, algo que los padres queremos poder tener enseñando a nuestros hijos, exiges que nos callemos la boca, que no reclamemos, que no pidamos nunca explicaciones, porque solo así demostraremos que les damos a los profesores el respeto y la autoridad que merecen por tener un título y una oposición. Los padres, calladitos y diciendo “si señor”, como sus hijos. Otra cosa es ir contra ellos, contra la Educación Pública y contra su sabiduría incuestionable.

Que la gente con las ideas más retrógradas en educación, ultraconservadores pedagógicos sin formación en psicología ni pedagogía, que desprecia los conocimientos sobre emociones, procesos de neuroaprediizaje y metodologías innovadoras, se dedique profesionalmente, aunque sin vocación, a educar, es, quizá, el mejor diagnóstico que puedo hacer de los males la Secundaria en España.

Pero, para despedirnos, querido señor profesaurio, siento decirte que vas a extinguirte pronto como especie en las aulas.  Los maestros del futuro vienen llenos de vocación, empatía y con muchas ganas de aprender e innovar. Las familias ya no son borregos que balarán cuando les ordenes, vas a tener que darles explicaciones. La inmensa mayoría de la sociedad está dos mil años por delante en respeto a los niños y en innovación educativa. No nos importan ya tus opiniones, el siglo II ya pasó, y ahora vamos a por el futuro.

Mireia Long

El poder del título

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He encontrado por las redes este cartel reproducido en diversos contextos y no puedo resistirme a comentarlo. Con gusto añadiría la autoría y pediría permiso al autor, pero circula de manera anónima así que, por su interés divulgativo, lo comparto con vosotras. Si su autor nos pidiera retirarlo o añadir su autoría, encantadas lo haremos. Bueno, vamos al grano.

 

Los padres, legalmente, son los responsables del bienestar y la protección de los derechos de sus hijos. Solo, si claramente y de manera demostrada, no lo hicieran, pueden las autoridades indicar una limitación de ese derecho u obligación. Nadie, por tanto, debería señalar la orientación educativa que los padres deben seguir, siempre que lo hagan beneficiando al niño.

 

Segundo paso. Nadie puede demostrar, de ninguna manera, que las únicas personas capaces de educar, enseñar y guiar a un niño son profesionales con una titulación oficial determinada marcada por determinado Estado. El Estado asume ese control y, en mi opinión, con la excusa de la protección roba a los padres el derecho a elegir modelos y métodos educativos fuera de un marco estricto y obliga a usar determinados centros en los que solo pueden enseñar los titulados por las normas del Estado. La libertad ha desaparecido. La capacidad de elección, la posibilidad de disentir de un modelo presentado como el único posible y beneficioso, son escamoteadas. Repito, nadie ha podido demostrar, pues es falso, que solo un título oficial homologado por el Estado correspondiente te da la exclusividad de la capacidad de enseñar y educar. De hecho, educar va más allá de la escuela, mucho más allá. En otros países, culturas y tiempo los que enseñaban no seguían el curriculum y la titulación del Estado (Español en este caso, pero podéis aplicarlo a cualquier otro).

 

La titulación garantiza una formación. Pero no garantiza que otras formaciones no sean también posibles. Y desde luego no garantiza otros aspectos: ética, empatía, respeto por los niños, actualización metodológica, comprensión y herramientas para atender la diversidad. De hecho, no garantiza siquiera que no seas misógino, racista, pedófilo o tengas problemas mentales o psicológicos que imposibiliten que eduques adecuadamente. Y si lo dudáis, ojalá pudierais escuchar a algunos educadores en las reuniones de evaluación. Y, como hay que hacer cada vez que criticamos a algunos educadores, añado en mayúscula: ALGUNOS. La mala suerte es que  me he encontrado muchos y quizá tu unos cuantos también.

 

Un tema que me gustaría añadir es el de las formaciones para padres y maestros. Las hay oficiales, avaladas por el Estado. Las hay homologadas, y las hay privadas. La inmensa mayoría de los padres y maestros tienen la suficiente capacidad intelectual como para elegir en qué van a gastarse su dinero y qué buscan exactamente.

 

Curiosamente muchos de esos mensajes críticos, en tono amenazador, minusvalorando la capacidad de las familias para quejarse si algún educador no usa los métodos adecuados o falta al respeto a sus hijos o, sencillamente, de elegir como desean que sus hijos sean educados, suelen poner énfasis en la titulación, como si esta diera un poder omnisciente, incapacidad de errar, justicia y conocimientos actualizados, además de ser portadora de una ideología monolítica sobre qué es adecuado y bueno para cada niño y cada familia.

 

Termino señalando que suele haber un componente misógino añadido a estos mensajes, sutil a veces, directo en otros: las madres, estúpidas e ignorantes, deben delegar en el profesional todo criterio, sea un ginecólogo de cuchillo fácil, sea un nutricionista que se burla de técnicas de logopedas (incluso logopedas profesionales aunque sean mujeres) o nos aconseja no beber para que no nos violen, sea un sanitario que nos dice como sentir la maternidad o dar el pecho, sea cualquier maestro del franquismo que quiere que nadie le dispute su poder.

 

Pues eso, queridos lectores, no os dejéis desempoderar. La titulación oficial no es la única vía de enseñanza y aprendizaje sobre crianza, cuidados de los niños, alimentación, lactancia, partos, aprendizaje y felicidad. Si lo fuera, no tendríamos tantos niños infelices ni tanto fracaso escolar.

 

 

Mireia Long

“Paternidad y crianza”, por Traudy Ávila, Doctora en Neurobiología

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La conducta parental se puede entender como el repertorio de acciones o comportamientos de los padres, desplegados de manera innata hacia los hijos, cuyo objetivo es el de asegurar la supervivencia de la progenie.

Los cuidados parentales han evolucionado de manera tal que el grado en el que se involucran hembras y machos en los cuidados de sus crías varía entre las poblaciones de las distintas especies de organismos.

En los mamíferos, la participación del padre es rara debido a que la fertilización interna (nosotras gestamos a nuestros hijos en el vientre) asegura la maternidad pero no la paternidad.

Al respecto de la maternidad, se sabe que el embarazo en los mamíferos induce adaptaciones físicas y fisiológicas radicales que incluye adaptaciones que amortiguan el impacto sobre el feto de las experiencias de estrés vividas por la mamá durante el embarazo, modificaciones en el control del metabolismo para favorecer el flujo de energía hacia el feto, así como cambios en el cerebro que preparan a los sistemas neuroendócrinos para la secreción de oxitocina durante el parto y la lactancia. (1)

Recientemente Hoekzema y colaboradores  (2017) realizaron un estudio prospectivo en madres primigestas para investigar si el embarazo estaba asociado con cambios en la sustancia gris del cerebro humano. Sus datos indican que la estructura cerebral de las madres (no así el de los padres) se modifica como un proceso biológico del embarazo y no como un cambio dependiente de la experiencia asociada con los ejercicios de la parentalidad. Tales modificaciones tienen que ver con reducciones importantes en la sustancia gris cerebral, moldeando así la capacidad de la madre para entender y atender las necesidades de sus hijos.(2)

En este sentido, se ha sugerido que la capacidad de los padres para compartir los sentimientos, pensamientos, motivaciones y deseos de sus hijos, les permite a estos últimos sentirse seguros, reconocer sus propios pensamientos y emociones, mostrar compasión hacia otras personas, y ser miembros competentes en grupos sociales. (3) Así, si hacemos un análisis en los estudios realizados al respecto de la maternidad en la crianza, podemos enumerar miles de reportes científicos al respecto de este tema, sin embargo, poco es lo que podremos obtener sobre lo que se conoce sobre los padres en la crianza.

Dentro de los mamíferos, los seres humanos somos una de las pocas especies en la que los padres se involucran con las madres en los cuidados de los hijos. Para ello, se sabe que los papás deben cambiar sus prioridades energéticas y conductuales antes de serlo y así poder cumplir con los requerimientos de la inversión que sugiere la paternidad. Al respecto, se ha sugerido que altos niveles de testosterona en los hombres pueden entorpecer con una paternidad efectiva.(4)

En estudios experimentales los hombres con mayores niveles de testosterona resultaron ser menos responsivos al llanto de un bebé con respecto a aquellos hombres con niveles disminuidos de esta hormona.(5) Además, se ha sugerido que aquellos padres que colechan (duermen en cercanía con sus hijos en la misma cama) tienen niveles más bajos de testosterona en comparación con aquellos papás que duermen en solitario, lo que se asocia con una mayor atención a las necesidades de sus hijos. (4,6)

Tomando en cuenta las investigaciones sobre la paternidad podemos inferir que aquellos padres que se involucran en la crianza de sus hijos logran transitar con mayor eficiencia a los cambios necesarios para una parentalidad activa.

Resumiendo, a nosotras las mujeres la gestación nos prepara biológicamente para atender a las necesidades de nuestros hijos, en cambio, los papás requieren de la interacción diaria y sostenida con los recién nacidos para poder modificar sus sistemas neuro – endocrinos y mostrarse más receptivos a las señales emitidas por sus bebés.

En contra de una mayor participación de los padres en la crianza de los hijos podemos señalar (entre otras cosas) la influencia cultural que dicta que los hombres son los principales proveedores en las familias, y por ello, distraen sus recursos en las actividades relacionadas a ello. Si bien es cierto que cambios importantes suceden en nuestros cuerpos durante la gestación, que impactan directamente en la forma de atender a los hijos, también es vital comprender que la crianza es un acto que requiere mucho más que una madre abnegada haciendo el trabajo en solitario que debería ser, por lo menos, una labor de dos (madre y padre).

Cuando el papá está comprometido con la crianza, por un lado, favorece el desarrollo fisiológico y social (a largo plazo) de sus hijos, y por otro induce en la mamá mayor secreción de hormonas relacionadas al cuidado materno tales como la oxitocina y la prolactina. (7) Como podemos leer en este documento, involucrar a los padres en la crianza -respetuosa- sugiere un ciclo virtuoso en donde el depositario final del amor, el acompañamiento, el respeto y la empatía serán nuestros hijos.

BIBLIOGRAFÍA

  1. Brunton, P.J. & Russell, J.A. 2008. Nat. Rev. Neurosci. 9, 11–25.
  2. Hoekzema, E., et al., 2017. Nature Neuroscience 20(2):287-296.
  3. Abraham, E. et al., 2017. Neuropsychologia. In press.
  4. Gettler, LT. et al., 2012. PlosOne 7(9). 1-11.
  5. Fleming, A.S., et al., 2002. Hormone and Behavior 42:399-413.
  6. Storey, A.E. 2011. Hormone and Behavior 60: 353-361.
  7. Abraham, E. et al., 2014. P.N.A.S. 111(27):9792-9797.

Traudy Avila Schlottfeldt

Madre de dos niños.

Biologa por la BUAP (Puebla, México)

Maestra y Doctora en Ciencias con especialidad en Neurobiología Celular y Molecular (Cinvestav-Zacatenco, Ciudad de México)

Asesora de Porte por ‘De Monitos y Risas’

Madre de Día por la Pedagogía Blanca

Formadora educativa por La Pedagogía Blanca.

Acompañante de la maternidad y la crianza por ‘Maternidad Feliz, Crianza Respetada’