Los niños y la felicidad

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Leí hace unas semanas un artículo bastante terrible acerca de la felicidad y de lo absurdo que es desear tener hijos felices (!). Pues sí, tal cual. El autor, un filósofo navarro, afirmaba que “los padres que quieran hijos felices tendrán adultos esclavos de los demás” y advertía que la sociedad no tratará a los niños por el grado de felicidad que tengan, sino por aquello que sepan hacer. Que la vida es complicada y pretender vivir en nubes rosas es vivir fuera de la realidad y no saber nada sobre la misma.
Me quedé algo pensativa; es la primera vez que leo que tener hijos felices es absurdo. Porque para mí la felicidad significa saber aceptar la vida tal y como es, y es lo que deseo para mis hijos, para mí, y para todo el mundo.
Por supuesto que la vida es complicada, esto lo sabemos todos, la cuestión es saber vivirla sin deprimirnos.
Y precisamente saber gestionar emociones y centrarnos en las que nos ayudan a entender mejor lo que nos ocurre es un factor que nos hace felices.
Varios factores nos pueden ayudar a criar y educar niños felices que llegarán a vivir como adultos felices:
  • respetar a nuestros hijos y a sus decisiones; si consideramos que hay peligro en ello, explicarles con paciencia por qué es mejor cambiar de opinión
  • saber negociar de forma respetuosa con ellos
  • dejarles elegir su propia educación guiándolos de forma apropiada, pero sin obligarles a hacer lo que nosotros queremos, sino ayudarles a obtener aquello que ellos desean
  • poner límites mínimos, pero serios y de sentido común y respetarlos siempre
  • paciencia y disponibilidad de tiempo y de recursos de todo tipo (desde emocionales hasta intelectuales)
  • dejarles jugar mucho, y permitirles descansar
  • ofrecerles y rodearlos de estímulos culturales y, en general, de cosas que consideramos saludables para su mente y su cuerpo
  • ser un modelo adulto para ellos y tener coherencia, honestidad, integridad y mucho cariño
  • acompañarlos en sus exploraciones y descubrimientos sobre la vida y el universo.
Todo esto representa la receta garantizada de criar seres humanos felices, con inteligencia emocional y autoestima sólida, y con muchas habilidades de todo tipo. Porque saber hacer algo para la sociedad significa hacerlo con pasión y vocación y esto es imposible si el niño no ha sido feliz en su infancia y el adulto que ha resultado es un frustrado y tiene el autoestima débil.
Precisamente los niños felices son fuertes, valientes y realistas: saben que la vida no es fácil, pero van aprendiendo a desarrollar sus propios recursos emocionales para sobrellevar las vicisitudes de la vida y la aman tal y como es. Para poder apreciar la vida y a los que nos rodean hace falta ser apreciados, amados y felices en la infancia por los que nos cuidan. No sabemos apreciar lo que no tenemos y no nos han enseñado.

Vivir feliz no significa vivir en la nube y evitar los problemas, sino saber cómo resolver conflictos con sabiduría, paciencia y calma. La sabiduría se adquiere con el tiempo y desarrollando un buen criterio personal. La paciencia y la calma se obtienen a través de la buena gestión de las emociones que, a su vez, se adquiere viviendo en calma, y siendo feliz.

Estoy de acuerdo, no obstante, con su afirmación: “ser adulto, o hacerse adulto, es aprender a querer a los que te rodean a pesar de que estén llenos de faltas.” Pero repito  que jamás aprenderemos a querer a nadie, ni a nosotros mismos, con o sin fallos, si previamente, al nacer nosotros, no hemos sido amados de forma incondicional por nuestros padres. Hay que aprender a amar, en efecto; y los primeros que nos dan esta importante lección son nuestros padres. Es lo único que nos puede hacer felices. Sentirnos amados de forma incondicional, aunque seamos imperfectos y nos equivoquemos muchas veces.
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Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

Aprender y vivir… Vivir y aprender

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Una amiga de FB me pregunta cómo nos hemos organizado para aprender, enseñar, educar, estudiar…

Como ya indica el título de mi entrada lo que hemos hecho ha sido vivir el día a día e intentar aprender de lo que nos ocurre diariamente.
¿Más concreto?
Partí de la idea que el aprendizaje no puede estar separado de la vida real. No se puede aprender sobre la vida estando encerrado entre cuatro paredes. Ni siquiera los conocimientos académicos se asimilan en realidad de esta forma. Necesitamos jugar, equivocarnos, explorar, experimentar, necesitamos usar los cinco sentidos, experiencias sensoriales al 100%; necesitamos movernos ya que el movimiento físico conduce a la creación de nuevos sinapsis en el cerebro, por lo tanto nos ayuda a asimilar lo que queremos aprender y recordar. Necesitamos descansar también, para que lo aprendido se pueda estructurar dentro de nosotros y de nuestra mente.
Todos, seamos niños o adultos, todos aprendemos así.

Sabiendo ahora todo esto ¿cómo nos hemos organizado nosotros?

En primer lugar hemos jugado mucho, mucho – hasta que mis hijos cumplieron los 11-12 años, aprendimos jugando. Y me incluyo, porque yo también he aprendido mucho durante estos años, no sólo mis hijos.
Por la mañana empezábamos sin prisa, despertando a la hora que nos venía bien, lavándonos y vistiendo ropa cómoda.
Desayuno.
Juego organizado casi totalmente por mis hijos; pocas veces he tenido yo que intervenir en este sentido. Tenían imaginación y creatividad por un tubo, no hizo falta venir yo con ideas.
A lo mejor luego película de dibujos animados en VO. Una hora, nada más. Nos servía, como dije en tantas ocasiones, para aprender inglés o para familiarizarse con otros idiomas.
Ir de compras, según necesidades.
Preparar almuerzo; cuando tuvieron edad suficiente, ya ellos ayudaban también.
Comer.
Más juego, o descanso, también según necesidades.
Dibujar, recortar, leer, jugar con PlayMobil o Lego o cualquier otra cosa que nos inspire.
Hacer manualidades o salir a pasear o ir de visita.
Hablar, debatir, conversar – todos los días, siempre, escuchar su opinión, comentar con ellos lo que me parecía interesante o importante o simplemente nimiedades.

Alrededor de la edad de 9-10 años empezamos con algunas actividades más formales – no más de media hora al día – lecturas y dictados, matemáticas, y otro tipo de nociones relacionadas con los libros que usábamos. Trabajábamos por proyectos principalmente, en ningún caso por asignaturas – la mayoría de las veces el tema del proyecto lo elegían ellos aunque yo podía proponer. Y seguían jugando y haciendo las demás actividades. Iban a clases extraescolares de música/instrumentos musicales, ballet, taekwondo. O talleres puntuales de cocina, trabajo en madera, visitas a museos, excursiones, viajes.

Y luego ya algo más formal a partir de 13-14 años cuando los matriculamos a un instituto a distancia y teníamos que cumplir con ciertos requisitos académicos por los créditos y las evaluaciones, para tener, al final, un diploma en vistas a los estudios superiores en la universidad. Aún así, con estas actividades no empleábamos más de dos horas diarias, a veces tres. No hacía falta más.
Seguíamos con el juego, con la lectura – a elección siempre -, las tareas de la casa, las salidas, las clases de actividades extraescolares, y por supuesto, teníamos más estructura, de otra forma habría sido difícil. Eran más actividades y además los niños eran más mayores, en alguna medida lo pedían ellos mismos.

A lo largo de los años puedo decir que, a pesar de usar elementos eclécticos de distintos  “métodos” pedagógicos, pero de forma intuitiva – nos preguntan por los “métodos” y a veces no sé qué decir, ya que no hemos usado un método en concreto – al final la línea directora fueron los deseos y necesidades de los niños. Siempre. Es decir el método fue seguir el niño; el punto de partida que es el interés/ la curiosidad natural del niño ya está presente desde el principio.
Otro principio básico fue que siempre partimos de lo práctico para llegar a lo teórico. Si no comprendemos y asimilamos primero lo concreto, es imposible entender lo abstracto.
Y otro principio igual de importante: no atosigar, no machacar con conocimientos e informaciones no pedidas.

Porque en realidad, sinceramente, más de la mitad del currículo escolar está de más.
Los niños aprenden de las interacciones con los adultos que los rodean, de las actividades que organizan juntos, de los juegos libres con otros niños controlados por ellos mismos, de las tareas de la casa con las que ayudan por necesidad o por deseo de colaborar, de la vida diaria, de los proyectos que eligen, de las conversaciones que tienen lugar siempre… de vivir la vida, en definitiva, con todo lo que ello conlleva.

Lo que podemos aprender de las comunidades tribales

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Cómo crían y educan a sus hijos.

1. La comida más sana para el bebé es la leche de madre.
Los niños están amamantados hasta los 4-5 años porque las madres saben de una larga tradición de sabiduría materna que es la comida más sana para el sistema inmune del bebé.

2. Los bebés nunca deberían estar solos.
Desde el amanecer hasta la puesta del sol los bebés están porteados por adultos. Si los padres están trabajando otros miembros de la familia los llevan en su lugar. Por la noche duermen con sus padres o con sus hermanos.

3. Los bebés no lloran si sus necesidades de contacto están cubiertas.
Se los tiene en brazos todo el tiempo o están en contacto permanente con alguien. Las tribus saben que los bebés necesitan el calor y el apoyo del tacto para poder crecer sanos en todos los aspectos de su desarrollo.

4. A los bebés se les amamanta a demanda. En las comunidades tribales raras veces escucharás un bebé llorando. Los bebés duermen normalmente desnudos entre los seres queridos.

5. No se necesitan sillas de paseo.
Portear a sus bebés ofrece a los padres más libertad para moverse y el bebé también llega a ser más independiente ya que suele ver el mundo desde la perspectiva de un adulto.

6. El colecho es algo natural.
Las familias, y a veces también los extraños, duermen juntos, sobre todo si hace frío. Suelen colocar sus manos y sus pies debajo de los brazos o ingles de los demás para mantenerlos calientes y así poder regular la temperatura de su cuerpo.

7. Ser padres se comparte con toda la comunidad. En las tribus indígenas, las tareas de ser padres se comparten con toda la comunidad. En toda la tribu existe una responsabilidad colectiva de criar un niño.

8. Crianza y educación sin castigos.
Ellos creen que el papel de la familia es “plantar buenas semillas”. Reconocer el comportamiento positivo es mucho más poderoso que castigar el “mal” comportamiento.

9. Educar sobre la marcha y continuamente.
Los padres se toman la educación en serio y van contestando a las preguntas y atendiendo las inquietudes culturales y sociales de sus hijos en todo momento. Es más, normalmente toda la tribu contribuye, ya que cada miembro sabe a veces cosas distintas que le pueden interesar a los niños, y contestan con naturalidad a todas sus preguntas o escuchan con respeto sus comentarios.

10. Saben que educar no significa machacar.
Enseñar no es algo que se pueda hacer en contra de la voluntad de alguien. Uno puede elegir a aprender o no de quienes le rodean. Los padres procuran ser modelos para sus hijos por un lado – porque no saben cuándo pueden inspirar a los niños – y por otro no imponen conocimientos no necesarios o no pedidos.
Saben que no se educa a través de la imposición, y nadie aprende por miedo, sino por pasión o necesidad.

11. Saben que hacen falta más adultos para educar un niño.
Vivir en comunidad ofrece una magnífica oportunidad para los niños; pueden observar + imitar + copiar + inspirarse = APRENDER de muchos adultos de su alrededor, desde pautas de comportamiento, modalidades de encontrar soluciones a los conflictos, hasta cómo realizar una tarea necesaria o desempeñar un oficio. Jugar con los niños está bien para jugar, asimilar y practicar lo que se aprende de los adultos o lo que los niños aportan de manera creativa, individual y espontánea al mundo, ya que todos venimos con un objetivo desde que nacemos. Pero el aprendizaje real florece de forma espectacular cuando hay más adultos alrededor y cada uno añade su “granito de enseñanza” porque cada uno sabe algo distinto – o lo explica de distinta forma – que los demás. De esta forma la enseñanza es más rica, más creativa e interesante, más viva y más comprehensiva.

Cómo aprovechar estas enseñanzas en el mundo urbano occidental

Mucha gente del entorno urbano y sobre todo los que deciden educar ellos mismos a sus propios hijos crean a su alrededor una especie de “tribu de ciudad” que, si bien es distinta a las comunidades tribales tradicionales y tiene otra logística, funciona sin embargo de forma parecida.
Las relaciones entre los distintos miembros son también cercanas y fluidas, se visitan en cuanto sus horarios de trabajo lo permiten, colaboran y cooperan, aprenden unos de otros, aportan lo mejor de cada uno, y los niños perciben todo este ambiente de colaboración, creatividad y cariño, aprenden de cada individuo cosas distintas, a veces – si son un poquito mayores – ayudan o se involucran en proyectos comunes junto a los adultos, y se acostumbran a trabajar de forma sinérgica, percibiendo las intersecciones de campos, disciplinas o culturas y combinando los conceptos existentes para dar a luz a nuevas ideas, fuera de lo tradicional o convencional.
Algunos padres buscan trabajos más adecuados para conciliar la crianza de sus hijos y los horarios de trabajo, muchas madres se planifican para poder estar todo el tiempo posible con sus bebés y amamantarlos, acompañando siempre a los niños, y para los otros momentos se turnan con los padres, o bien sea con otros adultos de confianza; muchas trabajan desde casa y hacen sus recados junto a sus niños, pero también piden ayuda para tener algo de tiempo para sí mismas.

¿Seguirás estos principios de crianza tribal?

¿Y por qué no?

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Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

¿Cómo enseñarles a dos hermanos a jugar entre ellos?

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Una pregunta planteada por una mamá hace poco refiriéndose a sus dos hijos de 3 y 1 año y medio, respectivamente.

En realidad, no les podemos enseñar esto directamente, ya que esto no se enseña como una lección y ya está.

Yo plantearía otra pregunta: ¿por qué queremos que dos niños tan pequeños aprendan a jugar entre ellos y compartan juguetes? Son todavía muy pequeños, no han desarrollado todavía sus habilidades sociales porque no han tenido ni tiempo, ni la experiencia vital necesaria.
Es decir, a estas edades lo normal es que los niños jueguen más con los padres o los adultos que los cuidan. No es que no puedan socializar entre ellos, pero les faltan las herramientas emocionales necesarias para que socialicen durante mucho tiempo y que lo hagan de forma provechosa y eficiente.

En realidad una actitud más positiva sería no tener expectativas demasiado altas en este sentido y procurar estar a su lado mientras juegan para intervenir si se cansan de estar juntos – sí, es normal a esta edad – y para calmar los espíritus. Recordar que la tolerancia de los bebés o niños pequeños al estrés es casi cero.

Pretender que niños tan pequeños sean ya autónomos en cuanto a la socialización – aunque sea con el hermano – es como querer que ya sepan conducir un coche.

No me canso de decir que los niños copian actitudes, comportamientos, reacciones/ respuestas emocionales de los adultos, y necesitan tiempo para integrarlas y, sobre todo, llegar a ser conscientes de cómo las han integrado.

La solución es intentar ser un buen ejemplo desde todos los puntos de vista sabiendo que nos copian en todo, dar lo mejor de nosotros mismos y exponer a nuestros hijos el mayor tiempo posible a la presencia de adultos igual de responsables y conscientes que nosotros, si es que no tenemos la posibilidad de estar nosotros con ellos siempre.  Y ya aprenderán a jugar y a compartir con los hermanos casi sin ningún otro esfuerzo por parte nuestra aparte de mostrar paciencia, calma y una actitud positiva en la medida de lo posible.

 

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Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

Bebés, papás y rechazos temporales

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Una mamá nos cuenta un poco triste que su bebé rechaza al padre últimamente aunque hasta ahora no hubo ningún problema entre ellos. A veces esto pasa.

Primero lo importante es no perder la calma, no tomárselo como algo personal. Es probable que el niño que lo hace sienta la necesidad de estar más con la madre, por la razón que sea. Recordemos que el padre es importante en la familia, pero en la relación mamá-bebé, sobre todo en los primeros 3 años de vida del bebé, la madre es fundamental biológica y emocionalmente hablando.

Es una etapa, así que lo mejor que puede hacer el padre es tener paciencia y no meterse, y no imponer su presencia más allá de lo que el niño le permite. Respetar los límites. Eso además le da confianza al niño, ya que comprueba que sus deseos son respetados por los adultos que le cuidan, y le hace tener confianza en sus propios deseos, en la manera y eficacia con la que comunica estos deseos, y en los adultos que le rodean, en general, porque le hacen caso.
A nosotros nos pasó con Radu, tuvo un período largo – más de un año – en el que sólo quería estar conmigo. Venía el padre – bueno, le pedía yo el favor porque estaba más que cansada de tener que atender también a Adina – y Radu lloraba y lo rechazaba. Así que el padre, más práctico que siete, me decía que la cosa no funciona y que tengo que volver yo al lado de Radu, y se ocupaba él de Adina.
Lo bueno es el poco trauma que le causó este período al padre. Le acabo de preguntar si se acuerda de aquel período de rechazo por parte de Radu (han pasado 19 años desde entonces) y me dijo que “NO” – un no rotundo.
Y la relación padre-hijo ahora – y desde hace muchísimos años – es buenísima y de confianza y complicidad total. El padre siempre estuvo allí cuando se necesitaba, pero no impuso su presencia más allá de lo que se le permitió.
Esta debería ser siempre nuestra actitud, así, en general, con cualquier persona de nuestro entorno, sea niño o adulto, sea familiar nuestro o no – siempre y cuando no se trata de situaciones de riesgo o peligro, evidentemente – respeto hacia su espacio físico y emocional.
Dicho de otra forma, en un período de “rechazo hacia el padre”, si a un niño le pasa/desea algo y el padre está cerca – ya que por razones de logística claro que viene mejor a veces que vaya él, ya lo sé – que le pregunte antes si quiere que le atienda él, siempre y cuando no se trate de vida o muerte. Que le pida el permiso. Ya sé que suena raro, pero suele funcionar a la larga.
Paciencia y respeto. Y siempre una sonrisa, eso sí. Aunque esto al principio le cueste. El adulto es él. Si comprende que esta es sólo una etapa y no es algo personal, va por el buen camino.
Va a tener una magnífica relación con el hijo.
Sorina Oprean

Tener paciencia y confianza

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Ayer me he quedado boquiabierta con mi hijo. Ha escrito un ensayo sobre el cine neorrealista italiano – en inglés – que me ha dejado pasmada. Evidentemente, escribe mucho mejor que yo, parece un profesional. Usa palabras literarias o de especialidad, términos profesionales, tiene las ideas claras y concisas, va directo al grano. Vamos, me está dando lecciones. Y este tremendo salto lo ha dado en un año prácticamente.

Esta sorpresa me ha hecho reflexionar, sobre todo porque desde hace un par de meses trabajo en una escuela inspirada por el método Reggio Emilia. Desde luego es mejor que una escuela convencional – por lo menos mejor que algunas – pero teniendo en cuenta que los padres sí quieren que sus hijos sigan también el curriculum nacional y el ritmo impuesto por el mismo es mucho más rápido que el que tienen en realidad los niños, pues qué queréis que os diga… incluso a estos niños se les “empuja” un poco para poder tocar todos los temas propuestos y para llegar a “desarrollar las competencias” previstas por vete tú a saber qué experto, como si las competencias fuesen iguales para todos y las desarrollaran a la vez.
John Holt, que estuvo mucho tiempo observando a los niños – pero no sólo él – sostiene que los niños aprenden en “saltos”. Pues así es. Puedo confirmarlo por haberlo observado yo también en la evolución de mis ambos hijos. No existe el aprendizaje lineal, no para los mamíferos de este planeta, desde luego.

Quien dice que no aprendemos de mayores y que hay que “obligar a la disciplina y a los hábitos” desde pequeño, no sabe de qué habla. A mis hijos nunca les he obligado a escribir ensayos, aunque sí que ambos sabían escribirlos – de una forma básica y correcta – para sus deberes cuando estudiaron a distancia o cuando hicieron los cursos de inglés.
Eso sí, les he animado a los dos a leer, a escribir lo que quisieran, y hemos leído juntos libros o artículos ocasionalmente. Vamos, les he preparado el “ambiente” y les he dejado elegir, inspirarse o descansar. Nada de obligar; sí, permitir elegir y ofrecer inspiración. Durante años han escrito ensayos banales quizá, básicos, como ya dije, esquemáticos. Cumplían. Incluso había errores de sintaxis, de ortografía, de estilo… los corregíamos un poco respetando sus ideas y el fondo. Un poco de retoque, nada más. Y así pasaron años. Hasta el año pasado cuando mi hija empezó su blog en inglés sobre las relaciones románticas a distancia y cuando mi hijo empezó el curso universitario de cinematografía. A base de escribir, de equivocarse, de corregir sin presiones y sin prisas para quemar etapas, de volver a escribir, a cometer errores, fueron practicando los dos y, de repente, en un par de años, han llegado a “su excelencia”. Un buen nivel, digamos.

Cada vez me reitero en mi decisión de educar en casa, jamás de los jamases creo que habrían llegado a este nivel de comunicación y esta motivación si hubiesen estudiado en el colegio. Porque la paciencia y la confianza que tuvimos nosotros, como padres, con ellos es prácticamente imposible de llevar a cabo en una escuela.

Sigo pensando que hay que ir cambiando los colegios, la estructura, el curriculum, para que los niños puedan ir a su ritmo, que es bueno esperar y no quemar etapas, y tomarse las cosas con calma y fundamento.

Sorina Oprean

Igualdad en la educación

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El título de mi entrada de hoy fue el motivo de una discusión que tuve con unos amigos profesores hace poco, aunque no es la primera vez que me hablan de este concepto.

Pero, en realidad, ¿qué es la igualdad en educación? ¿A qué se refiere el término? ¿A la igualdad en cuanto a oportunidades de educarse en general? ¿O a la igualdad de curriculum escolar? ¿O a la igualdad de tener acceso a la educación?
Estoy de acuerdo con que todos somos iguales y tenemos derecho a acceder a una educación, sin una educación mínima no podríamos ser autónomos, ni podríamos aprovechar todas las oportunidades que se nos presentan en la vida, ni nuestros propios talentos y habilidades.
Pero nada más.
Porque estoy un poco harta de esta frasecita que parece tan políticamente correcta, pero lo único que hace es generalizar necesidades y posibilidades.

En realidad no acabo de entender ¿por qué deben saber TODOS LO MISMO? Es decir, para mí la educación DEBE ser distinta según el niño. Y no me refiero a que unos deben saber menos y otros más, sino que todos deben saber desenvolverse y ser autónomos, pero cada uno aprenderá a hacerlo a su manera, con un paquete de conocimientos y talentos distintos, y en ritmos y tiempos distintos.

La igualdad debe encaminarse hacia este objetivo, que todos tengan las oportunidades para desarrollar SUS propios talentos y posibilidades.

Además la educación básica en cuanto a conocimientos significa bastante menos que lo que hay en el currículo nacional que está demasiado denso hasta para un adulto. Si igualdad en educación significa  que todos tenemos que tragarnos y memorizar los mismos libros de texto y las mismas nociones teóricas, ya vamos mal. Primero por la gran cantidad de información que se pretende que memoricemos. Y segundo porque no a todos nos interesan las mismas informaciones, ni nos ayudarán en la vida o las necesitaremos siquiera.
Porque al final uno aprende lo que necesita o le despierta el interés, y en función de esto ordenará su vida y sus aprendizajes. Las pasiones y las necesidades ofrecen la motivación interior – el único motor para el aprendizaje real.

Y si nos referimos a la educación básica desde el punto de vista de las habilidades, pues eso es algo más complejo porque aquí la variedad es infinita y uno se tiene que adaptar al material que tiene, no intentar adaptar el material al método.

Por dar un ejemplo práctico y algo trivial, pero válido: si yo tengo varios trozos de tela de distintos tamaños, texturas y dibujos, está claro que para cada uno necesitaré un patrón distinto e incluso una tecnología de costura distinta (no es lo mismo coser lana que seda o algodón)… si hay esta variedad tremenda en las telas, ¿por qué suponemos que en los seres humanos – mucho más complejos y diversos – no hace falta una variedad incluso más grande para atender las necesidades educativas y emocionales de todos para, así, ofrecer de verdad igualdad de oportunidades para todos?

Aquí os dejo con esta pregunta. Me gustaría que reflejáramos más en la igualdad real de oportunidades en educación y menos en imponer un paquete de informaciones elegidas por un puñado de “expertos” sin pensar en las motivaciones personales de cada ser humano de este planeta.

Sin descanso no hay aprendizaje

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Cualquier persona necesita descansar. Y no me refiero al sueño, sino a los períodos de contemplación o de reflexión que solemos tener todos – seamos niños o adultos – casi diariamente si tenemos tiempo.

Pues bien, los niños necesitan tiempo para la reflexión, sea sobre las actividades que han tenido, sea sobre los estudios o los libros que leen, o antes o después de realizarlas. Así que, cuánto más ocupados están los niños, menos aprenden en realidad.

En general, la cantidad de tiempo requerida para procesar lo aprendido, así como la percepción de la experiencia educativa, varía en función de cada persona y de la actividad en sí. A lo mejor después de una hora de trabajo/estudio necesitamos otra hora para procesar y asimilar el recuerdo de las informaciones. O quizá, si la actividad ha sido muy intensa o representa algo nuevo, podemos necesitar más horas o días para integrarla del todo en nuestra memoria.

El ejemplo que tengo más a mano es el de mi hija. Estudia canto y tiene que aprender canciones. Suele pasar a lo mejor varios días estudiando una canción para memorizarla, fijarse en la postura del cuerpo, la voz, la técnica, e intentar unificar todos los factores para que el resultado sea equilibrado. Pero en realidad es sólo después de dejar de cantar y estudiar cuando la canción se asienta en su memoria, de tal forma que, después de unas semanas en las que ni se ha acordado de ella, al retomarla, la melodía parece otra, mucho más armoniosa, más fuerte y segura y, lo que es más interesante, más “suya”. De hecho, se suele decir en la profesión que, una vez pasado un período de tiempo de descanso y de ni acordarse de la pieza estudiada, “has hecho tuya la canción” porque está más asentada y asimilada.

O como cuando comemos y luego necesitamos un tiempo para la digestión. Evidentemente, cuánto más comemos y más platos mezclamos, más tiempo hace falta para digerir.

Otro ejemplo es el de los viajes, sobre todo los turísticos culturales. Nos pasamos días en una ciudad que no conocemos, corremos de un monumento a otro, de un sitio a otro, probamos comidas nuevas, conocemos personas diferentes, oímos lenguas desconocidas y aprendemos nuevas palabras, y acumulamos nuevos recuerdos, uno tras otro, unos encima de otros – y es como si llenáramos una maleta con un montón de objetos y la tenemos cerrada varias semanas o meses hasta que, por fin, encontramos un espacio donde la podemos abrir y sacar fuera todo y ordenarlo por categorías, en armarios, sillas, mesas, estanterías. Este espacio donde vaciamos la maleta y ordenamos las cosas para usarlas o admirarlas, en el aprendizaje corresponde al descanso para la reflexión y contemplación. Sin este período no hay aprendizaje.

Es contraproducente llenarles los horarios a los niños y programarles actividades, sobre todo si encima no han sido solicitadas. Hay que respetar sus preferencias y sus gustos en cuanto a las actividades y, en cualquier caso, dejarle tiempo de descanso después. Sólo así podremos apoyar de verdad el aprendizaje sano, creativo y duradero, y ayudaremos a potenciar sus talentos y habilidades.

Sorina Oprean

¿Qué suele hacer un niño inteligente y creativo?

¿Qué suele hacer un niño inteligente y creativo?

Repite versos, poemas, bromas y cuentos sobre cualquier cosa

Silba, canta, balbucea etc.

Toca las palmas según un cierto ritmo.

Dibuja en el espejo del baño.

Desmonta y vuelve a montar juguetes.

Colecciona distintos objetos.

Inventa juegos con distintas reglas.

Baila e inventa distintos movimientos en el parqué o el suelo de la cocina.

Le gusta inventar y añadir distintas “cositas” a las bicis, triciclos o columpios.

Construye y luego deshace lo que ha construido.

Pregunta siempre POR QUÉ y CÓMO funcionan las cosas.

Imita el sonido de los animales, coches o voces.

Reorganiza y redecora su habitación o la casa.

Desea escuchar el mismo cuento muchísimas veces.

Inventa estilos de bailar por diversos tipos de música.

Mezcla las “pociones mágicas” – agua con azúcar o té con leche o limonada con miel, lo que le guste tomar; un pretexto para dar rienda suelta a la imaginación y a la fantasía.

Cuidan y quieren a los niños más pequeños que ellos y a los animales.

¿Qué pueden hacer los padres?

Observar las actividades que les gustan a los niños. Su comportamiento, su actitud, las emociones y sentimientos…

Descubrir qué les motiva.

Dejarles explorar.

No interrumpirles mientras están explorando o experimentando, a no ser que los propios niños pidan ayuda. Si piden ayuda, esto significa que realmente la necesitan, bien porque no pueden físicamente hacer lo que desean, bien porque hay a lo mejor bloqueos emocionales que fácilmente van a desvanecerse si ven varias veces un adulto resolviendo una situación que para ellos es conflictiva o peligrosa.

¿Cuál es el mejor momento para observar?

Cuando los niños juegan, ya que están relajados, motivados, en plena acción.

Estemos atentos y observemos cómo juegan, cómo se sienten.

Y saquemos conclusiones en función de todos los factores para saber cómo podemos guiar o apoyar mejor a nuestros hijos en su desarrollo.

Capacidades artísticas

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De forma curiosa resulta que una de las grandes capacidades humanas es la creatividad y, sin embargo, es la más ahogada y – casi – aniquilada de todas.

Nos gusta crear, inventar, encontrar nuevos caminos, explorar de otra forma los viejos…

Y este rasgo importante empieza a expresarse y a desarrollarse, si lo permitimos, desde la primera infancia. A todos los niños les gusta jugar, dibujar, bailar o moverse con cierto ritmo o columpiarse, cantar, recitar, inventar palabras. No hay limites.
Para ello sólo debemos simplemente dejar rienda suelta a la imaginación y al juego y permitir que los niños se expresen a través de lo que llamamos nosotros “arte”.

Dibujar, pintar, escribir, cantar, tocar un instrumento, comentar y conversar, recitar, bailar, hacer distintas manualidades incluso, hacer fotos, ver o hacer películas, escuchar conciertos, ver espectáculos – todas estas actividades forman a un ser humano en crecimiento y desarrollan su gusto estético y cultural, independientemente de lo que hará luego como adulto para ganarse la vida. El error más común que cometemos es pensar que el arte no sirve para nada, que la creatividad no es importante, que “el niño no será artista que estos se mueren de hambre”. Nada más lejos de la realidad. En primer lugar, los artistas no se “mueren de hambre” más que otras personas trabajando en otras profesiones. En segundo lugar, nos olvidamos que ser “artista” es, de hecho, una etapa por la que pasamos todos los seres humanos del planeta, provengamos de donde provengamos. Y en tercer lugar, esta etapa es necesaria como herramienta para el desarrollo posterior de nuestros talentos y habilidades definitivos como adultos.

Por dar un ejemplo muy común: todos los niños garabatean y dibujan de pequeños. Muchos padres se creen que los niños querrán ser pintores o dibujantes; sin embargo, esta etapa de dibujo les ayuda a los niños a perfeccionar su psicomotricidad y a afinar de forma exquisita el uso de las manos, los dedos, los músculos implicados, en definitiva a controlar de forma perfecta su propio cuerpo o partes del mismo.

De esta forma, muchos niños que dibujan de pequeños luego pueden llegar a ser cirujanos, joyeros, dibujantes, decoradores, bailarines, músicos etc. Pero incluso cuando se dedican a otras profesiones de adultos, el dibujo, en su momento, junto a otras actividades, por supuesto, siempre ayudó a dominar eficazmente el propio cuerpo, en concreto, los movimientos de los dedos, las manos, los brazos.

De la misma forma, otras actividades “artísticas” permiten a un niño a ser creativo a la vez que le ayudan a aprender cómo usar su propio cuerpo, cómo ser eficiente en sus proyectos o en sus quehaceres diarios, cómo encontrar soluciones a los problemas o a los conflictos.

Pero veamos por partes en las siguientes semanas cómo reconocer las habilidades con las que nacemos todos los seres humanos. A lo largo de varios artículos hablaremos de cómo apoyar el desarrollo de los talentos artísticos de nuestros hijos o alumnos.

Sorina Oprean