¿Cómo enseñarles a dos hermanos a jugar entre ellos?

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Una pregunta planteada por una mamá hace poco refiriéndose a sus dos hijos de 3 y 1 año y medio, respectivamente.

En realidad, no les podemos enseñar esto directamente, ya que esto no se enseña como una lección y ya está.

Yo plantearía otra pregunta: ¿por qué queremos que dos niños tan pequeños aprendan a jugar entre ellos y compartan juguetes? Son todavía muy pequeños, no han desarrollado todavía sus habilidades sociales porque no han tenido ni tiempo, ni la experiencia vital necesaria.
Es decir, a estas edades lo normal es que los niños jueguen más con los padres o los adultos que los cuidan. No es que no puedan socializar entre ellos, pero les faltan las herramientas emocionales necesarias para que socialicen durante mucho tiempo y que lo hagan de forma provechosa y eficiente.

En realidad una actitud más positiva sería no tener expectativas demasiado altas en este sentido y procurar estar a su lado mientras juegan para intervenir si se cansan de estar juntos – sí, es normal a esta edad – y para calmar los espíritus. Recordar que la tolerancia de los bebés o niños pequeños al estrés es casi cero.

Pretender que niños tan pequeños sean ya autónomos en cuanto a la socialización – aunque sea con el hermano – es como querer que ya sepan conducir un coche.

No me canso de decir que los niños copian actitudes, comportamientos, reacciones/ respuestas emocionales de los adultos, y necesitan tiempo para integrarlas y, sobre todo, llegar a ser conscientes de cómo las han integrado.

La solución es intentar ser un buen ejemplo desde todos los puntos de vista sabiendo que nos copian en todo, dar lo mejor de nosotros mismos y exponer a nuestros hijos el mayor tiempo posible a la presencia de adultos igual de responsables y conscientes que nosotros, si es que no tenemos la posibilidad de estar nosotros con ellos siempre.  Y ya aprenderán a jugar y a compartir con los hermanos casi sin ningún otro esfuerzo por parte nuestra aparte de mostrar paciencia, calma y una actitud positiva en la medida de lo posible.

 

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Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

Bebés, papás y rechazos temporales

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Una mamá nos cuenta un poco triste que su bebé rechaza al padre últimamente aunque hasta ahora no hubo ningún problema entre ellos. A veces esto pasa.

Primero lo importante es no perder la calma, no tomárselo como algo personal. Es probable que el niño que lo hace sienta la necesidad de estar más con la madre, por la razón que sea. Recordemos que el padre es importante en la familia, pero en la relación mamá-bebé, sobre todo en los primeros 3 años de vida del bebé, la madre es fundamental biológica y emocionalmente hablando.

Es una etapa, así que lo mejor que puede hacer el padre es tener paciencia y no meterse, y no imponer su presencia más allá de lo que el niño le permite. Respetar los límites. Eso además le da confianza al niño, ya que comprueba que sus deseos son respetados por los adultos que le cuidan, y le hace tener confianza en sus propios deseos, en la manera y eficacia con la que comunica estos deseos, y en los adultos que le rodean, en general, porque le hacen caso.
A nosotros nos pasó con Radu, tuvo un período largo – más de un año – en el que sólo quería estar conmigo. Venía el padre – bueno, le pedía yo el favor porque estaba más que cansada de tener que atender también a Adina – y Radu lloraba y lo rechazaba. Así que el padre, más práctico que siete, me decía que la cosa no funciona y que tengo que volver yo al lado de Radu, y se ocupaba él de Adina.
Lo bueno es el poco trauma que le causó este período al padre. Le acabo de preguntar si se acuerda de aquel período de rechazo por parte de Radu (han pasado 19 años desde entonces) y me dijo que “NO” – un no rotundo.
Y la relación padre-hijo ahora – y desde hace muchísimos años – es buenísima y de confianza y complicidad total. El padre siempre estuvo allí cuando se necesitaba, pero no impuso su presencia más allá de lo que se le permitió.
Esta debería ser siempre nuestra actitud, así, en general, con cualquier persona de nuestro entorno, sea niño o adulto, sea familiar nuestro o no – siempre y cuando no se trata de situaciones de riesgo o peligro, evidentemente – respeto hacia su espacio físico y emocional.
Dicho de otra forma, en un período de “rechazo hacia el padre”, si a un niño le pasa/desea algo y el padre está cerca – ya que por razones de logística claro que viene mejor a veces que vaya él, ya lo sé – que le pregunte antes si quiere que le atienda él, siempre y cuando no se trate de vida o muerte. Que le pida el permiso. Ya sé que suena raro, pero suele funcionar a la larga.
Paciencia y respeto. Y siempre una sonrisa, eso sí. Aunque esto al principio le cueste. El adulto es él. Si comprende que esta es sólo una etapa y no es algo personal, va por el buen camino.
Va a tener una magnífica relación con el hijo.
Sorina Oprean

Tener paciencia y confianza

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Ayer me he quedado boquiabierta con mi hijo. Ha escrito un ensayo sobre el cine neorrealista italiano – en inglés – que me ha dejado pasmada. Evidentemente, escribe mucho mejor que yo, parece un profesional. Usa palabras literarias o de especialidad, términos profesionales, tiene las ideas claras y concisas, va directo al grano. Vamos, me está dando lecciones. Y este tremendo salto lo ha dado en un año prácticamente.

Esta sorpresa me ha hecho reflexionar, sobre todo porque desde hace un par de meses trabajo en una escuela inspirada por el método Reggio Emilia. Desde luego es mejor que una escuela convencional – por lo menos mejor que algunas – pero teniendo en cuenta que los padres sí quieren que sus hijos sigan también el curriculum nacional y el ritmo impuesto por el mismo es mucho más rápido que el que tienen en realidad los niños, pues qué queréis que os diga… incluso a estos niños se les “empuja” un poco para poder tocar todos los temas propuestos y para llegar a “desarrollar las competencias” previstas por vete tú a saber qué experto, como si las competencias fuesen iguales para todos y las desarrollaran a la vez.
John Holt, que estuvo mucho tiempo observando a los niños – pero no sólo él – sostiene que los niños aprenden en “saltos”. Pues así es. Puedo confirmarlo por haberlo observado yo también en la evolución de mis ambos hijos. No existe el aprendizaje lineal, no para los mamíferos de este planeta, desde luego.

Quien dice que no aprendemos de mayores y que hay que “obligar a la disciplina y a los hábitos” desde pequeño, no sabe de qué habla. A mis hijos nunca les he obligado a escribir ensayos, aunque sí que ambos sabían escribirlos – de una forma básica y correcta – para sus deberes cuando estudiaron a distancia o cuando hicieron los cursos de inglés.
Eso sí, les he animado a los dos a leer, a escribir lo que quisieran, y hemos leído juntos libros o artículos ocasionalmente. Vamos, les he preparado el “ambiente” y les he dejado elegir, inspirarse o descansar. Nada de obligar; sí, permitir elegir y ofrecer inspiración. Durante años han escrito ensayos banales quizá, básicos, como ya dije, esquemáticos. Cumplían. Incluso había errores de sintaxis, de ortografía, de estilo… los corregíamos un poco respetando sus ideas y el fondo. Un poco de retoque, nada más. Y así pasaron años. Hasta el año pasado cuando mi hija empezó su blog en inglés sobre las relaciones románticas a distancia y cuando mi hijo empezó el curso universitario de cinematografía. A base de escribir, de equivocarse, de corregir sin presiones y sin prisas para quemar etapas, de volver a escribir, a cometer errores, fueron practicando los dos y, de repente, en un par de años, han llegado a “su excelencia”. Un buen nivel, digamos.

Cada vez me reitero en mi decisión de educar en casa, jamás de los jamases creo que habrían llegado a este nivel de comunicación y esta motivación si hubiesen estudiado en el colegio. Porque la paciencia y la confianza que tuvimos nosotros, como padres, con ellos es prácticamente imposible de llevar a cabo en una escuela.

Sigo pensando que hay que ir cambiando los colegios, la estructura, el curriculum, para que los niños puedan ir a su ritmo, que es bueno esperar y no quemar etapas, y tomarse las cosas con calma y fundamento.

Sorina Oprean

Igualdad en la educación

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El título de mi entrada de hoy fue el motivo de una discusión que tuve con unos amigos profesores hace poco, aunque no es la primera vez que me hablan de este concepto.

Pero, en realidad, ¿qué es la igualdad en educación? ¿A qué se refiere el término? ¿A la igualdad en cuanto a oportunidades de educarse en general? ¿O a la igualdad de curriculum escolar? ¿O a la igualdad de tener acceso a la educación?
Estoy de acuerdo con que todos somos iguales y tenemos derecho a acceder a una educación, sin una educación mínima no podríamos ser autónomos, ni podríamos aprovechar todas las oportunidades que se nos presentan en la vida, ni nuestros propios talentos y habilidades.
Pero nada más.
Porque estoy un poco harta de esta frasecita que parece tan políticamente correcta, pero lo único que hace es generalizar necesidades y posibilidades.

En realidad no acabo de entender ¿por qué deben saber TODOS LO MISMO? Es decir, para mí la educación DEBE ser distinta según el niño. Y no me refiero a que unos deben saber menos y otros más, sino que todos deben saber desenvolverse y ser autónomos, pero cada uno aprenderá a hacerlo a su manera, con un paquete de conocimientos y talentos distintos, y en ritmos y tiempos distintos.

La igualdad debe encaminarse hacia este objetivo, que todos tengan las oportunidades para desarrollar SUS propios talentos y posibilidades.

Además la educación básica en cuanto a conocimientos significa bastante menos que lo que hay en el currículo nacional que está demasiado denso hasta para un adulto. Si igualdad en educación significa  que todos tenemos que tragarnos y memorizar los mismos libros de texto y las mismas nociones teóricas, ya vamos mal. Primero por la gran cantidad de información que se pretende que memoricemos. Y segundo porque no a todos nos interesan las mismas informaciones, ni nos ayudarán en la vida o las necesitaremos siquiera.
Porque al final uno aprende lo que necesita o le despierta el interés, y en función de esto ordenará su vida y sus aprendizajes. Las pasiones y las necesidades ofrecen la motivación interior – el único motor para el aprendizaje real.

Y si nos referimos a la educación básica desde el punto de vista de las habilidades, pues eso es algo más complejo porque aquí la variedad es infinita y uno se tiene que adaptar al material que tiene, no intentar adaptar el material al método.

Por dar un ejemplo práctico y algo trivial, pero válido: si yo tengo varios trozos de tela de distintos tamaños, texturas y dibujos, está claro que para cada uno necesitaré un patrón distinto e incluso una tecnología de costura distinta (no es lo mismo coser lana que seda o algodón)… si hay esta variedad tremenda en las telas, ¿por qué suponemos que en los seres humanos – mucho más complejos y diversos – no hace falta una variedad incluso más grande para atender las necesidades educativas y emocionales de todos para, así, ofrecer de verdad igualdad de oportunidades para todos?

Aquí os dejo con esta pregunta. Me gustaría que reflejáramos más en la igualdad real de oportunidades en educación y menos en imponer un paquete de informaciones elegidas por un puñado de “expertos” sin pensar en las motivaciones personales de cada ser humano de este planeta.

Sin descanso no hay aprendizaje

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Cualquier persona necesita descansar. Y no me refiero al sueño, sino a los períodos de contemplación o de reflexión que solemos tener todos – seamos niños o adultos – casi diariamente si tenemos tiempo.

Pues bien, los niños necesitan tiempo para la reflexión, sea sobre las actividades que han tenido, sea sobre los estudios o los libros que leen, o antes o después de realizarlas. Así que, cuánto más ocupados están los niños, menos aprenden en realidad.

En general, la cantidad de tiempo requerida para procesar lo aprendido, así como la percepción de la experiencia educativa, varía en función de cada persona y de la actividad en sí. A lo mejor después de una hora de trabajo/estudio necesitamos otra hora para procesar y asimilar el recuerdo de las informaciones. O quizá, si la actividad ha sido muy intensa o representa algo nuevo, podemos necesitar más horas o días para integrarla del todo en nuestra memoria.

El ejemplo que tengo más a mano es el de mi hija. Estudia canto y tiene que aprender canciones. Suele pasar a lo mejor varios días estudiando una canción para memorizarla, fijarse en la postura del cuerpo, la voz, la técnica, e intentar unificar todos los factores para que el resultado sea equilibrado. Pero en realidad es sólo después de dejar de cantar y estudiar cuando la canción se asienta en su memoria, de tal forma que, después de unas semanas en las que ni se ha acordado de ella, al retomarla, la melodía parece otra, mucho más armoniosa, más fuerte y segura y, lo que es más interesante, más “suya”. De hecho, se suele decir en la profesión que, una vez pasado un período de tiempo de descanso y de ni acordarse de la pieza estudiada, “has hecho tuya la canción” porque está más asentada y asimilada.

O como cuando comemos y luego necesitamos un tiempo para la digestión. Evidentemente, cuánto más comemos y más platos mezclamos, más tiempo hace falta para digerir.

Otro ejemplo es el de los viajes, sobre todo los turísticos culturales. Nos pasamos días en una ciudad que no conocemos, corremos de un monumento a otro, de un sitio a otro, probamos comidas nuevas, conocemos personas diferentes, oímos lenguas desconocidas y aprendemos nuevas palabras, y acumulamos nuevos recuerdos, uno tras otro, unos encima de otros – y es como si llenáramos una maleta con un montón de objetos y la tenemos cerrada varias semanas o meses hasta que, por fin, encontramos un espacio donde la podemos abrir y sacar fuera todo y ordenarlo por categorías, en armarios, sillas, mesas, estanterías. Este espacio donde vaciamos la maleta y ordenamos las cosas para usarlas o admirarlas, en el aprendizaje corresponde al descanso para la reflexión y contemplación. Sin este período no hay aprendizaje.

Es contraproducente llenarles los horarios a los niños y programarles actividades, sobre todo si encima no han sido solicitadas. Hay que respetar sus preferencias y sus gustos en cuanto a las actividades y, en cualquier caso, dejarle tiempo de descanso después. Sólo así podremos apoyar de verdad el aprendizaje sano, creativo y duradero, y ayudaremos a potenciar sus talentos y habilidades.

Sorina Oprean

¿Qué suele hacer un niño inteligente y creativo?

¿Qué suele hacer un niño inteligente y creativo?

Repite versos, poemas, bromas y cuentos sobre cualquier cosa

Silba, canta, balbucea etc.

Toca las palmas según un cierto ritmo.

Dibuja en el espejo del baño.

Desmonta y vuelve a montar juguetes.

Colecciona distintos objetos.

Inventa juegos con distintas reglas.

Baila e inventa distintos movimientos en el parqué o el suelo de la cocina.

Le gusta inventar y añadir distintas “cositas” a las bicis, triciclos o columpios.

Construye y luego deshace lo que ha construido.

Pregunta siempre POR QUÉ y CÓMO funcionan las cosas.

Imita el sonido de los animales, coches o voces.

Reorganiza y redecora su habitación o la casa.

Desea escuchar el mismo cuento muchísimas veces.

Inventa estilos de bailar por diversos tipos de música.

Mezcla las “pociones mágicas” – agua con azúcar o té con leche o limonada con miel, lo que le guste tomar; un pretexto para dar rienda suelta a la imaginación y a la fantasía.

Cuidan y quieren a los niños más pequeños que ellos y a los animales.

¿Qué pueden hacer los padres?

Observar las actividades que les gustan a los niños. Su comportamiento, su actitud, las emociones y sentimientos…

Descubrir qué les motiva.

Dejarles explorar.

No interrumpirles mientras están explorando o experimentando, a no ser que los propios niños pidan ayuda. Si piden ayuda, esto significa que realmente la necesitan, bien porque no pueden físicamente hacer lo que desean, bien porque hay a lo mejor bloqueos emocionales que fácilmente van a desvanecerse si ven varias veces un adulto resolviendo una situación que para ellos es conflictiva o peligrosa.

¿Cuál es el mejor momento para observar?

Cuando los niños juegan, ya que están relajados, motivados, en plena acción.

Estemos atentos y observemos cómo juegan, cómo se sienten.

Y saquemos conclusiones en función de todos los factores para saber cómo podemos guiar o apoyar mejor a nuestros hijos en su desarrollo.

Capacidades artísticas

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De forma curiosa resulta que una de las grandes capacidades humanas es la creatividad y, sin embargo, es la más ahogada y – casi – aniquilada de todas.

Nos gusta crear, inventar, encontrar nuevos caminos, explorar de otra forma los viejos…

Y este rasgo importante empieza a expresarse y a desarrollarse, si lo permitimos, desde la primera infancia. A todos los niños les gusta jugar, dibujar, bailar o moverse con cierto ritmo o columpiarse, cantar, recitar, inventar palabras. No hay limites.
Para ello sólo debemos simplemente dejar rienda suelta a la imaginación y al juego y permitir que los niños se expresen a través de lo que llamamos nosotros “arte”.

Dibujar, pintar, escribir, cantar, tocar un instrumento, comentar y conversar, recitar, bailar, hacer distintas manualidades incluso, hacer fotos, ver o hacer películas, escuchar conciertos, ver espectáculos – todas estas actividades forman a un ser humano en crecimiento y desarrollan su gusto estético y cultural, independientemente de lo que hará luego como adulto para ganarse la vida. El error más común que cometemos es pensar que el arte no sirve para nada, que la creatividad no es importante, que “el niño no será artista que estos se mueren de hambre”. Nada más lejos de la realidad. En primer lugar, los artistas no se “mueren de hambre” más que otras personas trabajando en otras profesiones. En segundo lugar, nos olvidamos que ser “artista” es, de hecho, una etapa por la que pasamos todos los seres humanos del planeta, provengamos de donde provengamos. Y en tercer lugar, esta etapa es necesaria como herramienta para el desarrollo posterior de nuestros talentos y habilidades definitivos como adultos.

Por dar un ejemplo muy común: todos los niños garabatean y dibujan de pequeños. Muchos padres se creen que los niños querrán ser pintores o dibujantes; sin embargo, esta etapa de dibujo les ayuda a los niños a perfeccionar su psicomotricidad y a afinar de forma exquisita el uso de las manos, los dedos, los músculos implicados, en definitiva a controlar de forma perfecta su propio cuerpo o partes del mismo.

De esta forma, muchos niños que dibujan de pequeños luego pueden llegar a ser cirujanos, joyeros, dibujantes, decoradores, bailarines, músicos etc. Pero incluso cuando se dedican a otras profesiones de adultos, el dibujo, en su momento, junto a otras actividades, por supuesto, siempre ayudó a dominar eficazmente el propio cuerpo, en concreto, los movimientos de los dedos, las manos, los brazos.

De la misma forma, otras actividades “artísticas” permiten a un niño a ser creativo a la vez que le ayudan a aprender cómo usar su propio cuerpo, cómo ser eficiente en sus proyectos o en sus quehaceres diarios, cómo encontrar soluciones a los problemas o a los conflictos.

Pero veamos por partes en las siguientes semanas cómo reconocer las habilidades con las que nacemos todos los seres humanos. A lo largo de varios artículos hablaremos de cómo apoyar el desarrollo de los talentos artísticos de nuestros hijos o alumnos.

Sorina Oprean

Cómo aprendieron mis hijos varios idiomas extranjeros

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A instancias de Mireia voy a contar aquí cómo aprendieron mis hijos tres idiomas, aparte del español, de forma informal.

Contamos con ventaja. Somos una familia bilingüe – mi marido es español, yo rumana – así que, de entrada, ya teníamos otro idioma materno “incluido en el paquete”.
De forma natural, pues, yo les hablé rumano a los niños desde que nacieron, y el padre les habló castellano.
Hay algunos errores que cometen los padres de familias bilingües:
1. No hablar con sus hijos su idioma por temor a “confundirlo” – no, no se confunden, simplemente asimilan varios idiomas en paralelo; si bien el proceso dura más, el resultado es igual de sólido que si aprendiesen sólo una lengua.
2. Se ponen a enseñar – ellos o unos profesores – el idioma de manera estrictamente académica, empezando por la gramática o la ortografía, sin importarles que nadie aprende su lengua materna de esta forma NUNCA.
3. Posponen el momento de usar el idioma para “más tarde”. No nos olvidemos, un idioma es un instrumento para comunicarnos; como cualquier instrumento requiere de destreza, práctica y hábito para acostumbrarnos a él. Aparte, los humanos relacionamos las personas a sus maneras de comunicarse con nosotros – el tono de voz, la manera de expresarse, el idioma usado para ello. Cuando nos acostumbramos a estos parámetros difícilmente podremos usar otros en nuestra comunicación con cierta persona; los parámetros iniciales quedarán grabados para siempre en relación a esta persona.
Así que, una vez acostumbrados a usar un idioma con nuestros hijos, nos va a ser casi imposible cambiar “más tarde” la manera de comunicarnos con ellos. Y a ellos también, no nos olvidemos.

Pero sigamos. Mis hijos aprendieron dos idiomas más sin ningún tipo de esfuerzo académico o de otro tipo, simplemente viendo videos en versión original. El más importante de los dos aprendidos, el que mejor dominan los dos por igual, es el inglés.
Por suerte, con el inglés es fácil en este sentido, porque el 90 % de la producción de cine, series y documentales que hay por ahí es en este idioma. Aunque quisieras, sería difícil obviar el inglés en las pelis para niños en VO. Hacen excepción, por supuesto, algunas en español, alemán, francés, italiano y japonés.
Y aquí llego al segundo idioma aprendido: el japonés. Somos fans del cineasta Hayao Miyazaki, el más creativo e importante productor y director de cine anime desde hace unas décadas.

Un paréntesis. ¿Por qué y cómo es que vemos películas en versión original? Por un motivo muy sencillo, porque nos gusta a nosotros, los padres. Nos gusta escuchar las voces originales de los actores que actúan. El doblaje, por muy bien que esté hecho, nos parece una mutilación: le roba la voz al actor original (la voz forma parte del actor) y distorsiona su talento (poner otra voz a un actor obviamente le deja a mitad de su potencialidad como actor en la película respectiva, aparte, si aquel actor es conocido por sus dotes como improvisador de voces, por ejemplo, por muy bien que se quiera doblar, va a ser imposible reproducir exactamente igual su tono de voz, su manera de expresarse, sus bromas etc), roba el atmósfera real de la peli o serie en cuestión (queramos o no, otro idioma significa otros sonidos y este conjunto de sonidos sí que le confiere cierto atmósfera a una película) y, en general, distorsiona por completo la obra cinematográfica o televisiva que vemos. No hacen excepción ni las series, ni los documentales o los dibujos animados: detrás de la elección de las voces está el director que las selecciona en función del efecto que dichas voces pueden provocar en el espectador, por lo tanto es normal que queramos ver las películas tal cómo las ideó su realizador, y en este conjunto entran por supuesto las voces de los protagonistas.

Volviendo a nuestra experiencia, Adina y Radu aprendieron los dos sin ningún esfuerzo, de forma lúdica, placentera, pero no por ello menos duradera, tantas palabras en japonés que me plantearon en algún momento tomar clases de japonés. Tardé un año en encontrar solución a su petición – conocí a una nativa que vivía en Valladolid y que se mostró encantada con el reto (ella no es profesora) – y desde entonces todo fue pan comido, aunque sí que tuvieron que hacer esfuerzos académicos también para memorizar todos los signos específicos de la lengua del sol naciente y recordar cómo se combinan y cómo se pronuncian. Al cabo de tres años Radu renunció a estudiar japonés, aunque todavía sabe leer y entiende gran parte de lo que lee, pero Adina siguió en una escuela oficial de japonés en Bucarest y ya tiene un nivel intermedio-alto en este idioma, de tal forma que ha llegado a hacer de guía-traductora para algunos japoneses que visitaron la ciudad.

Con el inglés fue más fácil todavía. A los 6 años – después de 3-4 de ver pelis de dibujos animados en VO casi todos los días, pelis que yo le traducía las primeras veces que las veíamos, las veíamos juntos y no me importaba traducir ya que ninguno de los dos sabía leer en aquel entonces – Adina ya hablaba inglés. Nos enteramos por sorpresa, escuchándola hablar con la hija de unos amigos norteamericanos. Así, sin más. No hizo falta nada más. Se soltó con aquellos amigos y no hubo quien la parase. Radu, siendo más tímido, no se soltó hasta mucho más tarde, pero entendía perfectamente cuando se le hablaba en inglés. Memorizaron las frases de las películas, las palabras y muchas expresiones sabiendo ya lo que significaba (como ya dije, me quedé a su lado viendo las películas juntos y traduje todo lo que decían los personajes, varias veces hasta que ya ellos no me lo pedían; más tarde aprendieron a leer los subtítulos) y no hizo falta una clase formal para ello.
Unos años más tarde tuvieron una profesora nativa que simplemente hablaba con ellos – conversaciones – y  cuando cumplieron 16, respectivamente 14 años, empezaron clases formales en los cursos de British Council. Adina se sacó el diploma de nivel C1 en inglés en dos años. Radu en cuatro años. Ahora estudian los dos en países de habla inglesa.

Es importante que entendamos que un idioma se aprende con el día a día, con situaciones banales podría decir, y tenemos dos motivos para aprender, aunque uno deriva del otro: 1. comunicar con los demás y 2. la necesidad de entender o hacernos entender a los demás.
Estudiar un idioma sólo por estudiarlo porque “te va a venir bien en el futuro” or porque así consideran personas ajenas no nos motiva en absoluto. Si encima usamos con los niños un método aburrido, demasiado teórico, con un enfoque demasiado académico (mucha gramática, muchos libros de texto) la tarea se nos va a hacer muy difícil, incluso imposible.

Mis consejos:

  1. Viajar con la familia a sitios donde nosotros mismos, como adultos, tengamos que aprender algunas palabras en un idioma extranjero. No obligar a los niños que lo aprendan, sino dar ejemplo nosotros mismos.
  2. Hacer amistades con familias de otras culturas e idiomas. Nuestros hijos jugaron durante toda su infancia con los hijos de amigos nuestros de distintas nacionalidades: inglesa, francesa, alemana, rumana, rusa, italiana, catalana, gallega etc.
  3. Ver las pelis en VO y con subtítulos. Ya sé que cuesta trabajo acostumbrarse, pero hay otra ventaja en el caso de los niños: aprenden en seguida a leer. Por supuesto, acompañar a los niños al principio y leerles la traducción, ayuda muchísimo.
  4. No enseñar un idioma en plan académico y formal. Nadie aprende así un idioma de forma eficiente, ni siquiera los adultos. Yo aprendí el español hablándolo y escuchando a los demás. Es cierto que tomé clases formales durante un año con una profesora, una vez a la semana; me enseñó ortografía, pronunciación, reglas básicas de gramática y ya está. El resto lo aprendí por necesidad y por inmersión en el idioma.

 

por Sorina Oprean