Cómo socializar positivamente

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Últimamente he ido reflexionando sobre la socialización y, sobre todo, lo que llaman “socialización” en los colegios.

Socializar no es lo que nos enseñan.

Socializar es hablar, conversar, jugar, aprender, intercambiar ideas, interiorizar comportamientos. Esto se puede hacer – teóricamente, por lo menos – con cualquier persona de tu entorno inmediato. En realidad se suele hacer con las figuras de apego y, en general, con adultos. En la infancia, con los niños juegas y practicas quizá técnicas de negociación, conversación, comunicación o de otro tipo, pero son técnicas que has aprendido o has observado ya en tus relaciones con los adultos que te cuidan desde que naciste. Es imposible que este aprendizaje tenga lugar con otros niños de tu misma edad, entre otras cosas, porque ellos no saben mucho más que tú. Por lo tanto la socialización de verdad tiene lugar sólo en un pequeño porcentaje con niños mayores que tú; de resto, se desarrolla con los adultos que te cuidan, y suele ser diaria. Y esta misma socialización también se “practica”, si quieres, con los mismos adultos o con otros niños. La “práctica” sin embargo no es obligatorio que sea diaria. En realidad necesitamos muchos ratos de estar solos o con nuestra familia, nada más, períodos en los que nos podamos concentrar en lo que realmente nos interesa, o simplemente descansar y dejar sedimentar lo que ya hemos aprendido.

Realmente la socialización se refiere precisamente al proceso de la educación emocional del ser humano.

Es evidente que este proceso de aprendizaje emocional empieza desde que uno nace – o incluso antes, cuando un bebé no nacido se familiariza con las costumbres y las voces de su madre y sus familiares desde dentro del útero. Es un proceso inconsciente por parte del niño, por supuesto, por eso los padres debemos tener consciencia de lo que ocurre desde antes de decidir a tener hijos.

De hecho todos los mamíferos realizan su aprendizaje emocional y la socialización con sus progenitores y su familia directa – y la primera lección que aprenden es que sus padres les proporcionan todo lo necesario en cada momento: cariño, alimento, cobijo, cuidado, educación, protección… Más tarde las lecciones se diversifican, pero siempre tomando como base la familia y el hogar.

Uno de los mayores mitos que existen en este momento es que estar con niños de la misma edad significa socializar de verdad.

En este sentido una cosa es socializar desde una base afectiva y física conocida y a un ritmo elegido por el mismo implicado, y otra cosa es la imposición de un modelo masificado y poco respetuoso con las necesidades reales del niño: esto hace que la “socialización” propuesta y llevada a cabo en las escuelas sea bastante improductiva en la mayoría de los casos y hasta negativa en algunos. Imponer una interacción temprana de los niños con otros niños de la misma edad antes de que estén preparados para ello no ayuda a mejorar sus habilidades emocionales y sociales, como erróneamente creen algunos padres y “expertos”, sino que más bien puede tener el efecto contrario.

Somos mamíferos, incluso desde este punto de vista, nos gusta vivir en comunidades, pero teniendo nuestro espacio privado y la posibilidad de acceder al mismo cuando lo necesitamos, no cuando “se nos obliga o se nos permite” por parte de terceros.

Otro concepto importante y que tiene mucha relación con la socialización correcta es, en el mundo de los mamíferos, lo que se llama “el apego”. El concepto del apego, desarrollado por el psicólogo John Bowlby, se refiere al instinto que hace que los adultos cuiden de sus hijos de forma incondicional y sus hijos reciban este cuidado. Un apego exitoso temprano en la infancia es necesario para un desarrollo emocional adulto y una buena socialización. Bowlby afirma que “el apego es la tendencia de los humanos a formar fuertes vínculos afectivos con ciertas personas de su alrededor”. 

Somos seres gregarios y sobrevivimos gracias a convivir en comunidad, repito, pero damos prioridad a ciertas relaciones y vínculos, y es a través de estas relaciones importantes cómo desarrollamos nuestras percepciones sobre nosotros mismos y cómo socializamos y maduramos.

Como padres sería mucho más provechoso y positivo procurar socializar lo más posible con nuestros hijos, y, llevándolos junto a nosotros siempre que sea posible, exponerlos a nuevos entornos sociales, poco a poco y en función de su creciente capacidad socializadora – es la manera más natural y positiva de socializar y de aprender cómo vivir en una comunidad. 

Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

Unschooling/ Trabajar por proyectos

Sigo con nuestra experiencia de educar en casa y explico por qué trabajamos por proyectos desde siempre.

En nuestro caso los niños empezaron a jugar y a trabajar por proyectos desde el principio de forma natural, no por disciplinas cómo se suele hacer en la escuela. Así que seguimos así, ya que vimos que nos iba bien a todos. Además, pasado cierto tiempo y comprobada la eficacia y los beneficios de esta manera de aprender, que además da mucha autonomía y estimula la creatividad de forma natural, no veíamos la necesidad de parcelar el conocimiento, ni siquiera nos pareció posible.

La vida fluye y sus distintas manifestaciones son interrelacionadas, imposible de separarlas. Por ello, estudiar y elaborar proyectos fue mucho más natural y eficaz para nosotros. Elegir un tema de libre elección y aprender varias nociones, habilidades y valores morales, incluso, desarrollando un material o soporte físico – el que sea, escrito, hablado, cantado, fotografiado, filmado, construido, cocinado – fue siempre nuestra manera de estudiar y aprender. Lo hermoso es que los padres también aprendemos junto a nuestros hijos en estos proyectos y a partir de las conversaciones/debates que se generan en estas ocasiones.

Además, estudiando a través de proyectos implica la ausencia total de deberes, ya que todo tiene lugar a la vez, con la consiguiente eficacia y ganancia de tiempo: mientras se estudia se hace; o mientras se hace se estudia y se aprende. Nosotros empleábamos mucho menos tiempo para las actividades académicas ya que, aparte de que la concentración mental de los niños estaba en el punto álgido justo cuando hacía falta – porque venían descansados y despejados, y muy motivados a estudiar – , el trabajo era muy eficiente y muy al objeto; nos concentrábamos en lo que queríamos hacer, nos preguntábamos, nos contestábamos, cambiábamos ideas y recursos, comparábamos, contrastábamos informaciones y sacábamos conclusiones. El proceso es tan natural, y tan eficaz a la vez, que en una hora o algo más, ya todo estaba encaminado de forma satisfactoria y nos podíamos luego dedicar a otras actividades igual de interesantes e importantes.

Y, ya que estamos, toco un tema que suele preocupar mucho a los padres: el curriculum. Me han preguntado en miles de ocasiones cómo he hecho yo para cubrir TODO lo que está en el curriculum oficial del sistema. Es que NO lo he hecho porque en realidad no hace falta. La idea es que al elegir otro sistema de enseñanza – la educación en casa en este caso – no es necesario que los currículos sean idénticos, ya que 1. está confeccionado a medida del educando y 2. se usan métodos distintos. De hecho sistemas de enseñanza distintos requieren metodologías, entornos y contenidos distintos. En realidad los contenidos del sistema oficial son demasiado teóricos y densos; no sólo lo decimos los padres, sino profesionales del mismo sistema oficial. He hablado con decenas de profesores que se quejan de que no tienen tiempo físico para “enseñar” todo lo que tienen en el programa escolar.

Los niños son son incapaces de absorber todo lo que se enseña porque el volumen de los contenidos es enorme, ni tienen capacidad de entenderlo por falta de madurez emocional e intelectual (aunque, en una situación ideal puedan asimilar todos los conceptos, cosa que no ocurre en realidad). Dicho esto, está claro que ni he querido tocar todas las asignaturas, ni todas las nociones previstas en el programa escolar. Con lo cual, ni en casa, ni en otro sistema innovador de enseñanza, no es necesario “enseñar” el curriculum oficial. Me gustaría que los padres reflexionen un poco acerca de ello. El mejor ejemplo es que en generaciones anteriores no hemos aprendido lo que se enseña hoy en día y, sin embargo, los adultos de hoy en día sabemos muchas cosas sin que las hayamos aprendido en la escuela; la educación básica se refiere a nociones básicas, no a contenidos elaborados, demasiado elaborados para la capacidad real de los niños.

Aparte, me parece muy importante estimular la inteligencia emocional y adquirir habilidades de comunicación, de autonomía de verdad (saber hacer una compra, cocinar, manipular dinero, permitirles a los niños que lo hagan cuando ellos se sienten preparados); estar estudiando horas y horas de contenidos académicos no ayuda a desarrollar las habilidades emocionales y de comunicación, sino más bien lo impide.

Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

Por qué decidí educar en casa

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Como siempre, mis publicaciones tienen como puntos de partida preguntas, acusaciones o comentarios que otros me hacen o me han hecho en relación a la opción educativa que elegimos nosotros. En algunos casos el tema se repite y enlaza con otras cuestiones. Así que estos días, a raíz de un post mío en FaceBook acerca del sistema educativo convencional – ¿cómo no? – he recordado que mucha gente me recriminó el no llevar a los niños al colegio, cada persona por motivos distintos: unos aducían que no “apoyo la escuela pública y que, si quiero un cambio, es mejor llevar a mis hijos al colegio para así lograr esta evolución del sistema”; otros me dijeron que les hago daño a mis niños, que están mejor en “colectividad y socializando”, que en casa los tengo bajo una campana de cristal, que no vendrán en contacto con personas de todo tipo, ni aprenderán a defenderse por sí mismos, ni sabrán cómo aprender o la autodisciplina, que serán unos monstruos asociales o unos tontos… en fin, cada afirmación más disparatada que otra, sobre todo teniendo en cuenta que están basadas en miedos personales y propios de la persona que la suelta, no en estudios científicos, en la evidencia o en cualquier otro método objetivo de medir.

Así que, ¿por qué en casa? ¿No apoyo la escuela pública? ¿No estoy de acuerdo con la socialización? ¿No quería que mis hijos fueran listos? ¿No quería que entrasen en contacto con la diversidad social, o tuviesen habilidades sociales o sepan estudiar y ser disciplinados? Sí, sí, sí, sí y sí.
Decidí a hacerlo en realidad antes de nacer ellos, aunque era algo subconsciente. Yo no lo había pasado bien en el sistema – donde mejor me encontré, sin embargo, fue en la facultad. Todo lo que fue “educación básica obligatoria” fue una tortura para mí, aguantable, pero tortura. Ni me desarrollé intelectualmente como intentan hacer creer, ni tuve éxito especial profesional o laboral, ni académico incluso. Y mi éxito personal es mérito mío, así que lo sacamos de la ecuación.
Vista la eficacia del sistema en mi caso, confieso que no tenía ningunas ganas de tener hijos al principio; y después de quedarme embarazada, ningunas ganas de entregarlos a un sistema que no ayuda en absoluto a una evolución positiva (en muchos casos), sino más bien a bloquear talentos, creatividad, alegría, curiosidad, ganas biológicas de aprender, y maneras de asimilar.

Motivos:

  1. Aprender mi idioma materno. Imposible hacerlo si gran parte del tiempo los niños se lo pasan en un colegio, ya que sabemos que cuánto más expuesto estés a un idioma, mejor y más rápido lo aprendes.
  2. Tener tiempo para disfrutar unos con otros como familia. Los niños salen de sus casa a las 7 u 8 de la mañana y muchas veces vuelven a las 6 o 7 de la tarde. No da tiempo para que estén con sus padres más de 2 o 3 horas diarias. Sinceramente no pensaba tener hijos para luego no tener tiempo de estar con ellos. Me apetecía pasar los días junto a ellos.
  3. Que mis hijos descansen lo suficientemente. Viendo los horarios locos que tienen las familias de mi alrededor, cómo llevan a los niños corriendo de un lado por otro, empezando desde tempranas horas por la mañana (7:00-8:00), y cómo los pequeños se quedan fuera de su casa horas y horas diariamente (hasta las 18:00 o más), pensé que no es esto lo que deseo para nosotros, ni para mis hijos, ni para mí como madre. Ni lo veo normal, ni sano. A veces los niños tienen unos horarios que son más largos que las peores jornadas laborables de los adultos. Estar fuera de casa cansa a cualquier ser humano, y más si es menor de edad.
  4. Educación personalizada, basada en sus talentos, intereses y necesidades. Sufrí lo indecible en la escuela y en el instituto por no poder seguir mis propios intereses y talentos. Lo estoy haciendo ahora de mayor, pero no es lo mismo, evidentemente. Aprender y practicar lo que realmente le gusta y hacerlo en un período adecuado debería ser el objetivo principal de la educación de cualquier niño. En la escuela más de la mitad del curriculum oficial ni interesa, ni es necesario. Además la manera de presentar los conocimientos es tan aburrida y densa que incluso temas o asignaturas interesantes se transforman en torturas para los niños… en realidad representan un problema hasta para los adultos – es decir, los padres que intentan/deben ayudar a sus hijos con los deberes – ya que ni ellos entienden en la mayoría de los casos los contenidos de los libros. Me considero una adulta responsable y con comprensión lectora muy buena, sin embargo miro los temarios de los alumnos de primaria o secundaria y me quedo sin palabras cuando hojeo los libros de textos: a veces los encuentro incomprehensibles, a veces simplemente estúpidos, sin lógica.
  5. Permitir que sean cómo ellos quieren y se sienten, permitirles elegir qué desean aprender y hacer, permitir que desarrollen su personalidad, creatividad y pensamiento propio. El pensamiento propio contrariamente a lo que se cree no se forma tragando sin pensar informaciones obligatorias ofrecidas por los adultos de turno. No, el criterio propio, la lógica personal y la objetividad se obtienen a raíz de los debates entre el niño y los que le rodean; las conversaciones relajadas y expresar las opiniones propias – aunque sean muy distintas a las demás – representan el mejor entrenamiento para lograr tener pensamiento propio y para desarrollar una pauta de lógica coherente.
  6. Ofrecerles la posibilidad de llegar a la excelencia a su propio ritmo y deseo. Querer seguir indagando y explorando, o, por el contrario, necesitar descansar y meditar son procesos que deberían tener lugar a voluntad propia según las necesidades de cada uno.
  7. Ofrecerles libertad, por lo menos en cuanto a su educación, imagen propia y autoestima, y decisiones propias. Si los adultos podemos hacer esto, ¿cómo no se lo voy a ofrecer a mis hijos? Me parece sano y muchos más eficiente que los niños puedan experimentar con la libertad y el libre albedrío en este sentido.
  8. Por respetarlos como seres humanos. Ya sé que esto suena muy extremo, pero si los padres aceptan a sus hijos tal y como son, y no los persiguen o empujan a ser de otra forma, ni les obligan a estar en un sitio donde no desean o donde no se sienten bien y donde sus aspiraciones y sueños no tienen muchas oportunidades de cumplirse, esto es respeto hacia ellos. Yo sentí que mis padres y la sociedad en la que viví en mi infancia, en general, no me respetó como ser humano. Sé que mis padres no pudieron hacerlo de otra forma, y he perdonado hace tiempo el hecho de que me llevaran al colegio, porque podían ir a la cárcel si no lo hubiesen hecho… pero sentí que no me han respetado, y no quería bajo ningún concepto repetir la experiencia siendo yo madre y pudiendo hacerlo de otra forma.
  9. Porque quería que socializaran de forma sana y natural con las personas de su entorno. La idea básica es que socializar significa asimilar pautas de comportamiento – ¿qué mejor que la familia para ello? Los niños nacen de adultos, se crían con adultos y aprenden de los adultos de forma natural. Por lo tanto afirmo que es normal que socialicen sobre todo con adultos cariñosos, respetuosos y creativos. Jugar con otros niños es otro aspecto de la socialización, pero a ratos y de forma libre. Y esto es precisamente lo que nosotros, como padres, hemos propiciado para nuestros niños, creando un entorno seguro y adecuado para que socialicen con nosotros y los adultos y niños de nuestra “comunidad, es decir, de nuestro círculo personal o profesional de amigos y sus familias. O permitiendo su interacción directa con profesionales de otras disciplinas.
  10. Por sentirme más que capacitada para enseñar y educar a mis hijos. Sí, hay muchos amigos míos – algunos profesores – que me han comentado extrañados o con cierto desprecio: “¿Y cómo es que tú les has enseñado? ¿Estás preparada para ello? Tú no eres profesora, ¿cómo lo has logrado? Es que es dificilísimo”. Contesto aquí. Fue fácil, usé mi sentido común.
    Hay varios aspectos. Para el primero voy a plantear la siguiente cuestión: ¿cómo es posible que se les imponga a los niños aprender un curriculum que es dificilísimo para los adultos??? Es una contradicción terrible. Tenemos un curriculum oficial que es “dificilísimo” de enseñar por cualquier adulto que no sea profesor, pero sí que los niños lo asimilarán en seguida sin problemas. Y si es tan difícil para los adultos-padres, ¿cómo es que se les pretende colaborar en ello obligándoles a ayudar a sus hijos en los deberes resultados del mismo curriculum? Es más, si los padres han asimilado/ aprendido más o menos el mismo curriculum en su momento, ¿cómo es posible que no estén ahora, de repente, capacitados para enseñarles a sus propios hijos lo mismo?
    En cuanto al segundo aspecto otra pregunta: ¿por qué se piensa alguien que TODO lo que hay en el curriculum es necesario exactamente en la forma que se ofrece por el sistema? ¿Por qué no se acepta que hay otras maneras de presentar/enseñar los mismos conocimientos/informaciones de los libros de texto? ¿Y por qué se piensa que sólo el curriculum ofrecido es el único bueno para TODOS los niños?

Os dejo con estas preguntas. Mientras tanto mis hijos han crecido y estudian ahora en sendas facultades elegidas según sus intereses. No sólo que hacen frente a los retos de la educación superior, sino que están entre los mejores. Tengo claro que la educación en casa funciona y que no hace falta ser profesor, aunque sí es necesario tener ganas de aprender al lado de tus hijos, ser respetuoso con sus talentos y deseos, ser consciente y responsable, tener criterio propio, y ser flexible y creativo en los métodos que se usen, tener sentido común y práctico, y espíritu crítico.

Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

Los niños y la felicidad

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Leí hace unas semanas un artículo bastante terrible acerca de la felicidad y de lo absurdo que es desear tener hijos felices (!). Pues sí, tal cual. El autor, un filósofo navarro, afirmaba que “los padres que quieran hijos felices tendrán adultos esclavos de los demás” y advertía que la sociedad no tratará a los niños por el grado de felicidad que tengan, sino por aquello que sepan hacer. Que la vida es complicada y pretender vivir en nubes rosas es vivir fuera de la realidad y no saber nada sobre la misma.
Me quedé algo pensativa; es la primera vez que leo que tener hijos felices es absurdo. Porque para mí la felicidad significa saber aceptar la vida tal y como es, y es lo que deseo para mis hijos, para mí, y para todo el mundo.
Por supuesto que la vida es complicada, esto lo sabemos todos, la cuestión es saber vivirla sin deprimirnos.
Y precisamente saber gestionar emociones y centrarnos en las que nos ayudan a entender mejor lo que nos ocurre es un factor que nos hace felices.
Varios factores nos pueden ayudar a criar y educar niños felices que llegarán a vivir como adultos felices:
  • respetar a nuestros hijos y a sus decisiones; si consideramos que hay peligro en ello, explicarles con paciencia por qué es mejor cambiar de opinión
  • saber negociar de forma respetuosa con ellos
  • dejarles elegir su propia educación guiándolos de forma apropiada, pero sin obligarles a hacer lo que nosotros queremos, sino ayudarles a obtener aquello que ellos desean
  • poner límites mínimos, pero serios y de sentido común y respetarlos siempre
  • paciencia y disponibilidad de tiempo y de recursos de todo tipo (desde emocionales hasta intelectuales)
  • dejarles jugar mucho, y permitirles descansar
  • ofrecerles y rodearlos de estímulos culturales y, en general, de cosas que consideramos saludables para su mente y su cuerpo
  • ser un modelo adulto para ellos y tener coherencia, honestidad, integridad y mucho cariño
  • acompañarlos en sus exploraciones y descubrimientos sobre la vida y el universo.
Todo esto representa la receta garantizada de criar seres humanos felices, con inteligencia emocional y autoestima sólida, y con muchas habilidades de todo tipo. Porque saber hacer algo para la sociedad significa hacerlo con pasión y vocación y esto es imposible si el niño no ha sido feliz en su infancia y el adulto que ha resultado es un frustrado y tiene el autoestima débil.
Precisamente los niños felices son fuertes, valientes y realistas: saben que la vida no es fácil, pero van aprendiendo a desarrollar sus propios recursos emocionales para sobrellevar las vicisitudes de la vida y la aman tal y como es. Para poder apreciar la vida y a los que nos rodean hace falta ser apreciados, amados y felices en la infancia por los que nos cuidan. No sabemos apreciar lo que no tenemos y no nos han enseñado.

Vivir feliz no significa vivir en la nube y evitar los problemas, sino saber cómo resolver conflictos con sabiduría, paciencia y calma. La sabiduría se adquiere con el tiempo y desarrollando un buen criterio personal. La paciencia y la calma se obtienen a través de la buena gestión de las emociones que, a su vez, se adquiere viviendo en calma, y siendo feliz.

Estoy de acuerdo, no obstante, con su afirmación: “ser adulto, o hacerse adulto, es aprender a querer a los que te rodean a pesar de que estén llenos de faltas.” Pero repito  que jamás aprenderemos a querer a nadie, ni a nosotros mismos, con o sin fallos, si previamente, al nacer nosotros, no hemos sido amados de forma incondicional por nuestros padres. Hay que aprender a amar, en efecto; y los primeros que nos dan esta importante lección son nuestros padres. Es lo único que nos puede hacer felices. Sentirnos amados de forma incondicional, aunque seamos imperfectos y nos equivoquemos muchas veces.
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Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

Aprender y vivir… Vivir y aprender

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Una amiga de FB me pregunta cómo nos hemos organizado para aprender, enseñar, educar, estudiar…

Como ya indica el título de mi entrada lo que hemos hecho ha sido vivir el día a día e intentar aprender de lo que nos ocurre diariamente.
¿Más concreto?
Partí de la idea que el aprendizaje no puede estar separado de la vida real. No se puede aprender sobre la vida estando encerrado entre cuatro paredes. Ni siquiera los conocimientos académicos se asimilan en realidad de esta forma. Necesitamos jugar, equivocarnos, explorar, experimentar, necesitamos usar los cinco sentidos, experiencias sensoriales al 100%; necesitamos movernos ya que el movimiento físico conduce a la creación de nuevos sinapsis en el cerebro, por lo tanto nos ayuda a asimilar lo que queremos aprender y recordar. Necesitamos descansar también, para que lo aprendido se pueda estructurar dentro de nosotros y de nuestra mente.
Todos, seamos niños o adultos, todos aprendemos así.

Sabiendo ahora todo esto ¿cómo nos hemos organizado nosotros?

En primer lugar hemos jugado mucho, mucho – hasta que mis hijos cumplieron los 11-12 años, aprendimos jugando. Y me incluyo, porque yo también he aprendido mucho durante estos años, no sólo mis hijos.
Por la mañana empezábamos sin prisa, despertando a la hora que nos venía bien, lavándonos y vistiendo ropa cómoda.
Desayuno.
Juego organizado casi totalmente por mis hijos; pocas veces he tenido yo que intervenir en este sentido. Tenían imaginación y creatividad por un tubo, no hizo falta venir yo con ideas.
A lo mejor luego película de dibujos animados en VO. Una hora, nada más. Nos servía, como dije en tantas ocasiones, para aprender inglés o para familiarizarse con otros idiomas.
Ir de compras, según necesidades.
Preparar almuerzo; cuando tuvieron edad suficiente, ya ellos ayudaban también.
Comer.
Más juego, o descanso, también según necesidades.
Dibujar, recortar, leer, jugar con PlayMobil o Lego o cualquier otra cosa que nos inspire.
Hacer manualidades o salir a pasear o ir de visita.
Hablar, debatir, conversar – todos los días, siempre, escuchar su opinión, comentar con ellos lo que me parecía interesante o importante o simplemente nimiedades.

Alrededor de la edad de 9-10 años empezamos con algunas actividades más formales – no más de media hora al día – lecturas y dictados, matemáticas, y otro tipo de nociones relacionadas con los libros que usábamos. Trabajábamos por proyectos principalmente, en ningún caso por asignaturas – la mayoría de las veces el tema del proyecto lo elegían ellos aunque yo podía proponer. Y seguían jugando y haciendo las demás actividades. Iban a clases extraescolares de música/instrumentos musicales, ballet, taekwondo. O talleres puntuales de cocina, trabajo en madera, visitas a museos, excursiones, viajes.

Y luego ya algo más formal a partir de 13-14 años cuando los matriculamos a un instituto a distancia y teníamos que cumplir con ciertos requisitos académicos por los créditos y las evaluaciones, para tener, al final, un diploma en vistas a los estudios superiores en la universidad. Aún así, con estas actividades no empleábamos más de dos horas diarias, a veces tres. No hacía falta más.
Seguíamos con el juego, con la lectura – a elección siempre -, las tareas de la casa, las salidas, las clases de actividades extraescolares, y por supuesto, teníamos más estructura, de otra forma habría sido difícil. Eran más actividades y además los niños eran más mayores, en alguna medida lo pedían ellos mismos.

A lo largo de los años puedo decir que, a pesar de usar elementos eclécticos de distintos  “métodos” pedagógicos, pero de forma intuitiva – nos preguntan por los “métodos” y a veces no sé qué decir, ya que no hemos usado un método en concreto – al final la línea directora fueron los deseos y necesidades de los niños. Siempre. Es decir el método fue seguir el niño; el punto de partida que es el interés/ la curiosidad natural del niño ya está presente desde el principio.
Otro principio básico fue que siempre partimos de lo práctico para llegar a lo teórico. Si no comprendemos y asimilamos primero lo concreto, es imposible entender lo abstracto.
Y otro principio igual de importante: no atosigar, no machacar con conocimientos e informaciones no pedidas.

Porque en realidad, sinceramente, más de la mitad del currículo escolar está de más.
Los niños aprenden de las interacciones con los adultos que los rodean, de las actividades que organizan juntos, de los juegos libres con otros niños controlados por ellos mismos, de las tareas de la casa con las que ayudan por necesidad o por deseo de colaborar, de la vida diaria, de los proyectos que eligen, de las conversaciones que tienen lugar siempre… de vivir la vida, en definitiva, con todo lo que ello conlleva.

Lo que podemos aprender de las comunidades tribales

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Cómo crían y educan a sus hijos.

1. La comida más sana para el bebé es la leche de madre.
Los niños están amamantados hasta los 4-5 años porque las madres saben de una larga tradición de sabiduría materna que es la comida más sana para el sistema inmune del bebé.

2. Los bebés nunca deberían estar solos.
Desde el amanecer hasta la puesta del sol los bebés están porteados por adultos. Si los padres están trabajando otros miembros de la familia los llevan en su lugar. Por la noche duermen con sus padres o con sus hermanos.

3. Los bebés no lloran si sus necesidades de contacto están cubiertas.
Se los tiene en brazos todo el tiempo o están en contacto permanente con alguien. Las tribus saben que los bebés necesitan el calor y el apoyo del tacto para poder crecer sanos en todos los aspectos de su desarrollo.

4. A los bebés se les amamanta a demanda. En las comunidades tribales raras veces escucharás un bebé llorando. Los bebés duermen normalmente desnudos entre los seres queridos.

5. No se necesitan sillas de paseo.
Portear a sus bebés ofrece a los padres más libertad para moverse y el bebé también llega a ser más independiente ya que suele ver el mundo desde la perspectiva de un adulto.

6. El colecho es algo natural.
Las familias, y a veces también los extraños, duermen juntos, sobre todo si hace frío. Suelen colocar sus manos y sus pies debajo de los brazos o ingles de los demás para mantenerlos calientes y así poder regular la temperatura de su cuerpo.

7. Ser padres se comparte con toda la comunidad. En las tribus indígenas, las tareas de ser padres se comparten con toda la comunidad. En toda la tribu existe una responsabilidad colectiva de criar un niño.

8. Crianza y educación sin castigos.
Ellos creen que el papel de la familia es “plantar buenas semillas”. Reconocer el comportamiento positivo es mucho más poderoso que castigar el “mal” comportamiento.

9. Educar sobre la marcha y continuamente.
Los padres se toman la educación en serio y van contestando a las preguntas y atendiendo las inquietudes culturales y sociales de sus hijos en todo momento. Es más, normalmente toda la tribu contribuye, ya que cada miembro sabe a veces cosas distintas que le pueden interesar a los niños, y contestan con naturalidad a todas sus preguntas o escuchan con respeto sus comentarios.

10. Saben que educar no significa machacar.
Enseñar no es algo que se pueda hacer en contra de la voluntad de alguien. Uno puede elegir a aprender o no de quienes le rodean. Los padres procuran ser modelos para sus hijos por un lado – porque no saben cuándo pueden inspirar a los niños – y por otro no imponen conocimientos no necesarios o no pedidos.
Saben que no se educa a través de la imposición, y nadie aprende por miedo, sino por pasión o necesidad.

11. Saben que hacen falta más adultos para educar un niño.
Vivir en comunidad ofrece una magnífica oportunidad para los niños; pueden observar + imitar + copiar + inspirarse = APRENDER de muchos adultos de su alrededor, desde pautas de comportamiento, modalidades de encontrar soluciones a los conflictos, hasta cómo realizar una tarea necesaria o desempeñar un oficio. Jugar con los niños está bien para jugar, asimilar y practicar lo que se aprende de los adultos o lo que los niños aportan de manera creativa, individual y espontánea al mundo, ya que todos venimos con un objetivo desde que nacemos. Pero el aprendizaje real florece de forma espectacular cuando hay más adultos alrededor y cada uno añade su “granito de enseñanza” porque cada uno sabe algo distinto – o lo explica de distinta forma – que los demás. De esta forma la enseñanza es más rica, más creativa e interesante, más viva y más comprehensiva.

Cómo aprovechar estas enseñanzas en el mundo urbano occidental

Mucha gente del entorno urbano y sobre todo los que deciden educar ellos mismos a sus propios hijos crean a su alrededor una especie de “tribu de ciudad” que, si bien es distinta a las comunidades tribales tradicionales y tiene otra logística, funciona sin embargo de forma parecida.
Las relaciones entre los distintos miembros son también cercanas y fluidas, se visitan en cuanto sus horarios de trabajo lo permiten, colaboran y cooperan, aprenden unos de otros, aportan lo mejor de cada uno, y los niños perciben todo este ambiente de colaboración, creatividad y cariño, aprenden de cada individuo cosas distintas, a veces – si son un poquito mayores – ayudan o se involucran en proyectos comunes junto a los adultos, y se acostumbran a trabajar de forma sinérgica, percibiendo las intersecciones de campos, disciplinas o culturas y combinando los conceptos existentes para dar a luz a nuevas ideas, fuera de lo tradicional o convencional.
Algunos padres buscan trabajos más adecuados para conciliar la crianza de sus hijos y los horarios de trabajo, muchas madres se planifican para poder estar todo el tiempo posible con sus bebés y amamantarlos, acompañando siempre a los niños, y para los otros momentos se turnan con los padres, o bien sea con otros adultos de confianza; muchas trabajan desde casa y hacen sus recados junto a sus niños, pero también piden ayuda para tener algo de tiempo para sí mismas.

¿Seguirás estos principios de crianza tribal?

¿Y por qué no?

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Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

¿Cómo enseñarles a dos hermanos a jugar entre ellos?

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Una pregunta planteada por una mamá hace poco refiriéndose a sus dos hijos de 3 y 1 año y medio, respectivamente.

En realidad, no les podemos enseñar esto directamente, ya que esto no se enseña como una lección y ya está.

Yo plantearía otra pregunta: ¿por qué queremos que dos niños tan pequeños aprendan a jugar entre ellos y compartan juguetes? Son todavía muy pequeños, no han desarrollado todavía sus habilidades sociales porque no han tenido ni tiempo, ni la experiencia vital necesaria.
Es decir, a estas edades lo normal es que los niños jueguen más con los padres o los adultos que los cuidan. No es que no puedan socializar entre ellos, pero les faltan las herramientas emocionales necesarias para que socialicen durante mucho tiempo y que lo hagan de forma provechosa y eficiente.

En realidad una actitud más positiva sería no tener expectativas demasiado altas en este sentido y procurar estar a su lado mientras juegan para intervenir si se cansan de estar juntos – sí, es normal a esta edad – y para calmar los espíritus. Recordar que la tolerancia de los bebés o niños pequeños al estrés es casi cero.

Pretender que niños tan pequeños sean ya autónomos en cuanto a la socialización – aunque sea con el hermano – es como querer que ya sepan conducir un coche.

No me canso de decir que los niños copian actitudes, comportamientos, reacciones/ respuestas emocionales de los adultos, y necesitan tiempo para integrarlas y, sobre todo, llegar a ser conscientes de cómo las han integrado.

La solución es intentar ser un buen ejemplo desde todos los puntos de vista sabiendo que nos copian en todo, dar lo mejor de nosotros mismos y exponer a nuestros hijos el mayor tiempo posible a la presencia de adultos igual de responsables y conscientes que nosotros, si es que no tenemos la posibilidad de estar nosotros con ellos siempre.  Y ya aprenderán a jugar y a compartir con los hermanos casi sin ningún otro esfuerzo por parte nuestra aparte de mostrar paciencia, calma y una actitud positiva en la medida de lo posible.

 

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Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

Bebés, papás y rechazos temporales

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Una mamá nos cuenta un poco triste que su bebé rechaza al padre últimamente aunque hasta ahora no hubo ningún problema entre ellos. A veces esto pasa.

Primero lo importante es no perder la calma, no tomárselo como algo personal. Es probable que el niño que lo hace sienta la necesidad de estar más con la madre, por la razón que sea. Recordemos que el padre es importante en la familia, pero en la relación mamá-bebé, sobre todo en los primeros 3 años de vida del bebé, la madre es fundamental biológica y emocionalmente hablando.

Es una etapa, así que lo mejor que puede hacer el padre es tener paciencia y no meterse, y no imponer su presencia más allá de lo que el niño le permite. Respetar los límites. Eso además le da confianza al niño, ya que comprueba que sus deseos son respetados por los adultos que le cuidan, y le hace tener confianza en sus propios deseos, en la manera y eficacia con la que comunica estos deseos, y en los adultos que le rodean, en general, porque le hacen caso.
A nosotros nos pasó con Radu, tuvo un período largo – más de un año – en el que sólo quería estar conmigo. Venía el padre – bueno, le pedía yo el favor porque estaba más que cansada de tener que atender también a Adina – y Radu lloraba y lo rechazaba. Así que el padre, más práctico que siete, me decía que la cosa no funciona y que tengo que volver yo al lado de Radu, y se ocupaba él de Adina.
Lo bueno es el poco trauma que le causó este período al padre. Le acabo de preguntar si se acuerda de aquel período de rechazo por parte de Radu (han pasado 19 años desde entonces) y me dijo que “NO” – un no rotundo.
Y la relación padre-hijo ahora – y desde hace muchísimos años – es buenísima y de confianza y complicidad total. El padre siempre estuvo allí cuando se necesitaba, pero no impuso su presencia más allá de lo que se le permitió.
Esta debería ser siempre nuestra actitud, así, en general, con cualquier persona de nuestro entorno, sea niño o adulto, sea familiar nuestro o no – siempre y cuando no se trata de situaciones de riesgo o peligro, evidentemente – respeto hacia su espacio físico y emocional.
Dicho de otra forma, en un período de “rechazo hacia el padre”, si a un niño le pasa/desea algo y el padre está cerca – ya que por razones de logística claro que viene mejor a veces que vaya él, ya lo sé – que le pregunte antes si quiere que le atienda él, siempre y cuando no se trate de vida o muerte. Que le pida el permiso. Ya sé que suena raro, pero suele funcionar a la larga.
Paciencia y respeto. Y siempre una sonrisa, eso sí. Aunque esto al principio le cueste. El adulto es él. Si comprende que esta es sólo una etapa y no es algo personal, va por el buen camino.
Va a tener una magnífica relación con el hijo.
Sorina Oprean

Tener paciencia y confianza

Adina si Radu -iun 2015

Ayer me he quedado boquiabierta con mi hijo. Ha escrito un ensayo sobre el cine neorrealista italiano – en inglés – que me ha dejado pasmada. Evidentemente, escribe mucho mejor que yo, parece un profesional. Usa palabras literarias o de especialidad, términos profesionales, tiene las ideas claras y concisas, va directo al grano. Vamos, me está dando lecciones. Y este tremendo salto lo ha dado en un año prácticamente.

Esta sorpresa me ha hecho reflexionar, sobre todo porque desde hace un par de meses trabajo en una escuela inspirada por el método Reggio Emilia. Desde luego es mejor que una escuela convencional – por lo menos mejor que algunas – pero teniendo en cuenta que los padres sí quieren que sus hijos sigan también el curriculum nacional y el ritmo impuesto por el mismo es mucho más rápido que el que tienen en realidad los niños, pues qué queréis que os diga… incluso a estos niños se les “empuja” un poco para poder tocar todos los temas propuestos y para llegar a “desarrollar las competencias” previstas por vete tú a saber qué experto, como si las competencias fuesen iguales para todos y las desarrollaran a la vez.
John Holt, que estuvo mucho tiempo observando a los niños – pero no sólo él – sostiene que los niños aprenden en “saltos”. Pues así es. Puedo confirmarlo por haberlo observado yo también en la evolución de mis ambos hijos. No existe el aprendizaje lineal, no para los mamíferos de este planeta, desde luego.

Quien dice que no aprendemos de mayores y que hay que “obligar a la disciplina y a los hábitos” desde pequeño, no sabe de qué habla. A mis hijos nunca les he obligado a escribir ensayos, aunque sí que ambos sabían escribirlos – de una forma básica y correcta – para sus deberes cuando estudiaron a distancia o cuando hicieron los cursos de inglés.
Eso sí, les he animado a los dos a leer, a escribir lo que quisieran, y hemos leído juntos libros o artículos ocasionalmente. Vamos, les he preparado el “ambiente” y les he dejado elegir, inspirarse o descansar. Nada de obligar; sí, permitir elegir y ofrecer inspiración. Durante años han escrito ensayos banales quizá, básicos, como ya dije, esquemáticos. Cumplían. Incluso había errores de sintaxis, de ortografía, de estilo… los corregíamos un poco respetando sus ideas y el fondo. Un poco de retoque, nada más. Y así pasaron años. Hasta el año pasado cuando mi hija empezó su blog en inglés sobre las relaciones románticas a distancia y cuando mi hijo empezó el curso universitario de cinematografía. A base de escribir, de equivocarse, de corregir sin presiones y sin prisas para quemar etapas, de volver a escribir, a cometer errores, fueron practicando los dos y, de repente, en un par de años, han llegado a “su excelencia”. Un buen nivel, digamos.

Cada vez me reitero en mi decisión de educar en casa, jamás de los jamases creo que habrían llegado a este nivel de comunicación y esta motivación si hubiesen estudiado en el colegio. Porque la paciencia y la confianza que tuvimos nosotros, como padres, con ellos es prácticamente imposible de llevar a cabo en una escuela.

Sigo pensando que hay que ir cambiando los colegios, la estructura, el curriculum, para que los niños puedan ir a su ritmo, que es bueno esperar y no quemar etapas, y tomarse las cosas con calma y fundamento.

Sorina Oprean

Igualdad en la educación

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El título de mi entrada de hoy fue el motivo de una discusión que tuve con unos amigos profesores hace poco, aunque no es la primera vez que me hablan de este concepto.

Pero, en realidad, ¿qué es la igualdad en educación? ¿A qué se refiere el término? ¿A la igualdad en cuanto a oportunidades de educarse en general? ¿O a la igualdad de curriculum escolar? ¿O a la igualdad de tener acceso a la educación?
Estoy de acuerdo con que todos somos iguales y tenemos derecho a acceder a una educación, sin una educación mínima no podríamos ser autónomos, ni podríamos aprovechar todas las oportunidades que se nos presentan en la vida, ni nuestros propios talentos y habilidades.
Pero nada más.
Porque estoy un poco harta de esta frasecita que parece tan políticamente correcta, pero lo único que hace es generalizar necesidades y posibilidades.

En realidad no acabo de entender ¿por qué deben saber TODOS LO MISMO? Es decir, para mí la educación DEBE ser distinta según el niño. Y no me refiero a que unos deben saber menos y otros más, sino que todos deben saber desenvolverse y ser autónomos, pero cada uno aprenderá a hacerlo a su manera, con un paquete de conocimientos y talentos distintos, y en ritmos y tiempos distintos.

La igualdad debe encaminarse hacia este objetivo, que todos tengan las oportunidades para desarrollar SUS propios talentos y posibilidades.

Además la educación básica en cuanto a conocimientos significa bastante menos que lo que hay en el currículo nacional que está demasiado denso hasta para un adulto. Si igualdad en educación significa  que todos tenemos que tragarnos y memorizar los mismos libros de texto y las mismas nociones teóricas, ya vamos mal. Primero por la gran cantidad de información que se pretende que memoricemos. Y segundo porque no a todos nos interesan las mismas informaciones, ni nos ayudarán en la vida o las necesitaremos siquiera.
Porque al final uno aprende lo que necesita o le despierta el interés, y en función de esto ordenará su vida y sus aprendizajes. Las pasiones y las necesidades ofrecen la motivación interior – el único motor para el aprendizaje real.

Y si nos referimos a la educación básica desde el punto de vista de las habilidades, pues eso es algo más complejo porque aquí la variedad es infinita y uno se tiene que adaptar al material que tiene, no intentar adaptar el material al método.

Por dar un ejemplo práctico y algo trivial, pero válido: si yo tengo varios trozos de tela de distintos tamaños, texturas y dibujos, está claro que para cada uno necesitaré un patrón distinto e incluso una tecnología de costura distinta (no es lo mismo coser lana que seda o algodón)… si hay esta variedad tremenda en las telas, ¿por qué suponemos que en los seres humanos – mucho más complejos y diversos – no hace falta una variedad incluso más grande para atender las necesidades educativas y emocionales de todos para, así, ofrecer de verdad igualdad de oportunidades para todos?

Aquí os dejo con esta pregunta. Me gustaría que reflejáramos más en la igualdad real de oportunidades en educación y menos en imponer un paquete de informaciones elegidas por un puñado de “expertos” sin pensar en las motivaciones personales de cada ser humano de este planeta.