Carta abierta a un profesaurio

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Querido profesaurio:

Orgulloso presumes de ser un excelente profesor y de enseñar muy bien, pese a que tus alumnos no atienden, no estudian, no sacan el curso, no hacen las tareas, no se enteran de nada y no aprenden. Tus alumnos son unos vagos.

No tienes conocimientos sobre psicología infantil, crianza, pedagogía, ni falta que te hacen. Todo eso son gilipolleces flowerpower. Los alumnos son vagos, no porque tus clases sean insoportables, tú un prepotente sin reciclaje, tus métodos iguales que los de la escuela de hace cien años y los contenidos completamente desfasados y sin interés. No es que los niños lleven años encerrados haciendo filas, fichas, exámenes memorísticos, con castigos, regaños, burlas, ceros, caritas tristes, silbatos, silencio y horas y horas en una silla. No, es que son unos vagos.

No tienes, repito, demasiados conocimientos sobre psicología infantil, crianza ni pedagogía, pero tienes muy claro que los niños son vagos naturalmente, que no quieren aprender y que la culpa de que no tengan capacidad de concentración y trabajo es de los padres que los miman y protegen y no les enseñan el valor del esfuerzo.

Por supuesto,  demuestras que no tienes empatía, ni comprendes la mente del niño o del adolescente, desprecias sus intereses o preocupaciones, los consideras unos vagos que solo buscan satisfacción inmediata y no tienen ningún interés por aprender nada ni lo han tenido desde la cuna.

Admites no tener ninguna vocación por la enseñanza. Caíste ahí, no tenías otra salida profesional, lo que te gusta es lo que estudiaste en la carrera y no la enseñanza. Te quejas mucho, lógicamente quieres conservar tus derechos laborales y mejores condiciones pero, en lo pedagógico, desearías volver a un modelo educativo lo más cercano posible al franquista:  autoritarismo, prioridad de los contenidos clásicos del currículum y muchos exámenes y reválidas (bueno, eso no, que te quita autoridad).

Tu formación o ganas de aprender de pedagogía, psicología, neuroapendizaje, metodologías novedosas, uso de las redes, internet, educación emocional, trabajo por proyectos, comunicación positiva… es casi nula. Y presumes de ello. Te gusta mucho el modelo de enseñanza del siglo II: tablillas de cera y memorización, supongo. Las mentes de tus alumnos son nueces que abrir. No se que significa eso, pero debe ser una teoría del aprendizaje que desconozco.

De hecho, crees que hablar de educación emocional y personalización es atacar a la “escuela pública”, donde, según tu opinión, todo eso no solo es inviable, sino que sobra.

No, no he terminado. Pese a tu rotunda incapacidad para ser considerado un educador, algo que los padres queremos poder tener enseñando a nuestros hijos, exiges que nos callemos la boca, que no reclamemos, que no pidamos nunca explicaciones, porque solo así demostraremos que les damos a los profesores el respeto y la autoridad que merecen por tener un título y una oposición. Los padres, calladitos y diciendo “si señor”, como sus hijos. Otra cosa es ir contra ellos, contra la Educación Pública y contra su sabiduría incuestionable.

Que la gente con las ideas más retrógradas en educación, ultraconservadores pedagógicos sin formación en psicología ni pedagogía, que desprecia los conocimientos sobre emociones, procesos de neuroaprediizaje y metodologías innovadoras, se dedique profesionalmente, aunque sin vocación, a educar, es, quizá, el mejor diagnóstico que puedo hacer de los males la Secundaria en España.

Pero, para despedirnos, querido señor profesaurio, siento decirte que vas a extinguirte pronto como especie en las aulas.  Los maestros del futuro vienen llenos de vocación, empatía y con muchas ganas de aprender e innovar. Las familias ya no son borregos que balarán cuando les ordenes, vas a tener que darles explicaciones. La inmensa mayoría de la sociedad está dos mil años por delante en respeto a los niños y en innovación educativa. No nos importan ya tus opiniones, el siglo II ya pasó, y ahora vamos a por el futuro.

Mireia Long

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