Las madres queremos lo mejor para nuestros hijos

Me encuentro ahora, un año más tarde, un artículo en una página web de profesores de instituto, en el que el autor se queja por la intromisión de los padres en un grupo de profes, habla con desprecio de las reivindicaciones de las madres acerca del tratamiento que reciben sus hijos en las escuelas y se queja por algunas invectivas que algunas madres muy dolidas han dejado escapar en este sentido. No doy el enlace porque no quiero hacerles publicidad y en realidad el artículo en sí es lo de menos.

Pero me ha llamado la atención la inconsciencia del autor, su convicción de que no es culpa suya o del sistema, que los únicos culpables aquí son las madres y los alumnos, y me ha hecho reflexionar y preguntarme por qué muchos de los profesores son incapaces de hacer autocrítica, de ponerse en la piel de una madre, y – sobre todo – hacer un análisis un poco más profundo sobre su propio objetivo como docentes, sobre cómo funciona en realidad el sistema y cuáles son sus defectos, defectos que pervierten de forma irremediable a veces el acto educativo/el proceso de aprendizaje. John Taylor Gatto – docente en el sistema educativo estadounidense también durante muchos años – lo ha hecho, ha sido capaz de hacer autocrítica, de entender a los padres y sus quejas (entre otras cosas porque él también es padre), ha sido capaz de escarbar un poco en la imagen idealizada de la escuela y ver la cruda realidad y describirla con pelos y señales en sendos libros esclarecedores sobre la ineficacia del sistema educativo convencional y los efectos negativos/dañinos que puede tener sobre nuestros hijos. Como John Taylor Gatto hay muchos más – por suerte nuestra, cada vez hay más profesores que ven que el sistema está lleno de defectos y hasta de malos propósitos.
¿Por qué, no obstante, hay muchos otros docentes que son incapaces de este ejercicio tan sencillo que se llama “pensamiento crítico” y que, supuestamente, ellos mismos se lo enseñan a nuestros niños en las instituciones educativas??

En el artículo en cuestión el autor cargaba tintas contra las madres y, como no, sus respectivos retoños… vamos, la culpa era de las madres que querían que sus hijos no sean castigados con exámenes y malas notas, expulsiones y demás lindezas que suele usar el sistema cuando es incapaz de ofrecer verdadera educación e instrucción académica a los alumnos hacinados por decenas en aulas con diseño de fábricas adornadas.

Con todo mi respeto para el enfado del autor, no veo una argumentación seria relacionada con sus quejas; da por sentado que las madres quieren que sus hijos se queden tontos. Si bien habrá algunos padres que piensen esto por dejadez o falta de responsabilidad (alguna minoría minúscula), mi opinión es que la postura del autor está equivocada porque de todas las madres que yo conozco personal o indirectamente, de todas las que aparecen incluso en obras de ficción, no sólo en la realidad que nos rodea, de TODAS no hay ninguna que no quiera que su hijo llegue a lo más alto de su potencial real como ser humano. Ni una. Es más, todos los padres deseamos que nuestros hijos lleguen a ser importantes para sí mismos, que incluso hagan el bien y sean adultos positivos que aporten a la sociedad en la que viven.
Las madres queremos lo mejor para nuestros hijos. Y claro que la enseñanza debe y puede cambiar de planteamiento, posturas y funcionamiento para apoyar un desarrollo provechoso de las personalidades de nuestros hijos.

He educado a mis dos hijos en casa desde que nacieron hasta que entraron en sendas facultades en Londres y en La Haya, no me canso de decirlo, y siempre lo he hecho según los principios de respeto, cariño y libertad que se merecen todos los seres vivos de este planeta, y que el autor del artículo en cuestión, según parece, aborrece.
No he abolido la disciplina y la exigencia, pero les he permitido a ambos niños que las desarrollen solos. Y sí, he tenido un sagrado respeto al genio innato y espontáneo y creativo de ambos porque es el bagaje natural con el que nacemos todos, y sería una pérdida tremenda desperdiciarlo machacándolo y bloqueándolo con actividades repetitivas o poco interesantes como las que suelen tener lugar en los colegios.
No, no los he “suspendido”, “castigado” o “expulsado” nunca jamás a mis hijos porque todos los días me demostraban que sabían mucho y que aprendían continuamente. Y yo aprendía junto a ellos todos los días algo nuevo. Claro, no eran las típicas “asignaturas obligatorias”, eran contenidos/conocimientos académicos y culturales de su interés específico, proyectos educativos relacionados con sus o nuestras necesidades como familia, actividades de su elección para desarrollar habilidades individuales personales, búsquedas individuales de información y datos de interés personal.

Así que vuelvo con algunas preguntas y me gustaría hacer reflexionar a todos, padres o docentes, y que piensen qué tipo de educación deseamos para nuestros hijos, lo más preciado que tenemos en nuestras familias.

¿Acaso pedimos demasiado como padres al insistir que se RESPETE la individualidad de cada niño y que la enseñanza tenga de verdad como objetivo el desarrollo de su potencial único??

¿Pedimos demasiado cuando no queremos que se les machaque a los niños con contenidos pesados, incomprensibles e imposibles de asimilar incluso para los adultos inteligentes; o porque no queremos que los niños estén hacinados en espacios pequeños y obligados a estar sentados en unas edades en las cuales el movimiento físico es PRIMORDIAL para su salud presente y futura y para su desarrollo físico y psíquico armonioso y correcto?

¿Pedimos demasiado cuando queremos respeto para los niños, paciencia para con los procesos biológicos y cerebrales involucrados en el aprendizaje, y cuando pedimos que se apliquen los últimos descubrimientos de la neurociencia en la educación?

¿De verdad, maestros y profesores, os creéis que las madres no sabemos de qué estamos hablando cuando pedimos todo esto para nuestros hijos??

¿Y sois incapaces de entender un poco la rabia que puede sentir una madre cuando ve que el potencial maravilloso de sus hijos se desperdicia de forma brutal año tras año en las instituciones educativas que defendéis con tanta convicción?

Ya sé que los profes sois igual de víctimas que los niños en todo este asunto (lo he vivido en carne propia yo también), pero por favor, un poco de consciencia y decencia, porque entre los dos grupos, los docentes sois los adultos, no los niños, y tenéis más madurez, responsabilidad y consciencia que ellos. Si vosotros no hacéis uso de vuestro pensamiento crítico y sentido común, y no protestáis junto a los padres, nadie lo va a hacer; por su inmadurez los niños no saben qué ocurre y no son capaces de hacerlo, llegando a ser, de esta forma, los mayores perdedores en todo este sistema inhumano de “educación” – o quizá debería decir sistema de adiestramiento y adoctrinamiento.
Dejad ya de dormir en el siglo pasado y despertad, el sistema educativo actual no se acerca ni remotamente a las necesidades reales educativas de nuestros hijos o de los seres humanos, en general, y menos en el milenio tres en el que ya hemos entrado desde hace 18 años.
Dejad de reproducir este sistema y creer que sirve para algo, dejad de defenderlo, se ha quedado obsoleto, escuchad de una vez las quejas de los padres y observad las necesidades auténticas de los niños. Las reales, las verdaderas, no lo que dictan unos “expertos” que no tienen ni idea en unos despachos de ministerios.
Por favor. Porque luego, a la larga, los grandes perdedores somos nosotros, los adultos y toda la humanidad, porque estos niños de hoy crecen en estos entornos punitivos, negativos, policiales, faltos de cariño, atención, estímulos intelectuales, culturales y emocionales sanos, impregnados de ideas subliminales de injusticia, desprecio hacia sus personas y sus necesidades, agresividad, y hasta abandono, y se transforman en seres adultos que se han “educado” en ambientes cargados de estímulos negativos.
Porque siempre cuenta más CÓMO te has educado, no los contenidos de la educación.

Pensad en reivindicar medidas para mejorar como:

  1. menos alumnos por aulas,
  2. edificios y muebles más cómodos y asistivos para con el acto educativo,
  3. más democracia y más respeto hacia las decisiones del propio educando acerca de su instrucción académica,
  4. más respeto también para los padres (esto incluiría algunos programas de concienciación hacia su propia responsabilidad),
  5. más oportunidades de movimiento físico en espacios abiertos,
  6. libertad de elección para los niños en cuanto a los proyectos educativos o asignaturas

Es decir, un sistema de educación más HUMANO y más actual. Sí, se puede, sólo hay que salir de la caja de los prejuicios y abrir los ojos. Y dejar de culpabilizar a los que deberían ser siempre los beneficiarios de la enseñanza, los niños, e indirectamente, los padres.

 

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Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

 

Historia

Los cuarentones y cincuentones recordaremos dos elementos interesantes de nuestra infancia: los Playmobil, que antes se llamaban Clicks de Playmobil, y una serie de televisión que nos enganchaba cada fin de semana que se llamaba Érase una vez el hombre.

La manera más acertada que he encontrado de trabajar la historia con niños y adolescentes ha sido utilizando estas dos herramientas de manera simultánea.

En muchas bibliotecas municipales podéis encontrar la colección de libros y DVDs de la serie. Yo suelo aprovechar para buscar, además, otras publicaciones que tengan que ver con la era que estemos estudiando y, junto al tomo que corresponda de Érase una vez el hombre y su DVD, nos llevamos dos o tres libros más que nos amplíen la información que quiero trabajar.

En primer lugar, revisamos y leemos los textos, vemos el capítulo e incluso buscamos algún documental relacionado y más adaptado a la edad con la que estamos trabajando. Aunque parezca cosa de niños, a los adolescentes también les gusta visualizarlo. Se suelen reír mucho con la torpeza de los malos, jejejejejejeje…

Después solemos hacer un trabajo con todos los datos para esquematizar los conocimientos y tener un guión para ponernos manos a la obra con lo que más les gusta: jugar con los Playmobil.

Podemos encontrar muñecos y complementos, prácticamente, de cualquier época de la historia y de la prehistoria. Hay coleccionistas que poseen verdaderos tesoros, pero para nuestro fin no es necesario hacer tal inversión.

Al haber estudiado a fondo las características de ese periodo histórico tenemos datos suficientes para poder imaginar cómo sería la arquitectura, la vestimenta, las costumbres, los alimentos que predominaban… hasta la altura media de las personas que vivían en esa época, si es que ya existían los seres humanos como tales.

Así que, con toda esa información, unos cuantos muñecos sencillos y algo de material común (cartulinas, recortes de tela, aguja, hilo, pegamento, pinturas acrílicas, plumas, palitos, tierra y poco más) seremos capaces de reproducir, con algo de imaginación y una mínima destreza, todo lo que nos propongamos.

En la imagen que acompaña este artículo, como habréis observado, intentamos reproducir dos personajes prehistóricos. Para ello utilizamos dos muñecos, un chico y una chica, sencillos y, con un trocito de tela que imita a piel animal, le confeccionó un peque sus trajes.

Todo lo que aprendamos de este modo es casi imposible que lo olvidemos. Lo que sí es posible que no recordemos después de un tiempo serán fechas, duración de los diferentes periodos prehistóricos o alguna cosa más.

Para ello, trabajamos, paralelamente otros sistemas de recopilación y exposición de datos que ya os contaré.

En cualquier caso, todo lo que no recordemos estará en internet y podremos consultarlo cuantas veces necesitemos.

El círculo de Lola

Homeschooling: aprendiendo de la vida misma (3).

Es curioso que, de tantas preguntas que se podrían hacer a alguien que educa en casa, la más recurrente es “pero entonces… la sociabilización…”.

La idea de que las familias que educamos en casa tenemos a los hijos encerrados parece estar en los tops del homeschooling.

Hoy voy a ser breve. Quiero hacer una enumeración (aunque seguro que me dejo algo) de las actividades en las que han participado mis hijos desde que nacieron y valorad si tienen trabajada la sociabilización o no. De hecho, donde menos se “sociabiliza” es en el colegio. Bueno, en algunos.

  • Antes de nacer, mi hijo mayor había recorrido toda España, menos Galicia. El pequeño algo menos, pero también recorrió bastante. Dicen los expertos que durante la gestación también aprendemos y sentimos.
  • Mi trabajo me llevaba de un lugar a otro, por toda la península, de reunión en reunión, de obra en obra, de curso en curso. Mis hijos siempre fueron conmigo y participaron en todo.
  • Estuvimos durante años trabajando con un grupo, en el que había personas de todas las edades, para vivir en una ecoaldea. Teníamos varias reuniones mensuales donde nos encontrábamos y trabajábamos en grupo diferentes propuestas.
  • Desde nada más nacer, han estado federados en montaña. Todos los fines de semana salíamos a hacer alguna ruta con grupos grandes del club u otros. Personas de todas las edades.
  • Han practicado (y practican): senderismo, escalada, esquí, bici de montaña, espeleología, body board, skating, patinaje, baloncesto, béisbol…
  • Todas las semanas van a la biblioteca. Además de llevarse libros para leer participan en todas las actividades que organizan.
  • Estuvieron un tiempo escolarizados.
  • Yo he gestionado actividades extraescolares, con niños de todas las edades, y siempre han estado ellos también.
  • Me he dedicado mucho tiempo a la coordinación de actividades de tiempo libre y a la formación ocupacional y han estado conmigo en todas las que he impartido.
  • Asisten a campamentos.
  • Participan, activamente, en grupos ecologistas, grupos de protección animal, de rescate de fauna…
  • Participan, activamente, como voluntarios en ONGs (ayuda al pueblo sirio, saharaui, asociaciones locales…).
  • Hemos vivido en varios sitios y en cada sitio han hecho muchos amigos. Con algunos tienen contacto casi semanal.
  • Participan en proyectos como “Mira el buzón”, donde se escriben con gente de todas las edades y de diversos lugares.
  • Han participado en proyectos de educación ambiental, de protección del entorno, con gente de todas las edades.
  • Semanalmente, visitamos algún museo, exposición, concierto…
  • Juegan en la calle todos los días, con amigos que hacen allá donde vamos.
  • Tenemos familia y amigos a los que visitamos periódicamente.
  • Han vivido con otras familias, en proyectos concretos, en la misma vivienda, participando de todas las reuniones de adulto para la toma de decisiones, consensos, labores domésticas, etc…
  • Acuden a clases de música.
  • Tocan en una batukada.
  • Todos los meses pasan algunos días con sus amigos de siempre. O bien van a sus casas o bien vienen a la nuestra.
  • Participan en un programa de radio sobre empresa, con otros niños, donde entrevistan a empresarios, emprendedores y personas importantes, con todo lo que implica: reuniones preparatorias, investigación en grupo, toma de decisiones, ensayos…
  • Se apuntan a todas las actividades culturales del lugar donde estemos viviendo, participando activamente en aquellas que lo requieren.
  • Han colaborado en la organización de muchas de las actividades que he enumerado anteriormente. Se han responsabilizado de ciertos cargos.
  • Han estado, como socios, en varios clubes de juegos de mesa. Además, han sido promotores de grupos de juegos de mesa en los lugares en que hemos vivido.
  • Tienen profesores particulares para determinadas materias.
  • Me acompañan a congresos sobre educación, a cursos, a visitar clientes, a visitar proveedores…
  • Van a la compra con todo lo que eso conlleva: encontrarse con vecinos, con tenderos… charlar con ellos.

Bueno, paro ya, jejejejejejeje… Lo que quiero que penséis es que no somos únicos. Que las familias que educamos en casa, en general, estamos muy concienciados sobre la importancia de la educación de nuestros hijos. Valoramos cualquier oportunidad de aprendizaje.

De hecho, cuando vamos por las mañanas a realizar visitas culturales, nos solemos encontrar más familias que educan en casa, aprovechando que hay menos aforos y se disfruta más de las excursiones.

Espero que esto sirva para que, antes de hacer esta pregunta, pensemos y, sobre todo, observemos. Los niños homeschoolers suelen tener una vitalidad, una sonrisa y un corazón que se refleja en sus caras y en sus acciones.

Disfrutad de su compañía siempre que podáis. Nos enseñan muchas cosas.

El círculo de Lola.

Homeschooling: aprendiendo de la vida misma (2).

Uno de los problemas que más acusan las familias, en general, es la mala alimentación de sus hijos por diversas razones.

Muchas veces, desayunan y comen en el colegio con lo que ello implica (baja calidad de los alimentos, pésimos métodos de cocinado, malas combinaciones, horarios desajustados con sus necesidades biológicas…) y luego, al llegar a casa, por las prisas o las pocas ganas de padres agotados, también comen mal.

El homeschooling aporta mucho en este sentido. Todo son ventajas.

En primer lugar, el estar en casa nos ofrece una despensa seleccionada por nosotras para nosotras y para nuestros hijos. Nos permite trabajar con ellos, desde que son muy pequeños, la toma de decisiones. ¿Cómo? Así:

Cuando nuestros hijos van tomando alimentos que no son la leche materna, en principio, les vamos dando a probar los que consideramos adecuados. Algunos les gustarán más y otros menos. También cambiarán estos gustos según las etapas de su vida.

Y a medida que crecen, tenemos una oportunidad estupenda para que participen en la toma de decisiones respecto a la comida, pero que les servirá para cualquier otro ámbito de sus vidas: elegir por nosotros mismos es muy importante.

Tenemos varias maneras de hacerlo.

Cuando son pequeños, pero ya comprenden, podemos proponer dos o tres alternativas que consideremos oportunas, por ejemplo para la merienda, y que sean ellos los que decidan. Se sentirán importantes y habrá más posibilidades de que, lo que elijan, se lo coman.

Otra sería que elaborásemos juntos la lista de la compra en base a los criterios que consideremos importantes: productos de producción local, ecológicos, de marca, precio, tipo de comercio, etc… y así se sentirán partícipes de esas decisiones.

También podemos elaborar un listado de comidas semanales juntos y así tendrán claro lo que se va a comer cada día y no les creará ansiedad o incertidumbre. Ese menú podemos hacerlo bonito y ponerlo en alguna pared de la cocina o en la nevera para que todos puedan consultarlo.

Otra manera es que, por días o semanas, solos o en grupo, se turnen en la elaboración de las comidas que les apetezcan o establecidas para que practiquen también algo que será muy útil en sus vidas.

Además, la cocina nos ofrece la oportunidad de trabajar muchas áreas de modo simultáneo:

  • Cambio de unidades de medida.
  • Fracciones.
  • Otras operaciones aritméticas.
  • Uso de báscula y vasos o cazos medidores.
  • Artes plásticas (decorado de tartas, decorado de la mesa, decorado de vasos, elaboración de servilleteros personalizados, decoración de servilletas…).
  • Elaboración de recetas seleccionadas de un libro.
  • Elaboración de recetas inventadas.
  • Análisis del presupuesto doméstico dedicado a la alimentación.
  • Diferentes métodos de procesado de alimentos.
  • Poner en valor este tipo de tareas cuando las realiza otra persona.

Así que, aprovechad el verano para cocinar con ellos todos los días.

El círculo de Lola.

Homeschooling: aprendiendo de la vida misma.

La opción de educar en casa, homeschooling, es muy interesante. Nos brinda oportunidades de aprender, simplemente, viviendo.

Voy a contaros, durante unas semanas, algunas de nuestras experiencias para que comprendáis la importancia y la magnitud de todo lo que hacemos para nuestra evolución y aprendizaje.

Desde antes de que mis hijos naciesen tuve claro que quería educarles en casa. A pesar de haber estudiado magisterio, el modelo educativo actual no me convencía para ellos y, sin embargo, confiaba en mi capacidad de aportarles algo más que contenidos curriculares estandarizados. Así que, así se lo hice saber a mi pareja y he procurado que así fuera.

A pesar de ello, tuve que escolarizar durante algún tiempo y la experiencia tuvo sus pros y sus contras. Más bien contras. Aún así, nunca dejé de aportar, fuera del horario escolar, aquello que consideraba importante para sus vidas.

Una de las experiencias más intensas que hemos vivido ha sido en un proyecto en el que yo participaba como voluntaria.

Una amiga, a la que aprecio mucho, tiene dos residencias para la rehabilitación psicosocial de varones adultos con discapacidad intelectual o trastornos mentales.

Aparte de proporcionarles el acompañamiento necesario para que adquieran habilidades que mejoren su autonomía, sus capacidades para las relaciones sociales, familiares y laborales, de cuidar de su salud a todos los niveles y de procurar que vivan felices, Tere, la directora de estos centros, les proporciona una alimentación de la máxima calidad posible, convencida de que ésta es muy importante también para su salud mental y física.

Eso es evidente: “somos lo que comemos”.

Así que, a lo largo de sus más de treinta años de experiencia, ha ido construyendo una granja y unos huertos, con criterios biodinámicos, ecológicos y orgánicos, donde se produce casi la totalidad de los alimentos que los residentes consumen.

Os cuento todo esto para introduciros en el valor del aprendizaje que mis hijos han adquirido en ese lugar.

Desde que eran muy pequeños, varias veces al año, hemos pasado semanas en estos centros. Mi intención era apoyar la causa, colaborando en las tareas que eran compatibles con mi disponibilidad y conocimientos, echar una mano en las épocas de mayor trabajo en la huerta y que mis hijos aprendiesen algo que perdurara de por vida en su memoria.

Mi/nuestra aportación consistía en echar una mano en los huertos y los invernaderos en las épocas en que más trabajo había para que comprendiesen y aprendiesen varias cosas:

  • El origen de los alimentos. De dónde sale lo que ponemos cada día en la mesa.
  • La importancia de que esos alimentos sean, en la medida de lo posible, de cultivo orgánico.
  • La diferencia entre los alimentos orgánicos y los que no lo son: sabor, olor, tamaño, aspecto…
  • El trabajo que conlleva producir un kilo de hortaliza y valorar el esfuerzo del agricultor para reflexionar y debatir sobre los precios de los alimentos, el abuso de los intermediarios y la venta en las grandes superficies de estos productos.
  • La importancia de comprar a los productores locales.
  • Comprender el desarrollo de una estrategia de cultivo propio para mejorar la salud física y mental de las personas.
  • Cómo se gestiona una granja sin productos tóxicos para los humanos que trabajan allí ni para los animales.

Para conseguir todos estos objetivos que me planteaba, los niños realizaron varias tareas a lo largo de ese tiempo. Algunas de ellas son:

  • Realización de semilleros de diversas hortalizas. Diferentes sustratos y profundidades a las que se colocan las diferentes semillas.
  • Trabajos de desherbado de semilleros.
  • Trasplante de plantones al terreno: lechugas, pimientos, tomates, brócoli, calabacín, cebollas…
  • Siembra directa de leguminosas.
  • Manejo de las distancias de plantación y siembra: realización de la cuadrícula necesaria según la hortaliza de la que se trate.
  • Construcción de una regla de siembra.
  • Acolchado del terreno.
  • Preparación del terreno para el invierno.
  • Preparación del terreno para el verano.
  • Poda.
  • Recolección de todo tipo de hortalizas. Manera correcta de recoger cada una sin dañar a la planta.
  • Desherbado de grandes superficies.
  • Elaboración de abono ecológico.
  • Elaboración de abono biodinámico.
  • Aplicación de abono al terreno dependiendo del cultivo que sea y del desarrollo de la planta.
  • Manejo de todo tipo de herramientas de horticultura y maquinaria.
  • Instalación de riego por goteo.
  • Instalación de cuerdas en invernaderos para hortalizas trepadoras.
  • Atado de hortalizas trepadoras.
  • Retirada de hortalizas después de la cosecha.
  • Carga y descarga de alpacas de paja para acolchado y alimentación del ganado.
  • Qué “malas hierbas” come cada tipo de animal.
  • Alimentación de los animales.
  • Gestión de un gallinero.
  • Presenciar el nacimiento de corderos.
  • Alimentación de crías de mamíferos a biberón y cuidado de las mismas.

La lista sería casi interminable… pero una de las cosas más importantes que han aprendido es a acompañar y a escuchar a personas con trastornos mentales. A no tenerles miedo. A comprender su vida. A comprender su tristeza o su alegría. A visualizar las peculiaridades de cada una de ellas. A verles como iguales. A sentir sus penas y dolores. A darles la mano o un abrazo para despedirles al irnos. Al ver la alegría en sus rostros cuando volvíamos a encontrarnos. A escuchar sus historias aunque a muchos ni se les entiende al hablar.

Otra lección muy importante que han aprendido es la generosidad y dedicación a los demás con las que algunas personas pasan por la vida, como Tere, que está volcada en cuerpo y alma a esta causa. Con el cariño con el que trata a “sus chicos” y con la mirada y cariño con los que “sus chicos” la miran a ella.

Esto es también homeschooling.

El círculo de Lola.

Aprender y vivir… Vivir y aprender

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Una amiga de FB me pregunta cómo nos hemos organizado para aprender, enseñar, educar, estudiar…

Como ya indica el título de mi entrada lo que hemos hecho ha sido vivir el día a día e intentar aprender de lo que nos ocurre diariamente.
¿Más concreto?
Partí de la idea que el aprendizaje no puede estar separado de la vida real. No se puede aprender sobre la vida estando encerrado entre cuatro paredes. Ni siquiera los conocimientos académicos se asimilan en realidad de esta forma. Necesitamos jugar, equivocarnos, explorar, experimentar, necesitamos usar los cinco sentidos, experiencias sensoriales al 100%; necesitamos movernos ya que el movimiento físico conduce a la creación de nuevos sinapsis en el cerebro, por lo tanto nos ayuda a asimilar lo que queremos aprender y recordar. Necesitamos descansar también, para que lo aprendido se pueda estructurar dentro de nosotros y de nuestra mente.
Todos, seamos niños o adultos, todos aprendemos así.

Sabiendo ahora todo esto ¿cómo nos hemos organizado nosotros?

En primer lugar hemos jugado mucho, mucho – hasta que mis hijos cumplieron los 11-12 años, aprendimos jugando. Y me incluyo, porque yo también he aprendido mucho durante estos años, no sólo mis hijos.
Por la mañana empezábamos sin prisa, despertando a la hora que nos venía bien, lavándonos y vistiendo ropa cómoda.
Desayuno.
Juego organizado casi totalmente por mis hijos; pocas veces he tenido yo que intervenir en este sentido. Tenían imaginación y creatividad por un tubo, no hizo falta venir yo con ideas.
A lo mejor luego película de dibujos animados en VO. Una hora, nada más. Nos servía, como dije en tantas ocasiones, para aprender inglés o para familiarizarse con otros idiomas.
Ir de compras, según necesidades.
Preparar almuerzo; cuando tuvieron edad suficiente, ya ellos ayudaban también.
Comer.
Más juego, o descanso, también según necesidades.
Dibujar, recortar, leer, jugar con PlayMobil o Lego o cualquier otra cosa que nos inspire.
Hacer manualidades o salir a pasear o ir de visita.
Hablar, debatir, conversar – todos los días, siempre, escuchar su opinión, comentar con ellos lo que me parecía interesante o importante o simplemente nimiedades.

Alrededor de la edad de 9-10 años empezamos con algunas actividades más formales – no más de media hora al día – lecturas y dictados, matemáticas, y otro tipo de nociones relacionadas con los libros que usábamos. Trabajábamos por proyectos principalmente, en ningún caso por asignaturas – la mayoría de las veces el tema del proyecto lo elegían ellos aunque yo podía proponer. Y seguían jugando y haciendo las demás actividades. Iban a clases extraescolares de música/instrumentos musicales, ballet, taekwondo. O talleres puntuales de cocina, trabajo en madera, visitas a museos, excursiones, viajes.

Y luego ya algo más formal a partir de 13-14 años cuando los matriculamos a un instituto a distancia y teníamos que cumplir con ciertos requisitos académicos por los créditos y las evaluaciones, para tener, al final, un diploma en vistas a los estudios superiores en la universidad. Aún así, con estas actividades no empleábamos más de dos horas diarias, a veces tres. No hacía falta más.
Seguíamos con el juego, con la lectura – a elección siempre -, las tareas de la casa, las salidas, las clases de actividades extraescolares, y por supuesto, teníamos más estructura, de otra forma habría sido difícil. Eran más actividades y además los niños eran más mayores, en alguna medida lo pedían ellos mismos.

A lo largo de los años puedo decir que, a pesar de usar elementos eclécticos de distintos  “métodos” pedagógicos, pero de forma intuitiva – nos preguntan por los “métodos” y a veces no sé qué decir, ya que no hemos usado un método en concreto – al final la línea directora fueron los deseos y necesidades de los niños. Siempre. Es decir el método fue seguir el niño; el punto de partida que es el interés/ la curiosidad natural del niño ya está presente desde el principio.
Otro principio básico fue que siempre partimos de lo práctico para llegar a lo teórico. Si no comprendemos y asimilamos primero lo concreto, es imposible entender lo abstracto.
Y otro principio igual de importante: no atosigar, no machacar con conocimientos e informaciones no pedidas.

Porque en realidad, sinceramente, más de la mitad del currículo escolar está de más.
Los niños aprenden de las interacciones con los adultos que los rodean, de las actividades que organizan juntos, de los juegos libres con otros niños controlados por ellos mismos, de las tareas de la casa con las que ayudan por necesidad o por deseo de colaborar, de la vida diaria, de los proyectos que eligen, de las conversaciones que tienen lugar siempre… de vivir la vida, en definitiva, con todo lo que ello conlleva.

Claves que ayudarán a nuestros niños en su aprendizaje.

Muchas veces damos por hecho que los niños aprenden solos a estudiar pero la realidad nos demuestra diariamente lo contrario. Muchos adolescentes y adultos no han adquirido las habilidades básicas necesarias para realizar cualquier tipo de aprendizaje. En un mundo que cambia velozmente y donde una persona tiene que dar respuesta a estos cambios, enseñar a aprender se nos presenta como una gran necesidad. No en vano, tenemos que pensar que la mayoría de profesiones y tareas que nuestros niños desempeñarán el día de mañana ni siquiera han sido inventadas.

Pero, ¿cómo conseguir que nuestros niños aprendan a aprender?

Azucena Caballero, co-directora de la Pedagogía Blanca, te da algunas claves:

Ciencia

La mayoría de las personas, y sobre todo los niños, disfrutamos ante un experimento. Las ganas de aprender innatas que todos tenemos nos hacen buscar el cómo, el por qué y el para qué de las cosas. Así que, sea ciencia o magia, el hecho de que algo ocurra nos llama la atención.

Es importante que los niños, desde muy pequeños, experimenten. No lo digo yo, lo dicen los expertos. Así que, en condiciones normales, a un niño le gustará chupar, tocar, oler, ver, correr, saltar, trepar, jugar… y aprender cómo funcionan las cosas.

En ese proceso de aprendizaje es muy importante el acompañamiento respecto al descubrimiento científico. Primero, por seguridad y, segundo, para que aprenda a diferenciar ciencia y magia.

Años después de haber pasado por algunas aulas, donde trabajamos con niños mediante el descubrimiento, me cuentan que de lo que más se acuerdan es de cuando hicieron un volcán que echaba purpurina de colores y pompas, de el día que les llevé guantes, pinzas y mascarilla para “investigar”, cuando picaron piedra para encontrar huesos de dinosaurio o cuando descubrieron la cantidad de materiales distintos que utilizaban los pájaros para construir sus nidos.

Es una satisfacción muy grande saber que el esfuerzo que hacemos para que los niños comprendan cómo funciona el mundo, cómo debe ser la relación de respeto con su entorno y con el medio ambiente y las consecuencias de hacer las cosas de uno u otro modo tiene una repercusión positiva.

Por suerte, contamos con profesionales que se dedican a mostrar la ciencia a través del juego, para todas las edades, para familias, en colegios, en asociaciones… Personas implicadas en la formación con rigor y a la vez con esa capacidad de transmitir de forma divertida. Buscad ese tipo de expertos y empresas, programaciones, cursos, talleres o charlas que estén enfocados en este sentido. Participad.

Busquemos ese modo de aprender. Tenemos que mantener en los niños la llama de la curiosidad.

Queremos ayudar a descubrir ese mundo y vamos a regalaros tres ideas geniales para despertar su curiosidad y sus ganas de aprender. Estad atentos a este blog. La semana que viene publicaremos las propuestas.

El círculo de Lola.