Ciencia

Ciencia

La mayoría de las personas, y sobre todo los niños, disfrutamos ante un experimento. Las ganas de aprender innatas que todos tenemos nos hacen buscar el cómo, el por qué y el para qué de las cosas. Así que, sea ciencia o magia, el hecho de que algo ocurra nos llama la atención.

Es importante que los niños, desde muy pequeños, experimenten. No lo digo yo, lo dicen los expertos. Así que, en condiciones normales, a un niño le gustará chupar, tocar, oler, ver, correr, saltar, trepar, jugar… y aprender cómo funcionan las cosas.

En ese proceso de aprendizaje es muy importante el acompañamiento respecto al descubrimiento científico. Primero, por seguridad y, segundo, para que aprenda a diferenciar ciencia y magia.

Años después de haber pasado por algunas aulas, donde trabajamos con niños mediante el descubrimiento, me cuentan que de lo que más se acuerdan es de cuando hicieron un volcán que echaba purpurina de colores y pompas, de el día que les llevé guantes, pinzas y mascarilla para “investigar”, cuando picaron piedra para encontrar huesos de dinosaurio o cuando descubrieron la cantidad de materiales distintos que utilizaban los pájaros para construir sus nidos.

Es una satisfacción muy grande saber que el esfuerzo que hacemos para que los niños comprendan cómo funciona el mundo, cómo debe ser la relación de respeto con su entorno y con el medio ambiente y las consecuencias de hacer las cosas de uno u otro modo tiene una repercusión positiva.

Por suerte, contamos con profesionales que se dedican a mostrar la ciencia a través del juego, para todas las edades, para familias, en colegios, en asociaciones… Personas implicadas en la formación con rigor y a la vez con esa capacidad de transmitir de forma divertida. Buscad ese tipo de expertos y empresas, programaciones, cursos, talleres o charlas que estén enfocados en este sentido. Participad.

Busquemos ese modo de aprender. Tenemos que mantener en los niños la llama de la curiosidad.

Queremos ayudar a descubrir ese mundo y vamos a regalaros tres ideas geniales para despertar su curiosidad y sus ganas de aprender. Estad atentos a este blog. La semana que viene publicaremos las propuestas.

El círculo de Lola.

 

 

 

Estimulemos la filosofía desde la infancia, por Eva Domingo

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Si estás leyendo este artículo, muy probablemente seas una persona comprometida con la crianza y la educación respetuosas. Quiero aprovechar esa circunstancia tan favorable para emplazarte a observar, respetar, amar, mimar y fomentar la faceta filosófica que tienen todas las niñas y niños que están en tu vida. ¡Todas y todos, sí!
¿Te has parado alguna vez a pensar que tienes en casa, o en tu aula si te dedicas a la docencia, a pequeños grandes filósofos que aún tienen intacta la curiosidad, esa preciosa herramienta que nos hace abrazar el conocimiento? Como buenos filósofos y aprendices de vida, no paran de darle vueltas a sus cabecitas, de preguntarnos y de cuestionárselo todo. A mí me tienen fascinada las preguntas tan puras, tan genuinas que cada día nos lanzan niñas y niños. Qué bonito hacer un listado para que no se nos olviden. Entre las miles que mis hijos me han hecho, tengo mis favoritas. Aquí va una pequeña muestra:

Están las preguntas ocurrentes al máximo, pero que encierran un interés, por ejemplo científico: “¿Cuánto tarda un virus en subir una montaña?”.

Otras nos devuelven nuestra imagen en el espejo y ponen el dedo en la llaga sobre temas incómodos para el adulto: “Mamá, si tanto quieres que yo aprenda inglés, ¿por qué no lo aprendes tú primero?” o “Si te da pena esa persona que no tiene para comprar comida, ¿por qué no la invitas a comer en casa?”.

Las hay que ponen de manifiesto el absurdo de las inercias y de los sistemas heredados y, de nuevo, la gran sensatez infantil: “¿Quién inventó la escuela y para qué?”. “¿Por qué estoy obligado a ir allí cada día?”

Y las trascendentales muestran la gran sabiduría encerrada en ese buscar más allá, fuera de nuestro alcance, que el ser humano porta en su interior desde su nacimiento: “¿Cuánto es infinito +1?”. “¿Por qué la naturaleza quiere que yo un día tenga que morir?”.

Qué personas tan sabias son las niñas y niños. Pensadoras incansables. Imaginativas. Lúcidas. Perspicaces. Insistentes. Positivas. Ilusionadas. Esperanzadas.

¿Qué hacemos con sus preguntas?

Ahora preguntémonos: ¿Qué hacemos con todas esas preguntas que nuestros niños nos regalan cada día? ¿Les restamos importancia y no las respondemos? ¿Las aparcamos para otro momento, que finalmente no suele llegar? ¿Nos avergonzamos si no sabemos contestarlas? ¿Les ofrecemos respuestas cerradas, sin información o con la más amplia información posible, pero siempre sin posibilidad de réplica u objeción?

Pensemos que hay otra manera de abordar esas preguntas infantiles. Démosles respuestas abiertas que vayan a llevar a niñas y niños a pensar por sí mismos, a investigar para encontrar sus propias respuestas, a seguir cultivando su curiosidad y su espíritu crítico.

Pongamos un ejemplo: nos pregunta qué le sucede a una persona después de morir. Por muy clara que nosotros tengamos nuestra creencia en este tema, seguro que es enriquecedor explicarle que ésa es una de las grandes preguntas que la humanidad se ha hecho a lo largo de milenios y que ciertamente no existe una respuesta probada. Y darle algunas pistas sobre las distintas creencias existentes al respecto. Cuando nos pregunte por lo que nosotros pensamos, podemos compartir con ellos nuestro punto de vista, pero sin presentarlo como Verdad. Y os animo a terminar, en éste y en todos los casos posibles, con un “¿y tú que opinas?”. O con un “¿por qué lo preguntas?”, “¿a ti qué se te ocurre?”.

Hay un gran regalo que podemos hacer a nuestros pequeños cuando acuden a nosotros con alguna cuestión: conseguir que se vayan con dos o tres nuevas preguntas en la cabeza. Multipliquemos su curiosidad. El filósofo griego Plutarco (Delfos, siglos I y II) afirmó que “el cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”. Facilitemos que prenda esa luz, que nuestras niñas y niños aprendan a desarrollar la herramienta fundamental de la razón y a reflexionar sobre su propia experiencia en relación al mundo y a sí mismos.

No olvidemos nunca que la filosofía es la base de todo conocimiento humano. Primero hay que preguntarse, para después obtener respuestas. Sin filosofía, no hay nada.

Fomentar la conversación, animar a los niños a mostrar sus puntos de vista y a razonarlos, son buenas formas de adentrarnos en la práctica filosófica en casa o en la escuela (en cuantas más asignaturas, mejor).

Materiales específicos

En todo caso, existen materiales, algunos creados específicamente para ello, en los que podemos apoyarnos las personas adultas para ir abriendo ese camino. Recientemente he descubierto un estupendo juego de filosofía visual para niños, de la colección Wonder Ponder. Está compuesto por coloridos y atractivos tarjetones. En una de las caras se presenta una situación a través de un dibujo; en la otra, una serie de interesantes preguntas sobre esa situación. Hace unos días, después de cenar, estrenamos la primera tarjeta en familia mientras comíamos el postre. El debate fue, en este caso, sobre la experimentación con animales. “¿Hay cosas que son crueles, pero sin embargo aceptables?”.

Hoy, en una acción de Toiletschooling, he dejado la misma tarjeta en el baño, para que los niños la sigan ojeando y sigan pensando. Este tipo de materiales podemos fácilmente crearlos en casa. Así como elegir lecturas interesantes (pensamientos o cuentos cortos de algún autor que tengamos en nuestra biblioteca, por ejemplo) que lanzar en algún momento en que reine el silencio y la tranquilidad en casa. No les demos nosotros la moraleja; dejemos que sean ellos quienes extraigan la enseñanza o las conclusiones que observen, y que las pongan en común con las personas de su alrededor. También podemos utilizar noticias curiosas o polémicas para abrir esa conversación.

Y hacer que, de vez en cuando, se encuentren preguntas sorprendentes en folios pegados en las paredes de casa o del aula. No hace falta que pensemos en grandes cosas. Nos sirve lo simple y cotidiano. “¿Por qué las rosquillas tienen un agujero en medio?”. Podemos invitar a los pequeños a escribir sus respuestas en ese mismo folio, cuando les apetezca, y, en otro momento, redactar nosotros una nueva pregunta, para ir guiando la reflexión. “¿Y qué es un agujero?”. Es probable que esa simple rosquilla, la misma que nos tomamos en el desayuno, nos conduzca finalmente a hablar de la nada, del universo, del infinito, de lo que existe y no existe… Recordemos: no les demos respuestas; démosles, sobre todo, nuevas preguntas.

Una escuela de libertad

La filosofía para niños está en auge en muchos países del mundo. La Unesco la ha definido como una escuela de libertad. Fomenta el pensamiento propio, el espíritu crítico, el debate respetuoso, la empatía hacia la persona con quien se conversa. La democracia real, en definitiva.

Existe una metodología bien definida para ser trabajada con grupos de niños y jóvenes entre los 3 y los 18 años, creada en los años 70 del siglo pasado por el filósofo e investigador en pedagogía Matthew Lipman, quien a su vez se inspiró en el trabajo de John Dewey. Lipman escribió una serie de novelas filosóficas (la primera de ellas, “El descubrimiento de Harry Stottlemeyer”) para trabajar el debate filosófico a distintas edades. Podéis consultar también, entre otros, los materiales del interesante Proyecto Noria, impulsado desde Cataluña.

Cuando hablamos de trabajar la filosofía en las aulas, no nos referimos a las clases tardías de Historia de la Filosofía que nuestros jóvenes reciben casi al final de su escolarización y que, desde mi punto de vista, son también fundamentales. Estamos hablando de permitir que sean ellas y ellos los filósofos, tal y como algunos centros escolares (los menos) ya promueven desde la más tierna infancia. Mientras esperamos que esa práctica tan beneficiosa se extienda, empecemos a dar pasos en nuestro entorno. En casa, en el aula. Seamos nosotros el cambio. Incorporemos este sano hábito a nuestra rutina. Y disfrutémoslo juntos. Tanto niños y jóvenes, como adultos, todas las personas somos aprendices de esta vida y la filosofía va a contribuir, seguro, a un aprendizaje significativo.

Eva Domingo

Periodista y formadora de Pedagogía Blanca

El cerebro en una mano, por Miriam Escacena

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El cerebro en una mano, descubre cómo mantener la calma en las situaciones difíciles

Queridos amigos,

Estoy encantada de colaborar con Azucena y Mireia en este espacio donde a todos nos une un mismo fin: educar a nuestros hijos con respeto y empatía. Por ello, me voy a estrenar hablando de una herramienta de Disciplina Positiva que me parece tremendamente útil si la ponemos en práctica en nuestro día a día: el cerebro en una mano, un modelo muy visual que nos permite entender nuestra forma de actuar de una forma tan sencilla que incluso podemos explicar a nuestros hijos.

La crianza es una oportunidad excelente para experimentar un gran crecimiento personal y querer dar lo mejor de nosotros mismos, pero es cierto que uno de los mayores retos que nos encontramos es precisamente ese: ser realmente un buen ejemplo para nuestros hijos. El estrés del día a día, el ritmo de vida y el cansancio que llevamos muchas veces nos pasa factura y sin darnos cuenta terminamos perdiendo el control y elevando la voz a las personas que más queremos: nuestra pareja y nuestros hijos, y si no que se lo digan a Mireia Long y por qué sigue teniendo tanto éxito su taller “Deja de gritar”.

 

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No somos perfectos, somos humanos. Esta sociedad patriarcal en la que vivimos nos hace cargar con un sentimiento de culpa constante, muy especialmente a las mujeres, que desde que nos convertimos en madres recibimos continuamente mensajes de que debemos ser “super womans” y llegar a todo.

 

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En mi caso particular esto me ha traído serios problemas, hasta que recientemente entendí que no tiene por qué ser así, que no soy perfecta ni quiero serlo, que debo eliminar la culpa y perdonarme, y que para cuidar a otros el primer paso es cuidarme a mí misma.

 ¿Te suena todo esto de lo que te hablo? Bueno, pues si a ti alguna vez también se te ha escapado algún grito empieza por perdonarte y sigue leyendo, porque lo que te voy a contar puede hacer cambiar tu día a día. 😉

Primero me gustaría empezar hablando del trabajo del médico y neurocientífico norteamericano Paul MacLean, que en 1970 elaboró un modelo de cerebro basado en su desarrollo evolutivo: la Teoría del Cerebro Triuno. Así, según este modelo, la mente humana está construida en base a la superposición evolutiva de tres cerebros: el reptiliano, el mamífero y el racional, que se fueron añadiendo sucesivamente como respuesta a nuestras necesidades evolutivas.

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Esto explica que haya ocasiones en que nos comportamos siguiendo mucho más nuestro instinto y otras de una forma mucho más meditada. Siendo la misma persona no actuamos igual cuando por ejemplo tenemos un “hambre voraz”, una relación sexual o en el propio acto de alumbrar a un hijo,  o cuando utilizamos el pensamiento abstracto para por ejemplo estudiar, debatir, negociar o dar una ponencia, ¿verdad? Cada uno de los tres cerebros controla determinadas actuaciones pero están interconectados entre sé.

 

  • El cerebro reptil o primitivo es la primera parte que se formó, y está compuesta por la médula espinal y tronco encefálico. Constituye el centro de la parte instintiva del ser humano, es decir, de las funciones básicas de supervivencia, como la respiración y el latido del corazón así como de las respuestas automáticas: Fly, Fight or Freeze. Genera comportamiento reactivo: hacer y actuar, (escapar, luchar o quedarse congelado).
  • El cerebro mamífero es la segunda parte y está formado por el sistema límbico. Regula los sentimientos y emociones. Genera el comportamiento emotivo: sentir y desear.
  • El cerebro neomamífero o racional es la tercera capa y está formada por el neocortex o corteza cerebral. Gestiona los procesos intelectuales a través de sus dos hemisferios: izquierdo y derecho. Genera el comportamiento racional: razonar y hablar. Esta última capa apareció junto con los primeros mamíferos superiores hace cien millones de años y supuso un salto cualitativo muy importante que nos diferencia del resto de mamíferos.

El cerebro en una mano, una gran herramienta para comprender

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Daniel Siegel, uno de los autores de “El cerebro del Niño”, habla de un modelo muy visual que nos permite comprender el funcionamiento del cerebro y la importancia de la integración, utilizando una representación con nuestra propia mano:

  • Cerebro reptil: palma de la mano
  • Cerebro mamífero : pulgar
  • Cerebro racional: dedos plegados

Como observamos al plegar la mano, una parte de nuestro cerebro racional está conectada con el límbico y el reptiliano, ayudándonos a ser conscientes de nuestra forma de actuar y regular nuestras emociones: la parte más humana controla la parte más animal.

Pero en ocasiones de estrés el cerebro inferior puede dispararse, haciendo que se “abra la tapa”, (como se desplegaran los dedos), y el cerebro racional deja de ejercer su regulación.cabeza abierta

 

Perdemos nuestro cerebro más humano y nos dejamos llevar por las emociones, pidiendo actuar de forma poco coherente a  lo que de verdad pensamos o incluso agresiva.

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Aquí tienen mucho que ver las neuronas espejo, que son capaces de reconocer el estado emocional de otra persona y tienden a copiarlo. Por eso es tan difícil mantener la calma cuando nuestro hijo entra en una rabieta o discutimos con nuestra pareja.

Pero lo fascinante del tema es que podemos devolver nuestro cerebro a su estado plegado e integrado, dándonos cuenta de lo que sucede, poniendo nombre a las emociones y “cerrando la tapa” o actuando antes de que llegue a abrirse del todo.

¿No es maravilloso?

Aquí te dejo el vídeo del propio Siegal explicando su modelo:

 

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Me despido con esta fábula que nos da pie a reflexionar sobre el tema..

 

Un viejo cuento decía:

 

Un renombrado maestro, que corría tras la fama, reunió en una carpa a cientos de discípulos y seguidores. Se irguió sobre sí mismo y dijo:

– Amados míos, escuchad la voz del que sabe.

En ese momento se creó una gran expectativa y un silencio profundo generó el apropiado marco de veneración para las palabras del maestro, quien prosiguió de la siguiente manera:

– Nunca debéis relacionaros con la pareja de otra persona, tampoco beber alcohol o alimentaros con carne de cerdo.

 

Entonces uno de los asistentes se animó a preguntar:

– ¿Pero maestro, no eras tú el que el otro día se vio en brazos de la esposa de José?

– Sí, era yo- respondió el maestro.

Después de lo cual otro oyente también se atrevió a preguntar:

– ¿Pero no eras tú el que la otra noche se encontraba bebiendo vino en una taberna?

– Sí, también era yo.

Y un tercer asistente, ya enojado, le preguntó:

– ¿No eras tú, el que ayer a la mañana estaba comprando carne de cerdo en el mercado?

– Efectivamente.

Y en ese momento, todos los asistentes, mostrando indignación por la actitud del maestro, comenzaron a recriminarle:

– ¿Por qué nos pides que hagamos lo que tú no puedes cumplir?

Entonces, el falso maestro respondió con sinceridad:

– Porque yo sólo enseño, no practico.

 

La moraleja de este cuento podría ser la siguiente:

 

“Verdadero maestro es el que hace lo que dice, siente y piensa”.

 

Ese es uno de los mayores retos de la inteligencia emocional

Si te apetece aprender más sobre este tema tan apasionante te invito a que vengas a mis próximos cursos, comenzamos de Educar con Inteligencia Emocional en el mes de Marzo, ¡no te lo pierdas!

 

Esperamos que te haya gustado este artículo, te leemos en los comentarios! 😉

miriamMiriam Escacena

http://www.comunicacionconbebes.com

Miriam es fundadora de la asociación de crianza “Entre Nubes”, Educadora de Masaje Infantil por la organización internacional IAIM, instructora de lengua de signos para bebés, instructora de porteo, formadora de La Pedagogía Blanca y actualmente se está formando también como Guía Montessori de Comunidad Infantil.

La puedes encontrar en:

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Tener paciencia y confianza

Adina si Radu -iun 2015

Ayer me he quedado boquiabierta con mi hijo. Ha escrito un ensayo sobre el cine neorrealista italiano – en inglés – que me ha dejado pasmada. Evidentemente, escribe mucho mejor que yo, parece un profesional. Usa palabras literarias o de especialidad, términos profesionales, tiene las ideas claras y concisas, va directo al grano. Vamos, me está dando lecciones. Y este tremendo salto lo ha dado en un año prácticamente.

Esta sorpresa me ha hecho reflexionar, sobre todo porque desde hace un par de meses trabajo en una escuela inspirada por el método Reggio Emilia. Desde luego es mejor que una escuela convencional – por lo menos mejor que algunas – pero teniendo en cuenta que los padres sí quieren que sus hijos sigan también el curriculum nacional y el ritmo impuesto por el mismo es mucho más rápido que el que tienen en realidad los niños, pues qué queréis que os diga… incluso a estos niños se les “empuja” un poco para poder tocar todos los temas propuestos y para llegar a “desarrollar las competencias” previstas por vete tú a saber qué experto, como si las competencias fuesen iguales para todos y las desarrollaran a la vez.
John Holt, que estuvo mucho tiempo observando a los niños – pero no sólo él – sostiene que los niños aprenden en “saltos”. Pues así es. Puedo confirmarlo por haberlo observado yo también en la evolución de mis ambos hijos. No existe el aprendizaje lineal, no para los mamíferos de este planeta, desde luego.

Quien dice que no aprendemos de mayores y que hay que “obligar a la disciplina y a los hábitos” desde pequeño, no sabe de qué habla. A mis hijos nunca les he obligado a escribir ensayos, aunque sí que ambos sabían escribirlos – de una forma básica y correcta – para sus deberes cuando estudiaron a distancia o cuando hicieron los cursos de inglés.
Eso sí, les he animado a los dos a leer, a escribir lo que quisieran, y hemos leído juntos libros o artículos ocasionalmente. Vamos, les he preparado el “ambiente” y les he dejado elegir, inspirarse o descansar. Nada de obligar; sí, permitir elegir y ofrecer inspiración. Durante años han escrito ensayos banales quizá, básicos, como ya dije, esquemáticos. Cumplían. Incluso había errores de sintaxis, de ortografía, de estilo… los corregíamos un poco respetando sus ideas y el fondo. Un poco de retoque, nada más. Y así pasaron años. Hasta el año pasado cuando mi hija empezó su blog en inglés sobre las relaciones románticas a distancia y cuando mi hijo empezó el curso universitario de cinematografía. A base de escribir, de equivocarse, de corregir sin presiones y sin prisas para quemar etapas, de volver a escribir, a cometer errores, fueron practicando los dos y, de repente, en un par de años, han llegado a “su excelencia”. Un buen nivel, digamos.

Cada vez me reitero en mi decisión de educar en casa, jamás de los jamases creo que habrían llegado a este nivel de comunicación y esta motivación si hubiesen estudiado en el colegio. Porque la paciencia y la confianza que tuvimos nosotros, como padres, con ellos es prácticamente imposible de llevar a cabo en una escuela.

Sigo pensando que hay que ir cambiando los colegios, la estructura, el curriculum, para que los niños puedan ir a su ritmo, que es bueno esperar y no quemar etapas, y tomarse las cosas con calma y fundamento.

Sorina Oprean

Internet

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Es increíble de lo que son capaces las personas cuando tienen interés por algo.

Además, Internet y los millones de generosos internautas que cuelgan información en la red, facilitan mucho la localización de todo tipo de datos, vídeos, libros, documentos, tutoriales, PDFs, imágenes… de cualquier tema que despierte nuestra curiosidad.

Este regalo del siglo XXI nos ayuda a que los jóvenes aprendan todo lo que les atraiga, sabiendo discriminar la información, claro, de una manera atractiva, interesante, activa e intuitiva.

El apoyo de internet y las ideas que proporciona se aproxima al infinito.

Además, como madre homeschooler, su ayuda es incalculable. Llegada una cierta edad, nuestros hijos sienten inquietud por temas que, seguramente, no dominemos. No podemos saberlo todo, desde luego, y mucho menos sobre temas tan actuales que no sabemos ni nombrarlos.

Mis hijos, en busca de conocimientos, son incansables. Siempre andan liados con alguna búsqueda que vaya satisfaciendo su necesidad de aprender. Ha llegado el momento en que ya no aprenden de mí, al menos en relación a los aspectos teóricos de los temas que les interesan, sino que siempre me están enseñando.

Desde trucos de magia a la reproducción de los anfibios, robótica, proyectos con Arduino, clases de guitarra o piano, historia medieval, matemágicas… TODO está en la red. Y, desde luego, con presentaciones tan atractivas que nuestros más de 2000 libros, hasta hace poco manoseados, se van quedando aparcados en los estantes.

Bueno, todos no, los cómics y algunos clásicos o Tolkien y J.K. Rowlling,  siguen cambiando de sitio entre la estantería y la mesilla de noche sin parar. Esos no faltarán nunca.

Creo que es muy importante acompañar a nuestros hijos y alumnos en su descubrimiento de Internet. Hay que mostrarles todas las caras de la red y enseñarles a sacarle partido, con responsabilidad y coherencia.

Vigilar sus primeros pasos. La ansiedad que crea el bombardeo de información inacabable puede desbordarles y eso tampoco sería interesante. Tienen que saber hasta dónde pueden llegar o no. Con nuestra ayuda, la red puede convertirse en un buen aliado para el aprendizaje y ellos en sus propios profesores.

El círculo de Lola.

 

Dos cosas que los niños aprenden en el colegio y que yo aborrezco

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En el colegio los niños van a aprender muchas cosas, algunas maravillosas y sorprendentes, otras bastante superfluas que no son significativas, algunas útiles y otras que jamás les ayudarán a tener una vida mejor ni más interesante. Pero no es hoy ese el tema sobre el que os invito a reflexionar, aunque, otro día, hablaremos sobre el curriculum y sobre si, verdaderamente, es necesario que aprendan lo que aprenden. Hoy, de lo que queremos hablaros, es de otras ideas que, implícitamente, son transmitidas por la estructura y la organización de la escuela tradicional y que son mentiras y que son, además, muy peligrosas. Creo que es mejor hacerlas visibles y señalarlas, pues negarlas solo sirve para que sigan agazapadas, como un curriculum oculto, que daña a los niños y a toda la sociedad.

La obediencia es un valor.

Es cierto que, en la vida, nos veremos obligados a obeder a jefes o autoridades, incluso cuando nos pidan cosas que no nos agradan, nos hacen infelices o son aburridas, molestas o estúpidas. Es cierto, también, que algunas leyes son necesarias para mantener una sociedad justa y que se espera que los ciudadanos las obedezcan, incluso si no están conformes con ellas.

Sin embargo, no podemos olvidarnos que la capacidad de desobediencia es indispensable para el progreso del Hombre. Han sido los desobedientes los que han luchado contra los tiranos, han desmantelado las injusticias y han abierto nuevos horizontes en el mundo y en el conocimiento.  Si no desobedecemos las normas, costumbres, leyes y mandatos que consideramos injustos, incorrectos o que nos reducen las expectativas, nuestras vidas tendrán mucho menos sentido.

Cuando a los niños se les inicia en la escolarización la obediencia se convierte en un valor en sí, y cuestionar normas o estructuras está fuertemente rechazado. Puede que luego, con el tiempo, se intente explicar el valor que han tenido algunos personajes que se levantaron contra la opresión, pero, en general, las normas escolares estarán fijadas y no se alentará a cuestionarlas y mucho menos a desobedecer no ya lo que protege la integridad de los niños, sino lo que se espera que hagan, coman, sientan, estudien, escriban, pinten y vistan.

A los niños se le marca la hora a la que tienen que despertarse para acudir al centro, la manera en la que deben moverse por los pasillos, a que pueden jugar y cuando, donde se tienen que sentar, que tienen que hacer en cada momento del día y hasta de qué color y donde deben escribir su nombre en una hoja. No hay más que obedercer cada norma y regla, aunque sea superflúa y absurda.

 

La autoridad sabe la verdad sobre las cosas y sobre como hacerlas

Del mismo modo que la libertad, la justicia y los derechos se han conseguido gracias a los desobedientes, el conocimiento humano ha avanzado gracias a los que se cuestionaban las verdades establecidas. Una escuela pensada para alentar el espítitu crítico, la experimentación y el pensamiento científico es posible, pero no establecería sus bases en una estructura como la que conocemos. La idea de que una autoridad, independientemente de quien sea, es la fuente del conocimiento y quien conoce las respuestas o nos enseña los procedimientos para hacer cualquier cosa, teniendo la potestad de evaluar el desempeño, es desasosegante. El profesor sabe las cosas, te dice cuando hacer y como hacer, desde la manera en la que debes coger el lápiz, cuando tienes que empezar a leer te sientas o no interesado o si tus respuestas a un ejercicio o exámen son las adecuadas. En realidad, el estudiante, poco tiene que opinar sobre esto y siempre sabrá donde hay que buscar la fuente del saber, la autoridad presente o la autoridad de los libros de texto.

Quizá os ha pasado que vuestro hijo llega a casa con algún ejercicio, como, por ejemplo, una división, y cuando, si tiene dudas, les contáis como hacerla, os responderá que “no se hace así” mientras, casi obsesionado, copia el enunciado y coloca cada dato en la columna tal y como le han enseñado que debe hacerse. Y si no os ha sucedido, congratulaos, tenéis suerte.

Lo que el niño piense, crea o sepa realmente es irrelevante, lo que cuenta es que sepa lo que le han dicho que tiene que saber y haga las cosas de la manera en la que le han marcado, con sentido o no, que deben hacerse.

Con estas premisas no habrá cambios en el mundo porque les habremos enseñado que todo está marcado, que no tiene sentido hacer las cosas de otra manera ni, desde luego, sirve de nada quejarse o luchar contra la autoridad injusta… o al menos, les resultará muy difícil hacerlo, porque no solo no les han enseñado sino que los han disuadido. Y no es lo que yo quiero.

En realidad, estas cosas, no son obligatoriamente responsabilidad de la escuela, sino de la sociedad que la modela, y no son, desde luego, inevitables. De hecho, en la Pedagogía Blanca precisamente os ayudamos a educar, en casa y en el colegiol, de manera que estas cosas no sucedan y podamos dar a los niños la mejor base para convertirse en ciudadanos que actúen con libertad de criterio y con responsabilidad real.

Mireia Long

 

 

Recursos para “tirar del hilo”: la serie Doctor Who

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Queremos comenzar este año con el compromiso de darte una idea de Pedagogía Blanca cada semana. Y comenzamos hoy con nuestra recomendación para que no os perdáis el especial navideño de Doctor Who, una de nuestras series favoritas que cada año nos soprende en estas fechas con un capítulo muy especial. Vedlo con los niños, es completamente adaptado a ellos aunque no sea realmente solo una serie infantil. Luego podéis “tirar del hilo” y comentar los temas que se hayan tratado en ella. Ya veras como les encanta.

 

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La serie completa es un recurso que hemos usado mucho. Cada capítulo es una oportunidad para “tirar del hilo” e investigar con vuestros hijos y alumnos (o vosotros mismos) una gran cantidad de temas: los viajes en el Tiempo, la estructura de la realidad, los Universos Paralelos, el impacto de nuestras acciones, la Guerra y la Paz, Roma, la Inglaterra Victoriana, Shakespeare, Dickens, Roma, el amor, la libertad, los medios de comunicación, la manipulación mental… ofrece todo un programa educativo al que solo hay que atreverse a mirar.

Incluso hemos ido a convenciones de fans de la serie, lo que ha supuesto una experiencia socializadora muy enriquecedora.

Ya nos contaréis.

Mireia Long

Feliz Navidad os desea la Pedagogía Blanca

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Feliz Navidad para todos.

Deseamos que en estos días disfrutéis muchos de la familia, las reuniones, los reencuentros, y que le saquéis el jugo al tiempo de juego en familia y a esas complicidades con vuestros hijos que hacen que cada día sea inolvidable, y que el nuevo año que se acerca os traiga todos vuestros mejores deseos hechos realidad.

¡Feliz Navidad!