Deja de gritar. Los daños biológicos de los gritos a los niños

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Pues vamos a seguir hablando sobre los gritos que los padres y madres damos a nuestros hijos, sea porque no obedecen, sea para parar una conducta que consideramos incorrecta o que es peligrosa, sea porque estamos, sencillamente, desbordados o agotados. Pocos padres se alegran de usar los gritos pero, ¿de verdad los gritos dañan a los niños?.

Una de las razones en las que buscan justificarse o calmar sus remordimientos los padres y madres que suelen gritar mucho a los niños es que a ellos les gritaban y “no han salido tan mal”. Pero es que todos, en cierta medida, procedemos de crianzas en las que la violencia no estaba erradicada y nos cuesta mucho romper con el pasado y reconocer que nuestros padres, que tanto nos amaban y tanto nos cuidaron, nos hicieron daño sin querer.

Porque, ¿de verdad estamos tan bien? El ser humano es resiliente y sobrevive a las peores tragedias, incluso es capaz de hacer del dolor una fuente de crecimiento y aprendizaje. Pero eso es una cosa y otra conformarse con repetir pautas de crianza que justifican o usan la violencia como educativa.

Hoy comparto con vosotros la conversación que he mantenido con Irene García Perulero, bióloga, investigadora en bioquímica, madre, escritora y conferenciante.

¿Cuáles son los mecanismos físicos del estrés y el miedo que desencadena en un niño que le griten sus padres?

El grito es una señal de alarma o una señal de enfado. Cuando gritamos no sólo gritamos palabras sino que acompañamos el grito de un lenguaje no verbal. En principio ambos tipos de gritos pueden producir la misma respuesta, que es la activación de las típicas señales de alarma.

¿Cuáles son esas respuestas fisiológicas a la alarma?

Se secreta adrenalina, el corazón late más rápido. Esto podría pasar por ejemplo cuando tu niño va a meter los dedos en el enchufe y lo único que te sale es gritarle que no. La respuesta más probable es que el niño se quede paralizado.

Cuando el grito es de enfado es parte de una comunicación cuando menos agresiva. Al grito le acompañan palabras que muestran ira y gestos normalmente amenazantes.

¿Cómo es la reaccion del niño ante la amenaza?

Ante una situación así el niño puede reaccionar de dos formas típicas, dependiendo de su edad, de su carácter y de otras circunstancias personales o puntuales. La respuesta típica a una amenaza es el ataque o la huida.

En niños mayores o adolescentes puede llegar a darse un enfrentamiento. En niños más pequeños al ser más vulnerables la respuesta más típica será la huida, que se refleja por ejemplo en que se encogen sobre sí mismos, ponen las manos en posición de defensa, etc, ya que un niño muy pequeño no puede irse.

¿Y cuando son habituales?

Si los gritos son reiterativos y continuados se produce un aumento en los niveles de cortisol, ya que se produce una situación de estrés crónico. A largo plazo se puede producir indefensión.

¿Qué efectos a medio y largo plazo tiene esto en la salud física recibir gritos y sentirse amenazado de manera habitual o bastante habitual?

El cortisol, la hormona del estrés, está implicada en muchos mecanismos fisiológicos, desde el control del sistema inmune o del metabolismo de los azúcares hasta la estructura del hipocampo. Así pues sus efectos pueden ser muy variados.

Se sabe que el estrés crónico producido por ejemplo por relaciones abusivas en el cole puede aumentar el riesgo de enfermedades inflamatorias crónicas en la edad adulta. El cortisol se usa como indicador de estrés crónico y el estrés crónico se ha relacionado incluso con una menor esperanza de vida, ya que está relacionado con una menor longitud de los telómeros de los cromosomas.

¿La biología podría ayudar a los padres que no saben contenerse?

Hacernos conscientes de los mecanismos biológicos que se disparan cuando gritamos a nuestros hijos ayuda mucho a no ignorar las consecuencias de nuestros actos.

¿Qué podemos hacer?

Obviamente reducir el estrés en los propios padres mejora mucho la relación con los hijos. Los gritos pueden deberse a una acumulación de estrés en los progenitores, ser padre es duro, pero esto no tiene tanto que ver con la biología como con las circunstancias personales y sociales.

Aparte de reduciendo el estrés en los propios padres el resto es más una labor de crecimiento personal y compromiso con nuestros propios hijos. Y también con nosotros, mejorar la comunicación con nuestros hijos reduce a su vez nuestro propio estrés. Todos estos mecanismos suelen ser de feedback positivo.

Mireia Long e Irene García Perulero

Publicado originariamente en Bebés y más

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