Estimulemos la filosofía desde la infancia, por Eva Domingo

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Si estás leyendo este artículo, muy probablemente seas una persona comprometida con la crianza y la educación respetuosas. Quiero aprovechar esa circunstancia tan favorable para emplazarte a observar, respetar, amar, mimar y fomentar la faceta filosófica que tienen todas las niñas y niños que están en tu vida. ¡Todas y todos, sí!
¿Te has parado alguna vez a pensar que tienes en casa, o en tu aula si te dedicas a la docencia, a pequeños grandes filósofos que aún tienen intacta la curiosidad, esa preciosa herramienta que nos hace abrazar el conocimiento? Como buenos filósofos y aprendices de vida, no paran de darle vueltas a sus cabecitas, de preguntarnos y de cuestionárselo todo. A mí me tienen fascinada las preguntas tan puras, tan genuinas que cada día nos lanzan niñas y niños. Qué bonito hacer un listado para que no se nos olviden. Entre las miles que mis hijos me han hecho, tengo mis favoritas. Aquí va una pequeña muestra:

Están las preguntas ocurrentes al máximo, pero que encierran un interés, por ejemplo científico: “¿Cuánto tarda un virus en subir una montaña?”.

Otras nos devuelven nuestra imagen en el espejo y ponen el dedo en la llaga sobre temas incómodos para el adulto: “Mamá, si tanto quieres que yo aprenda inglés, ¿por qué no lo aprendes tú primero?” o “Si te da pena esa persona que no tiene para comprar comida, ¿por qué no la invitas a comer en casa?”.

Las hay que ponen de manifiesto el absurdo de las inercias y de los sistemas heredados y, de nuevo, la gran sensatez infantil: “¿Quién inventó la escuela y para qué?”. “¿Por qué estoy obligado a ir allí cada día?”

Y las trascendentales muestran la gran sabiduría encerrada en ese buscar más allá, fuera de nuestro alcance, que el ser humano porta en su interior desde su nacimiento: “¿Cuánto es infinito +1?”. “¿Por qué la naturaleza quiere que yo un día tenga que morir?”.

Qué personas tan sabias son las niñas y niños. Pensadoras incansables. Imaginativas. Lúcidas. Perspicaces. Insistentes. Positivas. Ilusionadas. Esperanzadas.

¿Qué hacemos con sus preguntas?

Ahora preguntémonos: ¿Qué hacemos con todas esas preguntas que nuestros niños nos regalan cada día? ¿Les restamos importancia y no las respondemos? ¿Las aparcamos para otro momento, que finalmente no suele llegar? ¿Nos avergonzamos si no sabemos contestarlas? ¿Les ofrecemos respuestas cerradas, sin información o con la más amplia información posible, pero siempre sin posibilidad de réplica u objeción?

Pensemos que hay otra manera de abordar esas preguntas infantiles. Démosles respuestas abiertas que vayan a llevar a niñas y niños a pensar por sí mismos, a investigar para encontrar sus propias respuestas, a seguir cultivando su curiosidad y su espíritu crítico.

Pongamos un ejemplo: nos pregunta qué le sucede a una persona después de morir. Por muy clara que nosotros tengamos nuestra creencia en este tema, seguro que es enriquecedor explicarle que ésa es una de las grandes preguntas que la humanidad se ha hecho a lo largo de milenios y que ciertamente no existe una respuesta probada. Y darle algunas pistas sobre las distintas creencias existentes al respecto. Cuando nos pregunte por lo que nosotros pensamos, podemos compartir con ellos nuestro punto de vista, pero sin presentarlo como Verdad. Y os animo a terminar, en éste y en todos los casos posibles, con un “¿y tú que opinas?”. O con un “¿por qué lo preguntas?”, “¿a ti qué se te ocurre?”.

Hay un gran regalo que podemos hacer a nuestros pequeños cuando acuden a nosotros con alguna cuestión: conseguir que se vayan con dos o tres nuevas preguntas en la cabeza. Multipliquemos su curiosidad. El filósofo griego Plutarco (Delfos, siglos I y II) afirmó que “el cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”. Facilitemos que prenda esa luz, que nuestras niñas y niños aprendan a desarrollar la herramienta fundamental de la razón y a reflexionar sobre su propia experiencia en relación al mundo y a sí mismos.

No olvidemos nunca que la filosofía es la base de todo conocimiento humano. Primero hay que preguntarse, para después obtener respuestas. Sin filosofía, no hay nada.

Fomentar la conversación, animar a los niños a mostrar sus puntos de vista y a razonarlos, son buenas formas de adentrarnos en la práctica filosófica en casa o en la escuela (en cuantas más asignaturas, mejor).

Materiales específicos

En todo caso, existen materiales, algunos creados específicamente para ello, en los que podemos apoyarnos las personas adultas para ir abriendo ese camino. Recientemente he descubierto un estupendo juego de filosofía visual para niños, de la colección Wonder Ponder. Está compuesto por coloridos y atractivos tarjetones. En una de las caras se presenta una situación a través de un dibujo; en la otra, una serie de interesantes preguntas sobre esa situación. Hace unos días, después de cenar, estrenamos la primera tarjeta en familia mientras comíamos el postre. El debate fue, en este caso, sobre la experimentación con animales. “¿Hay cosas que son crueles, pero sin embargo aceptables?”.

Hoy, en una acción de Toiletschooling, he dejado la misma tarjeta en el baño, para que los niños la sigan ojeando y sigan pensando. Este tipo de materiales podemos fácilmente crearlos en casa. Así como elegir lecturas interesantes (pensamientos o cuentos cortos de algún autor que tengamos en nuestra biblioteca, por ejemplo) que lanzar en algún momento en que reine el silencio y la tranquilidad en casa. No les demos nosotros la moraleja; dejemos que sean ellos quienes extraigan la enseñanza o las conclusiones que observen, y que las pongan en común con las personas de su alrededor. También podemos utilizar noticias curiosas o polémicas para abrir esa conversación.

Y hacer que, de vez en cuando, se encuentren preguntas sorprendentes en folios pegados en las paredes de casa o del aula. No hace falta que pensemos en grandes cosas. Nos sirve lo simple y cotidiano. “¿Por qué las rosquillas tienen un agujero en medio?”. Podemos invitar a los pequeños a escribir sus respuestas en ese mismo folio, cuando les apetezca, y, en otro momento, redactar nosotros una nueva pregunta, para ir guiando la reflexión. “¿Y qué es un agujero?”. Es probable que esa simple rosquilla, la misma que nos tomamos en el desayuno, nos conduzca finalmente a hablar de la nada, del universo, del infinito, de lo que existe y no existe… Recordemos: no les demos respuestas; démosles, sobre todo, nuevas preguntas.

Una escuela de libertad

La filosofía para niños está en auge en muchos países del mundo. La Unesco la ha definido como una escuela de libertad. Fomenta el pensamiento propio, el espíritu crítico, el debate respetuoso, la empatía hacia la persona con quien se conversa. La democracia real, en definitiva.

Existe una metodología bien definida para ser trabajada con grupos de niños y jóvenes entre los 3 y los 18 años, creada en los años 70 del siglo pasado por el filósofo e investigador en pedagogía Matthew Lipman, quien a su vez se inspiró en el trabajo de John Dewey. Lipman escribió una serie de novelas filosóficas (la primera de ellas, “El descubrimiento de Harry Stottlemeyer”) para trabajar el debate filosófico a distintas edades. Podéis consultar también, entre otros, los materiales del interesante Proyecto Noria, impulsado desde Cataluña.

Cuando hablamos de trabajar la filosofía en las aulas, no nos referimos a las clases tardías de Historia de la Filosofía que nuestros jóvenes reciben casi al final de su escolarización y que, desde mi punto de vista, son también fundamentales. Estamos hablando de permitir que sean ellas y ellos los filósofos, tal y como algunos centros escolares (los menos) ya promueven desde la más tierna infancia. Mientras esperamos que esa práctica tan beneficiosa se extienda, empecemos a dar pasos en nuestro entorno. En casa, en el aula. Seamos nosotros el cambio. Incorporemos este sano hábito a nuestra rutina. Y disfrutémoslo juntos. Tanto niños y jóvenes, como adultos, todas las personas somos aprendices de esta vida y la filosofía va a contribuir, seguro, a un aprendizaje significativo.

Eva Domingo

Periodista y formadora de Pedagogía Blanca

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