La mala soy yo

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Si crees que a los niños se les deben dar azotes y coscorrón, si crees que puedes ser buen profesor sin vocación,  si crees que todo el problema es que los niños no te atienden porque son vagos, de verdad, por el bien de nuestros hijos, te lo ruego, cambia de profesión.

 

La libertad educativa es España no existe. Los padres no pueden elegir centro, no puede elegir a la persona que se va a quedar con sus hijos en un lugar donde no pueden entrar a ver como los trata, no pueden elegir los valores que se les van a transmitir en el contacto diario. No pueden elegir que su profesor sienta amor por ellos.

La Educación Pública no garantiza ninguna de esas libertades, pero si, al menos, debería garantizar ética, respeto, sensibilidad y actualización en sus funcionarios.

Digo yo.

 

Oye, que igual soy una peligrosa anarquista desestabilizadora que no acepta la autoridad de los funcionarios y mucho menos traga con que eduquen a niños y adolescentes personas que los desprecian y no se preocupan ni de comprenderlos, ni de aprender nada nuevo, que se mofan de cualquier intento de mejora del sistema que no sea el de preparar a los niños para hacer exámenes, que aborrecen la innovación de la que tanto se nos habla, que no se actualizan, que añoran el coscorrón como método pedagógico.

 

Igual es eso.

Igual la mala soy yo, no esos profesaurios que no aman su trabajo, que no se consideran educadores, que no tienen ni idea de lo que representa que los padres les confíen lo que más aman.

Igual la mala soy yo por no querer que a los niños los humillen, castiguen y machaquen. Y por contar que hay quien habla de los hijos de otras personas con ese desprecio y esa ignorancia.

Será eso.

 

Prefiero se mala. Pero desde luego jamás hablaré con desprecio de mis alumnos.  Y tú no deberías hablar ni escribir con desprecio de un niño que puede ser mi hijo o el hijo de cualquier persona que lea este artículo. Nos lo debes, como funcionario y como persona. Puede que te sientas impune cuando en el claustro o en la red vejas a los niños o promueves prácticas educativas obsoletas y perjudiciales, cuando te ríes de los niños con déficit de atención y defiendes que les den un pescozón, cuando llamas vagos a tus alumnos, cuando haces comentarios racistas o sexistas, cuando llamas llorica al niño que se queja de acoso, cuando llamas exagerada a la madre que cuenta que su hijo sufre fobia escolar o se aburre en las clases y está desmotivado. De hecho, seguramente tienes razón y todo eso va a quedar impune.

 

Tus compañeros, en su mayoría, te miran avergonzados y tratan de compensar, pero rara vez se atreverán a echarte en cara lo inadecuado de tu comportamiento. Igual te tienen miedo, el matonismo no solo se da entre los alumnos y quizá, como educas aunque no seas educador, se lo estás enseñando con tu comportamiento. Porque, ¿sabes?, es imposible que si piensas que los niños son vagos, desprecias la educación emocional y te burlas de la investigación pedagógica, del neuroaprendizaje y de cualquier intento de hacer una clase motivante, si crees que la culpa de que tus alumnos suspendan y se aburran es suya, te aseguro que es lo transmites cada día en el aula a nuestros hijos.

 

Eres un funcionario público. Debes ser consciente de ello. Y no desprestigiar a tu profesión ni decir nada que no sea acorde con la imagen que debe dar un funcionario público.  O cambiar de profesión, que igual sería lo mejor para los niños y hasta para que dejes de sufrir en un trabajo que aborreces, pues, no lo olvides, tu trabajo es educar personas.

 

Yo seguiré hablando de las malas prácticas docentes porque, ¿sabes?, yo si me considero una educadora y si deseo que los niños sean felices en el colegio.

Mireia Long

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