Obediencia y autonomía

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¿Ser un niño obediente es igual a ser un niño “bueno”? ¿Hacer lo que mandan los padres es siempre benéfico para los niños? ¿Son sólo los padres los que saben qué es mejor para los hijos? ¿Los niños no pueden decidir nada sobre su propia educación? ¿Los padres deben ser dueños absolutos de la educación de sus hijos y decidir en su lugar o deben tener el papel de unos maestros-guías que les ayuden a los niños a decidir por sí mismos cómo desarrollar mejor su personalidad y autonomía?

Hace un par de meses unos padres preocupados por la educación de su hijo analizaron en este video  un libro escrito por una madre china sobre cómo educar a los niños de forma estricta e inflexible para sacar lo mejor de ellos. Si nos llevamos por las ideas que le inspiraron a darles esta educación a sus hijos el tema es como mínimo polémico. No es cuestión de occidente versus oriente, es mucho más, diría yo.

Aquí van algunas de las ideas conductoras de esta madre:

No invitar nunca amigos de los hijos a casa a jugar.

Jugar no sirve – es una perdida de tiempo – hay que limitar el tiempo de juego.

No ver ni televisión, ni videojuegos.

Prohibido actuar en obras teatrales.

No tocar percusión. 

No animar a los niños por sus logros, sino decirles que lo pueden hacer mejor. 

No conversar, ni hablar con los niños. A los hijos se les adoctrina, no son amigos.

La felicidad es ser el mejor. Hay que tener éxito siempre.

Estudiar y practicar también en vacaciones. 

No hacer los deberes con tus hijos, la responsabilidad es suya, no tuya.

De entrada me parece que la madre china plantea un adiestramiento a la antigua, según la tradición china, en una época que ya no corresponde con este tipo de “aprendizaje”. Las últimas investigaciones sobre el cerebro, todo lo que aporta la neurociencia, lo que sabemos sobre las emociones, las conexiones neuronales, el papel de las hormonas y glándulas en el aprendizaje, el ritmo individual de la madurez cognitiva y de todo tipo – todo esto hace que el planteamiento de esta señora parezca como poco abominable. Evidentemente las hijas estarán contentas – no han conocido otra manera de criarse y si se les ha adoctrinado acerca del concepto de “éxito” claro que se sienten realizadas. Pero esto depende del objetivo final de los padres.

Para mí hay algo sagrado: el derecho de cualquier ser humano a elegir su propia educación, independientemente de su edad, y el derecho al amor incondicional. Un menor no puede tener menos derechos que un adulto. Ya sé que un niño no sabe exactamente cómo educarse y para ello están los padres, para seguirle en sus intereses y talentos – la guía cariñosa de los adultos cuidadores; no con un adiestramiento agresivo y rígido, sino con atención hacia sus gustos y sus necesidades reales de aprendizaje. Además, la educación supone saber desenvolverse en la vida, por lo tanto necesita vivirla y hacerlo a SU manera.

Vamos, que a mí me parece terrible lo que plantea la madre china. Por dar el ejemplo que mejor conozco – o sea nosotros – nosotros no hemos hecho ninguna de las cosas propuestas por ella y sin embargo tenemos dos hijos maravillosos – vale, no son number one, pero tampoco lo queríamos, la verdad; demasiada presión – muy bien educados, sanos, felices, trabajadores, responsables y disciplinados. ¿Qué he hecho? Pues casi justo lo contrario de lo que propone la señora. He conversado con ellos, los he tratado como a mis amigos – y ahora somos amigos, ellos con 20 y 18 años, yo con 49 – me han acompañado en todos mis quehaceres diarios, en mis problemas y mis alegrías, han aprendido lo que es la vida a mi lado, como madre. Han jugado durante muchos años de su vida, y seguimos en el mismo espíritu, el sentido del humor es sano y te mantiene a flote incluso en los tiempos más negros de tu vida. Han estudiado música a su ritmo y también han ido a talleres de percusión. Mi hija quiere dedicarse a la música de forma profesional; él la ve como una compañera de vida. Ambas decisiones son buenas.

Han tenido y tienen amigos. Los humanos somos seres sociales, vivimos en comunidad; es necesario desarrollar dotes de cooperación y colaboración, no de competición. La competición, como mucho, debería ser con uno mismo. Y esto lo tiene que decidir la persona en cuestión, no sus padres o sus profes. Si un niño recibe una buena educación sabrá competir consigo mismo y querrá mejorar siempre por sí mismo cuando empiece a tener algo de madurez y de sentido crítico. Porque al fin y al cabo, cualquier ser humano quiere llegar a la excelencia, sólo se le debe ayudar en su empeño para que tenga una motivación interior, el mejor motor para superarse diariamente a sí mismo.

Han actuado en grupos de teatro. Para mí el teatro es el super-recurso educativo por excelencia. Permite desarrollar exitosamente varios tipos de inteligencias, la imaginación, la creatividad, la autonomía, la personalidad, la psicomotricidad… aparte de permitir aprender y adquirir un montón de conocimientos de todo tipo, académicos o informales, igual de importantes.

Hemos hecho deberes juntos, y no podía ser de otra forma ya que, al ser educados en casa, estaba clarísimo que los en los estudios académicos necesitarían ayuda, por lo menos al principio.

Han jugado muchísimo. El juego es una herramienta de aprendizaje importantísima.

Han visto películas en la tele – así aprendieron inglés.

En cuanto a las vacaciones… no puedo decir que hemos tenido vacaciones porque me parece que un niño aprende todo el rato. No se puede separar el aprendizaje de la vida real. La vives y aprendes. Estudias, analizas, exploras todo el rato – si se te permite. En “vacaciones”, sobre todo si viajas, aprendes otras cosas; es un período en el que haces otras actividades, ves otros sitios, oyes otros idiomas, conoces otras personas, descansas para poder asimilar lo estudiado… ahogar a los niños con lo mismo que durante el resto del año es, al fin y al cabo, aburrido y poco productivo si es por obligación. Por supuesto que hacen falta muchas horas de práctica si se quiere llegar a la cima, pero una cosa es hacerlo por madurez y convicción personal, y otra porque te obligan los de alrededor.

Y sí, me he entusiasmado con sus logros. ¿Por qué? Porque mi entusiasmo los anima a seguir adelante en sus intentos de hacer algo. Los he animado cuando se han equivocado, los he animado cuando lo han hecho bien. La idea es seguir adelante en la vida, independientemente de los problemas, saber salir de los embrollos dignamente, saber resolver conflictos y saber negociar. Si yo, como padre, no demuestro tener confianza y fe en sus logros, ¿cómo van a aprender a tenerla ellos?

Como conclusión: no quería dos hijos obedientes, no quería “fabricar” dos marionetas domadas como a los caballos de competición; quería ayudar a crecer y madurar a dos seres humanos, dos seres pensantes y con sentido crítico, dos seres responsables y conscientes de lo que ocurre a su alrededor y dentro de sí mismos.

Y lo más importante quizá: el amor que los padres podemos dar a los niños. El cerebro toma forma a raíz de la influencia de las hormonas; hoy en día sabemos mucho más sobre la neurociencia, como ya lo dije. Los métodos antiguos (porque lo que usa la china es eso, métodos antiguos de adiestrar basados en el miedo) ya se sabe que no sirven si queremos educar seres HUMANOS. Sólo hay que echar una mirada en el mundo y ver cómo vivimos y qué tipo de sociedad hemos construido. No hay casi nadie en mi alrededor que esté contento con el mundo que le ha tocado; falta cooperación, colaboración, cariño, inteligencia y sabiduría real, sentido común, sentido del humor – con algunas excepciones, todos somos estresados, asustados, agresivos, traumatizados, deprimidos. Por supuesto no se trata de vivir en un estado de felicidad continua, pero sí de conseguir un equilibrio saludable interior y exterior. Y esto sólo se logra a través de una educación que nos ayude a desarrollarnos como personas, no como robots.

Por último, un comentario: con muy pocas excepciones, cuesta ser un adulto feliz si no se ha tenido una infancia feliz.

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Por Sorina Oprean, tutora en la Pedagogía Blanca

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