“No, no tiene que leer todos los días un poco”, por Mª Pilar Gómez

pi“Tiene que leer todos los días un poco”
Esta es la mejor manera de que un niño odie la lectura.

No le obligues, ni siquiera 10 minutos diarios. No le chantajees, amenaces o coacciones de ningún modo. No le insistas. No le premies ni le castigues. Déjale tranquilo. Hay muchas otras cosas que son eficaces y no tienen efectos secundarios: lee tú, compra libros, id juntos a la biblioteca, aprovecha sus intereses para poner a su alcance libros de consulta, léele sin preguntas sobre lo leído, sin turnos obligatorios en voz alta.
Háblale de tus lecturas de infancia, regalad libros a amigos y familiares, cuéntale historias reales o inventadas. Pon a su alcance libros de todo tipo.

Vivimos en una sociedad repleta de mensajes escritos. Los niños acaban leyendo porque lo necesitan para comunicarse y comprender mensajes.

Si conviertes la lectura en una obligación, en vez de permitir que la descubra como herramienta y placer, habrás contribuido justo a lo que querías evitar. Invierte tu energía en aprovechar las posibilidades de los juegos de palabras y las páginas, en vez de tratar de “convencerle” de la importancia de saber leer. No es que no confíe en ti, es que su experiencia le revela otras sensaciones. Y si le insistes, le fuerzas a elegir entre lo que experimenta y su cariño hacia ti. Más aún, acabará convencido de que hay algo malo en él por no querer leer. Y con el tiempo quizá llegue a creer que “no es lo suyo” que “no se le da bien” o que “es para aburridos”. Como tú que te empeñas en meterle con calzador un hábito que no le sirve para nada y le hace sufrir.
¿Y acaso no hemos venido a gozar y expandirnos? Pues facilítale momentos divertidos, plenos, emocionantes…y libres en su relación con los libros.

Escucha: el rechazo hacia una actividad no desaparece haciendo más de eso mismo que me disgusta. Entonces ¿para qué insistirle tanto?

Respeta sus tiempos. Ningún manzano da peras, ningún manzano da manzanas cuando yo quiero que las dé.

Este verano, libros por placer.

Pilar Gómez. Coach de Familia e Inteligencia Emocional. Maestra de Educación Infantil y de Educación Especial

Crianza en Familia

REDEN, Red por los Derechos Educativos de los Niños

 

*Foto: Pilar Gómez

Formación y valores indispensables en un educador

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La mayoría de los profesionales de la educación seguro que comparten mi visión. El buen maestro o profesor tiene otras ideas que lo convierten en un ejemplo inspirador para la sociedad completa y para los niños que están a su cargo. Sabe que su labor es poderosa y tiene una gran influencia en el futuro.

La sensibilidad, la empatía, el respeto hacia los niños, la comprensión sobre sus necesidades específicas, el deseo de ofrecer una experiencia educativa motivante y efectiva, el compromiso con la innovación, la mirada abierta a las posibilidades del futuro, la conciencia de la importancia de las competencias del SXXI en vez de la acumulación memorística, la capacidad de autocrítica, la tolerancia hacia los tolerantes, la intolerancia hacia el abuso y el acoso, la ética y la ternura, eso define a un buen educador.

Sin duda alguna la inmensa mayoría de los profesionales de la educación pueden enseñarnos sobre todo esto, pues son auténticos profesionales de la educación. Y, sin embargo, es preciso reconocer otro fenómeno que muchas familias y estudiantes nos hacen llegar en sus consultas y que, yo misma, he podido constatar. Os explico que he escuchado y leído, en grupos de profesores, comentarios que me han preocupado profundamente.

  • Lo considero fascismo educativo, es decir, tener como único modelo el más conservador posible y abogar por su imposición generalizada.
  • La burla hacia la emocionalidad y la innovación.
  • Comentarios despectivos hacia los alumnos.
  • El conservadurismo paleto del ” siempre se ha hecho así”.
  • El odio a los que no odian, a los que hablan de amor, ternura y alegría como motor de la educación.
  • El autoritarismo feroz del inseguro.
  • La ignorancia elegida dando la espalda a cualquier nueva perspectiva pedagógica o psicológica aplicada al aprendizaje.
  • El culto a la acumulación memorística y al examen escrito como única evaluación.
  • La caza de brujas contra los disidentes.
  • La falta de comprensión a las situaciones personales y sociales difíciles de los alumnos.
  • La incapacidad de asumir una parte de responsabilidad en el fracaso de sus alumnos en el aprendizaje.
  • El desprecio hacia los más débiles como signo de identidad.
  • El ostracismo para quien exponga públicamente la falta de ética de algún compañero de profesión.

 

Voy a tener que preparar un curso especial para docentes explicando:

  • Los derechos de los niños
  • Los derechos humanos
  • La libertad de expresión y sus límites
  • Donde puedes hablar sin respeto de tus alumnos (respuesta, en ningún sitio, pero si lo haces, que sea en tu casa o en el bar)
  • Qué es el acoso en la escuela
  • Qué es el acoso fuera de la escuelaCiberacoso
  • Cómo prevenir el acoso
  • Cómo no ser un acosador
  • La importancia de las emociones en el aprendizaje
  • El respeto a los menores y sus familias
  • Los castigos en la ley educativa
  • Los efectos de los castigos
  • Los coscorrones no son educativos ni curan el déficit de atención.
  • Pequeños apuntes sobre como motivar al alumno que dices que es vago
  • Ser un buen educador es mucho más que explicar una materia.

 

Ojalá no fuera necesario hablar de estos temas. Pero ocultarlos, imponer el corporativismo cerril y negar que existen esas actitudes, aunque sean minoritarias, sería un error que perjudica a los niños y la sociedad.

Mireia Long

Cursar los diez años de Educación Obligatoria debe dar derecho al título de ESO

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Todos los alumnos que pasen diez años en el sistema educativo tienen que recibir su título de ESO, todos ellos. No importa si no has superado alguna materia. La educación es un derecho y se refiere a recibir herramientas y conocimientos que los preparan la una vida activa de ciudadanos libres, no un listado de datos, fórmulas, contenidos arbitrarios, listas o procedimientos, en su mayor parte de escasa relevancia real y práctica.

Primero, porque es imposible que en diez años no hayan recibido una educación básica. Segundo, porque después de obligarlos a acudir a la escuela y recibir un modelo de enseñanza monolítico estatal, al menos no se les puede privar de un papelito que no garantiza nada pero que es indispensable para que puedan continuar sus vidas libremente.

Hablamos de una educación básica entendida de manera holística y si alguno no ha logrado objetivos curriculares específicos en algún área eso no va a cambiar el hecho de que, tras diez años en el sistema. debe tener la educación básica que se le está garantizando como DERECHO y para la que la ESO está creada.

Si el sistema educativo no puede garantizar el derecho del menor a una educación básica, debe asumir sus culpas, pero no destrozar el futuro de un niño.

Si el Sistema Educativo no garantiza el derecho de nuestros hijos a recibir una educación básica tras diez años, debemos saberlo y tener la opción de elegir otro modelo que si lo garantice.

Si el Sistema es inútil e incapaz de garantizar una educación básica a la que todos los niños tienen derecho, o si los funcionarios del sistema desconocen y desprecian los DERECHOS DE LOS NIÑOS, que es a lo que sirven y para lo que existen como profesionales, deben decirlo, debe saberse, deben marcharse y deben aceptar que este modelo es un fracaso.

Si no, al menos, deben entregar su título de Educación Obligatoria a todos los niños que han cumplido acudiendo al único lugar al que se permite que vayan a recibirla.

Mireia Long

Hay esperanza

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Azucena y yo creemos firmemente que hay esperanza en  los colegios, institutos, hogares y en todo el sistema educativo. Los niños, nuestro futuro, están llenos de esperanza y confían en  nosotros para darles las herramientas emocionales, éticas y prácticas para tener vidas llenas de sentido, para cumplir sus sueños, para aprender todo lo que necesitan para lograrlo. Los maestros y profesores que se han formado con nosotras y otros muchos miles también tienen una profunda confianza en que pueden acompañar a sus niños con amor y respeto, enseñándoles a pensar, a reflexionar, a ser críticos y libres, además de proporcionarles herramientas y conocimientos académicos.

Dedicamos nuestra labor a mejorar la vida educativa de los niños y a ayudar a los educadores que caminan junto a ellos. Profesionales que tienen esperanza, que saben que el futuro es complejo pero apasionante y que trabajan con tesón para que las aulas sean un espacio transparente y el aprendizaje algo lleno de alegría en el esfuerzo y el descubrimiento. A ellos nos dirigimos en este artículo y les hacemos una invitación.

Si eres un maestro o profesor que llevas a innovación y el respeto por los ritmos madurativos de los niños al aula, si crees que hay esperanza en cambiar el paradigma educativo y quieres contarlo al mundo, estás invitado a escribir en nuestra página para nuestra nueva sección: HAY ESPERANZA.

Mándame un privado o un mail a info@pedagogiablanca.net y publicaremos tu colaboración. Queremos que se os oiga, se os vea y se os respete por lo mucho que dais cada día.

Mireia Long

La mala soy yo

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Si crees que a los niños se les deben dar azotes y coscorrón, si crees que puedes ser buen profesor sin vocación,  si crees que todo el problema es que los niños no te atienden porque son vagos, de verdad, por el bien de nuestros hijos, te lo ruego, cambia de profesión.

 

La libertad educativa es España no existe. Los padres no pueden elegir centro, no puede elegir a la persona que se va a quedar con sus hijos en un lugar donde no pueden entrar a ver como los trata, no pueden elegir los valores que se les van a transmitir en el contacto diario. No pueden elegir que su profesor sienta amor por ellos.

La Educación Pública no garantiza ninguna de esas libertades, pero si, al menos, debería garantizar ética, respeto, sensibilidad y actualización en sus funcionarios.

Digo yo.

 

Oye, que igual soy una peligrosa anarquista desestabilizadora que no acepta la autoridad de los funcionarios y mucho menos traga con que eduquen a niños y adolescentes personas que los desprecian y no se preocupan ni de comprenderlos, ni de aprender nada nuevo, que se mofan de cualquier intento de mejora del sistema que no sea el de preparar a los niños para hacer exámenes, que aborrecen la innovación de la que tanto se nos habla, que no se actualizan, que añoran el coscorrón como método pedagógico.

 

Igual es eso.

Igual la mala soy yo, no esos profesaurios que no aman su trabajo, que no se consideran educadores, que no tienen ni idea de lo que representa que los padres les confíen lo que más aman.

Igual la mala soy yo por no querer que a los niños los humillen, castiguen y machaquen. Y por contar que hay quien habla de los hijos de otras personas con ese desprecio y esa ignorancia.

Será eso.

 

Prefiero se mala. Pero desde luego jamás hablaré con desprecio de mis alumnos.  Y tú no deberías hablar ni escribir con desprecio de un niño que puede ser mi hijo o el hijo de cualquier persona que lea este artículo. Nos lo debes, como funcionario y como persona. Puede que te sientas impune cuando en el claustro o en la red vejas a los niños o promueves prácticas educativas obsoletas y perjudiciales, cuando te ríes de los niños con déficit de atención y defiendes que les den un pescozón, cuando llamas vagos a tus alumnos, cuando haces comentarios racistas o sexistas, cuando llamas llorica al niño que se queja de acoso, cuando llamas exagerada a la madre que cuenta que su hijo sufre fobia escolar o se aburre en las clases y está desmotivado. De hecho, seguramente tienes razón y todo eso va a quedar impune.

 

Tus compañeros, en su mayoría, te miran avergonzados y tratan de compensar, pero rara vez se atreverán a echarte en cara lo inadecuado de tu comportamiento. Igual te tienen miedo, el matonismo no solo se da entre los alumnos y quizá, como educas aunque no seas educador, se lo estás enseñando con tu comportamiento. Porque, ¿sabes?, es imposible que si piensas que los niños son vagos, desprecias la educación emocional y te burlas de la investigación pedagógica, del neuroaprendizaje y de cualquier intento de hacer una clase motivante, si crees que la culpa de que tus alumnos suspendan y se aburran es suya, te aseguro que es lo transmites cada día en el aula a nuestros hijos.

 

Eres un funcionario público. Debes ser consciente de ello. Y no desprestigiar a tu profesión ni decir nada que no sea acorde con la imagen que debe dar un funcionario público.  O cambiar de profesión, que igual sería lo mejor para los niños y hasta para que dejes de sufrir en un trabajo que aborreces, pues, no lo olvides, tu trabajo es educar personas.

 

Yo seguiré hablando de las malas prácticas docentes porque, ¿sabes?, yo si me considero una educadora y si deseo que los niños sean felices en el colegio.

Mireia Long

Queridos profesores, no seáis cómplices de este tipo de compañeros.

Queridos profesores, no seáis cómplices de este tipo de compañeros que demeritan vuestra labor. Dejad claro que la mayoría de vosotros ni por asomo compartís esta falta de respeto hacia nuestros hijos.

Pensar que nuestros adolescentes han de pasar horas a diario con estas personas, puesto que son profesores reales de la Comunidad Andaluza que participan abiertamente en un grupo dónde dicen este tipo de cosas, me revuelve el estómago.

Por favor, inspectores de educación que estáis en ese grupo de profesores de secundaria de la Comunidad de Andalucía, haced algo. Sabéis quienes son estos desaprensivos que en lugar de estar dando clase deberían buscar nuevas direcciones profesionales en su vida que les harían más felices a ellos y a los demás también. Tenéis un papel que cumplir, y una parte importante de la sociedad confía y depende de vosotros para que nos ayudéis a frenar estos comportamientos.

Desde luego algo queda claro: para ser buen profesor hay que poner el corazón, y algunos parece que no están dispuestos a ello.

Azucena Caballero

PS: Atención a algunas perlas de “profesionales de la docencia” que participan en el grupo “Profesores de secundaria de Andalucía” en Facebook:

Aprender y vivir… Vivir y aprender

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Una amiga de FB me pregunta cómo nos hemos organizado para aprender, enseñar, educar, estudiar…

Como ya indica el título de mi entrada lo que hemos hecho ha sido vivir el día a día e intentar aprender de lo que nos ocurre diariamente.
¿Más concreto?
Partí de la idea que el aprendizaje no puede estar separado de la vida real. No se puede aprender sobre la vida estando encerrado entre cuatro paredes. Ni siquiera los conocimientos académicos se asimilan en realidad de esta forma. Necesitamos jugar, equivocarnos, explorar, experimentar, necesitamos usar los cinco sentidos, experiencias sensoriales al 100%; necesitamos movernos ya que el movimiento físico conduce a la creación de nuevos sinapsis en el cerebro, por lo tanto nos ayuda a asimilar lo que queremos aprender y recordar. Necesitamos descansar también, para que lo aprendido se pueda estructurar dentro de nosotros y de nuestra mente.
Todos, seamos niños o adultos, todos aprendemos así.

Sabiendo ahora todo esto ¿cómo nos hemos organizado nosotros?

En primer lugar hemos jugado mucho, mucho – hasta que mis hijos cumplieron los 11-12 años, aprendimos jugando. Y me incluyo, porque yo también he aprendido mucho durante estos años, no sólo mis hijos.
Por la mañana empezábamos sin prisa, despertando a la hora que nos venía bien, lavándonos y vistiendo ropa cómoda.
Desayuno.
Juego organizado casi totalmente por mis hijos; pocas veces he tenido yo que intervenir en este sentido. Tenían imaginación y creatividad por un tubo, no hizo falta venir yo con ideas.
A lo mejor luego película de dibujos animados en VO. Una hora, nada más. Nos servía, como dije en tantas ocasiones, para aprender inglés o para familiarizarse con otros idiomas.
Ir de compras, según necesidades.
Preparar almuerzo; cuando tuvieron edad suficiente, ya ellos ayudaban también.
Comer.
Más juego, o descanso, también según necesidades.
Dibujar, recortar, leer, jugar con PlayMobil o Lego o cualquier otra cosa que nos inspire.
Hacer manualidades o salir a pasear o ir de visita.
Hablar, debatir, conversar – todos los días, siempre, escuchar su opinión, comentar con ellos lo que me parecía interesante o importante o simplemente nimiedades.

Alrededor de la edad de 9-10 años empezamos con algunas actividades más formales – no más de media hora al día – lecturas y dictados, matemáticas, y otro tipo de nociones relacionadas con los libros que usábamos. Trabajábamos por proyectos principalmente, en ningún caso por asignaturas – la mayoría de las veces el tema del proyecto lo elegían ellos aunque yo podía proponer. Y seguían jugando y haciendo las demás actividades. Iban a clases extraescolares de música/instrumentos musicales, ballet, taekwondo. O talleres puntuales de cocina, trabajo en madera, visitas a museos, excursiones, viajes.

Y luego ya algo más formal a partir de 13-14 años cuando los matriculamos a un instituto a distancia y teníamos que cumplir con ciertos requisitos académicos por los créditos y las evaluaciones, para tener, al final, un diploma en vistas a los estudios superiores en la universidad. Aún así, con estas actividades no empleábamos más de dos horas diarias, a veces tres. No hacía falta más.
Seguíamos con el juego, con la lectura – a elección siempre -, las tareas de la casa, las salidas, las clases de actividades extraescolares, y por supuesto, teníamos más estructura, de otra forma habría sido difícil. Eran más actividades y además los niños eran más mayores, en alguna medida lo pedían ellos mismos.

A lo largo de los años puedo decir que, a pesar de usar elementos eclécticos de distintos  “métodos” pedagógicos, pero de forma intuitiva – nos preguntan por los “métodos” y a veces no sé qué decir, ya que no hemos usado un método en concreto – al final la línea directora fueron los deseos y necesidades de los niños. Siempre. Es decir el método fue seguir el niño; el punto de partida que es el interés/ la curiosidad natural del niño ya está presente desde el principio.
Otro principio básico fue que siempre partimos de lo práctico para llegar a lo teórico. Si no comprendemos y asimilamos primero lo concreto, es imposible entender lo abstracto.
Y otro principio igual de importante: no atosigar, no machacar con conocimientos e informaciones no pedidas.

Porque en realidad, sinceramente, más de la mitad del currículo escolar está de más.
Los niños aprenden de las interacciones con los adultos que los rodean, de las actividades que organizan juntos, de los juegos libres con otros niños controlados por ellos mismos, de las tareas de la casa con las que ayudan por necesidad o por deseo de colaborar, de la vida diaria, de los proyectos que eligen, de las conversaciones que tienen lugar siempre… de vivir la vida, en definitiva, con todo lo que ello conlleva.

“Educar es ayudarles a ser la mejor versión de sí mismos”, Dra. Mer Flores

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Hoy comenzamos esta serie,  titulada “Hay esperanza”, que esperamos sea larga, en la que queremos dar voz a los maestros y profesores que trabajan desde el amor a los alumnos, con respeto, con energía, y contribuyendo a transformar la educación para que atienda las necesidades de los niños y los prepare para el futuro. Comenzamos con la Doctora Mer Flores, profesora de Lengua y Literatura en un instituto de Educación Secundaria, un verdadero ejemplo de honestidad, sensibilidad, entrega y pasión por su trabajo. Personas como ella, en las aulas, son las que transforman el mundo en un lugar mejor.

 

 

Desde que empecé a ejercer como profesora de secundaria, me incomodaban ciertos hábitos y circunstancias que parecían instaurados en la práctica de otros compañeros y eran vistos como normales. Empecé siguiendo la corriente, claro, pero poco a poco empecé a hacer pequeños cambios en mi aula.

Luego fui madre, y eso le dio la vuelta a todo. Otros compañeros me cuentan que sufrieron un cambio similar. Después de ser madre, empecé a luchar de forma más activa, predicando con el ejemplo a otros compañeros, para realizar cambios en las dinámicas de aula, en la forma de tratar al alumnado, en los sistemas de evaluación, en favorecer espacios inclusivos para todos (con independencia de su sexo, raza, creencias religiosas e incluso de sus intereses y de su nivel de esfuerzo).

Creo que la escuela pública es y debe ser para todos, y que un profesor (funcionario público) debe procurar despertar el interés y la curiosidad de sus alumnos, ofrecer respeto y afecto y ser el acompañante de un proceso que en cada alumno o alumna se realiza de manera diferente. Espero de corazón que la legislación educativa de nuestro país empiece a mostrar cambios dirigidos a la mejora de las condiciones de nuestro sistema educativo, pero son muchos los cambios que ya pueden hacerse (y que de hecho muchos hacemos) desde dentro. La Pedagogía Blanca y algunas de las personas que he conocido a través de ella han sido un gran apoyo y ejemplo para mí.

En mi clase no hay exámenes obligatorios, si deciden hacerlos pueden consultar los materiales que necesiten (libro, cuaderno, internet). Evalúo por trabajos cooperativos, por ejercicios creativos, exposiciones, lapbooks, debates, videorreseñas. Estudiamos los grados del adjetivo, pero también vemos documentales sobre neurolingüística, comunicación no verbal, o analizamos desde el punto de vista semántico las manipulaciones en discursos publicitarios o propagandísticos. Entre mis alumnos, unos adoran la asignatura y a otros les interesa menos, pero me satisface ver que la mayoría descubren en algún momento del curso alguna cosa que consideran útil y atractiva. Les incito a tirar del hilo, a profundizar. Si aprenden algo nuevo, he hecho bien mi trabajo.

Me gustan los niños. Disfruto de su compañía y de sus ocurrencias, me estimula el apasionamiento con que los adolescentes defienden sus ideas, y me gusta ayudarlos cada día a crecer, a reflexionar, a madurar y a convertirse en la mejor versión de sí mismos. Ese es para mí mi trabajo. La materia que imparto (lengua y literatura) me encanta, pero es un mero vehículo para ese objetivo final: educar a los hombres y mujeres del futuro para que se conviertan en la mejor versión de sí mismos.

Dra. Mer Flores. Profesora de Lengua y Literatura

Carta abierta a un profesaurio

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Querido profesaurio:

Orgulloso presumes de ser un excelente profesor y de enseñar muy bien, pese a que tus alumnos no atienden, no estudian, no sacan el curso, no hacen las tareas, no se enteran de nada y no aprenden. Tus alumnos son unos vagos.

No tienes conocimientos sobre psicología infantil, crianza, pedagogía, ni falta que te hacen. Todo eso son gilipolleces flowerpower. Los alumnos son vagos, no porque tus clases sean insoportables, tú un prepotente sin reciclaje, tus métodos iguales que los de la escuela de hace cien años y los contenidos completamente desfasados y sin interés. No es que los niños lleven años encerrados haciendo filas, fichas, exámenes memorísticos, con castigos, regaños, burlas, ceros, caritas tristes, silbatos, silencio y horas y horas en una silla. No, es que son unos vagos.

No tienes, repito, demasiados conocimientos sobre psicología infantil, crianza ni pedagogía, pero tienes muy claro que los niños son vagos naturalmente, que no quieren aprender y que la culpa de que no tengan capacidad de concentración y trabajo es de los padres que los miman y protegen y no les enseñan el valor del esfuerzo.

Por supuesto,  demuestras que no tienes empatía, ni comprendes la mente del niño o del adolescente, desprecias sus intereses o preocupaciones, los consideras unos vagos que solo buscan satisfacción inmediata y no tienen ningún interés por aprender nada ni lo han tenido desde la cuna.

Admites no tener ninguna vocación por la enseñanza. Caíste ahí, no tenías otra salida profesional, lo que te gusta es lo que estudiaste en la carrera y no la enseñanza. Te quejas mucho, lógicamente quieres conservar tus derechos laborales y mejores condiciones pero, en lo pedagógico, desearías volver a un modelo educativo lo más cercano posible al franquista:  autoritarismo, prioridad de los contenidos clásicos del currículum y muchos exámenes y reválidas (bueno, eso no, que te quita autoridad).

Tu formación o ganas de aprender de pedagogía, psicología, neuroapendizaje, metodologías novedosas, uso de las redes, internet, educación emocional, trabajo por proyectos, comunicación positiva… es casi nula. Y presumes de ello. Te gusta mucho el modelo de enseñanza del siglo II: tablillas de cera y memorización, supongo. Las mentes de tus alumnos son nueces que abrir. No se que significa eso, pero debe ser una teoría del aprendizaje que desconozco.

De hecho, crees que hablar de educación emocional y personalización es atacar a la “escuela pública”, donde, según tu opinión, todo eso no solo es inviable, sino que sobra.

No, no he terminado. Pese a tu rotunda incapacidad para ser considerado un educador, algo que los padres queremos poder tener enseñando a nuestros hijos, exiges que nos callemos la boca, que no reclamemos, que no pidamos nunca explicaciones, porque solo así demostraremos que les damos a los profesores el respeto y la autoridad que merecen por tener un título y una oposición. Los padres, calladitos y diciendo “si señor”, como sus hijos. Otra cosa es ir contra ellos, contra la Educación Pública y contra su sabiduría incuestionable.

Que la gente con las ideas más retrógradas en educación, ultraconservadores pedagógicos sin formación en psicología ni pedagogía, que desprecia los conocimientos sobre emociones, procesos de neuroaprediizaje y metodologías innovadoras, se dedique profesionalmente, aunque sin vocación, a educar, es, quizá, el mejor diagnóstico que puedo hacer de los males la Secundaria en España.

Pero, para despedirnos, querido señor profesaurio, siento decirte que vas a extinguirte pronto como especie en las aulas.  Los maestros del futuro vienen llenos de vocación, empatía y con muchas ganas de aprender e innovar. Las familias ya no son borregos que balarán cuando les ordenes, vas a tener que darles explicaciones. La inmensa mayoría de la sociedad está dos mil años por delante en respeto a los niños y en innovación educativa. No nos importan ya tus opiniones, el siglo II ya pasó, y ahora vamos a por el futuro.

Mireia Long