Las madres queremos lo mejor para nuestros hijos

Me encuentro ahora, un año más tarde, un artículo en una página web de profesores de instituto, en el que el autor se queja por la intromisión de los padres en un grupo de profes, habla con desprecio de las reivindicaciones de las madres acerca del tratamiento que reciben sus hijos en las escuelas y se queja por algunas invectivas que algunas madres muy dolidas han dejado escapar en este sentido. No doy el enlace porque no quiero hacerles publicidad y en realidad el artículo en sí es lo de menos.

Pero me ha llamado la atención la inconsciencia del autor, su convicción de que no es culpa suya o del sistema, que los únicos culpables aquí son las madres y los alumnos, y me ha hecho reflexionar y preguntarme por qué muchos de los profesores son incapaces de hacer autocrítica, de ponerse en la piel de una madre, y – sobre todo – hacer un análisis un poco más profundo sobre su propio objetivo como docentes, sobre cómo funciona en realidad el sistema y cuáles son sus defectos, defectos que pervierten de forma irremediable a veces el acto educativo/el proceso de aprendizaje. John Taylor Gatto – docente en el sistema educativo estadounidense también durante muchos años – lo ha hecho, ha sido capaz de hacer autocrítica, de entender a los padres y sus quejas (entre otras cosas porque él también es padre), ha sido capaz de escarbar un poco en la imagen idealizada de la escuela y ver la cruda realidad y describirla con pelos y señales en sendos libros esclarecedores sobre la ineficacia del sistema educativo convencional y los efectos negativos/dañinos que puede tener sobre nuestros hijos. Como John Taylor Gatto hay muchos más – por suerte nuestra, cada vez hay más profesores que ven que el sistema está lleno de defectos y hasta de malos propósitos.
¿Por qué, no obstante, hay muchos otros docentes que son incapaces de este ejercicio tan sencillo que se llama “pensamiento crítico” y que, supuestamente, ellos mismos se lo enseñan a nuestros niños en las instituciones educativas??

En el artículo en cuestión el autor cargaba tintas contra las madres y, como no, sus respectivos retoños… vamos, la culpa era de las madres que querían que sus hijos no sean castigados con exámenes y malas notas, expulsiones y demás lindezas que suele usar el sistema cuando es incapaz de ofrecer verdadera educación e instrucción académica a los alumnos hacinados por decenas en aulas con diseño de fábricas adornadas.

Con todo mi respeto para el enfado del autor, no veo una argumentación seria relacionada con sus quejas; da por sentado que las madres quieren que sus hijos se queden tontos. Si bien habrá algunos padres que piensen esto por dejadez o falta de responsabilidad (alguna minoría minúscula), mi opinión es que la postura del autor está equivocada porque de todas las madres que yo conozco personal o indirectamente, de todas las que aparecen incluso en obras de ficción, no sólo en la realidad que nos rodea, de TODAS no hay ninguna que no quiera que su hijo llegue a lo más alto de su potencial real como ser humano. Ni una. Es más, todos los padres deseamos que nuestros hijos lleguen a ser importantes para sí mismos, que incluso hagan el bien y sean adultos positivos que aporten a la sociedad en la que viven.
Las madres queremos lo mejor para nuestros hijos. Y claro que la enseñanza debe y puede cambiar de planteamiento, posturas y funcionamiento para apoyar un desarrollo provechoso de las personalidades de nuestros hijos.

He educado a mis dos hijos en casa desde que nacieron hasta que entraron en sendas facultades en Londres y en La Haya, no me canso de decirlo, y siempre lo he hecho según los principios de respeto, cariño y libertad que se merecen todos los seres vivos de este planeta, y que el autor del artículo en cuestión, según parece, aborrece.
No he abolido la disciplina y la exigencia, pero les he permitido a ambos niños que las desarrollen solos. Y sí, he tenido un sagrado respeto al genio innato y espontáneo y creativo de ambos porque es el bagaje natural con el que nacemos todos, y sería una pérdida tremenda desperdiciarlo machacándolo y bloqueándolo con actividades repetitivas o poco interesantes como las que suelen tener lugar en los colegios.
No, no los he “suspendido”, “castigado” o “expulsado” nunca jamás a mis hijos porque todos los días me demostraban que sabían mucho y que aprendían continuamente. Y yo aprendía junto a ellos todos los días algo nuevo. Claro, no eran las típicas “asignaturas obligatorias”, eran contenidos/conocimientos académicos y culturales de su interés específico, proyectos educativos relacionados con sus o nuestras necesidades como familia, actividades de su elección para desarrollar habilidades individuales personales, búsquedas individuales de información y datos de interés personal.

Así que vuelvo con algunas preguntas y me gustaría hacer reflexionar a todos, padres o docentes, y que piensen qué tipo de educación deseamos para nuestros hijos, lo más preciado que tenemos en nuestras familias.

¿Acaso pedimos demasiado como padres al insistir que se RESPETE la individualidad de cada niño y que la enseñanza tenga de verdad como objetivo el desarrollo de su potencial único??

¿Pedimos demasiado cuando no queremos que se les machaque a los niños con contenidos pesados, incomprensibles e imposibles de asimilar incluso para los adultos inteligentes; o porque no queremos que los niños estén hacinados en espacios pequeños y obligados a estar sentados en unas edades en las cuales el movimiento físico es PRIMORDIAL para su salud presente y futura y para su desarrollo físico y psíquico armonioso y correcto?

¿Pedimos demasiado cuando queremos respeto para los niños, paciencia para con los procesos biológicos y cerebrales involucrados en el aprendizaje, y cuando pedimos que se apliquen los últimos descubrimientos de la neurociencia en la educación?

¿De verdad, maestros y profesores, os creéis que las madres no sabemos de qué estamos hablando cuando pedimos todo esto para nuestros hijos??

¿Y sois incapaces de entender un poco la rabia que puede sentir una madre cuando ve que el potencial maravilloso de sus hijos se desperdicia de forma brutal año tras año en las instituciones educativas que defendéis con tanta convicción?

Ya sé que los profes sois igual de víctimas que los niños en todo este asunto (lo he vivido en carne propia yo también), pero por favor, un poco de consciencia y decencia, porque entre los dos grupos, los docentes sois los adultos, no los niños, y tenéis más madurez, responsabilidad y consciencia que ellos. Si vosotros no hacéis uso de vuestro pensamiento crítico y sentido común, y no protestáis junto a los padres, nadie lo va a hacer; por su inmadurez los niños no saben qué ocurre y no son capaces de hacerlo, llegando a ser, de esta forma, los mayores perdedores en todo este sistema inhumano de “educación” – o quizá debería decir sistema de adiestramiento y adoctrinamiento.
Dejad ya de dormir en el siglo pasado y despertad, el sistema educativo actual no se acerca ni remotamente a las necesidades reales educativas de nuestros hijos o de los seres humanos, en general, y menos en el milenio tres en el que ya hemos entrado desde hace 18 años.
Dejad de reproducir este sistema y creer que sirve para algo, dejad de defenderlo, se ha quedado obsoleto, escuchad de una vez las quejas de los padres y observad las necesidades auténticas de los niños. Las reales, las verdaderas, no lo que dictan unos “expertos” que no tienen ni idea en unos despachos de ministerios.
Por favor. Porque luego, a la larga, los grandes perdedores somos nosotros, los adultos y toda la humanidad, porque estos niños de hoy crecen en estos entornos punitivos, negativos, policiales, faltos de cariño, atención, estímulos intelectuales, culturales y emocionales sanos, impregnados de ideas subliminales de injusticia, desprecio hacia sus personas y sus necesidades, agresividad, y hasta abandono, y se transforman en seres adultos que se han “educado” en ambientes cargados de estímulos negativos.
Porque siempre cuenta más CÓMO te has educado, no los contenidos de la educación.

Pensad en reivindicar medidas para mejorar como:

  1. menos alumnos por aulas,
  2. edificios y muebles más cómodos y asistivos para con el acto educativo,
  3. más democracia y más respeto hacia las decisiones del propio educando acerca de su instrucción académica,
  4. más respeto también para los padres (esto incluiría algunos programas de concienciación hacia su propia responsabilidad),
  5. más oportunidades de movimiento físico en espacios abiertos,
  6. libertad de elección para los niños en cuanto a los proyectos educativos o asignaturas

Es decir, un sistema de educación más HUMANO y más actual. Sí, se puede, sólo hay que salir de la caja de los prejuicios y abrir los ojos. Y dejar de culpabilizar a los que deberían ser siempre los beneficiarios de la enseñanza, los niños, e indirectamente, los padres.

 

Foto 123 mica
Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

 

Juguetes, ropas, disfraces… y género

Copii kimono fata

Una amiga cuenta apenada que su hijo de 6 años decidió disfrazarse de flor y que todos sus compañeros de clase se mofaron de su deseo. Ella se pregunta en qué mundo vivimos si ser varón y querer disfrazarse de flor está visto de forma tan negativa y tan sesgada. Yo me pregunto lo mismo, sobre todo porque hablamos aquí de niños de 6 años y de un disfraz, de un juego en definitiva, de algo sin mucha relevancia para los demás y además de algo tan personal que ni siquiera debería hablarse de ello.

A mis niños, desde muy pequeños, les gustaban los unicornios, a ambos, a ella y a él. Todavía tienen estos unicornios de peluche que les regalé – a su pedido – cuando eran pequeños (tenían 7 y 5 años). Recuerdo cuando un día, estando en el parque con ambos, un niño se rió de mi hijo porque llevaba en su mochila el unicornio de peluche; el chaval le dijo con un tono de desprecio total a mi niño, “estos son juguetes de niña”. Evidentemente mi hijo no entendió aquello, porque en casa nunca hubo límites de ningún tipo en este sentido, y ambos jugaron indistintamente con peluches, Barbies, ropa de todo tipo, pistolas de juguete, coches, Lego, Playmobil, cajas, globos, pelotas, espadas, muñecas, casitas, vajilla de juguete, Tente, libros de todo tipo, unicornios, bicis, palas, tijeras, lapices, cosas de cocina, figuras de maderas para construir, ganchillo y agujas para hacer punto, pinceles y lápices, aparatos electrónicos etc.
Y, volviendo al anécdota inicial, mis hijos también llevaron disfraces de todo tipo, sobre todo ella, pero él también, porque les gustaba disfrazarse; muchas veces salían a la calle disfrazados y se sentían especiales.

En cuanto a los unicornios, mi hijo se llevó hace dos años su unicornio a Londres, donde vive ahora como estudiante; tiene 21 años. Mi hija de 23 años también tiene al suyo con ella en La Haya donde estudia. Porque da igual la edad o el sexo, se trata de un objeto que hizo las delicias de sus infancias, tiene su significado, les recuerda a momentos de juego y de bienestar, les ayudó a lo mejor a madurar desde ciertos puntos de vista.
En definitiva de esto se trata, del bienestar y del apoyo psíquico o físico que puede ofrecer un objeto en algún momento de la vida. Un juguete, una ropa, un disfraz, independientemente del sexo o de la edad de la persona que los usa, ofrecen bienestar y apoyo, bien porque son bellos, bien porque la hacen sentirse guapa, bien porque tienen una carga sentimental, o sencillamente porque aprende algo usándolos o adquiere ciertas habilidades. Al final este estado de ánimo nos ayuda a desarrollar nuestro bagaje congnitivo o emocional. Cualquier objeto hermoso o útil puede guiarnos por el camino del conocimiento y la alegría de vivir. 

Tengo otro recuerdo de cuando mi hijo sólo tenía 6 meses, cuando se pasó prácticamente una hora estudiando intensamente y jugando con las ruedas de su sillita de paseo. Tuve que limpiarlas bien porque no dejaba de jugar con ellas, y de intentar hacerlas girar, tocarlas, y mirarlas con atención durante todo este rato. Aparte de que en realidad, en este caso concreto, las ruedas de la silla de pasear no son considerados oficialmente juguetes – no obstante podrían serlo para cualquier bebé/niño según el momento – es que no tienen una etiqueta que diga que son específicas de un género u otro, así como cualesquiera otros objetos tampoco sean especiales para un género u otro, sean ropa, disfraces, herramientas, juguetes, utensilios, materiales educativos o aparatos tecnológicos. Los objetos que nos rodean no tienen usos específicos en función del sexo de los utilizadores, simplemente se pueden usar según necesidad o entretenimiento. Mi marido sabe usar una plancha o una aspiradora, y yo sé usar un taladro o un destornillador y viceversa. También he visto mujeres disfrazadas con ropa de hombres y viceversa. No hay unas reglas férreas o prohibiciones en este sentido.

Y esto es lo que importa. El resto son limites mentales de gente poco creativa y, lo que es más triste y peligroso, poco respetuosa. Lo peor es que transmiten su cerradura mental a sus hijos también y perpetúan esta percepción negativa sobre la maravillosa falta de prejuicio de todos los niños y de muchas personas adultas (por suerte), definiéndola como “rara” o “ridícula”, cuando en realidad la ridiculez les caracteriza a ellos por reírse de algo tan normal, libre, natural y sano como es ser abiertos y aceptar la diversidad, la belleza, las emociones tal y como son, lo humano en todas sus facetas.

Dejad a los niños jugar cómo y con los juguetes que deseen – siempre y cuando no hagan daño a otros o a sí mismos – dejadlos vestirse cómo deseen – siempre y cuando se sientan cómodos con la ropa elegida – y dejadlos disfrazarse cómo les guste, se trata de un disfraz, de un juego, de algo pasajero. 

Porque, atención, el juego, los juguetes, la ropa, los disfraces, todos estos elementos que forman parte de la vida, suelen ser elecciones personales, independientes del género de las personas, y suelen ayudarnos a crecer, a madurar, a entender el mundo en el que vivimos, encienden nuestra imaginación y creatividad, y nos inspiran. Todos los objetos de nuestro alrededor, no sólo algunos.

Por eso es importante que todos los juguetes o disfraces o juegos – siempre y cuando no ponen en peligro a nadie; es de sentido común, pero a veces nos perdemos por el camino así que lo repito – sean de elección personal y es igual de importante que esta elección sea respetada y aceptada por las personas de nuestro alrededor.

Foto 123 mica
Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada. 

¿Cómo aprenden de verdad los niños? Entrevista a Mireia Long

Mireia Long ha sido entrevistada por Pilar Martínez de MATERNIDAD CONTINUUM y EDULACTA sobre el tema: ¿Cómo aprenden de verdad los niños? y explica en esta charla de que manera los cachorros de los humanos están programados para aprender de manera curiosa, feliz y con motivación.

 

 

 

La autorregulación no existe. Entrevista a Mireia Long

Mireia Long ha sido entrevistada por Pilar Martinez de EDULACTA y MATERNIDAD CONTINUUM sobre el tema “LA AUTORREGULACIÓN NO EXISTE” . En ella puedes escucharla explicando lo que sí es autorregulación en los seres vivos, lo que es el concepto de autorregulación bien entendido en Psicología y por qué la autorregulación en comportamiento y educación no es una opción.

 

Origen, fundamentos y bases científicas de la Pedagogía Blanca

Nos han llegado muchos mails preguntándonos sobre el origen de la Pedagogía Blanca y Mireia se ha conectado hoy para explicaros los fundamentos y bases de la Pedagogía Blanca. En este vídeo podrás averiguar como nació este método y como une nuestra experiencia como madres homeschoolers, profesionales de la Educación y como mujeres que han trabajado también en el mundo de la empresa y la comunicación. Todo eso lo unimos en la Pedagogía Blanca y le añadimos las investigaciones punteras en neuroaprendizaje y etología, enfocadas en las habilidades y recursos del SXXI.

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