Podemos dejar de gritar a nuestros hijos

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Fragmento de la entrevista a Mireia Long por Chus Gómez. Publicada en el Diario de Pontevedra. Fuente original: Blog de Teta Meiga

¿Podemos dejar de gritar a los niños?
Yo creo que sí. ¿Cómo? Lo primero es convencerte de que no quieres. Igual que piensas ‘le daría un azote’, pero no lo haces. Pues igual, ‘aunque esté al borde del colapso no le voy a gritar’. Le hablaré seria, con una voz más dura, pero no me voy a poner a gritar.
Porque ya no es que grites, es que te descontrolas y dices barbaridades. ‘Me tienes harta’, ‘No te aguanto’, ‘Me vas a matar’… Analiza lo que estás diciendo, que son unos mensajes demoledores para el niño. Cada vez que vas a hacerlo, porque lo notas, hay una serie de técnicas para pararlo, dar un paso atrás, observar la situación y enfrentarla de otra manera.
¿Y cómo se hace eso?
Si tu vida es tan agobiante que todos los días le gritas a tu hijo tres o cuatro veces, ¿qué es lo que tienes que hacer? ¿Cambiar a tu hijo o cambiar de vida? Hay veces que tenemos que realizar determinadas acciones para que nuestra vida sea más sencilla y más feliz. Estamos vivos ahora y ¿qué queremos, que nuestros hijos nos recuerden perdiendo el control continuamente? ¿Queremos que el día a día con nuestros hijos sea feliz? Son las personas que más amamos. Tenemos que cambiar nuestra vida. Hay gente que me cuenta que todas las mañanas tiene una pelea porque la niña no se quiere poner los zapatos y tiene que ser autónoma. ¿Y cuántos años tiene? Tres. Autónoma será con 18. No crees una bronca todas las mañanas.
‘Es que vamos a tomar café con mis amigas y los niños están corriendo todo el rato por la cafetería’. Ya, es que no es el lugar adecuado para tus hijos de tres y cinco años. Porque ni ellos están a gusto ni estás a gusto tú ni los del resto de la cafetería, que empiezan a pensar en Herodes.
A lo mejor tienes que tomar café en un sitio con un parque cerca. También tenemos que introducir rutinas en nuestra vida que nos ayuden a tener mejor estado físico y mental. Son indispensables. Un poco de ejercicio, algo de yoga, meditación, reza si eres religioso… Hay técnicas para apartarte de la situación. Una respiración, dar un paso atrás físicamente, reflexionar sobre ello, acostumbrarte a pensar lo muchísimo que quieres a tu hijo antes de gritar. Si te acostumbras poco a poco a hacer esas cosas controlas el grito y lo dejas para cuando hay que gritar: cuando el niño va a cruzar la calle solo. Ahí sí. Pero no puedes decir ‘¡alto!’ porque se está subiendo a la escalera, a la silla, porque está cogiendo la taza…
Es decir, habría que elegir el momento y dosificar el grito.
El grito existe en nuestra manera de comunicarnos. Sirve para descargar una máxima tensión, pero no en tu hijo y menos si es porque vienes estresada del trabajo. Si un día normal lo que hace el niño no te molesta y hoy sí, entonces no es su culpa, es de tu entorno, no lo descargues en él. También puedes usar ese grito para lo que es natural, momentos de máximo peligro mortal. Si le gritas a tu hijo seis veces al día, ¿es que hay seis situaciones de riesgo mortal al día? Son tonterías que nos molestan.
Una escalera con una barandilla es una tentación para un niño, pero él no está haciendo nada malo. Está haciendo lo que naturalmente su biología le indica que haga: escalar, saltar, tirarse en los charcos…
Es lo que necesita para desarrollarse. Si te has preocupado de que tu hijo pueda saltar y escalar todos los días en un ambiente seguro, después sí va a poder estar en un sitio. Pero si tú no le dejas, ni en el colegio, el niño lo hará donde pueda porque internamente existe esa necesidad. No puedes perder el control y pretender que tu hijo se controle. Al final te das cuenta de que casi todo lo que hace es comprensible y de que le estás poniendo unas normas que él todavía no entiende que sean necesarias. No puedes enfadarte. A medida que vaya creciendo se adaptará a esas normas sociales, pero no puedes pedirles con dos años que entiendan la necesidad de irse a la cama a las ocho en punto. Su cerebro no funciona así.

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