¿Qué es un maestro Pedagogía Blanca?

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Ser maestro no es simplemente enseñar. Quizá sea la confusión más frecuente con la que nos topamos, pensar que un maestro es exclusivamente la persona que enseña conocimientos y los explica y evalúa. Y es que el aprendizaje no es una acumulación de conocimientos curriculares de manera acumulativa que sea evaluáda de manera cuatitativa. El maestro, para la Pedagogía Blanca, es algo que trasciende esta definición tan parcial: el maestro es la persona que mantiene y aumenta el deseo de aprender del niño.

Si nos dejamos llevar por la idea de que vamos a conseguir que asimilen unos datos nos encontramos con que, el alumno que no lo logra, pierde la motivación y pierde la confianza en sus capacidades, creando indefensión aprendida, sensación de insuficiencia, y, a la larga, mayor desmotivación y fracaso.

Los espacios creativos educativos de la Pedagogía Blanca tienen ese objetivo, ayudar al maestro a realizar con éxito esa función y por tanto deben provocar la acción, ser estimulantes, variados y emocionantes. Debe escucharse al niño, permitirle plantearse sus preguntas y buscar las respuestas, provocando su pasión. No basta con transmitir información para actuar como un maestro completo, hay que dejar al niño y estimularlo para que investigue, construya y actúe.

Al plantear al alumno una pregunta o un proyecto el maestro no debe proporcionar, de primeras, todas las respuesta y esperar que el niño las asimile y reproduzca, sino que es necesario que impulse el deseo de investigación, de búsqueda de respuestas y aliente que se realicen nuevas preguntas. De ese modo no solo se garantiza que se aprendan aquellos conocimientos curriculares, sino que se construya el propio proceso de aprendizaje y el deseo de saber.  Nada mata más el deseo de saber que entregar un tema con contenido cerrado y considerar que el objetivo de aprendizaje es poder hacer un examen que controle lo que no se sabe y menos si el tema está planteado según marca y se escribe en el libro.

El verdadero trabajo de un maestro sería, sobre todo, el de hacer que el deseo de aprnder brote en el niño y aumente. Para lograrlo no basta con explicar contenidos de forma que el niño pueda entenderlos y recordarlos, mucho menos si solo contamos con que la manera de considerar que el aprendizaje de ha producido es que sea capaz de plasmarlos en ejercicios, deberes o exámenes fundamentalmente escritos. Para que el deseo de aprender exista y se mantenga creciente hay que ser capaz de crear espacios y situaciones en las que se favorezca y se desarrolle ese deseo. Lo primero es creer que el niño tiene deseos naturales de aprender y no cortarlos ni controlarlos, sino dejarlos brotar y brillar.

Para conseguir eso los proyectos abiertos son mucho muy útiles y deben abrirse a un aula creativa donde la búsqueda de respuestas y la generación de conocimiento sea lo más plural e intelecturalmente posible, recordando que el hacer, el compartir, el debatir y el enseñar a otros favorece un aprendizaje realmente significativo y duradero. Y ante todo, debe poner su centro en que es más importante el deseo de aprender que el deseo de acumular conocimiento de datos.

Además, el maestro debe conocer bien a sus alumnos para que los proyectos y propuestas que haga sepa que les interesan de verdad y los conozca, también, a nivel comunicativo y emocional, para poder darse cuenta si sus preguntas y planteamientos los han enganchado. De otro modo caeremos en el gran problema que se tiene cuando se plantea trabajar en proyectos, que realmente los niños los realizan mecánicamente, por lo que el deseo sigue muerto, cosa que, si nos enfrentamos a una clase marcada por la metodología tradicional, puede encontrar resistencias al principio.

Otra cuestión importante es que hay que enlentecer el proceso educativo. Ya bastante sobresaturados están los niños con información de fácil acceso como para poner plazos muy exigentes. El deseo de saber necesita maduración y reflexión, no prisas. La idea de la producción rápida debe abandonarse para que el niño pueda conocerse, investigar y analizar antes de cerrar una cuestión.

El maestro debe renunciar a su papel de controlador y transmisor de datos medibles y acompañar al niño, a cada niño, conociéndolo, poniéndose a su lado. No basta con enseñar para que los niños aprendan, sino olvidar la inmediatez de los resultados para tener claro que el objetivo es a largo plazo, que ellos sepan aprender y deseen aprender lo que les apasiona, guiándolos, ayudándoles a acceder al conocimiento.

El niño realmente motivado se siente feliz de haber descubierto cosas por él mismo o con ayuda de su maestro, se vincula con él y se siente orgulloso de sus logros, lo que, a la larga, aumenta su motivación, compromiso, esfuerzo y confianza, que especialmente crecerá si detectamos y alentamos aquellos temas que le apasionan o conseguimos despertar su pasión por aquellos temas que, en principio, no le resultan especialmente atractivos. Si penalizamos sus errores y les damos malas puntuaciones, especialmente si se hacen públicas, lo que sucede ya desde Infantil, convertiremos a un niño lleno de pasión por aprender en un robot de superar exámenes si hay suerte, o en un adolescente que ha perdido la confianza en él mismo.

 Mireia Long

 

http://www.pedagogiablanca.net/unete/

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