Sin descanso no hay aprendizaje

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Cualquier persona necesita descansar. Y no me refiero al sueño, sino a los períodos de contemplación o de reflexión que solemos tener todos – seamos niños o adultos – casi diariamente si tenemos tiempo.

Pues bien, los niños necesitan tiempo para la reflexión, sea sobre las actividades que han tenido, sea sobre los estudios o los libros que leen, o antes o después de realizarlas. Así que, cuánto más ocupados están los niños, menos aprenden en realidad.

En general, la cantidad de tiempo requerida para procesar lo aprendido, así como la percepción de la experiencia educativa, varía en función de cada persona y de la actividad en sí. A lo mejor después de una hora de trabajo/estudio necesitamos otra hora para procesar y asimilar el recuerdo de las informaciones. O quizá, si la actividad ha sido muy intensa o representa algo nuevo, podemos necesitar más horas o días para integrarla del todo en nuestra memoria.

El ejemplo que tengo más a mano es el de mi hija. Estudia canto y tiene que aprender canciones. Suele pasar a lo mejor varios días estudiando una canción para memorizarla, fijarse en la postura del cuerpo, la voz, la técnica, e intentar unificar todos los factores para que el resultado sea equilibrado. Pero en realidad es sólo después de dejar de cantar y estudiar cuando la canción se asienta en su memoria, de tal forma que, después de unas semanas en las que ni se ha acordado de ella, al retomarla, la melodía parece otra, mucho más armoniosa, más fuerte y segura y, lo que es más interesante, más “suya”. De hecho, se suele decir en la profesión que, una vez pasado un período de tiempo de descanso y de ni acordarse de la pieza estudiada, “has hecho tuya la canción” porque está más asentada y asimilada.

O como cuando comemos y luego necesitamos un tiempo para la digestión. Evidentemente, cuánto más comemos y más platos mezclamos, más tiempo hace falta para digerir.

Otro ejemplo es el de los viajes, sobre todo los turísticos culturales. Nos pasamos días en una ciudad que no conocemos, corremos de un monumento a otro, de un sitio a otro, probamos comidas nuevas, conocemos personas diferentes, oímos lenguas desconocidas y aprendemos nuevas palabras, y acumulamos nuevos recuerdos, uno tras otro, unos encima de otros – y es como si llenáramos una maleta con un montón de objetos y la tenemos cerrada varias semanas o meses hasta que, por fin, encontramos un espacio donde la podemos abrir y sacar fuera todo y ordenarlo por categorías, en armarios, sillas, mesas, estanterías. Este espacio donde vaciamos la maleta y ordenamos las cosas para usarlas o admirarlas, en el aprendizaje corresponde al descanso para la reflexión y contemplación. Sin este período no hay aprendizaje.

Es contraproducente llenarles los horarios a los niños y programarles actividades, sobre todo si encima no han sido solicitadas. Hay que respetar sus preferencias y sus gustos en cuanto a las actividades y, en cualquier caso, dejarle tiempo de descanso después. Sólo así podremos apoyar de verdad el aprendizaje sano, creativo y duradero, y ayudaremos a potenciar sus talentos y habilidades.

Sorina Oprean