Aprender a respetar

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No, señores, no. El respeto a los demás no se aprende a tortas, cachetes, gritos y castigos.

Entonces, ¿cómo enseñamos a los niños a respetar a los demás?
Con ejemplo. Con explicaciones adecuadas a su capacidad de razonamiento. Con normas y límites claros y respetuosos con su evolución. Con amor. Tratándolos con respeto. Corrigiendo afectuosamente los comportamientos que dañen a otras personas. Con empatía. Con paciencia. Siendo modelos, estando presentes, escuchándolos, ayudándoles, guiándolos, acompañándolos, negociando lo negociable, permitiéndoles ser responsables. Ganando respeto, no miedo. Siendo una autoridad porque nos reconozcan como merecedores de ella. No delegando en los niños nuestra responsabilidad por su bienestar pero trabajando desde la confianza y la cercanía, nunca con golpes, insultos o desprecio. Reconociendo sus sentimientos y frustraciones pero ayudándoles a canalizarlos sin violencia. No siendo violentos nosotros con nadie. Tan sencillo como actuar nosotros con ellos y con los demás como esperamos que ellos actúen.

Si necesitas ayuda para educar de este modo, ÚNETE a la Pedagogía Blanca.

Mireia Long

No etiquetemos a los niños

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A. S. Neill dice que es posible obligar a alguien a prestar atención, pero no se puede forzar a nadie a sentir interés.

Si pensamos un poco, esto es precisamente lo que pretendemos de nuestros hijos, de nuestros alumnos que van al colegio a atender cursos de educación obligatoria, queremos que presten atención al aluvión de informaciones que les obligamos a escuchar y, acaso, que finjan un interés que no sienten. Si no lo sienten o no lo fingen les tildamos de “vagos”, “insensibles”, “saturados de información innecesaria”, “aburridos desde nacimiento”, “ignorantes”, “generación estúpida”, “golfos”.

A lo largo de los años he hablado con y he leído comentarios de decenas de padres, maestros y profes, y la mayoría ha usado y usa las palabras que escribí arriba. A veces no sé si entristecerme o enfadarme cuando veo adultos hechos y derechos incapaces de ver el drama de sus hijos cuando se ven obligados a acudir diariamente en tropel a unos colegios con funcionamiento de fábricas para, supuestamente, “obtener una educación que les sirva de adultos”.
Me parece hasta raro que nosotros, siendo adultos, no podamos recordar lo mal que nos sentíamos en el fondo cuando teníamos que pasar por malos ratos en la escuela: las burlas de los profes o compañeros, cumplir con un horario casi de cuartel y con unas normas a veces absurdas, estar durante horas quietos en un espacio cerrado junto a otros 25 o 35 niños amontonados en los mismos metros cuadrados, nervios en el estomago por tener que reproducir en un examen unas informaciones en la mayoría de los casos inútiles, en otros casos en un formato poco interesante y desprovisto de lógica o demasiado teórico…

Sé que hay gente – niños o adultos – que piensan que así deben ser las cosas.

Que educar equivale a adiestrar.

Que socializar equivale a tragar con la presencia impuesta (que no conversación tranquila y agradable con personas elegidas libremente) de muchos niños cualesquiera en un espacio aglomerado sin posibilidad de tener momentos personales privados durante horas y horas.

Que aprender equivale a memorizar.

Y que ser “buen niño” equivale a ser obediente.

Sé que muchos piensan así aunque la realidad no sea esta.
Pero hay también profes, padres y niños que se dan cuenta de lo absurdo y lo falso de estas equivalencias.

He conocido personas conscientes del engaño colectivo en el que vivimos y que aún así, no se atreven a salir de él, les da miedo, piensan que a lo mejor al final toda esta farsa no lo es tanto y que sus hijos necesitan vivir estas mentiras para llegar a ser personas maduras felices. Al final se dan cuenta de su error, pero ya es tarde, ya no pueden cambiar las cosas, la educación de sus hijos se ha perdido por el camino, la relación está algo deteriorada, la adolescencia no ayuda en absoluto a mejorar la situación, todo lo relacionado con la educación se les escapa de las manos y ven que lo que ellos percibían como una farsa sí lo era de verdad.

A estos padres, a estos profes les pediría por favor que actúen si se dan cuenta del engaño en el que vivimos en el mundo educativo convencional. 

Y a los demás, los que se creen que la educación es igual al adiestramiento y se quejan de que los alumnos/hijos “no están motivados” o “no saben aprender” o “estos niños son una generacion de vagos, que lo tienen todo masticado; una generacion que tiene múltiples distracciones que antes no teníamos”, unas preguntas: ¿realmente se creen que un niño interesado por algo no se mueve para averiguar/explorar más en este sentido? ¿han intentado ponerse por un momento en su lugar? ¿se dan cuenta que al forzar a alguien a prestar atención se logra justo el efecto contrario? ¿se dan cuenta que el interés o se siente o no se siente y no lo puede imponer nadie desde fuera? ¿saben que un niño no es un perro al que hay que adiestrar, sino un ser humano con deseos, emociones, talentos y habilidades a las que simplemente hay que permitirles que se desarrollen?
¿Podrían por favor dejar de etiquetar negativamente a los niños de hoy en día y en cambio podrían ayudar más a que los pequeños puedan ejercer de verdad sus derechos a una educación real con información de calidad, un entorno sano y no tan masificado, espacios para respirar y moverse, experiencias vitales interesantes, y no a un sucedáneo mal hecho y dañino?

Si quieres obtener herramientas para una verdadera educación respetuosa y consciente, ahora es el momento. ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA

 

Por Sorina Oprean, tutora de la Pedagogía Blanca

Deberes y respeto al niño

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El tema central de mis reflexiones es el respeto que los adultos deberíamos tener hacia los niños. Y también la otra cara de la moneda, el respeto que pretendemos que ellos nos tengan a nosotros, como adultos.

Para mí el problema es que en el primer caso lo único que solemos hacer es tolerar ciertos rasgos o comportamientos (por otro lado, naturales o intrínsecos) de nuestros hijos – y nos creemos que así “los respetamos”, y en el segundo caso les pretendemos una especie de adulación/obediencia incondicional hacia nosotros que difícilmente podría definirse como “respeto” en realidad.

Hay un dicho que dice [Tweet “”respeta si quieres ser respetado””]. Si la actitud nuestra de padres es de verdadero respeto esto se reflejará con los años también en nuestros hijos. No pretendamos que nos lo muestre desde la cuna porque será imposible: su cuerpo, su cerebro necesitará muchos años para copiar exactamente nuestra actitud (porque no nos engañemos, los padres SOMOS un ejemplo, un modelo – EL MODELO, diría yo -, y los niños nos copian tal cual porque no tienen otra manera de aprender, estamos diseñados así, y todos los valores morales, éticos y emocionales los aprendemos a través de la observación y la imitación de la gente que nos rodea). Pero en el transcurso de los años los niños aprenderán a dominar a la perfección los modelos que copiaron (es decir, primero a sus padres y luego incorporando rasgos que les parezcan interesantes de otras personas de alrededor) y los valores que sean se reflejarán de forma fiel – incluso mejorada en la mayoría de los casos – en ellos. Por lo tanto, si nosotros, los padres o maestros, hemos hecho gala de unos valores de pacotilla, superficiales, basados en el miedo y el chantaje, y no en sentimientos reales y en el cariño, todo esto se verá duplicado en nuestros hijos, para bien o para mal.

No se puede ser tan incoherente como para pretender respeto real de nuestros hijos cuando lo que nosotros ofrecemos en muchos casos es una tolerancia agresiva basada en el miedo y la manipulación (“te tolero, pero siempre a cambio de que me obedezcas; si no lo haces te castigo”). Los niños no son tontos, ni ciegos. Nacen con esta claridad y limpieza mental, con una falta de prejuicios que los hace ver las cosas tal y como son aunque no sepan y no sean capaces de describir o incluso comprender interiormente la situación en sí. La sienten, la copian de forma casi inconsciente y la reproducen.

Por lo tanto y volviendo al respeto, la definición del vocablo en el diccionario de la lengua española de la RAE  es:

(Del lat. respectus, atención, consideración).

1. m. Veneración, acatamiento que se hace a alguien.

2. m. Miramiento, consideración, deferencia.

Tener veneración y consideración hacia nuestros hijos es algo imprescindible si queremos que ellos también lo sientan hacia nosotros. Por un lado los niños siempre quieren contentar a los padres si eso no va en contra de su manera de ser como individuos y no han sido manipulados por los adultos; por otro necesitan desarrollar su propia personalidad y es normal que así sea. Nosotros podemos – y lo hacemos en la mayoría de los casos – abusar de esta situación de “poder” que tenemos sobre ellos, pero ni es ético ni es sano, porque ellos necesitan también desarrollar su propia personalidad, y forzarles ser distintos para que correspondan con nuestro ideal mental es un error y una injusticia hacia ellos.

Tener respeto hacia los niños es aceptarlos tal y como son, acompañarles en su día a día y aprender cómo son, observar sus talentos y permitirles a desarrollarlos, enseñarles normas de convivencia básica sin caer en absurdas limitaciones convencionales sólo porque “así se ha hecho de toda la vida” o porque para el adulto “así es más cómodo”. Respetar a los niños significa negociar con ellos cuando hay una situación de conflicto – enseñarles el poder del diálogo y de la comprensión, de la paciencia y del cariño, mostrarles el deseo de querer resolver el conflicto de tal forma que las cosas salgan bien para ambas partes. Significa también guiarles con amor, sin violencia o enfado, y sin obligaciones inútiles (darle un beso a un adulto si el niño no quiere es una obligación inútil, al niño no le sirve darlo a regañadientes y al adulto en cuestión menos todavía si se le ofrece en estas condiciones – no así se aprende a ser cariñoso o cortés, y menos si se le chantajea porque ha ejercido su derecho a la intimidad personal y ha rehusado dar un beso, en plan “si no me besas me enfado contigo y ya no te doy chocolate”).

Respetar a los niños es tratarles con el mismo cuidado con el que nos gustaría que nos tratasen a nosotros. Sólo de esta forma aprenderán ellos a respetarnos a nosotros a su vez para toda la vida.

Y volviendo al tema que representa el punto de partida de mis reflexiones: meditando sobre la obligación de hacer cada vez más deberes y más trabajos escolares repetitivos, pensé en la falta de respeto que esto supone hacia nuestros hijos; en vez de ayudarles a hacer aquellas actividades que de verdad pueden desarrollar su potencial (distinto en cada niño) les obligamos a pasar horas y horas en deberes inútiles y absurdos aunque ya hay evidencia de todo tipo que demuestra que los deberes NO garantizan una buena disciplina, éxito académico o profesional, o un buen desarrollo intelectual.

Respetemos a los niños y ofrezcámosles una educación de calidad, actividades vitales y, sobre todo, acompañémosles en su crecimiento y educación.

Si quieres saber como acompañar a tus hijos en el desarrollo de su carácter, con respeto, en la Pedagogía Blanca te vamos a ayudar. ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA

Por Sorina Oprean

Los gritos matan la creatividad

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La mayoría de nosotros tenemos muchas creencias limitantes, muchas asociadas a nuestras capacidades para hacer ciertas cosas y muchas vinculadas a sentirnos poco creativos. De hecho, muchísimas personas se sienten tan limitadas por lo que creen de sí mismas que hay que cosas que sencillamente ni siquiera se atreven a intentar.

¿De donde provienen estas creencias? En la mayoría de ocasiones de los mensajes acerca de lo que podían o no hacer que recibían por parte de los adultos que tenían a su alrededor. Y en el caso del
sentimiento de poca creatividad que muchas personas desarrollan viene condicionado por una crianza basada en gritos y castigos.Los gritos y los castigos generan miedo y el miedo paraliza. Cuando nos sentimos paralizados nos resulta muy difícil pensar en soluciones, crear, probar cosas diferentes… Los gritos que damos a nuestros hijos les crean ansiedad, apatía, rencor y sentimientos de inutilidad e incapacidad.

Y sí, muchos niños para refugiarse inventan un rico mundo interior con historias y aventuras en su mente. Imaginan historias donde son héroes, o queridos como desean, etc. Pero eso es evasión no productiva, no es creatividad orientada a la innovación o a la toma de acción. Y es importante que la creatividad se convierta en acción.

Por ejemplo, yo todos los días, cuando iba camino del colegio o cuando estaba castigada y sola en mi habitación, inventaba en mi mente historias en mi cabeza, tenía conversaciones imaginarias, pensaba en muchas cosas, pero no hacía nada con ellas, no escribía un libro, no intentaba encontrar de forma activa una nueva solución a cosas cotidianas que necesitaban mejoras (ojalá se me hubieran ocurrido a mí las alas de las compresas hace muchísimos años), en definitiva nunca daba el salto de pasar de mi mente a la vida real. Mi creatividad se quedaba siempre en la fase de la ensoñación, porque estaba paralizada por las limitaciones que otros me estaban inculcando acerca de mi capacidad o mi valía.

Eso le pasa a muchos niños y adolescentes todavía. Con nuestros gritos les paralizamos y hacemos que su creatividad se quede en las primeras fases de la misma.

Podemos evitarlo. Podemos dejar de gritar por sistema, podemos hacer sentir a nuestros niños valiosos y podemos ser un impulso y no un límite para su creatividad.

Dejar de gritar no solo mejora tu relación con tus hijos, hace que sus vidas sean más felices y significativas.

Azucena Caballero

Apego y socialización

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Compartimos con vosotros una carta enviada a la Pedagogía Blanca y nuestra respuesta.

Tenemos una niña de 7 años de edad que no quiere ir al colegio desde que se fue su mejor amiga. Llegado el horario se pone muy angustiada y llora, manifestando dolor de estomago y garganta.
En conversación con su docente me manifiesta que, al ser muy tímida, ella utilizaba a su amiga como escolta, es decir su amiga le resolvía todas sus situaciones que a ella le provocaban timidez, miedo….

La verdad es que hay soluciones para esta situación, pero el primer paso es un diagnóstico correcto. Lo que la docente en cuestión valora como un caso de “escolta” desde mi punto de vista sería un problema de figura de apego.

Los niños necesitan figuras de apego desde que nacen hasta los 10 años, como mínimo para su correcta socialización y aprendizaje de pautas comportamentales. Son personajes clave en el desarrollo de la autoestima, de la seguridad en uno mismo. Y sus figuras de apego son las personas que los cuidan – y los aman y de las que dependen – porque las ven diariamente (generalmente sus padres o cuidadores, y, de forma secundaria, otros familiares con los que convivan). Desde hace muchas décadas para acá, debido a la obligatoriedad cada vez más temprana de una escolarización generalizada, nos encontramos en la situación insólita de que muchos niños (casi bebés) toman como figuras de apego a algunos de sus compañeros porque pasan horas y horas con ellos diariamente, más tiempo que con sus padres/familiares desde luego. A los maestros no los suelen considerar figuras de apego ya que aquellos no son capaces de prestarles atención personalizada (con 20-30 niños por aula es prácticamente imposible) y no tienen tiempo de interactuar en realidad con cada uno de los niños a nivel personal.

Este fenómeno en sí es preocupante ya que las figuras de apego que necesitan los niños deben ser representadas en primer lugar por adultos, no por niños – deben ser personas con paciencia, cariño, educación emocional adulta y desarrollada en todo su potencial, disponibilidad de atención, fuerza física, saber estar y empatía. Y deben ser disponibles y presentes diariamente durante largos años de la infancia de los pequeños.

A falta de los padres o de otros adultos familiares que cubran estas necesidades los niños se agarran a las presencias de los que estén más cerca y que parezca – al menos – que tienen empatía con ellos, es decir, a sus amigos, aunque tengan la misma edad y no estén adecuados en realidad para este papel de figura de apego, ni estimulen de la misma forma el desarrollo correcto y equilibrado del cerebro, de las respuestas emocionales y de la madurez necesaria para cada edad.

En el caso que nos preocupa queda claro que la niña ha tomado como referente de apego a su amiga a falta de otras figuras quizá más adecuadas, pero ausentes por motivos objetivos durante gran parte del día. Y queda igual de claro que, si alguien toma el lugar de la figura que falta, la niña se sentirá más segura ya que estará acompañada por alguien en quien confía y aprenderá poco a poco a abrirse más y a madurar, a ser más autónoma y a desenvolverse sola mejor cada vez más.

La cuestión es si queremos que nuestros niños crezcan y se eduquen sin referentes adultos y sin relaciones de apego adecuadas. Ser tímido o dependiente emocionalmente a estas edades no es un defecto, es una etapa necesaria en el crecimiento de muchos niños y depender de figuras de apego no sólo es normal, sino que es deseable para una correcta socialización y aprendizaje de pautas sociales y culturales.

Socializar es sano y es necesario, pero ¿con quién y cómo deben hacerlo nuestros hijos? La socialización natural y adecuada debe tener lugar con nuestras figuras de apego – madres, padres, familiares – en los primeros años de vida. Que una hora al día nuestros hijos puedan jugar con los niños de los vecinos o del parque es estupendo, pero estos no deberían reemplazar a los cuidadores biológicos y naturales – es decir, a nosotros como padres.

 

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 Sorina Oprean, tutora en la Pedagogía Blanca

¿Hay que poner límites y normas?

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Los límites son algo natural en la vida. Hay una tendencia en la crianza respetuosa que habla de que a los niños se les debe dejar autorregularse en todo porque ellos encontrarán sus límites. Eso, mal entendido, puede llevar a confusiones. Los límites y la seguridad del niño son responsabilidad tuya como adulto. El niño tiene un año o dos de experiencia vital, un desarrollo mental que no es el de un adulto. Eres el responsable de su bienestar y de ayudarlo a crecer de forma integral.
Hay tres límites que siempre tenemos que poner los adultos: no te haces daño a ti mismo, no me haces daño a mí y no haces daño a los demás. Eso de que los niños se arreglen entre ellos es el mayor error que se puede cometer.
Los niños no están preparados para gestionar su agresividad de forma que no dañen a otros. Los sentimientos negativos de ira, rabia, enfado, celos… son naturales y no hay que reprimirlos, pero jamás debemos dejar que el niño los descargue en otra persona, sobre todo en otro niño.
Nuestro deber es estar siempre presentes en la vida de los niños, enseñándoles y ayudándoles. No vas a dejar que tu hijo ponga en riesgo su vida ni su integridad mental, psicológica, emocional…
El último responsable de la educación de tu hijo eres tú. Con los límites hay gran confusión. Por que al niño le limitemos siempre en todo no va a ser mejor persona y por que le dejemos vivir sin ningún límite, tampoco. Cada norma que ponemos a un niño es muy relativa.
Cuando un niño es pequeñito en el 90% de las cosas vas a decidir tú. Hay otras en las que puedes permitirle decisiones autónomas. Por ejemplo, ¿quiere ir vestida de princesa a la calle? Vale, pero que se ponga los zapatos.
A medida que pasan los años tenemos que acostumbrarnos a que los niños tomen decisiones y dejarles más autonomía, porque a la gente se le olvida que sus hijos van a tener 16 años.
Mi hijo va a cumplir 15 y tengo total y absoluta confianza en él para todo. ¿Cómo lo he conseguido? Dejándole una autonomía paulatina y estando muy pendiente de él, dándole una educación en la que le transmites valores, le das ejemplo, le explicas las cosas, lo escuchas.
Pero si no les dejas decidir, cuando tengan 18 años no habrán tomado jamás una decisión. A los 16 o 18 casi todos los chicos se van a enfrentar a la situación de que alguien les ofrezca drogas, de empezar a tener relaciones sexuales, y tendrán que decidir con quién las tienen y qué medidas de protección van a tomar. Si has establecido una muy buena comunicación con tu hijo, en el momento que decida hacer eso, te pedirá consejo.
Se va a encontrar en la situación con un amigo que está bebido y que tiene que subir en el coche. ¿Qué quieres que haga? Que se suba en el coche o que te llame a las tres de la mañana: ‘mamá, me he equivocado. Estoy con unos amigos en otro pueblo, están borrachos, ven a buscarme’. Esa situación va a pasar y la mayoría se van a volver con un amigo. Es así.
Eso no quiere decir que no le digas en qué se ha equivocado, pero son errores y situaciones a las que cada uno de nosotros se enfrenta en la vida. Lo único que puedes hacer es esperar que tus hijos confíen en ti, ayudarles si han cometido un error y dejarles cometerlos, pero habiendo permitido que eso sea paulatino, para que cuando llegue el momento de tomar una decisión importante sepan qué hacer, decidan por ellos mismos.
Eso es autonomía, no comerse la papilla solos con un año y medio ni ponerse los zapatos a los dos. Cuando son pequeños, vamos a separarlos de mamá para que sean autónomos, ponerles normas, vamos a hacerles hacer muchísimas cosas que les cuestan, y cuando sean adolescentes no les vamos a dejar hacer absolutamente nada.
Por ejemplo, ¿cómo es posible que un niño de 16 años quede con alguien que ha conocido en un chat? ¿Qué pasa ahí? Que no tiene confianza en sus padres ni tiene idea de como manejar los riesgos en la vida. Nadie le ha dejado nunca ensayar con riesgos más pequeños, pero los 16 años están ahí. Pasa el tiempo rapidísimo con los hijos.
Otra cosa que hay que hacer es dedicarles muchísimo Más que las notas que saquen, lo que importa es darles confianza en sí mismos y dejarles elegir» tiempo. No basta una hora al día de calidad, eso es mentira.
Si quieres aprender a poner normas y límites realmente respetuosos con los niños y lograr que sean personas responsables y autónomas de verdad, en la Pedagogía Blanca te vamos a ayudar a conseguirlo. ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA
Mireia Long

Los niños de dos años creen que estamos locos

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La inmensa mayoría de las cosas que pedimos, ordenamos o exigimos a un niño de dos o tres años deben parecerle completamente absurdas y sin sentido. Unas por ser culturales, otras por ser antinaturales, otras por no adecuarse a sus verdaderas necesidades como pequeño primate, otras por serles instintivamente extrañas.  Os juro que nos miro desde los ojos de un niño y no entiendo nada de lo que les pedimos.

Reflexionad sobre ello. Incluso si al final vuestro veredicto es que esas cosas son realmente necesarias y racionales, ¿no véis que un niño piensa que estáis locos? ¿Por qué hay que quitarse un pañal calentito lleno de caca que no me molesta nada? ¿Por qué hay que ponerse ropa diferente para salir a la calle si ya llevo ropa? ¿Por qué hay que irse a dormir si tengo ganas de saltar y abrazarte durante horas? ¿Por qué me meten en el coche una hora atado y sin ver la cara de mamá? ¿Por qué es malo coger la comida con las manos si es así mucho más sabrosa?

Y eso no quiere decir que no haya que hacer ciertas cosas, sino que no podéis enfadaros si el niño no lo comprende. No lo comprende. Es un niño-mono.

Si quieres comprender mejor a los niños y sus necesidades y saber adaptar la Educación a ellos, ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA

Mireia Long

Las madres y sus Cincuenta Sombras

 

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Estos días se habla mucho en nuestro circulo de las madres y sus “sombras”, una teoría, según Laura Gutman, que dice que cualquier problema que tengan los hijos desde que nacen aparece porque las madres tienen, a su vez, problemas suyos sin resolver. De esta forma cualquier enfermedad o problema emocional que afecte a los niños tiene su raíz en los problemas emocionales que las madres no han resuelto.

No estoy de acuerdo con esta teoría tomada al pie de la letra. Si bien es cierto que el estado anímico de las madres afecta en gran medida al de los niños – lo cual es natural en definitiva porque las madres, por estar tan implicadas en la crianza de nuestros hijos, influimos al 100% en ellos – esto no significa que determinamos tanto en los problemas que se les presenten a los niños. Las enfermedades infantiles no solo son normales en el desarrollo natural de su crecimiento, sino que les ayudan a fortalecer su sistema inmune. Además un niño que pasa por distintos tipos de conflictos emocionales, con la ayuda cariñosa y paciente de los adultos responsables, aprende también a gestionarlos de forma satisfactoria, y este tiene que ser uno de los objetivos principales de la educación. Frustraciones y conflictos emocionales se nos presentan en cualquier momento de nuestra vida, lo ideal es aprender como resolverlos. Vidas sin contratiempos no existen en ningún lado de la tierra y es utópico pretender no tenerlos nunca.

Lo triste de la teoría de Gutman es que muchas madres se la toman al pie de la letra y se sienten culpables de los problemas de los hijos. La culpa no es algo positivo en ningún caso ya que nos sume en la depresión, no nos ayuda a salir del problema.

Para mí el tema más importante en realidad es simplemente intentar ser buenas madres.

Para ello las madres deberíamos:

1. No confundir crianza y educación con doma e instrucción; tener en cuenta que los niños nos observan y nos imitan y copian nuestras actitudes y comportamientos más allá de las imposiciones basadas en el miedo.

2. Dejarles a los niños la libertad de ser como son sin pretender transfórmalos en seres obedientes, y guiarlos en su desarrollo según SU potencial y SUS talentos naturales.

3. Tener paciencia y sabiduría para que los niños maduren a SU ritmo y según SU manera de ser y necesidades.

4. Tratar en todo momento a los niños como nos gustaría a nosotras que nos traten los demás, con cariño y paciencia.

5. Mirar los conflictos como oportunidades de aprender y crecer como personas, renunciando a las culpas inútiles y concentrándonos en los rasgos positivos que tenemos todos, madres e hijos.

6. Velar por su felicidad y salud en todo momento desde que nacen hasta la madurez definitiva, pero dejarles hacer sus propias elecciones para fortalecer su autodisciplina, su juicio y su sistema de valores – dejarles construirse su propio modelo mental del mundo que les rodea. Desde la elección de su ropa o la alimentación hasta la propia educación, no hay motivo alguno para que no se negocie siempre con ellos, sin llegar a imponer o a obligar: dentro de las posibilidades que hay en cada familia, se pueden ofrecer siempre varias opciones para que los niños elijan y sientan que tienen algo de control sobre su vida, sus gustos y sus necesidades, y que no son unos apéndices de los padres, sino seres humanos en desarrollo. 

7. No obligarles hacer algo solo porque se nos antoja a nosotras; existen motivos poderosos para no permitirles entrar en situaciones que afecten su seguridad y la de los demás, pero aparte de estas no hay motivo alguno para otras prohibiciones.

8. Respetar y aceptar con calma las elecciones de nuestros hijos si se trata de necesidades o gustos suyos.

9. No hipotecar su infancia y su felicidad presente por un supuesto “bien” futuro. Ningún niño infeliz se transformará por arte de magia en un adulto feliz.

10. Informarnos siempre que sea posible en cuanto a las mejores maneras de criar y educar dejando de lado nuestros prejuicios, las tradiciones, los “consejos” (bien intencionados, sin duda, pero no siempre acertados) de otras personas.

No hay culpas, solo oportunidades de madurar y aprender, siempre.

Más allá de unas supuestas “sombras” que podamos tener las madres existe nuestro libre albedrío, existen nuestras elecciones para elegir lo mejor para nosotras mismas y para nuestros hijos, existe la voluntad de romper con modelos emocionales y educativos que nos han hecho daño, para buscar y poner en práctica otros más sanos y armoniosos.

De nuevo recomiendo la lectura de los libros de Víktor Frankl, Sue Gerhardt y Erich Fromm. Son libros que nos ayudan a entender cómo funcionan las emociones y los patrones de comportamiento y nos alientan a ver más allá de los prejuicios o supuestas culpas para poder encontrar la felicidad, la armonía y la salud independientemente de las circunstancias que nos rodean. 

En mi experiencia personal de madre sin “sombras” debo reconocer que lo que más me ha ayudado ha sido el amor incondicional hacia mis hijos, la paciencia y el deseo firme de respetar su manera de ser, de actuar y de pensar.

 

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Sorina Oprean, tutora de la Pedagogía Blanca

Convertirnos en padres conscientes

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Ser padres nos cambia la vida, por fuera, pero también nos cambia por dentro. Los retos de una maternidad y paternidad conscientes suponen darle la vuelta a todo, replantearnos nuestras creencias y buscar intensamente la manera de mejorar como personas, pues solo si somos mejores personas podemos ser los mejores padres posible. Sin duda, ser padres nos enseña muchas cosas.

La perfección no existe. Pero los seres humanos somos capaces de perfeccionarnos. Y en esto el convertirnos en padres supone el mayor aprendizaje posible al que, seguramente, nos vamos a enfrentar en la vida.

En la crianza y la educación de otro ser humano es cuando mayor responsabilidad asuminos. No solo dependen de nosotros para su supervivencia, salud, integridad física y confort. Nuestros hijos también dependen de nosotros para crecer emocionalmente sanos, conocerse a ellos mismos, manejar sus emociones y saber relacionarse con los demás con empatía y asertividad.

Aprender a acompañar a otro ser

Las razones por las que convertirnos en padres nos enseña tanto están en la propia esencia de lo que es ser padres: acompañar a otro ser humano en su construcción y descubrimiento. Nuestros hijos solo se pretenecen a ellos mismos, ni a la sociedad ni a nosotros ni a la familia extensa. Nuestro deber es dejarles ser.

Y ese es el primer aprendizaje, el de dejar que otro sea sin obligarle a asumir nuestras creencias, sin descargar en él nuestras frustraciones o miedos, sin presionarlo para que cumpla nuestras expectativas. Permitirle descubrir y cumplir sus propios sueños.

Educar, en el fondo, no es obligar a ser lo que nosotros queremos que sean, sino permitirles desarrollarse plenamente y adquirir las herramientas y conocimientos para tener una vida satisfactoria en cada momento, en la infancia y también cuando sean adultos independientes.

Reeducarnos

Convertirnos en padres y madres conscientes nos obliga a reconsiderar toda nuestra infancia, nuestra crianza, lo que aprendimos, las creencias y valores. Nos topamos con la realidad del amor de nuestro hijo y lo claro que expone sus necesidades de contacto y respeto. Nos reeducamos con ellos.

Si observamos al niño nos plantearemos muchas de las cosas que hemos aprendido y nos lanzaremos a un trabajo profundo de descubrimiento personal: nuestra reeducación. La manera en la que nos relacionamos con el niño y con el resto de seres humanos va a marcarlo, pues aprende de lo que hacemos, asi que no queda otro remedio que tener el valor de mejorarnos y adquirir nuevos conocimientos, estrategias y habilidades comunicativas.

Aceptar que nuestros padres cometieron errores más que para sentir rencor nos puede ayudar a reconocer los esfuerzos que ellos hicieron para ser la mejor versión de ellos mismos. Si nos gritaban, castigaban o dieron algún azote posiblemente, aunque nos dañó, ellos estaban ya avanzando desde un paradigma previo en el que habían recibido palizas en su infancia.

Ahora es nuestro turno de crecer y aportar un paso más de evolución en el trato que damos a los niños, y, en vez de repetir sus errores, podemos mejorar un poco más.

Imagináis crecer sin gritos, sintiéndonos acogidos y valorados en todo momento. Asi nuestros hijos serán personas más seguras y valientes y podrán, cuando sean padres, mejorar los errores que nosotros seguramente también cometamos.

Ser padres nos hace aprender a dialogar y negociar, a valorar a las personas por quienes son y no por lo que proyectemos en ellas, a no juzgar, a ser pacientes, a controlar la ira, a tener en cuenta las necesidades de otra persona sobre las nuestras cuando chocan, a ser generosos y a pensar a largo plazo en la vida que deseamos tener y ofrecer a los niños.

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Mireia Long

Los padres son la clave del aprendizaje

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Los padres son la clave del aprendizaje del niño, como lo son también de su estabilidad y salud emocional. Y es que aunque la formación de los padres y su implicación son importantísimos para que el niño alcance sus objetivos educativos, me refiero a algo mucho más fundamental.

Establecido cómo aprenden los seres humanos por herencia evolutiva, no es de extrañar que señale la enorme importancia que tienen sus familias para conseguir que el niño reciba los estímulos, es decir, las oportunidades de compartir y comunicarse y experimentar en el mundo que precisa

Sabemos, además, la gran importancia de lo vivencial y emocional cuando se aprende. Aprendemos de verdad lo que tiene significado y nos es útil (en cualquier sentido) y lo que nos hace sentir felices.  Por esa razón, proporcionar a los niños un ambiente que garantice su seguridad física y emocional, es indispensable.

Y es que, a pesar de que el niño sano nace con un calendario interno que permite su aprendizaje, aprende los comportamientos más complejos sin una contención, guía, ejemplo y límites expresados desde el exterior por su padres. No necesita ayuda para aprender a andar, pero si la necesitará para relacionarse con los demás y para descubrir que comportamientos son los más adecuados para tener una vida feliz y con sentido.

Mireia Long