La responsabilidad de asegurarte de que tus hijos te escuchen.

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El otro día me hablaron de un padre cuyo hijo nació sordo. El chico ahora es un joven adulto trabajador, implicado son su comunidad y muy comunicativo. Y el padre narraba como a lo largo de toda su infancia el hecho de tener un hijo sordo hizo que él jamás se enojara con su hijo por no escucharle. Tenía clarísimo que si su hijo no estaba escuchando lo que él decía era por que él no se había asegurado de decírselo de forma que él pudiera leer bien sus labios. Él era quien tenía que ponerse a la altura de su hijo, frente a él y usar las palabras que su hijo mejor iba a entender. Es decir la responsabilidad de asegurarse de que su hijo le escuche es de él.

Esta anécdota, o forma de comunicarse eficazmente, más bien. Me impactó, por que lo que contaba este padre era algo que en realidad todos los padres deberíamos practicar. Asumir la responsabilidad de asegurarnos de que nuestros hijos nos escuchen, en lugar de enfadarnos por que parece que no nos oyeron.

¿Qué haces tú para asegurarte de que tu hijo ha entendido lo que le dices?

Nosotras te vamos a compartir lo que hacemos nosotras en una conferencia gratis vía Facebook live esta noche a las 22h de Madrid. Si me lees antes de hoy, 11 de mayo, a las 22h, pincha en el enlace que te dejo debajo y vente en directo. Atenderemos también tus consultas. Si me lees más tarde, no te preocupes. Ese enlace te sigue sirviendo. Son las maravillas del mundo moderno. La charla se va a quedar grabada en nuestra página de Facebook, así que pinchando ahí podrás ver la grabación.

Deseamos que compartir nuestro conocimiento y nuestra propia experiencia te ayude.

Besos,

Azucena

PS: Aquí te dejo un botón con el enlace para que no te pierdas nuestra charla en Facebook live.

 

La teoria del apego, por Traudy Avila Schlottfeldt (Neurobióloga)

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La Teoría del Apego inicia en 1958 gracias a los trabajos publicados (por separado) de John Bowlby y Harry Harlow. En ella se propone que los recién nacidos necesitan desarrollar  enlaces afectivos  con al menos un cuidador principal compatible  que sea sensible y receptivo en  interacciones sociales  con ellos. Así, la meta biológica del apego es la supervivencia y la meta psicóloga es la seguridad. (1)
Se ha sugerido que ese cuidador principal es generalmente la madre, puesto que históricamente ha sido esa figura la encargada de esta actividad. La biología y la evolución nos ha dotado a las mujeres con lo que nuestros críos requieren para sobrevivir –recordemos que nuestros recién nacidos nacen desprovistos de la capacidad de sobrevivencia propia, por lo que requieren de los cuidados parentales-
Durante la gestación nuestro cerebro (el de la mujer gestante) sufre modificaciones importantes que nos preparan para el parto, para la lactancia, para reconocer las necesidades de nuestras crías y para decodificar los estímulos sociales que puedan significar una amenaza potencial(2). Todo lo mencionado NO sucede en los cerebros de los padres.
Lo anterior quiere decir que, biológicamente las madres se han sincronizado con las necesidades de sus críos para asegurar no solo que éstos sobrevivan, sino que la propia especie perpetúe su existencia en este planeta. No lo ha elegido así el machismo, ni el feminismo, sino la selección natural.
Si bien es cierto que no existe una receta mágica para asegurar la formación de un vínculo afectivo positivo con nuestros hijos, mucho ayuda el tener herramientas que contribuyan a la cercanía física con ellos. El porteo y la lactancia, permiten ambos reforzar las conexiones de amor en la diada madre-cría gracias a la secreción de una hormona por muchos conocida: la oxitocina.
Portear le permite a la madre sentirse eficiente y competente en el cuidado de su bebé, (recordemos que la gestación ha preparado a nuestros cerebros para reconocer amenazas potenciales) lo que disminuye los posibles episodios de estrés ocasionados por el agobio de las tareas a las que hoy día las mujeres somos sometidas (en el hogar o en la vida laboral). Menos estrés significa menos cortisol. A menor cortisol mayor posibilidad de disfrutar nuestra maternidad.
Con el porteo todos ganamos: la madre, empoderara y segura de que su cría está bien en su pecho (o a la cadera o a la espalda, según sea el caso), no hay que gastar energía en pensar que algo puede poner en peligro a nuestra cría; el crío, quien recibe la contención del portabebé y del cuerpo de la madre, al ser atendido oportunamente por la madre; la sociedad, pues una madre podrá conciliar con menor esfuerzo su papel maternal y laboral.
Por otro lado, entender que nuestros hijos no son de nuestra propiedad resulta de mucha importancia en el debate de los “estilos de Crianza”y la Teoría del Apego. En las sociedades el maltrato infantil está normalizado, se justifican los abusos de poder, los castigos, las amenazas, los insultos, etcétera, como acciones  que educan a nuestros infantes.
Parece que los adultos hemos hecho caso omiso a la realidad de que los menores poseen derechos humanos inalienables(3). Creer que criar con apego es una moda, quizá lo sea sólo por el nombre que se le ha dado. En realidad, criar a nuestros hijos es simplemente amarlos, siguiendo nuestros instintos, teniendo muy presente que son seres humanos, no cosas que se pueden dejar ‘en pausa’ por ahí.
Aprovecho para invitarte a participar en el nuevo curso ofertado por La Pedagogía Blanca ‘Crianza Respetuosa’.
Criar  respetando y reconociendo que las capacidades cognitivas y emocionales de nuestros niños están limitadas a la etapa evolutiva en la que se encuentren, parece ser todo un tema de debate que lejos de generar puentes que concilien los intereses de las mujeres, lo único a lo que nos ha llevado es al distanciamiento entre nuestro propio género.
Termino mi pequeño discurso con dos citas:
‘[…]No podemos empezar a educar a los niños sin el convencimiento de que tienen los mismos derechos que nosotros (los adultos). Que son personas de pleno derecho.[…]’ (4)
‘[…] resulta fundamental que el bebé tenga experiencias placenteras, de tranquilidad, de bienestar, porque vamos a marcar esos caminos, a través de aumentar las conexiones con los centros de placer[…]’(5)
Si nosotras somos quienes podemos brindar a nuestros hijos  -porque estamos diseñadas para ello- un puerto de seguridad, de amor y de respeto, por qué no exigir que nos permitan llevar a cabo nuestra loable labor de crianza. No es un trabajo en  solitario, pues el padre cumple una función vital: hacer que la madre esté física y emocionalmente disponible para la cría. Y si la suerte nos acompaña, la familia extendida resulta una ayuda incalculable para la tríada mamá-papá-bebé recién estrenada. Y, en el continuo ejercicio de la crianza, madre y padre resultan importantes para  asegurar a sus hijos una infancia feliz.
Bibliografía.
1.- Bowlby, J.2014. Vínculos afectivos. Formación, desarrollo y pérdida. 6ta. Edición. Ediciones Morata. España.
2.- Hoekzema, E. et al. 2016. Nature Neuroscience.
4.- Jové, Rosa. 2012. “La crianza feliz.” La Esfera de los Libros. iBooks.
5.- Serrano, Mónica. 2016. Formación ‘Maternidad feliz, Crianza Respetada’.
Traudy Avila Schlottfeldt
Madre de dos niños.
Bióloga por la BUAP (Puebla, México)
Maestra en Ciencias con especialidad en Neurobiología Celular y Molecular, por el Cinvestav-IPN (Ciudad de México)
Asesora de Porteo por De Monitos y Risas
Madre de Día por la Pedagogía Blanca
Formadora educativa por La Pedagogía Blanca
Acompañante de la maternidad y la crianza por Maternidad Feliz, Crianza Respetada.

La hora de los abrazos, por Alvaro Ledesma

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Hoy vengo por aquí en lugar de por alvarola para hablaros de lo siguiente: La hora de los abrazos.

Ésta es una técnica muy sencilla que se nos ocurrió en casa en una racha en que había demasiadas alteraciones emocionales por parte de todos, de las niñas, mías, de mi mujer… Y rozábamos la insoportabilidad en determinados momentos concretos.

Así que propusimos algo tan simple como esto: La hora de los abrazos.

Aunque lo empezamos para evitar situaciones complicadas de las que pudiéramos arrepentirnos, lo cierto es ya llevamos como tres años en que seguimos haciéndolo. No es que evitemos por evitar, para nada, que luego hablamos de las cosas; sino que lo evitamos en cuanto a las formas.

¿En qué consiste?  Muy simple. Voy a ello:

Insisto en que es tan simple como que, en cualquier momento del día, si uno grita en casa “LA HORA DE LOS ABRAZOOOOSSS” tenemos que ir todos hacia donde está la que lo ha dicho y darnos un cálido y afectivo abrazo juntos. Nos abrazamos, nos damos besos… respiramos juntos, nos reímos, a veces hay cosquillas, risas… Las múltiples formas posibles se han ido multiplicando con el tiempo.

Sólo hay una condición: cuando uno hace el llamamiento se pone a contar a un ritmo pausado hasta diez. Los demás tienen que llegar antes de que termine la cuenta. Un abrazo es mucho más importante que cualquier otra cosa que estés haciendo. Supongo que si vives en un lugar muy grande, la cuenta puede durar más. Nosotros, normalmente, no pasamos del 5 ó 6, jeje.

Una salvedad para esta condición: Si alguien está en la ducha o en el water o cualquier indisposición que os surja, no vale le cuenta. O se le espera (si es que está a punto de llegar) o se vuelve a dar el grito más tarde, para que esa persona no se quede sin su abrazo colectivo.

La hora de los abrazos es algo tan simple y con tanta energía, que se ha convertido en algo fundamental. A veces se nos olvida y pasan dos semanas sin que lo invoquemos, pero siempre está ahí. Y, como ya os decía, aunque surgió como medida para canalizar determinadas situaciones adversas, lo cierto es que, de vez en cuando, alguien grita la frase en casa sólo por el gusto de darnos un abrazo. En cierta ocasión llegué a pensar en la hora de los besos, pero lo cierto es que con los abrazos también los hay.

Las niñas saben perfectamente que los abrazos son fundamentales para sobrevivir y los buscan y les dan la importancia que se merecen. De hecho, el día lo comienzan con un abrazo.

Como se suele decir, según los últimos estudios en neurociencia, hacen falta del orden de 10-12 abrazos diarios para que el cuerpo humano, físicamente, pueda sobrevivir al día a día. Si lo dice la neurociencia, entonces es que ya tiene validez para muchos… yo llevo practicando la abrazoterapia desde hace 15 años, mucho antes de que la neurociencia demostrara nada, tengo la suerte de no ser tan científico para algunas cosas. A cada instituto al que he ido, he ido siempre repartiendo abrazos, a alumnos, profesores… Aquí tenéis varios enlaces sobre el tema.

Según cuenta el doctor Luis M. Labath para la Asociación Educar para el desarrollo humano, la explicación científica estriba en que un abrazo sincero produce una hormona denominada oxitocina, conocida como la hormona del amor, que es un neurotransmisor que actúa en el sistema límbico, el centro emocional del cerebro, fomentando sentimientos de alegría que reducen la ansiedad y el estrés. En fin, no soy quién venga a hablar de oxitocina y de todo lo que desencadena. No estoy preparado para ello.

Sin embargo, este doctor sigue diciendo: “el contacto físico a través del abrazo mejora la comunicación y las emociones con efectos excelentes, tan solo porque el abrazo puede transformarse en el puente de comunicación empática profunda para decir: “comprendo lo que sientes”, “eres lo que eres, no solo lo que haces”, de manera que en relación conlos niños, es una fuente de reconocimiento que, al centrarse en lo bueno, fortalece su autoestima.”

La próxima semana, si os apetece y os interesa, pasaos por mi blog y os cuento nuevas experiencias probadas relacionadas con los abrazos y os contaré sobre algún estudio más que los refrenden.

Alvaro Ledesma, profesor de Secundaria y formador de la Pedagogía Blanca

http://alvarola.com/

CARTEL-EXPERTOS-Alvaro-ledesmaPodéis leer más sobre Álvaro aqui:

http://www.pedagogiablanca.net/los-proyectos-de-alvaro-ledesma-profesor-de-secundaria-y-formador-pb/

 

 

 

 

 

No cometas estos fallos con la educación de los niños

Mother's love. Cute baby 6 month with mother.

Os aseguro que todos estos fallos que a veces comentemos los padres dejan huella y dificultan la relación que seguro deseáis construir con ellos toda la vida: confianza, respeto y deseo de compartir el tiempo juntos.

Traspasarle nuestros miedos

Los padres somos los últimos y máximos responsables del bienestar y la seguridad de nuestros hijos. Eso, unido al inmenso amor que sentimos por ellos puede disparar nuestras inseguridades y miedos, hasta el punto de excedernos en ellos, paralizar su desarrollo y no permitirles asumir sus propios riesgos.

Atención, con no traspasar nuestros miedos a los niños no quiero decir que debamos dejarles tomar todas las decisiones. De ninguna manera. Los niños no tienen la experiencia necesaria para valorar todos los peligros y riesgos, por lo que nuestro papel es el de contención, aliento y guía.

Sin embargo, en ocasiones, el miedo a que les pueda suceder algo malo o una experiencia negativa de nuestra propia vida puede convertirnos en malos gestores de las situaciones, traspasándoles inseguridades y, sobre todo, imponiéndoles temores excesivos o infundados.

 

Precaución y responsabilidad, por supuesto, pero nunca encerrar a los niños en jaulas de cristal dentro de las que no puedan también cometer sus propios errores siempre que estos no pongan en peligro su integridad física, moral o emocional.

Imponerles nuestros sueños no cumplidos

Los padres nunca debemos olvidar que nuestros hijos son personas independientes que tienen derecho a elegir sus propias vidas, sus pasiones y sueños. Nuestro papel es, de nuevo, de guía y protectores, pero nunca debemos imponerles el que se conviertan en la persona que nosotros no conseguimos ser.

Nuestro hijo no tiene que ser médico si no nosotros lo somos o lo quisimos ser y no pudimos. Ni en cantante, bailarín o actor. Tampoco tiene que practicar determinada disciplina o deporte porque a nosotros nos guste mucho. No vivas a través de ellos.

Merece ser él mismo y descubrir lo que le apasiona y le hace vibrar, lo que le hace querer buscar la excelencia personal y la superación. Merece ser feliz haciendo lo que ama.

Si tú quieres ser médico, aprender a cantar o jugar estupendamente al futbol, estás a tiempo, no le obligues a él a ser lo que no has sido. Déjale descubrir sus propios sueños y apóyale para que los haga realidad.

Criticar a sus amigos

Seguro que alguno de los amigos de tu hijo no te parece la mejor elección posible. Si hay un riesgo real, debes intervenir. Pero desde luego no debes nunca pasarte la vida criticando y sacándoles defectos a todos sus amigos, imponiéndole que solo se relacione con los niños que más nos gusten (o con los hijos de personas que nos gusten).

A medida que pasen los años tu hijo adquirirá mayor autonomía en sus elecciones en las relaciones personales y merece sentir que confías en él y en lo bueno que sus amigos le aportan. Es muy triste eso de que un hijo piense que sus padres lo consideran un idiota sin criterio y que le digan que sus amigos no merecen nunca la pena.

Busca lo bueno que hay en sus amistades, déjalo sentir tu apoyo, valora lo que le aportan, y así realmente confiará en ti si hay alguna situación en la que necesite consejo o ayuda.

Burlarnos de sus emociones

Los niños se van a acercar a nosotros cuando sientan emociones intensas: miedo, rabia, celos, alegría o nerviosismo por algún cambio o reto en sus vidas. Nunca debemos minimizar sus emociones y mucho menos burlarnos de ellas.

A veces ves a padres que, por razones equivocadas, quieren que sus hijos contengan los que sienten o sean más duros o serios de lo que un niño es. Eso les daña. Sienten que no tienen importancia para nosotros, que no son lo bastante válidos, que si confían en nosotros los dejaremos de lado. Es un error, especialmente grave si esas chanzas los ridiculizan en público, cuando más vulnerables se sienten.

Lo que los niños experimentan es tan importante para ellos como lo que experimentamos los adultos lo es para nosotros. Si queremos que los niños sepan identificar sus emociones, confíen en nosotros y desarrollen una buena autoestima jamás debemos reírnos de ellos y sus peores momentos.

 

Mireia Long

La empatía también se enseña

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La educación emocional en el hogar y el aula es un elemento de extraordinaria importancia en la Pedagogía Blanca. El ser humano nace dispuesto a conectar emocionalmente con otros y a escucharlos y escucharse a si mismo, pero no olvidemos que somos seres sociales y muy complejos para los que el aprendizaje de los adultos es una base fundamental del desarrollo. Por eso hay que enseña empatía y educación emocional.
Los adultos puede que lleguemos a ser padres con nuestra capacidad de empatía dañada si cuando erámos niños no fuimos respetados y escuchados, se negaron nuestros sentimientos y necesidades y se nos negó consuelo, aceptación o expresiones de cariño. Quizá el primer paso indispensable para que nuestros hijos sean empáticos es solucionar nuestros propios daños emocionales y en algún caso podría ser necesario que buscásemos ayuda profesional para hacerlo. Si nosotros mismos tenemos dificultades para empatizar con el niño o con otras personas va a resultanos complicado ser un ejemplo y un buen transmisor. Y no podemos abandonar al niño solo en esta construcción porque el ser humano no está preparado para ello, necesitamos ejemplos activos.
Y es que ser un buen ejemplo, un ejemplo correcto, es la manera en la que ellos van a aprender sobre emociones y empatía. Los niños aprenden de lo que hacemos, no de lo que decimos que hay que hacer. Y respecto a la empatía, algo tan emocional y vivencial, esto es doblemente cierto. Vuestra actitud y la manera en la que habláis a los demás y de los demás es lo que ellos entenderán como la manera correcta de comportarse y percibirán como funcionan las conexiones entre las personas. Cuidad como os tratáis entre vosotros, los adultos, especialmente cuando haya un conflicto o una diferencia de opinión.
Usar castigos, represión, amenazas o forzarlos a hace cosas contrarias a sus necesidades y mostrarnos duros e incapaces de conectar con sus emociones es la manera en al que garantizamos que ellos vayan a tener graves dificultades para ser empáticos.
Por supuesto, la manera más clara en la que vamos a transmitir empatía y buenas habilidades de comunicación es que nosotros seamos empáticos con el niño, nos sepamos poner en su piel, entender sus emociones y motivos, escucharlo activamente y no imponer nuestros juicios.

Mireia Long

 

Si quieres saber más:

 

http://www.pedagogiablanca.net/unete/

Esta es la fuente de la Pedagogía Blanca

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Nada compra el ejemplo, el cariño, la cercanía, el tiempo compartido, la conexión, la comprensión del otro, el amor construido sobre experiencias y sobre dedicación.
Nadie más que nosotros enseñará a nuestros hijos mejor a tener valores, responsabilidad, empatía y entrega a lo que amamos y a nuestros sueños que nosotros mismos.
La individualidad, la capacidad de ser libre, de poner límites y de elegir su camino, la felicidad de vuestros hijos se construye en lo que ahora construís con ellos.
Y tenéis que hacerlo vosotros personalmente, pues la relación más importante de vuestra vida es con ellos y una relación sana, de respeto mutuo verdadero, de confianza, necesita tiempo y necesita, sobre todo, que toméis vuestras responsabilidades con seguridad y confianza.
Nadie puede substituiros. Nadie puede educar a vuestros hijos como vosotros, los que más los amáis y los que mejor los tenéis que conocer como seres únicos y libres.
Nadie.
Eso es la Pedagogía Blanca. Si no lo has entendido,es que no has entendido nada.

Mireia Long

http://www.pedagogiablanca.net/unete/

Es posible y beneficioso educar sin castigar

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Lo más importante que tenemos que realizar es tener la seguridad de que el castigo no es una forma efectiva ni respetuosa de educar, no sirve para nuestro objetivo, ayudar a que nuestros hijos tengan comportamientos que no les dañen ni les pongan el peligro ni a ellos ni a nadie.

Los niños nos observan, todo el rato. Y nos necesitan como guía, contención, ejemplo y refugio. Si les hacemos sentir abandonados o humillados la confianza y la seguridad que esperan de nosotros se quiebra y lo único que les enseñamos es a sentir que no estamos a su lado.

Los niños nos observan porque aprenden repitiendo lo que nosotros hacemos. La manera lógica de enseñarles a tratar a los demás es tratándolos nosotros como deseamos que ellos hagan y como deseamos nosotros ser tratados. Y, realmente, ¿a qué me refiero? A que todos queremos ser tratados con empatía, siendo escuchados y comprendidos. Si nosotros recurrimos a la violencia directa o la violencia emocional, al abandono o la humillación, aprenderán que es lo que de ellos se espera.

Pero, atención, eso no significa que haya que dejar que los niños hagan lo que quieran, ni que no respeten a los demás. Nuestra obligación como padres es intervenir y enseñarles que hay comportamientos que no son adecuados. Si los dejamos solos ellos no pueden aprender, es más, si no intervenimos reforzamos esas acciones lo que, a largo plazo, puede convertirse en incontrolable y nuestros hijos ser niños sin límites, maleducados, violentos y sin un concepto claro de que los demás tienen derechos que hay que respetar también.

Y, por supuesto, los niños hacen cosas que no deben hacer. Seguro que tenéis muchos ejemplos, aunque, me temo, no siempre todo lo que esperamos de un niño es justo, viable o adecuado para ellos. Tenemos que tener el valor de repasar nuestras normas y expectativas y hacerlas, de verdad, centradas en el bienestar del niño y no solo en nuestros deseos o convenciones.

La cuestión es clara, si nuestro hijo hace cosas que pueden dañarle o dañar a otros (también a nosotros) hay que intervenir. Pero paciencia, los niños no aprenden a la primera y puede ser necesario repetir y explicar muchas veces hasta que asuman como justa esa norma. Están creciendo y no siempre manejan bien sus impulsos o emociones.

Cuando para conseguir tu objetivo educativo castigas el niño se siente enfadado y se pone a la defensiva, tiene miedo y rabia y eso desencadena incluso reacciones bioquímicas que les hacen sentir mal e interfieren en el aprendizaje. Se olvidan de la causa del castigo, especialmente los más pequeños, y solo sienten una enorme frustración y pena. Pierden la confianza en nosotros y nos mentirán en el futuro. A la larga, lo único que te queda es aumentar la intensidad y frecuencia del castigo.

¿Qué podemos hacer entonces? Establecer límites, pero siempre conectados al niño, ofreciéndole la seguridad de nuestro amor y confianza, explicando con paciencia y de manera adecuada a su nivel de maduración, las consecuencias de lo que estaba realizando para que pueda llegar a entender y aprender.

Mireia Long