¿Por qué castigamos a los niños?

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Muchos padres, incluso los que repudian el más mínimo castigo físico y están trabajando intensamente para no gritarle a sus hijos, no encuentran más solución que la imposición o, si son desobedecidos, el castigo.

Realmente se encuentran sin más herramientas que las que han recibido ellos de niños y las que aplica el entorno para educar a sus amados pequeños y lo hacen, sobre todo, por temor a que el niño pueda correr riesgos o agobiados por excesivas expectativas sobre lo que deben esperar de ellos.

Desde la etapa de las rabietas los castigos, más que mejorar el comportamiento del niño, lo empeorarán y se va entrando en una espiral de violencia emocional y oposición que solo conduce a más castigos como manera de educar, algo que, a la larga, no provoca que el niño sea más comprensivo, responsable y motivado, sino que lo alejan de sus padres, le hacen perder confianza en ellos y en él mismo y hace que, para no ser castigado, se acostumbre a ocultar y mentir.

Además, los padres llegan a usar los castigos para razones completamente absurdas y peligrosas, ocultando los problemas de sus hijos que están provocando las situaciones que disturban a los adultos: peleas entre hermanos, falta de cuidado con las cosas, malas notas, palabrotas, despistes y dejadez en la colaboración en el hogar. Todas esas cosas son síntomas de malestar en el niño: necesidad de atención, desmotivación escolar, cansancio, escasez de juego libre y un número de obligaciones y normas que a veces son prematuras en su desarrollo.

Muchas de esas situaciones, además, merecen y necesitan atención de los padres, para reconducirlas escuchando a su hijo que hable sabiéndose en un entorno seguro y amoroso.

El castigo solo aleja al niño de la idea de un hogar confiable. Aprenderá a mentir y ocultar, y, como mucho obedecerá puntualmente por miedo al castigo, y no por convencimiento de que debe actuar de determinado modo. Es decir, no lo hace responsable y consciente, sino que disminuye su autoestima, le hace sentir humillado, viviendo una situación injusta. Al final, incluso, se sentirá una mala persona y construirá una imagen de sí mismo desvalorizada.

Llegada a la adolescencia la confianza se habrá quebrado y explotará en mayor resentimiento, alejamiento y oposición, algo que podría haberse evitado con una educación realmente consciente, abierta y respetuosa, que partiera de conocer y comprender al niño y acompañarlo en la adquisición de modos de relacionarse sanos y pacíficos.

Pero, ¿existen alternativas reales para no usar los castigos? Sin la más mínima duda, así es. Y os lo contaremos.

 Mireia Long

Educando niños felices

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Nada deseamos más los padres que el que nuestros hijos crezcan felices, ahora en su infancia y que estén preparados para tener una vida feliz cuando sean adultos.

A veces nos preguntamos si el hacerles grata la niñez puede hacerlos menos capaces en el futuro, pero la realidad es que la resiliencia, es decir, la capacidad de afrontar y superar los problemas, se comenta en una autoestima sana y en la seguridad de ser valiosos. Y eso nace en la infancia, por eso creo que es importantísimo que los padres nos preocupemos y nos ocupemos del ahora. Y estas cinco ideas os ayudarán a lograr que vuestros hijos crezcan felices.

Trátalo como te gusta que te traten

La educación que nosotros recibimos pesa mucho y sin desearlo tendemos a repetir patrones, a veces sin cuestionárnoslos y a veces creyendo sinceramente que debemos ser duros con los niños para evitar que desarrollen comportamientos inadecuados.

Pero la realidad es que los niños merecen ser tratados como cualquier otro ser humano: con respeto, cariño, y sin ejercer sobre ellos violencias que jamás realizaríamos hacia un adulto y que nos dolería mucho recibir por parte de aquellos de los que dependemos y amamos. Y ser tratados como deseamos que nos traten a nosotros aumenta su felicidad.

Para educar a un niño no existen manuales, ni recetas, ni fórmulas que nos sirvan a todos por igual, pero si debemos tener presente, cuando nos relacionamos con ellos, que el trato que les demos debería ser aquel que nos gusta recibir (o que hubiéramos querido recibir de niños).

Igual que nosotros nos sentimos más felices cuando recibimos afecto, palabras sinceras, serenidad y somos, incluso, corregidos con respeto, ellos responderán. Igual que nosotros nos sentimos dañados y enfadados si nos maltratan, gritan o insultan, ellos también.

Da importancia a sus preocupaciones e intereses

Los niños, como nosotros, tienen un rico mundo interior. Sus vivencias, sus problemas, sus preocupaciones, sus emociones, sus intereses y gustos son, para ellos, tan importantes como para nosotros los nuestros. Y ellos, más que nosotros, necesitan sentirse valorados por el entorno, especialmente por sus padres.

Si, llevados por el ritmo de nuestras vidas adultas, minimizamos lo que ellos necesitan contarnos y compartir con nosotros, les transmitimos la idea de que no importan tanto, que su realidad no son más que tonterías.

Un niño emocionado o triste que recibe indiferencia de sus padres, que no es escuchado o animado, se siente desprotegido. Pierde la capacidad de confiar en que importa, que vale, que tiene derecho a recibir atención. Y el mensaje cala profundamente en él, sembrando la falta de confianza que luego tanto preocupa a los padres de adolescentes. Pero, si de niños nunca tuvimos tiempo para escucharles y nunca dimos importancia a sus vivencias, ¿cómo esperamos que más adelante nos busquen para contarnos sus problemas?

Juega con él

Para el niño la actividad más importante es, o debería ser, el juego. Jugar no es solo divertirse, es la manera en la que los cachorros de humano aprenden y se relacionan.

Cuando los padres comparten juegos con sus hijos les dan valor, les hacen sentirse importantes en la vida de sus progenitores y además, ponen las bases de la confianza y el conocimiento mutuo.

Ten altas expectativas

Nada hay que a una persona le haga pensar que nunca hará nada bien y que fracasará que el que sus padres se lo digan. Si nadie espera nada bueno de ti nada bueno vas a hacer.

Tener altas expectativas no significa que queramos que nuestros hijos sean genios, ni los mejores estudiantes, ni ricos, ni que exijamos que nunca se equivoquen. Tener altas expectativas es esperar lo mejor de ellos, y decírselo.

Decirles que sabemos que son personas maravillosas, buenas, empáticas, con sueños que merecen hacerse realidad, esforzadas, capaces y llenas de amor. Que, como nosotros hacemos, errarán, pero que son capaces de mejorar y superar las dificultades. Que confiamos en ellos, en que son responsables, sinceros y amables, y que una o mil equivocaciones no cambian lo que son, pues son simplemente oportunidades para hacerlo mejor la próxima vez.

Dile lo mucho que lo amas

Y dejo para el final lo más importante para que nuestros hijos sean hoy felices, crezcan felices y lo puedan ser en el futuro: decirles que les amamos, que nada nos preparó para la realidad de la alegría infinita que aportan a nuestras vidas, que siempre los vamos a querer y ayudar, que nos enorgullecen y nos llenan de felicidad. Saberse amado, escuchar que eres amado, es algo que nos hace enormemente felices a nosotros. A ellos más.

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Mireia Long

Decir “muy bien” a los niños

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Felicitad a los niños: aplaudidles, motivadles, animadles, agradecedles, valoradles sus esfuerzos y sus logros.
Sed equilibrados, reflexionad, pensad si lo que se les propone es conforme a sus necesidades y pasiones. sed críticos con el sistema y con vosotros mismos. Incluso si os equivocáis alguna vez , recordad que lo que cuenta es todo el amor y el respeto y la alegría que les vais a transmitir.

Pero desde luego, no os creáis que debéis tratarlos con asepsia.No es cuestión de etiquetar, ni de manipular, es sencillamente ser seres humanos. No juzguéis, no premiéis a unos en detrimento de otros, no presionéis ni mostréis que solo hay un modo de ganar vuestro respeto con la obediencia. Pero si dadles abrazos, ánimos, reconocimiento. Decidles “muy bien” si hacen cosas con amor, esfuerzo, magia, pasión y si cumplen sus objetivos. Los niños son seres humanos, ni robots ni zombis ni almejas.

Vivid. Amad. Disfrutad. Que se sientan amados y valorados, queridos y entendidos. En serio no es tan difícil amar, vivir, criar, educar. Decid mucho “Muy bien” y recordad lo bien que hace sentir a uno que elogien tu trabajo. Tratadlos como os gusta que os traten,  como tratáis a vuestra pareja o a vuestros amigos. Recibir elogios, agradecimiento y felicitaciones sinceras es muy motivador. No privéis de eso a los niños.

Mireia Long