La frustración

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El tema de la frustración es algo que me preocupa desde hace unos años: desde que mi hija cumplió los 13 años y noté un nivel más alto de frustración, propio de la edad, y vi que todo lo que yo sabía sobre ello era poco o equivocado; todos los consejos que nos daban a los padres, todas las teorías reinantes. Me sensibilicé más con el tema y empecé a tomar consciencia de lo que ocurría cuando aparecían estas situaciones, no sólo con mis hijos, sino también con los demás miembros de la familia. Empecé a ser más empática y paciente.

Frustración sentimos desde que nacemos y lo hacemos hasta abandonar este mundo; bien porque no nos atienden, bien porque las cosas no salen como queremos, o simplemente por miedo. Teniendo en cuenta que los niños sienten esta emoción desde bebés y recordando los consejos absurdos de algunos “expertos” que afirman sin tener ninguna prueba que los niños son “pequeños tiranos y nos quieren manipular” cuando lloran y se tiran al suelo en un ataque de frustración, me gustaría apuntar que en estos casos no se trata de “manipulación” (¿hablan en serio? ¿un niño de 2 años sabe tanto de psicología humana y tiene tanta experiencia social como para saber manipular a un adulto?? ¿de dónde han sacado esta conclusión?), sino de sentimientos/sensaciones más básicas, naturales en el ser humano: miedos, frustraciones, necesidades emocionales o físicas, cansancio, hambre, sed…

¿Qué hacer?

Primero, para poder ayudar a nuestros hijos es importante quitarnos de la cabeza los prejuicios reinantes sobre los llantos o enfados de los niños e intentar razonar partiendo de nuestros propios sentimientos y emociones. Todos los tenemos dentro y la lógica nos dice que los bebés o niños también.

Segundo, reconocer la emoción en sí. Parece mentira, pero muchos de los adultos no son capaces de reconocer la frustración como tal y aceptarla como algo humano, por lo tanto algo normal. Nos enojamos con las situaciones que se nos escapan de las manos, con lo que nos molesta, pero no somos conscientes del por qué. Si llegamos a ser conscientes de nuestras emociones ya la mitad del trabajo está hecho.
Un ejemplo de frustración no reconocida: hay padres que se ponen nerviosos cuando oyen bebés llorando (suyos o de otros), pero no son capaces de reconocer por qué. Es fácil, estamos programados genéticamente a ponernos nerviosos al oír el llanto de un bebé para atenderlo y, de esta forma, tranquilizarlo y luego tranquilizarnos nosotros. Para dar más detalles, al oír el llanto de un bebé nuestro cerebro primitivo reconoce la situación como de emergencia o peligro, luego hay una descarga automática de adrenalina en nuestra sangre para darnos energía para huir o resolver la situación de emergencia (la adrenalina es la hormona del miedo y de la acción), y a raíz de esta descarga nosotros accionamos y calmamos el bebé. Por desgracia, nuestra cultura nos impide seguir nuestros impulsos naturales diseñados por la naturaleza y no todos los adultos reaccionamos positivamente cuando se trata de la resolución de la situación. Algunos ni saben lo que les pasa y no saben, por lo tanto, qué hacer. Otros tienen vagancia y no quieren moverse de su sitio. Y otros tienen la idea equivocada que “no debemos atender el llanto de un bebé porque nos quiere manipular”. Ya ahora sabemos que no es así.

Aceptemos nuestro malestar y aceptemos que los niños pueden sentir lo mismo con el agravante que no saben qué es, ni cómo se gestiona. Si nosotros lo reconocemos y lo aceptamos, ellos aprenderán a reconocerlo también a aceptarlo.

Tercero, intentar manejar la frustración y buscar una solución. No controlarla y ahogarla, sino gestionar la emoción y buscar resolver la situación que nos la produce. Si nuestro hijo llora o grita o está enfadado lo mejor es intentar calmarlo primero y luego procurar averiguar qué le ha producido la frustración: ¿tiene hambre, sed, dolor, tristeza? ¿está enfadado porque no le hemos hecho caso antes?  Recordemos que los niños no saben gestionar sus emociones.
Recordemos que los niños no saben gestionar sus emociones son pequeños, son inmaduros, están aprendiendo poco a poco cómo hacerlo viéndonos a nosotros cómo gestionamos estas situaciones. Si les decimos “cállate, niño” no van a aprender a gestionar, sino a ahogar su dolor o a negarlo.

Da igual la edad, desde recién nacidos hasta jóvenes de 18-20 años, todos sienten frustración y muchos están en el proceso de aprender cómo canalizarla; como adultos, nuestro papel es enseñar cómo reconocer, gestionar y solucionar un conflicto interno de este tipo a través de nuestra paciencia y nuestro propio ejemplo.

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Sorina Oprean, tutora de la Pedagogía Blanca

No etiquetemos a los niños

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A. S. Neill dice que es posible obligar a alguien a prestar atención, pero no se puede forzar a nadie a sentir interés.

Si pensamos un poco, esto es precisamente lo que pretendemos de nuestros hijos, de nuestros alumnos que van al colegio a atender cursos de educación obligatoria, queremos que presten atención al aluvión de informaciones que les obligamos a escuchar y, acaso, que finjan un interés que no sienten. Si no lo sienten o no lo fingen les tildamos de “vagos”, “insensibles”, “saturados de información innecesaria”, “aburridos desde nacimiento”, “ignorantes”, “generación estúpida”, “golfos”.

A lo largo de los años he hablado con y he leído comentarios de decenas de padres, maestros y profes, y la mayoría ha usado y usa las palabras que escribí arriba. A veces no sé si entristecerme o enfadarme cuando veo adultos hechos y derechos incapaces de ver el drama de sus hijos cuando se ven obligados a acudir diariamente en tropel a unos colegios con funcionamiento de fábricas para, supuestamente, “obtener una educación que les sirva de adultos”.
Me parece hasta raro que nosotros, siendo adultos, no podamos recordar lo mal que nos sentíamos en el fondo cuando teníamos que pasar por malos ratos en la escuela: las burlas de los profes o compañeros, cumplir con un horario casi de cuartel y con unas normas a veces absurdas, estar durante horas quietos en un espacio cerrado junto a otros 25 o 35 niños amontonados en los mismos metros cuadrados, nervios en el estomago por tener que reproducir en un examen unas informaciones en la mayoría de los casos inútiles, en otros casos en un formato poco interesante y desprovisto de lógica o demasiado teórico…

Sé que hay gente – niños o adultos – que piensan que así deben ser las cosas.

Que educar equivale a adiestrar.

Que socializar equivale a tragar con la presencia impuesta (que no conversación tranquila y agradable con personas elegidas libremente) de muchos niños cualesquiera en un espacio aglomerado sin posibilidad de tener momentos personales privados durante horas y horas.

Que aprender equivale a memorizar.

Y que ser “buen niño” equivale a ser obediente.

Sé que muchos piensan así aunque la realidad no sea esta.
Pero hay también profes, padres y niños que se dan cuenta de lo absurdo y lo falso de estas equivalencias.

He conocido personas conscientes del engaño colectivo en el que vivimos y que aún así, no se atreven a salir de él, les da miedo, piensan que a lo mejor al final toda esta farsa no lo es tanto y que sus hijos necesitan vivir estas mentiras para llegar a ser personas maduras felices. Al final se dan cuenta de su error, pero ya es tarde, ya no pueden cambiar las cosas, la educación de sus hijos se ha perdido por el camino, la relación está algo deteriorada, la adolescencia no ayuda en absoluto a mejorar la situación, todo lo relacionado con la educación se les escapa de las manos y ven que lo que ellos percibían como una farsa sí lo era de verdad.

A estos padres, a estos profes les pediría por favor que actúen si se dan cuenta del engaño en el que vivimos en el mundo educativo convencional. 

Y a los demás, los que se creen que la educación es igual al adiestramiento y se quejan de que los alumnos/hijos “no están motivados” o “no saben aprender” o “estos niños son una generacion de vagos, que lo tienen todo masticado; una generacion que tiene múltiples distracciones que antes no teníamos”, unas preguntas: ¿realmente se creen que un niño interesado por algo no se mueve para averiguar/explorar más en este sentido? ¿han intentado ponerse por un momento en su lugar? ¿se dan cuenta que al forzar a alguien a prestar atención se logra justo el efecto contrario? ¿se dan cuenta que el interés o se siente o no se siente y no lo puede imponer nadie desde fuera? ¿saben que un niño no es un perro al que hay que adiestrar, sino un ser humano con deseos, emociones, talentos y habilidades a las que simplemente hay que permitirles que se desarrollen?
¿Podrían por favor dejar de etiquetar negativamente a los niños de hoy en día y en cambio podrían ayudar más a que los pequeños puedan ejercer de verdad sus derechos a una educación real con información de calidad, un entorno sano y no tan masificado, espacios para respirar y moverse, experiencias vitales interesantes, y no a un sucedáneo mal hecho y dañino?

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Por Sorina Oprean, tutora de la Pedagogía Blanca

La libertad real y la falsa libertad en Educación

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Es necesario conocer las claves de lo que llamaríamos la “Trampa de la falsa libertad” en la crianza para no caer en ella. ¿Cuales son?

– Confundir respetar las necesidades de tu hijo con su búsqueda de límites. Muchas veces creemos que los niños han de ser tan libres, que somos capaces de no poner límites, creyendo que estamos respetando sus necesidades vitales cuando no es así. Hay que observar al niño y discernir si X acción es una necesidad real y/o vital del niño, o si solo es una búsqueda de límites para saber por donde ha de ir, y tener unas coordenadas claras de por donde, y cómo, moverse, en uno u otro entorno.
– Pensar que cualquier niño se autorregula de forma natural si tiene la oportunidad. Eso equivale a pensar que todos los seres humanos somos iguales, y no es así. Hay niños que se autorregulan de maravilla en muchas cosas, otros que en algunas, y otros que en ninguna, exactamente igual que pasa con los adultos.
– Creer que los niños siempre van a demandar de una forma u otra lo que necesitan, como si ya tuvieran todo tipo de herramientas comunicativas para expresar sus anhelos, necesidades y deseos, y que por lo tanto no debemos preocuparnos, que si ellos necesitan algo ya nos lo harán saber. De hecho hay adultos que no logran verbalizar lo que necesitan o demandan, así que no pensemos que los niños tienen un don superior que hace que sí lo logren en la forma que sea sin más.

¿Cómo podemos evitar caer en estas trampas?

– Observa a tu hijo, cuando tengas dudas sobre un comportamiento suyo, habla con él. Si ves que actúa de forma perjudicial para él, otro niño o adulto, o para el entorno, sepárale un momento del espacio en el que se dearrolla la acción y explícale porqué no es bueno que haga X cosa, incide en sus sentimientos o los de la otra persona, o háblale de la importancia de cuidar y respetar el entorno. Empatiza con sus emociones, y desde la comprensión explícale lo que sucede, y los límites que es necesario respetar en esa situación concreta. Tu hijo lo agradecerá, y los demás también.
– De nuevo, observa a tu hijo. ¿Se duerme a una hora razonable para su bienestar al día siguiente, sin que tú tengas que irte a dormir con él? ¿Sabe cuando dejar de hacer ciertas cosas? ¿Te pide que le des un baño sin que tú tengas que decir ni pío? ¿Sí? ¡Maravilloso! Disfruta de ello. ¿No? Ayúdale. Tu hijo merece estar descansado, relajado, bien comido, y alegre, y todo eso es responsabilidad tuya, no de él que es un niño. No confundas educar en libertad con la dejadez de tus responsabilidades.
– Debes estar atento a tu hijo, a sus cambios de humor, y entender que siempre que tiene una reacción que te resulte extraña esconde algún sentimiento, emoción o necesidad que ha de atenderse. No siempre va a saber decir lo que le pasa, pero tú puedes ayudarle con preguntas concretas, invitándole a dibujar, y estando presente.

Los niños para poder educarse en libertad necesitan sentirse seguros, saber que si todo falla no es su responsabilidad, y que van a contar con límites claros, y entornos sociales definidos en los que moverse.

Educar al niño al estilo de “El Señor de las Moscas” no tiene nada que ver con la libertad, para ser libre has de poder desarrollar un criterio propio de forma firme, y para eso has de sentirte seguro y acompañado en tu infancia para poder desarrollar plenamente tu personalidad y disfrutar de una adultez realmente libre.

Libertad es poder ELEGIR, y para elegir hay que tener la oportunidad de ello, no solo de forma circunstancial, si no sobretodo a nivel emocional e intelectual. No se trata solo de decidir, si no también de aprender a descartar y a elegir, y eso solo se puede desarrollar en un entorno cuidado, con adultos cariñosos y empáticos que se preocupan y responsabilizan del bienestar del niño y que hacen que su CRECIMIENTO en el más amplio de los sentidos sea compatible con la vida cotidiana en la sociedad en la que viven, garantizando su integridad moral y física, y sin delegar en él funciones que pertenecen a los adultos y no a los niños.

Azucena Caballero

Los límites en la Pedagogía Blanca

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Los límites que un niño y adolescente necesita son pocos y muy sencillos: no te dañas ni te pones en peligro, no me dañas ni me pones en peligro y no dañas ni pones en peligro a otras personas (y animales). Siempre que sea posible hay que explicarles todo.  La clave es tener pocas normas y límites, consensuados siempre que sea posible, claros, y establecidos ante todo teniendo en cuenta las necesidades naturales del niño y su bienestar.

El niño, en cada etapa, podrá entender las razones que les demos, explicadas en su nivel de comprensión, con paciencia. Además, si confiamos en ellos, si les damos muchos síes en su vida, si nos hemos ganado su respeto con el ejemplo (que no su temor) serán muy colaborativos y aceptarán que hay cosas, pocas, que no son negociables.

Puede suceder, que, por la razón que sea, ellos no entiendan lo que pedimos o impedimos o no estén emocionalmente en un estado de serenidad para asumir esa frustración. Entonces acompañaremos su emoción, entendiéndolo y manifestándolo. Pero atención, aplicamos los limites no negociables y tomamos, sin miedo, las decisiones si aquello realmente lo pone en peligro físico, emocional o psicológico. Hay cosas en las que debemos decidir los adultos.

Cuantos menos noes digamos, cuanta más libertad les demos, cuantas más cosas negociemos, cuanta más paciencia tengamos, cuantos más síes, apoyo, empatía, respeto y colaboración les ofrezcamos más fácil será que esas situaciones de conflicto disminuyan y más entenderán que hay unas pocas cosas que no vamos a poder negociar. El bienestar último del niño es nuestra responsabilidad y ellos pueden no estar preparados para tomar algunas decisiones todavía.

Mireia Long

Los adultos tenemos miedo

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Los adultos tenemos miedo. Criar y educar a un hijo es la mayor responsabilidad que asumimos en la vida. Ser consciente de que la felicidad y el futuro de esa persona depende de lo que le enseñemos pesa mucho. Y son las personas a las que más amamos, por encima de todo. Tenemos miedo a errar.

Además, en nosotros pesa mucho el condicionamiento al que fuimos sometidos en nuestras infancias, la manera en la que nuestros padres nos educaron. Y nos duele aceptar que ellos cometieron, con la mejor de las intenciones, errores. Si nos atrevemos a mirarnos por dentro podemos descubrir que nos dañaron impidiéndonos decidir por nosotros mismos, equivocarnos, asumir riesgos, conocernos.

Si no lo hacemos estamos condenados a repetir sus errores y usar las mismas técnicas que ellos. Y no podemos evitar, sin un trabajo personal valiente, que no tenemos todas las respuestas y que podemos darles más libertad.

También son responsables de esto los expertos y psicólogos que nos han convencido de que al niño hay que domarlo, ponerle muchos límites, aceptar sin plantearnos las normas y costumbres, aunque nos demos cuenta que chocan con la naturaleza infantil. Hay que tragar con todo y hay que obedecer al adulto, o van a perderse, ser tiranos, ser violentos.

Todo eso es incierto. El niño reproduce el comportamiento que tengamos con ellos. Si somos empáticos y respetuosos ellos lo serán. Si les dejamos ser niños, jugar libres, tener tiempo, no ser presionados, cumplirán las etapas de desarrollo sanamente.

Otra cosa que les cuesta mucho a los padres es el estrés de la vida moderna, que les impide dedicar mucho tiempo a sus hijos y dejarlos en manos de otras personas a veces desde que son bebés. No los conocen suficiente y no tienen paciencia, ni recursos ni tiempo.

Cuando, además, los niños empiezan a reafirmar su yo, su voluntad, suelen tener rabietas porque no saben aún manejar su frustración y los padres, agobiados, se desesperan y quieren controlarlo todo, imponiendo un adultocentrismo que impide al niño incluso reconocer sus emociones, expresarlas, conocerlas y canalizarlas de manera adecuada. Se les reprime en todo por miedo, costumbre y comodidad.

Podemos dejar que los niños decidan muchas cosas simples y no peligrosas. Poco a poco además, vamos a tener que dejarles tomar más decisiones, pues al final de su infancia, cuando entren en la vida adulta, deben estar acostumbrado a hacerlo con responsabilidad, independiente y autónomamente.

Mireia Long