Cuatro consejos que preparan a tu hijo para la vida

 

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La salud emocional de los niños es hoy un tema que preocupa a los padres y educadores. Los niños tienen, sin duda, gran capacidad para reponerse a las situaciones difíciles, pero también es cierto que lo que de nosotros, los adultos, reciban, va a formar su imagen de ellos mismos y les va a enseñar a relacionarse con el mundo.
¿Podemos hacer algo para ayudarles a crecer emocionalmente sanos y ser más felices? Por supuesto que se puede, y es preparándolos para la vida. Mi respuesta es que los padres y educadores tenemos la clave para la salud emocional de los niños y de su éxito vital en todos los ámbitos y por eso os daremos estos cuatro consejos que prepararán a tus hijos para la vida.

Nosotros somos sus modelos, sus referentes, los espejos donde se miran. Lo que hagamos y digamos va a hacer que ellos se vean de una forma u otra y se valoren por lo que son, no por lo que otros esperen de ellos. La capacidad de fijar sus propios objetivos vitales es una de las cosas más importantes que los padres deberíamos enseñarle a nuestros hijos y para ello, contrariamente a lo que se piensa, es importante bajar nuestra exigencia y cambiarla por mantener altas expectativas y ofrecer apoyo incondicional.

Espera lo mejor de tus hijos

Todos nos equivocamos. Todos actuamos a veces mal. Todos perdemos los nervios y la serenidad. Todos somos humanos. Nuestros hijos también lo son y lógicamente, van a errar. Pero cada error que comentan no significa que están condenados a repetirlo sino que pueden aprender de ello. Por eso es indispensable que les transmitamos nuestra confianza en que son buenas personas, capaces de pedir perdón, de enmendar un yerro, de descubrir que las emociones no son ellos ni van a actuar llevados por ellas haciendo daño a los demás. Confianza, es la clave.

Palabras que deberíamos dejar de usar son “siempre” y “nunca” cuando hablemos con ellos de un comportamiento inadecuado. Nadie hace siempre las cosas mal, nadie hace las cosas equivocadas y mucho menos nos decepciona siempre. Si les decimos eso les transmitimos una poderosa creencia sobre ellos mismos y su incapacidad de cambio. Es indispensable cimentar su autoestima.

Cuando a nuestro hijo le transmitimos que estamos convencidos de que es una persona válida, buena e inteligente estamos ayudándole a construir su propia voz interior y a tener herramientas para manejarse ahora y en el futuro.

Educa, ni dejes solo al niño ni lo domes

No dejes que el niño se eduque solo, transmítele valores. Tampoco lo domes controlando todo lo que piensa o hace. Deberíamos evitar posturas radicales en ideas sobre la bondad innata o la maldad de los niños. Los niños, que por naturaleza desean vivir en armonía y complacernos, también son humanos y tienen reacciones que pueden perjudicar a otras personas o a ellos mismos.

El papel del adulto educador toma aquí su verdadera dimensión. Ni tiene que domarlos porque de otro modo serían bestias peligrosas y egoístas, ni tiene que dejarlos sin guía ni contención. Educa a tu hijo, es tu papel como padre y adulto.

Nuestro papel como educadores es del de influir en el niño ofreciéndole ejemplo, enseñanza y explicaciones, ayudándole a comprender y expresar lo que siente y descubriéndole el poder de la voluntad personal para encaminar las acciones hacia objetivos personales y también hacia el respeto al otro. Los niños no siempre actúan bien, pero desde luego no lo hacen siempre mal.

Ayúdale a ser feliz

Cuando nuestro hijo esté desarrollando estrategias de comunicación y acciones violentas deberíamos saber detectarlo sin hacerle cargar con sentimientos de culpa pero si reforzando su autoestima, su responsabilidad y siendo esa persona en la que siempre pueden confiar para comprenderse mejor y encontrar apoyo, cariño y refuerzo. Ayúdale a ser feliz y a ser una persona amable, respetuosa, empática y apreciada por los otros, sin ser sumiso por ello.

De verdad que la clave para la resiliencia no es pasarlo mal de niño. No quiero decir que estemos pendientes únicamente de caprichos y diversión en contra de los intereses reales de crecimiento armonioso, sino que hagamos que los niños puedan disfrutar de su infancia dejándoles tiempo para jugar, haciendo con ellos cosas que sean agradables y nos reúnan en situaciones bonitas, permitiéndoles ser niños y por tanto ruidosos, alegres, movidos y espontáneos.

Valora al niño por quien es, no por ser el mejor

Tenemos la idea de que solamente el que llega el primero, el que gana, el que tiene la mejor nota, es el que triunfa. Pero no es cierto y ese concepto es importante transmitírselo a nuestros hijos. La competencia feroz no prepara para la vida, ser el primero no garantiza el triunfo, ni el éxito verdadero, ni mucho menos la capacidad de tener una vida productiva, útil y feliz, pues eso, de verdad, radica en que sepas quien eres y lo que quieres.

Ni en los adultos es cierto eso. Todos hemos experimentado momentos de éxito y grandes fracasos. Y hemos aprendido a levantarnos, a planificar de nuevo, a plantearnos nuevos objetivos y sobre todo, los adultos que nos decimos felices, hemos aprendido a conocernos a nosotros mismos y trabajar para tener la vida que realmente nosotros, no la sociedad ni nuestros padres, deseamos.

Y esa enseñanza merece la pena transmitírsela a nuestros hijos, valorando lo que son, lo que aman, lo que les interesa, lo que les apasiona y lo que quieren aprender nuevo, más que el que ganen en un deporte hoy, o saquen un diez, o sean los que antes o mejor logran algo. El ser el primero, además, será mucho menos útil en su vida que descubrir las estrategias por las que los humanos trabajamos en equipos y cooperamos los unos con los otros para que cualquier proceso o área mejore. Enséñale a pensar de manera crítica y creativa, no le digas lo que tiene que pensar.

Renuncia a ser dueño del destino de tu hijo, acompáñalo, pero no lo fuerces a ser como tú crees que hay que ser. Ten por seguro que va a equivocarse, quizá, como todos hacemos, pero también que tomará decisiones que él vivirá como válidas y no serán las que habrías tomado tú. Es otra persona.

Prepáralo para vivir su propia vida. Es decir, preparar para la vida no es hacer pasar al niño frustraciones forzadas ni presiones para cumplir expectativas externas, sino enseñarle los valores humanos de cooperación, confianza, superación y empatía. Eso si le ayudará a vivir mejor y ser más feliz, ahora y en el futuro.

Mireia Long

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Es posible y beneficioso educar sin castigar

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Lo más importante que tenemos que realizar es tener la seguridad de que el castigo no es una forma efectiva ni respetuosa de educar, no sirve para nuestro objetivo, ayudar a que nuestros hijos tengan comportamientos que no les dañen ni les pongan el peligro ni a ellos ni a nadie.

Los niños nos observan, todo el rato. Y nos necesitan como guía, contención, ejemplo y refugio. Si les hacemos sentir abandonados o humillados la confianza y la seguridad que esperan de nosotros se quiebra y lo único que les enseñamos es a sentir que no estamos a su lado.

Los niños nos observan porque aprenden repitiendo lo que nosotros hacemos. La manera lógica de enseñarles a tratar a los demás es tratándolos nosotros como deseamos que ellos hagan y como deseamos nosotros ser tratados. Y, realmente, ¿a qué me refiero? A que todos queremos ser tratados con empatía, siendo escuchados y comprendidos. Si nosotros recurrimos a la violencia directa o la violencia emocional, al abandono o la humillación, aprenderán que es lo que de ellos se espera.

Pero, atención, eso no significa que haya que dejar que los niños hagan lo que quieran, ni que no respeten a los demás. Nuestra obligación como padres es intervenir y enseñarles que hay comportamientos que no son adecuados. Si los dejamos solos ellos no pueden aprender, es más, si no intervenimos reforzamos esas acciones lo que, a largo plazo, puede convertirse en incontrolable y nuestros hijos ser niños sin límites, maleducados, violentos y sin un concepto claro de que los demás tienen derechos que hay que respetar también.

Y, por supuesto, los niños hacen cosas que no deben hacer. Seguro que tenéis muchos ejemplos, aunque, me temo, no siempre todo lo que esperamos de un niño es justo, viable o adecuado para ellos. Tenemos que tener el valor de repasar nuestras normas y expectativas y hacerlas, de verdad, centradas en el bienestar del niño y no solo en nuestros deseos o convenciones.

La cuestión es clara, si nuestro hijo hace cosas que pueden dañarle o dañar a otros (también a nosotros) hay que intervenir. Pero paciencia, los niños no aprenden a la primera y puede ser necesario repetir y explicar muchas veces hasta que asuman como justa esa norma. Están creciendo y no siempre manejan bien sus impulsos o emociones.

Cuando para conseguir tu objetivo educativo castigas el niño se siente enfadado y se pone a la defensiva, tiene miedo y rabia y eso desencadena incluso reacciones bioquímicas que les hacen sentir mal e interfieren en el aprendizaje. Se olvidan de la causa del castigo, especialmente los más pequeños, y solo sienten una enorme frustración y pena. Pierden la confianza en nosotros y nos mentirán en el futuro. A la larga, lo único que te queda es aumentar la intensidad y frecuencia del castigo.

¿Qué podemos hacer entonces? Establecer límites, pero siempre conectados al niño, ofreciéndole la seguridad de nuestro amor y confianza, explicando con paciencia y de manera adecuada a su nivel de maduración, las consecuencias de lo que estaba realizando para que pueda llegar a entender y aprender.

Mireia Long

Ni castigos, ni crianza caprichosa

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Mi tránsito personal por la crianza respetuosa ha sido sencillo, mi hijo ha sido respetado en sus necesidades, acompañado en sus emociones, pero también ha recibido explicaciones para que pudiera entender que los demás, igual que él mismo, merecen respeto y tienen necesidades.

Cuando hablamos de criar sin azotes, sin castigos y sin violencia suelo encontrarme con críticas de padres que citan a familias que conocen que, al final, no han sabido entender bien la esencia del respeto y han convertido a sus hijos en pequeños tiranos que se creen que cualquier apetencia, deseo o idea debe ser cumplida inmediatamente por sus padres.

Confunden, entonces, los que les critican y los que han dejado que el niño se convierta en dueño absoluto de las vidas de todos, el respeto con el capricho.

Pero no es lo mismo, más bien es todo lo contrario, porque el respeto no es algo unidireccional, el respeto es comprender las necesidades del otro y darles cabida en nuestra vida, diferenciando la necesidad básica de seguridad, afecto y cuidados con los caprichos puntuales o las expresiones de necesidades que se disfrazan de peticiones no lógicas.

La crianza caprichosa

Los padres, en esos casos, son los responsables de encauzar al niño, educándolo en valores, explicándole, abrazándolo si es necesario, pero no poniéndolo por encima del mismo Universo.

Niños que, pasada la edad de las rabietas, esos momentos en los que la emoción les supera y no saben expresar ni canalizar sus sentimientos, se desbordan naturalmente, siguen montando dramas por verdaderas tonterías y, sus padres, sin autoridad ni argumentos, ceden ante ellos poniendo a los niños por encima de todos y de la misma lógica.

Niños impertinentes, que no son capaces de marcarse el límite del respeto hacia los demás, que tratan de imponerse sobre otros niños o adultos, que no se comportan de forma educada. Niños caprichosos que no devuelven respeto, que hablan a sus padres de forma airada mientras ellos se humillan para calmar al pequeño rabioso.

No, eso no es crianza respetuosa. La crianza respetuosa es ejemplo y educación, los niños realmente educados en el respeto saben respetar a los demás. Eso es crianza caprichosa.

Las necesidades del bebé

Las necesidades de un bebé son soberanas. No tienen cabida para las explicaciones y solamente, los límites reales de los padres, deberían ser un freno a las necesidades del bebé. Dormir acompañado, ser abrazado, llevado en brazos, alimentado a demanda y atendido en su petición de contacto y cariño son necesidades. Ante eso, a los padres, nos queda dormir poco, salir poco y dejar nuestras apetencias personales aparcadas cuando nuestro hijo nos necesita.

Pero a medida que crece el niño y es capaz de entender el lenguaje y a los demás, la función de los padres aumenta en su exigencia aunque pueda ser menor la exigencia real de atención directa. Ahora debemos educar, no controlar ni encauzar todo lo que el niño pida, sino entender que la necesidad real es una cosa y la expresión de esas necesidades es otra.

Necesidades y caprichos

Un niño que pide un juguete, ser el primero en sentarse en el coche, elegir su puesto en la mesa, comer determinados alimentos poco adecuados para su salud o simplemente, ver cumplidos todos sus deseos, lo que expresa no es que necesita esa cosa concreta, sino que está pidiendo otra cosa: a veces son límites, a veces son explicaciones, a veces es la seguridad de que es amado, comprendido y también, y eso es fundamental, guiado.

Una excesiva creencia en que los niños, inocentes y libres, deben ser nuestra única guía es un error en mi opinión. El niño necesita unos padres seguros, comprensivos, capaces de empatizar con él, pero también de demostrarle que los demás, ellos mismos incluidos, son personas con derechos y necesidades.

Darle a un niño pautas y límites en los que crecer libremente y de forma respetuosa no es castigar, ni mucho menos pegar o amenazar. Es más complicado, más cansado y exigente, implica una gran dedicación y un enorme aprendizaje personal. Pero desde luego tampoco la alternativa al castigo es la crianza caprichosa.

Mireia Long

Los castigos y los niños sin límites

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Los límites en una crianza empática

Los límites son necesarios, indispensables. Los límites son físicos, son una premisa para la seguridad de todos y para el bienestar emocional de uno mismo y de los que nos rodean. Por eso considero muy importante que los padres que quieren educar con respeto, empatía y dulzura, sepan también que una de las cosas más importantes que deben saber hacer es poner límites.

Los límites son el respeto

Y este es un límite no arbitrario. El respetar el derecho de los demás y no ejercer nuestra libertad o capricho sobre los derechos de los otros. Nuestro bienestar real forma parte del bienestar de los otros.

Los límites son el respeto. Con un bebé los límites son diferentes, pues el bebé es pura necesidad. Necesita el pecho, aunque consideremos que ha comido bastante. Necesita nuestros brazos y nuestra compañía en la vigilia y en el sueño. En esa etapa, nuestras necesidades son menos importantes, pues el bebé puede necesitarnos a costa de nuestro descanso. Pero incluso entonces debemos ser conscientes de lo que necesitamos también nosotros y tratar de comunicárselo con dulzura y empatía.

Sin embargo, a medida que crece el niño y va comprendiendo el lenguaje, la educación que le vamos a dar los padres es fundamental, tanto hacerla de manera respetuosa y no ejerciendo una autoridad incuestionable o imponiéndola con castigos, gritos o golpes, como el transmitir también nuestras necesidades, pues solamente mediante una guía responsable y coherente conseguiremos que el niño sea realmente empático y sepa respetarnos como personas con los mismos derechos que ellos.

Criar sin castigos no es criar sin límites

Educar con respeto, no es ser esclavos del niño, plegarnos a sus caprichos más peregrinos o permitir que nos falta a nosotros o a otras personas al respeto. Si no se pega, no se pega. Es decir, nosotros no pegaremos, pero tampoco podemos consentir que el niño pegue, o insulte o manifieste sus caprichos de manera agresiva.

La diferencia estriba en saber distinguir lo que es necesidad primaria y lo que es una necesidad reflejada, algo que merece un tema más extenso. Pero, resumiendo, un niño no necesita hincharse a helados o bollos, no necesita correr por un restaurante molestando a camareros y comensales, no necesita machacar a los otros niños o a sus padres con gritos o enfados si no se cumplen todos sus deseos.

Tan triste me parece el niño que nunca puede ser un niño y correr en libertad por miedo a un cachete o a un insulto como el niño que crece sin entender que relacionarse con los demás supone un ejercicio de responsabilidad y empatía bilateral.

Sin chantajes ni etiquetas, también es nuestra obligación, igual que nos ponemos en su piel y entendemos sus sentimientos, explicarle el nombre de estos y como funcionan en las otras personas. Si nos molesta que grite o ponga la televisión a todo volumen debemos explicarlo sin perder la paciencia, desde pequeños, para que crezcan como personas completas y seguras.

La seguridad se cimenta en la confianza

La seguridad del niño y la confianza en sus padres se cimenta en la empatía mutua, paulatinamente educando en la reciprocidad y el entendimiento de que ni somos los adultos los que nos imponemos en nuestros deseos siempre ni los niños tienen derecho a molestar a los demás por el hecho de serlo.

Educar en empatía no es educar sin límites ni convertir a los niños en salvajes egoístas, sino todo lo contrario, ayudarles a ser responsables de sus actos y respetuosos con los demás.

Los límites físicos son comprensibles y los niños los asumen por experiencia. Los límites en el comportamiento se aprenden del ejemplo y de la coherencia, no dándoles carta blanca para cualquier comportamiento por muy molesto que sea, sino exponiendo las razones por las que hay un lugar y un sitio para todo. No debemos temer poner límites a los comportamientos inadecuados, con paciencia y sin violencia, pero hay que ponerlos y explicarlos.

No podemos confundir educar con respeto con educar niños sin límites, pues precisamente educar es formar personas responsables que sepan respetar a los demás y entenderlos, empezando por respetarlos y entenderlos nosotros, pero no quedándonos en eso y dejando que la naturaleza siga su curso sin control.

Mireia Long

¿Sabes qué es un niño bien educado?

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Otra vez leo en diversos medios artículos que nos cuentan lo mal educados que están los niños de ahora, caprichosos y mimados, exigiendo que se les pongan claras las cosas y aprendan a obedecer sin rechistar lo antes posible. Y yo, más que deciros como reconocer que vuestros hijos son unos maleducados, os voy a recordar las señales de que los estáis educando muy bien.

Son empáticos

Los niños aman a sus padres, incluso los aman cuando los padres no lo merecen, pero si sois padres que educan bien a sus hijos os daréis cuenta de que a ellos les importa que os sintáis bien, demuestran preocupación si estáis cansados, enfermos o nerviosos y procuran colaborar para que las cosas os sean agradables y os sintáis felices. Los niños demuestran que son capaces de ponerse en la piel de otros y sentir sus emociones. Los niños bien educados son empáticos.

Pronto podréis constatar que, como decía, los niños que reciben una buena educación son empáticos, aunque es justo esperar que a veces sus impulsos y emociones no nos dejen verlo. Pero si no vemos en ellos empatía habitualmente, deberíamos estar alerta y revisar si nuestra manera de tratarlos no es la más correcta.

Los niños aprenden sobre todo de lo que hacemos los adultos, mucho más que de lo que decimos. Así que si sabéis demostrar amor a vuestros hijos y sois sinceros con ellos, evitáis los chantajes o las presiones excesivas, es seguro que ellos os devolverán el amor con creces y os sorprenderán con gestos amables y considerados.

Esta empatía podremos observarla también hacia otras personas, especialmente hacia hermanos pequeños, niños más chiquititos o animales indefensos. Si nuestro hijo hace daño a otras personas, no siente su sufrimiento o le parece divertido, deberíamos preocuparnos. Los niños bien educados quieren que otras personas se sientan bien pues es lo que han aprendido que hacen los seres humanos.

No toleran los abusos de poder

Si hemos educado bien a nuestros hijos sabrán reconocer los comportamientos abusivos y agresivos de otras personas, no aceptarán amenazas y no considerarán que deben callar y obedecer a cualquier adulto, sobre todo si esté no se comporta bien con ellos. Y eso se nos aplica a nosotros mismos. Los niños bien educados no toleran los abusos de poder.

Cuando cualquier persona, incluso si somos los propios padres, actúa de forma injusta o abusa de su poder, un niño con una correcta educación sabrá que merece ser respetado en todo momento y reclamará sus derechos sin miedo.

Si los comportamientos violentos o injustos los sufre fuera del hogar: con la familia, amigos o en la escuela, no temerá contarnos lo que ha pasado directamente, sin dejar que las situaciones aumenten de gravedad. Si le gritamos y nos dice que no le gritemos, es que estamos educándolo bien.

Un signo de que un niño está bien educado es que, incluso, sabe responder a un adulto impertinente o grosero con seguridad y sin faltar al respeto pero poniendo claros los límites de lo que va a aceptar.

Esta educación de autoprotección, respeto y seguridad en uno mismo y sus derechos debe comenzar desde la infancia y será una herramienta que toda la vida le ayudará. Si desde niños les enseñamos que nadie puede faltarles al respeto y que no deben tolerar agresiones de ninguna clase podrán aventurarse en la vida, lejos de nuestra protección, con mucha más tranquilidad y capacidad de reacción.

Son ellos mismos

Los niños transmiten alegría con facilidad pero la felicidad completa no se limita a horas de juego o risas cuando ves algo gracioso, como bien sabemos los adultos. La felicidad competa es una actitud ante la vida y las personas, demostrando que no tememos mostrarnos como somos realmente y acogemos las diferencias de los demás con respeto.

Los niños que se muestran seguros, que hablan con otras personas sin temer recibir burlas o regaños, y que muestran como son capaces de disfrutar de momentos de todo tipo, sin dejarse vencer por las dificultades, nos están enseñando que saben ser felices.

Que un niño sea capaz de mantener sus opiniones sin sentirse intimidado por ti ni por nadie, ni necesite tampoco ponerse agresivo para defender su postura u opinión. Que tu hijo se sienta valioso por ser quien es, que se respete a sí mismo y a los demás es claro signo de que está siendo bien educado.

Señales de que tu hijo está bien educado

Los padres cometemos muchos errores en la educación y la crianza de nuestros hijos. Somos irracionales, caprichosos, mandones, egoístas, ignorantes… en demasiadas ocasiones, pero incluso así podemos educar bien a los niños.

Un signo casi infalible de que estamos educando bien es que nuestros hijos sean personas felices y que a ellos y a nosotros nos haga felices pasar tiempo, mucho tiempo, juntos. Si eso falla, entonces claro que deberíamos replantearnos que estamos haciendo para no educar bien a nuestros hijos y cambiar.

 

Mireia Long

La frustración

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El tema de la frustración es algo que me preocupa desde hace unos años: desde que mi hija cumplió los 13 años y noté un nivel más alto de frustración, propio de la edad, y vi que todo lo que yo sabía sobre ello era poco o equivocado; todos los consejos que nos daban a los padres, todas las teorías reinantes. Me sensibilicé más con el tema y empecé a tomar consciencia de lo que ocurría cuando aparecían estas situaciones, no sólo con mis hijos, sino también con los demás miembros de la familia. Empecé a ser más empática y paciente.

Frustración sentimos desde que nacemos y lo hacemos hasta abandonar este mundo; bien porque no nos atienden, bien porque las cosas no salen como queremos, o simplemente por miedo. Teniendo en cuenta que los niños sienten esta emoción desde bebés y recordando los consejos absurdos de algunos “expertos” que afirman sin tener ninguna prueba que los niños son “pequeños tiranos y nos quieren manipular” cuando lloran y se tiran al suelo en un ataque de frustración, me gustaría apuntar que en estos casos no se trata de “manipulación” (¿hablan en serio? ¿un niño de 2 años sabe tanto de psicología humana y tiene tanta experiencia social como para saber manipular a un adulto?? ¿de dónde han sacado esta conclusión?), sino de sentimientos/sensaciones más básicas, naturales en el ser humano: miedos, frustraciones, necesidades emocionales o físicas, cansancio, hambre, sed…

¿Qué hacer?

Primero, para poder ayudar a nuestros hijos es importante quitarnos de la cabeza los prejuicios reinantes sobre los llantos o enfados de los niños e intentar razonar partiendo de nuestros propios sentimientos y emociones. Todos los tenemos dentro y la lógica nos dice que los bebés o niños también.

Segundo, reconocer la emoción en sí. Parece mentira, pero muchos de los adultos no son capaces de reconocer la frustración como tal y aceptarla como algo humano, por lo tanto algo normal. Nos enojamos con las situaciones que se nos escapan de las manos, con lo que nos molesta, pero no somos conscientes del por qué. Si llegamos a ser conscientes de nuestras emociones ya la mitad del trabajo está hecho.
Un ejemplo de frustración no reconocida: hay padres que se ponen nerviosos cuando oyen bebés llorando (suyos o de otros), pero no son capaces de reconocer por qué. Es fácil, estamos programados genéticamente a ponernos nerviosos al oír el llanto de un bebé para atenderlo y, de esta forma, tranquilizarlo y luego tranquilizarnos nosotros. Para dar más detalles, al oír el llanto de un bebé nuestro cerebro primitivo reconoce la situación como de emergencia o peligro, luego hay una descarga automática de adrenalina en nuestra sangre para darnos energía para huir o resolver la situación de emergencia (la adrenalina es la hormona del miedo y de la acción), y a raíz de esta descarga nosotros accionamos y calmamos el bebé. Por desgracia, nuestra cultura nos impide seguir nuestros impulsos naturales diseñados por la naturaleza y no todos los adultos reaccionamos positivamente cuando se trata de la resolución de la situación. Algunos ni saben lo que les pasa y no saben, por lo tanto, qué hacer. Otros tienen vagancia y no quieren moverse de su sitio. Y otros tienen la idea equivocada que “no debemos atender el llanto de un bebé porque nos quiere manipular”. Ya ahora sabemos que no es así.

Aceptemos nuestro malestar y aceptemos que los niños pueden sentir lo mismo con el agravante que no saben qué es, ni cómo se gestiona. Si nosotros lo reconocemos y lo aceptamos, ellos aprenderán a reconocerlo también a aceptarlo.

Tercero, intentar manejar la frustración y buscar una solución. No controlarla y ahogarla, sino gestionar la emoción y buscar resolver la situación que nos la produce. Si nuestro hijo llora o grita o está enfadado lo mejor es intentar calmarlo primero y luego procurar averiguar qué le ha producido la frustración: ¿tiene hambre, sed, dolor, tristeza? ¿está enfadado porque no le hemos hecho caso antes?  Recordemos que los niños no saben gestionar sus emociones.
Recordemos que los niños no saben gestionar sus emociones son pequeños, son inmaduros, están aprendiendo poco a poco cómo hacerlo viéndonos a nosotros cómo gestionamos estas situaciones. Si les decimos “cállate, niño” no van a aprender a gestionar, sino a ahogar su dolor o a negarlo.

Da igual la edad, desde recién nacidos hasta jóvenes de 18-20 años, todos sienten frustración y muchos están en el proceso de aprender cómo canalizarla; como adultos, nuestro papel es enseñar cómo reconocer, gestionar y solucionar un conflicto interno de este tipo a través de nuestra paciencia y nuestro propio ejemplo.

Si quieres aprender a acompañar a tu hijo y alumno con nosotras, consiguiendo herramientas para comprenderlo mejor, ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA.

Sorina Oprean, tutora de la Pedagogía Blanca

No etiquetemos a los niños

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A. S. Neill dice que es posible obligar a alguien a prestar atención, pero no se puede forzar a nadie a sentir interés.

Si pensamos un poco, esto es precisamente lo que pretendemos de nuestros hijos, de nuestros alumnos que van al colegio a atender cursos de educación obligatoria, queremos que presten atención al aluvión de informaciones que les obligamos a escuchar y, acaso, que finjan un interés que no sienten. Si no lo sienten o no lo fingen les tildamos de “vagos”, “insensibles”, “saturados de información innecesaria”, “aburridos desde nacimiento”, “ignorantes”, “generación estúpida”, “golfos”.

A lo largo de los años he hablado con y he leído comentarios de decenas de padres, maestros y profes, y la mayoría ha usado y usa las palabras que escribí arriba. A veces no sé si entristecerme o enfadarme cuando veo adultos hechos y derechos incapaces de ver el drama de sus hijos cuando se ven obligados a acudir diariamente en tropel a unos colegios con funcionamiento de fábricas para, supuestamente, “obtener una educación que les sirva de adultos”.
Me parece hasta raro que nosotros, siendo adultos, no podamos recordar lo mal que nos sentíamos en el fondo cuando teníamos que pasar por malos ratos en la escuela: las burlas de los profes o compañeros, cumplir con un horario casi de cuartel y con unas normas a veces absurdas, estar durante horas quietos en un espacio cerrado junto a otros 25 o 35 niños amontonados en los mismos metros cuadrados, nervios en el estomago por tener que reproducir en un examen unas informaciones en la mayoría de los casos inútiles, en otros casos en un formato poco interesante y desprovisto de lógica o demasiado teórico…

Sé que hay gente – niños o adultos – que piensan que así deben ser las cosas.

Que educar equivale a adiestrar.

Que socializar equivale a tragar con la presencia impuesta (que no conversación tranquila y agradable con personas elegidas libremente) de muchos niños cualesquiera en un espacio aglomerado sin posibilidad de tener momentos personales privados durante horas y horas.

Que aprender equivale a memorizar.

Y que ser “buen niño” equivale a ser obediente.

Sé que muchos piensan así aunque la realidad no sea esta.
Pero hay también profes, padres y niños que se dan cuenta de lo absurdo y lo falso de estas equivalencias.

He conocido personas conscientes del engaño colectivo en el que vivimos y que aún así, no se atreven a salir de él, les da miedo, piensan que a lo mejor al final toda esta farsa no lo es tanto y que sus hijos necesitan vivir estas mentiras para llegar a ser personas maduras felices. Al final se dan cuenta de su error, pero ya es tarde, ya no pueden cambiar las cosas, la educación de sus hijos se ha perdido por el camino, la relación está algo deteriorada, la adolescencia no ayuda en absoluto a mejorar la situación, todo lo relacionado con la educación se les escapa de las manos y ven que lo que ellos percibían como una farsa sí lo era de verdad.

A estos padres, a estos profes les pediría por favor que actúen si se dan cuenta del engaño en el que vivimos en el mundo educativo convencional. 

Y a los demás, los que se creen que la educación es igual al adiestramiento y se quejan de que los alumnos/hijos “no están motivados” o “no saben aprender” o “estos niños son una generacion de vagos, que lo tienen todo masticado; una generacion que tiene múltiples distracciones que antes no teníamos”, unas preguntas: ¿realmente se creen que un niño interesado por algo no se mueve para averiguar/explorar más en este sentido? ¿han intentado ponerse por un momento en su lugar? ¿se dan cuenta que al forzar a alguien a prestar atención se logra justo el efecto contrario? ¿se dan cuenta que el interés o se siente o no se siente y no lo puede imponer nadie desde fuera? ¿saben que un niño no es un perro al que hay que adiestrar, sino un ser humano con deseos, emociones, talentos y habilidades a las que simplemente hay que permitirles que se desarrollen?
¿Podrían por favor dejar de etiquetar negativamente a los niños de hoy en día y en cambio podrían ayudar más a que los pequeños puedan ejercer de verdad sus derechos a una educación real con información de calidad, un entorno sano y no tan masificado, espacios para respirar y moverse, experiencias vitales interesantes, y no a un sucedáneo mal hecho y dañino?

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Por Sorina Oprean, tutora de la Pedagogía Blanca

¿Hay que poner límites y normas?

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Los límites son algo natural en la vida. Hay una tendencia en la crianza respetuosa que habla de que a los niños se les debe dejar autorregularse en todo porque ellos encontrarán sus límites. Eso, mal entendido, puede llevar a confusiones. Los límites y la seguridad del niño son responsabilidad tuya como adulto. El niño tiene un año o dos de experiencia vital, un desarrollo mental que no es el de un adulto. Eres el responsable de su bienestar y de ayudarlo a crecer de forma integral.
Hay tres límites que siempre tenemos que poner los adultos: no te haces daño a ti mismo, no me haces daño a mí y no haces daño a los demás. Eso de que los niños se arreglen entre ellos es el mayor error que se puede cometer.
Los niños no están preparados para gestionar su agresividad de forma que no dañen a otros. Los sentimientos negativos de ira, rabia, enfado, celos… son naturales y no hay que reprimirlos, pero jamás debemos dejar que el niño los descargue en otra persona, sobre todo en otro niño.
Nuestro deber es estar siempre presentes en la vida de los niños, enseñándoles y ayudándoles. No vas a dejar que tu hijo ponga en riesgo su vida ni su integridad mental, psicológica, emocional…
El último responsable de la educación de tu hijo eres tú. Con los límites hay gran confusión. Por que al niño le limitemos siempre en todo no va a ser mejor persona y por que le dejemos vivir sin ningún límite, tampoco. Cada norma que ponemos a un niño es muy relativa.
Cuando un niño es pequeñito en el 90% de las cosas vas a decidir tú. Hay otras en las que puedes permitirle decisiones autónomas. Por ejemplo, ¿quiere ir vestida de princesa a la calle? Vale, pero que se ponga los zapatos.
A medida que pasan los años tenemos que acostumbrarnos a que los niños tomen decisiones y dejarles más autonomía, porque a la gente se le olvida que sus hijos van a tener 16 años.
Mi hijo va a cumplir 15 y tengo total y absoluta confianza en él para todo. ¿Cómo lo he conseguido? Dejándole una autonomía paulatina y estando muy pendiente de él, dándole una educación en la que le transmites valores, le das ejemplo, le explicas las cosas, lo escuchas.
Pero si no les dejas decidir, cuando tengan 18 años no habrán tomado jamás una decisión. A los 16 o 18 casi todos los chicos se van a enfrentar a la situación de que alguien les ofrezca drogas, de empezar a tener relaciones sexuales, y tendrán que decidir con quién las tienen y qué medidas de protección van a tomar. Si has establecido una muy buena comunicación con tu hijo, en el momento que decida hacer eso, te pedirá consejo.
Se va a encontrar en la situación con un amigo que está bebido y que tiene que subir en el coche. ¿Qué quieres que haga? Que se suba en el coche o que te llame a las tres de la mañana: ‘mamá, me he equivocado. Estoy con unos amigos en otro pueblo, están borrachos, ven a buscarme’. Esa situación va a pasar y la mayoría se van a volver con un amigo. Es así.
Eso no quiere decir que no le digas en qué se ha equivocado, pero son errores y situaciones a las que cada uno de nosotros se enfrenta en la vida. Lo único que puedes hacer es esperar que tus hijos confíen en ti, ayudarles si han cometido un error y dejarles cometerlos, pero habiendo permitido que eso sea paulatino, para que cuando llegue el momento de tomar una decisión importante sepan qué hacer, decidan por ellos mismos.
Eso es autonomía, no comerse la papilla solos con un año y medio ni ponerse los zapatos a los dos. Cuando son pequeños, vamos a separarlos de mamá para que sean autónomos, ponerles normas, vamos a hacerles hacer muchísimas cosas que les cuestan, y cuando sean adolescentes no les vamos a dejar hacer absolutamente nada.
Por ejemplo, ¿cómo es posible que un niño de 16 años quede con alguien que ha conocido en un chat? ¿Qué pasa ahí? Que no tiene confianza en sus padres ni tiene idea de como manejar los riesgos en la vida. Nadie le ha dejado nunca ensayar con riesgos más pequeños, pero los 16 años están ahí. Pasa el tiempo rapidísimo con los hijos.
Otra cosa que hay que hacer es dedicarles muchísimo Más que las notas que saquen, lo que importa es darles confianza en sí mismos y dejarles elegir» tiempo. No basta una hora al día de calidad, eso es mentira.
Si quieres aprender a poner normas y límites realmente respetuosos con los niños y lograr que sean personas responsables y autónomas de verdad, en la Pedagogía Blanca te vamos a ayudar a conseguirlo. ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA
Mireia Long