Claves para motivar a un niño

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Padres y maestros se quejan de que los niños están desmotivados. Y los niños demuestran que muchas tareas y actividades escolares no les resultan motivadoras. Hay quien defiende que si un niño no estudia, no se aplica o no saca buenas notas es lógico castigarle o privarle de privilegios, pero la Pedagogía Blanca tiene otra manera de enfocar la motivación.

Reflexiones sobre la motivación enfrentan a quienes defienden técnicas de motivación para aplicarlas al aula y quienes niegan que sea posible motivar a un niño o adolescente porque cualquier motivación es autónoma e interna exclusivamente. Y como siempre, todo es mucho más sencillo.

Primero, no entendemos que es realmente la motivación y sus mecanismos. Obviar cualquiera de sus componentes o llaves nos va a dificultar el que los alumnos estén realmente motivados para el aprendizaje y, es más, puede provocarles la desmotivación más absoluta.  Pero esperar únicamente que la motiva.ción sea intrínseca y negar que podemos encenderla es un mito de los movimientos antipedagógicos.

El ser humano puede actuar motivado o puede actuar obligado. Y puede descubrir en una tarea o reto ventajas que aumenten su motivación. Y, por supuesto, un buen educador, puede ayudar a un alumno a descubrir razones para motivarse en un logro académico, una herramienta, un conocimiento instrumental o un contenido. Y no, no me refiero a las notas, sino al sentido, a las cuatro claves de la motivación, extrapolables a cualquier ámbito pero, desde luego, aplicables a la práctica docente

Las claves de la motivación

 

1.- Ser y sentirse capaz

Lo peor que puede suceder a un alumno es que no se sienta capaz de conseguir un reto o aprendizaje, sea porque se ha inducido en él una idea de indefensión aprendida y de incapacidad (por comentarios, castigos, etiquetas, pegatinas, negativos y demás medidas punitivas conductistas), sea porque realmente no está madurativamente listo para afrontarlo (con lo que aumentaremos sus posibilidades de dejar de creer en sí mismo en el futuro).

No todos los niños llegan a las mismas etapas de desarrollo en cada área a la vez. Es imposible. Y es enormemente dañino presionarlos para que lo hagan: sea para dejar el pañal, comenzar a leer, separarse de sus cuidadores familiares o mantenerse sentados en silencio, cuando son pequeños, como, más adelante, para comprender y asimilar información o herramientas. Cada niño tiene su ritmo y la verdadera educación de calidad debe hacer un esfuerzo enorme en respetar esto, pues, de otro modo, daña al alumno en vez de incitarlo a mejorar y esforzarse. Comparar, poner notas en público, hacer comentarios negativos sobre el aprendizaje de un niño es un castigo cruel que destruye su capacidad de sentirse capaz, especialmente si, por la razón que sea, no es capaz o no está preparado.

 

2.-  Permitir la autonomía

Cuando a un estudiante le marcamos cada punto que debe cumplir su capacidad de decisión es mínima: leerte el libro, haz un esquema, estúdiate el tema, haz las fichas, haz los deberes… su capacidad de autonomía es mínima. Cualquier persona necesita poner en marcha sus propios recursos, aprender a gestionar la información, sus fuentes y sus ritmos, aprender de forma personalizada según sus gustos y sus talentos (lo de las Inteligencias Múltiples es algo que sigue siendo necesario valorar más).

Además, hay que favorecer que los niños aprendan cosas fuera del temario cerrado,  pues, primero, el conocimiento nos permite tirar del hilo y llegar a muchos contenidos nuevos y además, descubrir más sobre un tema que aman de verdad es enormemente motivador.  Los deberes, si nos empeñamos en mandarlos, podrían bien estar enfocados a actividades mucho más libres y del gusto de cada niño en particular.

 

3.-  El deseo de conseguir dominar el tema

La motivación real, la que nos hace buscar la excelencia y apasionarnos con el aprendizaje, no nace del premio o el castigo (como mucho pueden servir para que consigamos un objetivo por miedo o deseo pero a la larga no es motivador y más con niños de Infantil o Primaria, a quienes notas y calificaciones crean enorme estrés), sino que nos lo da el tener acceso a lograr convertirnos en maestros, en expertos, en ese tema. ¿Habéis visto a un niño supermotivado para convertirse en un as de su nuevo juego de ordenador o para terminar de leer esa novela que le está apasionando? ¿O para llegar a saberse los nombres de todos los Maestros Jedi que han existido? Pues eso es estar motivado y si no logramos que el saber les motive igual hay que reconfigurar la manera de mostrar los contenidos y dejarles zambullirse en ellos.

Conseguir nuevas habilidades, dominar un tema, entender algo, es enormemente satisfactorio. Hay que valorar más la pasión y la satisfacción personal y menos la nota de un examen o un resultado concreto a corto plazo si de verdad queremos que los alumnos vivan su educación motivados de verdad y no como zombis de la memorización.

 

4.- Entender ¿para qué?

Los alumnos, especialmente cuando empiezan a crecer y se atreven a cuestionar al maestro, suelen preguntar para qué sirve lo que les mandamos estudiar. Y eso, más que para sentirnos atacados o menospreciar su capacidad de previsión, debería hacernos primero, cuestionarnos si ese contenido o conocimiento tiene una utilidad real a corto, medio o largo plazo y, además, entender que su pregunta es perfectamente lógica y natural. El ser humano está diseñado naturalmente para aprender, pero para aprender las cosas que le sirven para algo (no tiene que ser una utilidad inmediata o práctica, pero si debe existir algo que nos haga sentir que ese aprendizaje es importante para nuestra vida).

Pues adelante, poneos a pensar si lo que les pedís que aprendan es importante realmente, les sirve de algo, les ayuda a obtener las herramientas para alcanzar un objetivo vital con el que se identifiquen. Si solo se te ocurre decir que es necesario para no suspender, para acabar la ESO o para sacar Selectividad la motivación, te lo aseguro, descenderá. Transmite pasión, descúbreles lo que te ha aportado en tu vida ese conocimiento, o la motivación real languidecerá.

Mireia Long