Estimulemos la filosofía desde la infancia, por Eva Domingo

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Si estás leyendo este artículo, muy probablemente seas una persona comprometida con la crianza y la educación respetuosas. Quiero aprovechar esa circunstancia tan favorable para emplazarte a observar, respetar, amar, mimar y fomentar la faceta filosófica que tienen todas las niñas y niños que están en tu vida. ¡Todas y todos, sí!
¿Te has parado alguna vez a pensar que tienes en casa, o en tu aula si te dedicas a la docencia, a pequeños grandes filósofos que aún tienen intacta la curiosidad, esa preciosa herramienta que nos hace abrazar el conocimiento? Como buenos filósofos y aprendices de vida, no paran de darle vueltas a sus cabecitas, de preguntarnos y de cuestionárselo todo. A mí me tienen fascinada las preguntas tan puras, tan genuinas que cada día nos lanzan niñas y niños. Qué bonito hacer un listado para que no se nos olviden. Entre las miles que mis hijos me han hecho, tengo mis favoritas. Aquí va una pequeña muestra:

Están las preguntas ocurrentes al máximo, pero que encierran un interés, por ejemplo científico: “¿Cuánto tarda un virus en subir una montaña?”.

Otras nos devuelven nuestra imagen en el espejo y ponen el dedo en la llaga sobre temas incómodos para el adulto: “Mamá, si tanto quieres que yo aprenda inglés, ¿por qué no lo aprendes tú primero?” o “Si te da pena esa persona que no tiene para comprar comida, ¿por qué no la invitas a comer en casa?”.

Las hay que ponen de manifiesto el absurdo de las inercias y de los sistemas heredados y, de nuevo, la gran sensatez infantil: “¿Quién inventó la escuela y para qué?”. “¿Por qué estoy obligado a ir allí cada día?”

Y las trascendentales muestran la gran sabiduría encerrada en ese buscar más allá, fuera de nuestro alcance, que el ser humano porta en su interior desde su nacimiento: “¿Cuánto es infinito +1?”. “¿Por qué la naturaleza quiere que yo un día tenga que morir?”.

Qué personas tan sabias son las niñas y niños. Pensadoras incansables. Imaginativas. Lúcidas. Perspicaces. Insistentes. Positivas. Ilusionadas. Esperanzadas.

¿Qué hacemos con sus preguntas?

Ahora preguntémonos: ¿Qué hacemos con todas esas preguntas que nuestros niños nos regalan cada día? ¿Les restamos importancia y no las respondemos? ¿Las aparcamos para otro momento, que finalmente no suele llegar? ¿Nos avergonzamos si no sabemos contestarlas? ¿Les ofrecemos respuestas cerradas, sin información o con la más amplia información posible, pero siempre sin posibilidad de réplica u objeción?

Pensemos que hay otra manera de abordar esas preguntas infantiles. Démosles respuestas abiertas que vayan a llevar a niñas y niños a pensar por sí mismos, a investigar para encontrar sus propias respuestas, a seguir cultivando su curiosidad y su espíritu crítico.

Pongamos un ejemplo: nos pregunta qué le sucede a una persona después de morir. Por muy clara que nosotros tengamos nuestra creencia en este tema, seguro que es enriquecedor explicarle que ésa es una de las grandes preguntas que la humanidad se ha hecho a lo largo de milenios y que ciertamente no existe una respuesta probada. Y darle algunas pistas sobre las distintas creencias existentes al respecto. Cuando nos pregunte por lo que nosotros pensamos, podemos compartir con ellos nuestro punto de vista, pero sin presentarlo como Verdad. Y os animo a terminar, en éste y en todos los casos posibles, con un “¿y tú que opinas?”. O con un “¿por qué lo preguntas?”, “¿a ti qué se te ocurre?”.

Hay un gran regalo que podemos hacer a nuestros pequeños cuando acuden a nosotros con alguna cuestión: conseguir que se vayan con dos o tres nuevas preguntas en la cabeza. Multipliquemos su curiosidad. El filósofo griego Plutarco (Delfos, siglos I y II) afirmó que “el cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”. Facilitemos que prenda esa luz, que nuestras niñas y niños aprendan a desarrollar la herramienta fundamental de la razón y a reflexionar sobre su propia experiencia en relación al mundo y a sí mismos.

No olvidemos nunca que la filosofía es la base de todo conocimiento humano. Primero hay que preguntarse, para después obtener respuestas. Sin filosofía, no hay nada.

Fomentar la conversación, animar a los niños a mostrar sus puntos de vista y a razonarlos, son buenas formas de adentrarnos en la práctica filosófica en casa o en la escuela (en cuantas más asignaturas, mejor).

Materiales específicos

En todo caso, existen materiales, algunos creados específicamente para ello, en los que podemos apoyarnos las personas adultas para ir abriendo ese camino. Recientemente he descubierto un estupendo juego de filosofía visual para niños, de la colección Wonder Ponder. Está compuesto por coloridos y atractivos tarjetones. En una de las caras se presenta una situación a través de un dibujo; en la otra, una serie de interesantes preguntas sobre esa situación. Hace unos días, después de cenar, estrenamos la primera tarjeta en familia mientras comíamos el postre. El debate fue, en este caso, sobre la experimentación con animales. “¿Hay cosas que son crueles, pero sin embargo aceptables?”.

Hoy, en una acción de Toiletschooling, he dejado la misma tarjeta en el baño, para que los niños la sigan ojeando y sigan pensando. Este tipo de materiales podemos fácilmente crearlos en casa. Así como elegir lecturas interesantes (pensamientos o cuentos cortos de algún autor que tengamos en nuestra biblioteca, por ejemplo) que lanzar en algún momento en que reine el silencio y la tranquilidad en casa. No les demos nosotros la moraleja; dejemos que sean ellos quienes extraigan la enseñanza o las conclusiones que observen, y que las pongan en común con las personas de su alrededor. También podemos utilizar noticias curiosas o polémicas para abrir esa conversación.

Y hacer que, de vez en cuando, se encuentren preguntas sorprendentes en folios pegados en las paredes de casa o del aula. No hace falta que pensemos en grandes cosas. Nos sirve lo simple y cotidiano. “¿Por qué las rosquillas tienen un agujero en medio?”. Podemos invitar a los pequeños a escribir sus respuestas en ese mismo folio, cuando les apetezca, y, en otro momento, redactar nosotros una nueva pregunta, para ir guiando la reflexión. “¿Y qué es un agujero?”. Es probable que esa simple rosquilla, la misma que nos tomamos en el desayuno, nos conduzca finalmente a hablar de la nada, del universo, del infinito, de lo que existe y no existe… Recordemos: no les demos respuestas; démosles, sobre todo, nuevas preguntas.

Una escuela de libertad

La filosofía para niños está en auge en muchos países del mundo. La Unesco la ha definido como una escuela de libertad. Fomenta el pensamiento propio, el espíritu crítico, el debate respetuoso, la empatía hacia la persona con quien se conversa. La democracia real, en definitiva.

Existe una metodología bien definida para ser trabajada con grupos de niños y jóvenes entre los 3 y los 18 años, creada en los años 70 del siglo pasado por el filósofo e investigador en pedagogía Matthew Lipman, quien a su vez se inspiró en el trabajo de John Dewey. Lipman escribió una serie de novelas filosóficas (la primera de ellas, “El descubrimiento de Harry Stottlemeyer”) para trabajar el debate filosófico a distintas edades. Podéis consultar también, entre otros, los materiales del interesante Proyecto Noria, impulsado desde Cataluña.

Cuando hablamos de trabajar la filosofía en las aulas, no nos referimos a las clases tardías de Historia de la Filosofía que nuestros jóvenes reciben casi al final de su escolarización y que, desde mi punto de vista, son también fundamentales. Estamos hablando de permitir que sean ellas y ellos los filósofos, tal y como algunos centros escolares (los menos) ya promueven desde la más tierna infancia. Mientras esperamos que esa práctica tan beneficiosa se extienda, empecemos a dar pasos en nuestro entorno. En casa, en el aula. Seamos nosotros el cambio. Incorporemos este sano hábito a nuestra rutina. Y disfrutémoslo juntos. Tanto niños y jóvenes, como adultos, todas las personas somos aprendices de esta vida y la filosofía va a contribuir, seguro, a un aprendizaje significativo.

Eva Domingo

Periodista y formadora de Pedagogía Blanca

Conversaciones y pensamiento crítico

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El otro día viajando con mi hijo en el metro londinense veo sin querer, en manos del viajero de al lado, el titular con fotos incluidas de un periódico que se reparte gratuitamente en las estaciones: “Recien nacida cambiada por otra en el hospital mientras la madre dormía”. Se lo enseño a mi hijo, él lee el titular – nuestros ojos no alcanzan para más – y luego él me comenta serio: “¡Qué tonterías más grandes ponen como noticias en los periódicos! Esto es para atontar a la gente…”

Pienso un poco y llego a la conclusión de que tiene razón. Porque si bien el hecho en sí es terrible y me pongo en el lugar de los padres, y sé que no me gustaría pasar por esta situación, en realidad ¿a qué o a quién ayuda que el hecho se haya publicado en el periódico? ¿Acaso el público lector puede sentirse mejor después de leerlo? ¿O puede hacer algo para que el hecho no se repita?

¿Realmente la “noticia” ayuda a algo o a alguien al estar publicada?

Así que vuelvo al comentario de mi hijo y me alegro de que haya desarrollado su espíritu crítico, su discernimiento. Quizá porque nosotros, como familia, hemos sido muy selectivos con los medios de comunicación y las informaciones y muy escépticos a la hora de creernos al pie de la letra todo lo que leemos. Solemos comentar muchas veces en familia las noticias que nos llaman la atención, y no necesariamente son las más importantes del día. Simplemente hablamos de forma libre y damos nuestras opiniones sin restricciones, sin objetivos educativos.

Y es que las conversaciones libres, sin prejuicios, tocando otros temas relacionados con el que ocasionó la conversación, son las que desarrollan el espíritu crítico de cualquier ser humano, tenga la edad que tenga. En sí, una conversación libre sobre cualquier tema, es ya lo que llamamos “educación” porque no sólo desarrolla el pensamiento crítico o las habilidades comunicativas y sociales, sino también la lógica, y asimismo el intercambio de informaciones en el curso de la misma.

Lo interesante es que los niños ya nacen con este espíritu crítico y esta sinceridad a la hora de valorar las cosas, las personas, los hechos – todos recordamos los comentarios honestos (y a veces deliciosos o embarazosos) de nuestros hijos durante la etapa de la infancia.

La conclusión es que nacemos equipados ya con un potente radar para evaluar las situaciones y los hechos, lo único que nos falta cuando nacemos es información sobre el mundo en el que hemos aterrizado, nos falta ubicarnos dentro de este mundo como personas con consciencia y libre albedrío para saber cómo usar nuestro radar. Para ello existen los adultos que nos cuidan cuando nacemos, para guiarnos y ayudarnos a no perder este maravilloso espíritu crítico y a garantizar nuestro libre albedrío, nuestro propio juicio – por muy equivocado que pueda estar al principio – construir nuestro propio sistema de valores, desarrollar en toda su potencia nuestro espíritu crítico, lleva años y necesitamos paciencia por parte de nuestros acompañantes-educadores, y aprender de los errores.

Hablar, conversar, intercambiar opiniones sin juzgar, pasar por experiencias vitales de todo tipo al lado de nuestras figuras de apego es lo mejor para el desarrollo nuestro como seres humanos.

Realmente no existen temas más importantes que otros, sino maneras de tratarlas. Importa mucho también saber sesgar lo que vemos y oímos, lo que asimilamos y la manera en la que nosotros, como adultos – seamos padres o maestros – pensamos, ya que, al hablar y al actuar, influimos enormemente en los niños.

En definitiva, lo que importa es hablar con nuestros hijos de igual a igual, respetar sus puntos de vista y amarlos tal y cómo son.

Sorina Oprean

Preguntas que fomentan el pensamiento crítico en Aprendizaje por proyectos

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Una de las habilidades más importantes que se trabajan con el Aprendizaje por proyectos es el pensamiento crítico y realmente puede ser un método que ayuda a los estudiantes a desarrollarlo.

Entendemos el pensamiento crítico como la capacidad de tomar decisiones meditadas y realizar juicios razonados basados en datos fiables. Es comprensible que se considere la capacidad de pensamiento crítico como una habilidad importantísima en todas las esferas de la vida: profesional, personal y como ciudadanos. En la mayoría de las disciplinas de ciencias y en los estudios sociales también es preciso saber ejercerlo.

Pero, ¿en el sistema tradicional de aprendizaje se fomenta el pensamiento crítico? Realmente creemos que no, ya que el énfasis se pone en la adquisición de determinados conocimientos centrados en una fuente de autoridad: el profesor o el libro de texto. Además, el éxito escolar se mide en la capacidad de reproducción lo más detallada y fiel de dichos contenidos. La capacidad de elegir la opción correcta basándonos en la experiencia o el análisis de los datos es mínimamente valorada.

El Aprendizaje por proyectos, en cambio, es un método que busca ayudar a los estudiantes a aprender a ser pensadores críticos. Sin embargo no basta con proponernos un trabajo por proyectos, sino que estos deben ser correctamente planificados, guiados y elegidos. El educador debe proponer a los estudiantes temas, tareas y un esquema de trabajo y reflexión que les ayude a usar herramientas y estrategias de pensamiento crítico. ¿Cómo lograr esto?

Comenzando con la elección de una pregunta conductora apropiada, que realmente permita que los estudiantes se enfrenten al problema propuesto no como algo que responder simplemente buscando la respuesta correcta en una fuente (o en varias) sino haciéndola real, conectada a la realidad y que no solo nos pida una investigación concreta (que puede ser interesante y valiosa), sino que implique que necesariamente hay que definir conceptos, considerar si la información que obtienen es pertinente, evaluar los datos y sacar conclusiones propias. Cubriremos contenido pero no solo buscaran la respuesta, tendrán que pensarcuidadosamente.

Pongamos un ejemplo. Una pregunta conductora típica, que no fomente el pensamiento crítico sería esta: “¿Cómo se desarrolló el proceso de invasión de los hunos en territorio romano?” Sin embargo, si queremos trabajar este mismo contenido pero, a la vez, fomentar el pensamiento crítico deberíamos reformularla: “¿Cómo diseñarías una conferencia para tratar los puntos de un tratado de paz entre Roma y Atila?”

Otro ejemplo: “¿Qué desarrollos científicos son necesarios para la colonización de Marte?” Es una pregunta atractiva pero podemos mejorarla añadiendo elementos que añadan pensamiento crítico: “¿Cómo sería la vida en un Marte en una base científica que analizara las posibilidades de colonización y terraformación?”, o “¿Cómo harías la selección de personal de la primera base científica de Marte?” o “¿Cómo sería el plano y los elementos más importantes de la primera estación base en Marte?”.

El diseño de la pregunta conductora es vital para que el proyecto no sea una simple recopilación de datos y se convierta en un reto que implique pensar de manera crítica sobre los datos. Puede parecer complejo pero en el Curso de Aprendizaje por Proyectos de la Pedagogía Blanca podrás profundizar en ello y realizar este proceso con seguridad, sabiendo que debes preguntarte para elegir una pregunta apropiada.

Mireia Long

Procesos de trabajo que fomentan el pensamiento crítico en PBL

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La realización de una pregunta conductora es una herramienta muy potente para preparar a los estudiantes para la realización de un Aprendizaje por proyectos que fomente su pensamiento crítico. Pero igualmente importante es que las tareas del proyecto estén diseñadas y tutorizadas de manera correcta. No olvidemos que en PBL los alumnos no solo aprenderán algo, sino que lo harán haciendo algo concreto, culminación del proceso de desarrollo del proyecto. No podemos dejarlos solos, sin orientación, sin un andamio de trabajo coherente que les permita avanzar seguros y verificar que lo están haciendo.

En el Aprendizaje por proyectos, durante el desarrollo de trabajo, el educador debe acompañar a los estudiantes y puede, además, ayudarlos con guías de trabajo realizadas para ellos, pero sobre todo tiene que estar presente para proporcionar elementos de las tareas que incidan en la elección de ideas, resumir argumentos, hacer juicios sobre diferentes posibilidades y averiguar cuál es la mejor manera de hacer o construir algo.

Lo que el educador debe hacer es ayudar a los alumnos definiendo competencias específicas, dándoles retroalimentación y pidiéndoles que preparen la explicación de cómo usaron en pensamiento crítico cuando realicen la presentación de su proyecto. Además pueden ofrecerles rúbricas de autoevaluación individual y grupal que les ayuden a reflexionar sobre el trabajo realizado en este aspecto, pues una parte importante del pensamiento crítico es la capacidad de comprender como lo hemos realizado y mejorarlo para posteriores ocasiones.

En el curso de Aprendizaje por proyectos de la Pedagogía Blanca proporcionamos a los alumnos esas técnicas y consejos para hacer lo mejor posible su labor educadora y también les enseñamos a usar documentos y rúbricas en las que apoyar su trabajo en esta área.

El Aprendizaje por proyectos, por si solo, no garantiza el desarrollo del pensamiento crítico, pues no basta, como hemos explicado, el método, hay que saber implementarlo y guiarlo, algo para lo que nuestro curso os preparará.

Mireia Long

Cambiar el enfoque en educación: el valor de las preguntas

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Una cosa interesante que nos ocurre a los que estamos acostumbrados a la estructura escolar actual es que no somos capaces de salir de ella a veces incluso si sabemos a ciencia cierta que el aprendizaje se produce de otra forma y no tiene lugar casi nunca a través de dicha estructura.

A muchos padres o profesores que se embarcan en aventuras pedagógicas nuevas buscando salirse del paradigma educativo convencional les cuesta cambiar de enfoque y siguen casi sin querer o sin darse cuenta con el modelo escolar. Algunos desean trabajar por proyectos y quieren ser creativos y abiertos, pero acaban volviendo a lo mismo: el modelo en el que el “maestro” es el que habla, los niños callan y escuchan; el “maestro” hace preguntas supuestamente “didácticas” y los niños deben contestar en función de ciertos conocimientos (no de sus modelos mentales o de su propia lógica).

Si desean cambiar de paradigma dejen atrás este modelo. Hay varias razones para ello.

1. El protagonismo del aprendizaje es de los niños. Hay que dejarles a ellos preguntar lo que realmente les interesa, no forzar las preguntas desde el punto de vista del adulto-maestro-guía.

2. Se aprende conversando, como adultos tenemos que mantener conversaciones diarias con los niños – como si habláramos con amigos adultos sobre temas importantes, pero teniendo en cuenta que ellos preguntarán mucho más que un adulto (quizá) por saber menos.

En general el mecanismo de enseñanza-aprendizaje funciona como de adulto a adulto, pero en el caso de los niños los conocimientos circulan desde alguien que puede saber más o sabe cómo buscar la información hacia alguien que no la tiene o no sabe cómo y dónde buscarla.
El cerebro de los humanos está desarrollado de tal forma que el área de la comunicación ocupa gran parte del lóbulo frontal por una sencilla razón: somos mamíferos que vivimos en grupos de organización compleja, necesitamos una manera eficaz de comunicarnos y nuestros cerebro es prueba de ello. Tenemos dos grandes áreas en el cerebro encargadas de la comunicación: el área de Broca (controla los músculos necesarios para la fonación) y el área de Wernicke (comprensión de los sonidos y de las palabras). Necesitamos ejercitar nuestras habilidades de comunicación sencillamente COMUNICANDO con lo demás diariamente, de forma libre y sincera, distendida, sin restricciones, sin obligaciones, prisas o estrés.

3. Somos mamíferos bípedos. Nuestras manos – al no ser usadas para desplazarnos como en el caso de otros mamíferos/primates – se han desarrollado de una forma tan compleja y tan precisa que hemos necesitado desarrollar también nuevas estructuras cerebrales. Además al caminar erguidos y con la parte superior del cuerpo libre los estímulos visuales y táctiles asociados a nuestra postura son mucho mayores y esto también contribuyó al desarrollo de estructuras cerebrales que nos hace sensibles desde que nacemos a un tipo de aprendizaje muy muy distinto al planteado en las escuelas de hoy en día.
Necesitamos movernos, tocar, probar, desarrollar la psicomotricidad (tal y como está diseñada desde el nacimiento) a través de actividades de todo tipo.

4. Estamos diseñados para interactuar activamente con los demás para aprender lo que nos interesa, lo que es importante para nosotros: a través del lenguaje, la acción, la exploración, el juego, el error…

5. El pensamiento crea relaciones, cruces de ideas, realiza funciones y resuelve problemas; se da lo que llamamos “el efecto Medici”, la intersección de nociones, conocimientos, informaciones, que además siguen una lógica muy particular, según la personalidad y las habilidades básicas de cada uno. 

Estar sentados en un aula, callados y escuchando, difícilmente puede responder a nuestras necesidades primordiales de aprendizaje; e intentar un nuevo enfoque pedagógico que nos permita cubrir estas necesidades debe tener en cuenta obligatoriamente el funcionamiento real del cerebro y de nuestro cuerpo, en definitiva. Visto lo visto, volver al modelo de las preguntas retóricas no es el mejor enfoque para el aprendizaje de los seres humanos; la conversación sí es una herramienta poderosa y adecuada.

Sorina Oprean

Enseña a tus hijos a pensar por ellos mismos

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Cuando nuestros hijos sean adultos deseamos que sean capaces de pensar por ellos mismos, tomar su propias decisiones de manera responsable, valorar la información que reciben, hacer valer sus opiniones con respeto, poner límites a posibles abusos de autoridad, reaccionar ante las dudas y problemas, elegir su propia vida y hacerlo desde la seguridad.

Aprender a pensar libre y críticamente no se logra, por arte de magia, a cumplir la mayoría de edad, es un proceso que comienza en la niñez y del que los padres somos los principales garantes. Para ayudaros a acompañarlos en este crecimiento os ofrecemos estos consejos para enseñar a pensar a vuestros hijos.

Confía en tu hijo

Eso no quiere decir que dejemos de lado nuestro fundamental papel de educadores y cuidadores. La máxima responsabilidad sobre la seguridad y bienestar de nuestros hijos en nuestra y deberemos tomar muchas decisiones por ellos mientras son pequeños.

Tampoco quiere decir que les dejemos evaluar todos los riesgos pues, especialmente en la primera infancia, carecen de la información necesaria para hacerlo.

Los niños son muy observadores y construyen, además, su propia imagen, con aquello que les transmitimos. Si confiamos en ellos se sentirán mucho más capacitados y serán más responsables. Demostrándoles que esperamos que actúen con prudencia, inteligencia y de forma consciente les ayudaremos a hacerlo, pues, además, los niños desean complacernos. Sencillamente, confía en ellos, son muy capaces, seguro.

Escucha sus opiniones y deseos

Los bebés suelen saber muy bien lo que quieren que es, al fin y al cabo, lo que necesitan, pues son todavía puro instinto. Sin embargo a medida que crecen y desarrollan la conciencia del yo exigirán poder decidir.

Esto no será siempre posible, especialmente cuando lo que pidan sea peligroso para su integridad física o emocional. O cuando manifiesten un deseo imposible de cumplir o que consideremos inadecuado en ese momento.

Pero si habrá muchas cosas en las que vamos a poder contar con ellos, escuchar su opinión y sus deseos, tomándolos en serio y valorándolos como importantes para su desarrollo. Podamos o no acceder a lo que piden o consideremos que su opinión es adecuada en un determinado momento, escucharlos es fundamental. De ese modo negociaremos y les enseñaremos como se negocia.

Al contar con ellos y pedirles opinión no cedemos autoridad, sino que la ganamos, mostrándonos respetuosos con ellos como individuos y dándoles valor.

Poder expresar sus opiniones libremente va a ser una extraordinaria enseñanza para ellos, un entrenamiento para su vida futura insustituible.

Da explicaciones y pide que él se explique

En la medida de lo posible y adaptándonos a la edad del niño y su maduración es conveniente que abramos un diálogo en el que las opiniones y deseos del niño y las decisiones que tomemos, especialmente si no son las que él esperaba, las justifiquemos con una explicación racional y serena. Da explicaciones y permite que el niño se explique.

Esto enseñará al niño que merece ser tenido en cuenta y recibir respuestas que no sean una simple orden. No siempre van a entender las explicaciones y no siempre les complacerán, pero el simple hecho de darlas les ayuda a organizar su pensamiento, saberse valorados y estructurar sus propias argumentaciones.

Paralelamente deberíamos dejarles expresarse libremente manifestando las razones de sus propuestas, lo que, quizá al principio sea complicado por un manejo del lenguaje en formación o una impulsividad infantil normal y sana, pero que irá mejorando con el tiempo, poniendo las bases de una relación de confianza mutua.

Cuando estamos dispuestos a escuchar a nuestros hijos y a darles nuestras explicaciones vamos a construir una confianza mutua, hasta el punto de que, cuando sea necesario negar algo y no es el momento de explicar o el niño no puede todavía entender, aceptará que esa decisión concreta debe aceptarla porque sabe con certeza que somos dignos de confianza y velamos por sus intereses, no por nuestros caprichos o convenciones.

Permítele intentarlo y fallar

En ocasiones puede que la idea o propuesta de nuestro hijo no nos parezca demasiado buena, pero, si no corre peligro, es conveniente dejarle intentar llevarla a cabo, pues nada enseña más que el proponerse un reto y luchar para lograrlo. Permítele intentarlo y permítele fallar sin penalizarlo.

Habrá veces en las que nos sorprenderá y resultará que tenía él razón, situación que deberemos reconocer y transmitirle nuestro entusiasmo, e incluso que estábamos nosotros en un error. Otras veces no funcionará bien, pero él aprenderá de su error, pues así aprendemos los seres humanos y nosotros acogeremos su aprendizaje con orgullo y cariño, nunca reprochándole el haberse equivocado o no habernos obedecido sin rechistar.

No le dañes emocionalmente ni le grites

Ninguna relación humana está libre de conflictos. El problema no son los conflictos, sino la manera de resolverlos y afrontarlos. En todo este proceso en el que nuestro hijo aprende a pensar por él mismo y a tomar sus decisiones nuestra actitud es fundamental para que gane seguridad y piense libre y tranquilo. El miedo a nuestra reacción, los insultos, burlas, chantajes o gritos no son una buena estrategia, dañan emocionalmente e impiden que se pueda pensar con lucidez. ¿No os pasa a vosotros lo mismo?

Espero que estos consejos para enseñar a nuestros hijos a pensar y a tomar decisiones os ayuden a construir una relación sana y a que los niños puedan desarrollar su capacidad de raciocinio y ejercicio de la libertad con una base firme.

Mireia Long

El importante valor del pensamiento crítico

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Queremos destacar la importancia que tiene el desarrollo del pensamiento crítico en nuestros hijos y alumnos. El pensamiento crítico es lo que va a permitirles analizar las afirmaciones o estructuras de pensamiento que se dan por válidas por la mayoría o por la sociedad. Y eso es fundamental para poder encontrar sus propias respuestas, pensar por uno mismo, descubrir posiciones más razonadas y razonables sobre lo que se considera la verdad. Para la vida, para el desarrollo personal y para ejercer la libertad o descubrir nuevas respuestas es casi lo más importante que debe aprender a hacer un ser humano con su mente.

Pero, ¿de verdad nuestro sistema educativo fomenta eso? Nuestra respuesta es que no lo hace, pues cuestionar es lo menos valorado de todo lo que un niño va a aprender, lo que menos se valora. No, mientras sigamos teniendo como base del aprendizaje el repetir contenidos de manera memorística y el obedecer cualquier norma, orden o decisión externamente impuesta sobre lo que hay que aprender y lo que hay que responder, esta habilidad más que potenciarse, se aplasta.

Os dejamos algunas propuestas para lograr poner las bases para el pensamiento crítico en los niños:No insistiremos en inculcarles nuestras creencias religiosas o políticas, presentándolas con objetividad y dando también su valor a los que piensan de manera diferente. Seremos respetuosos con otras etnias, culturas, religiones e ideologías, evitando la parcialidad y la confrontación.

Los animaremos a defender con pasión y respeto sus propias ideas, y a sustentarlas en argumentos. Y eso lo haremos desde que son pequeños. Nada hay más desesperante que un grupo de alumnos de Bachillerato que se paralizan cuando les pides su opinión sobre un tema o solo saben defenderlo con prejuicios y descalificaciones, pues nadie nunca les animó al pensamiento crítico, sino a la memorización, la falta de opciones y la obediencia.

Les ayudaremos a desarrollar un pensamiento lógico y a expresarse con coherencia, no dando tanto valor a la expresión escrita sobre la oral. Los escucharemos de forma activa, sin juicios, y por supuesto, sin arrogancia. Muchas veces los niños intentan contarnos algo pero nos creemos que nuestros propios asuntos son mucho más importantes.

Valoraremos y fomentaremos la colaboración, el intercambio de ideas y el trabajo en equipo, pues solamente mediante la práctica se consigue entender al otro y saber llegar a acuerdos. Desterraremos la competitividad como medio de mejora y excelencia educativa. En este campo el trabajo con Aprendizaje por proyectos es una herramienta excelente y en nuestro curso de PBL os enseñamos como usarlo.

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Daremos tiempo al juego libre, como vehículo de autodescubrimiento y exploración y como fórmula para aprender a valorar riesgos, cooperar y llegar a acuerdos. Incluso debemos tener presente que el juego libre, en grupo o en solitario, ayuda al niño a buscar soluciones creativas y divergentes a lo establecido.

Otro vehículo del desarrollo del pensamiento crítico es la que nace de la pasión por un tema en concreto, en el que, el niño, fascinado, querrá investigar, comparar datos y teorías, profundizar y sacar sus propias conclusiones, del amor y la entrega, del placer.

Y recordaremos en todo momento que las personas libres aprenden a ser libres, siéndolo y aprendiendo también a hacerse responsables de sus actos, no por miedo al castigo, sino por compromiso personal con sus derechos y los de los demás.

Todos los niños, y no solo los mejores alumnos, son capaces de desarrollar el pensamiento crítico. Para ayudarles el educador debe introducirlo en todos los ámbitos del aprendizaje: con paciencia, haciendo preguntas y permitiendo que el alumno vaya logrando expresar su opinión o su pensamiento de manera clara. La verdad establecida se aplica a todo lo que nos rodea: valores, costumbres, normas, ideología y cultura propia, explicaciones sobre la ciencia, la historia o la sociología. Los adultos tenemos que tener el valor de realizar este tipo de pensamiento nosotros para poder transmitírselo a los niños.

El pensamiento crítico no consiste en sacar fallos a todo, sino analizar las premisas de manera lógica, aportando datos y llegando a conclusiones propias. La claridad, el propósito, la valoración de las fuentes y los datos, las implicaciones de la consecuencia de nuestra respuesta, la capacidad de autocrítica es algo que los educadores debemos hacer y acompañar a los niños en este proceso cognitivo.

Las bases del aprendizaje del pensamiento crítico es sencilla: el pensamiento crítico. Debemos permitir que el niño aprenda mediante el error y la reflexión autónoma, no mediante la memorización.

Debemos permitirle ofrecernos sus propias respuestas sin penalizar la equivocación, la imaginación o la divergencia. Nunca jamás ridiculizarlos, ni usar el chantaje, ni hacerles sentir presionados, ni confundir castigo con consecuencia.

Los niños que piensan por ellos mismos y ejercen el pensamiento crítico cuestionarán lo que les presentemos como verdades morales, normas, ideas, creencias y respuestas.

A veces nos harán sentir incómodos ante nuestras propias contradicciones. Nos revelarán nuestra propia ignorancia y prejucios. Son maravillosos. Pero para poder acompañarlos nos tenemos que volver nosotros capaces de autocrítica, flexibles y conscientes de nuestros límites.

Nos van a hacer aceptar una idea que nos dolerá: los adultos no siempre tienen la razón. Tenemos que asumirlo y hasta comprender y aceptar que los adultos que nos educaron con amor hicieron cosas equivocadas y nos dañaron. Sin esa capacidad nunca ayudaremos a que los niños desarrollen un pensamiento crítico real, pues este se aprende mediante su ejercicio.

Mireia Long

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Pensar es bueno. Elegir también

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No tener que pensar, algo que cada vez inculcamos antes a los niños.

Me he dado cuenta que a mucha gente no le gusta tener que pensar, les resulta cómodo que otros les digan lo que hay que hacer, ellos se acomodan a la norma o sugerencia de ese otro, sea una persona, una entidad o una autoridad y siguen tan contentos.

En realidad a todos a veces nos gusta no tener que pensar, no tener que elegir, no tener que decidir, poder delegar decisiones, ya sean importantes o triviales.

Es cierto, pensar a veces cansa, y poder ceder el timón a veces compensa. Yo también lo hago a veces, a veces e cedo el timón a la tele mismo, la enciendo y veo lo que echen, un rato con el cerebro plano sin tener que pensar y lo agradezco.

Pero me he dado cuenta de que a los niños cada vez se les inculca antes que no necesitan pensar y que basta con que se dejen guiar. Cada vez se les van recortando los espacios y el margen de decisión en muchas cosas y a veces los adultos no nos damos cuenta de lo que eso significa.

Pondré ejemplos sencillos.

Por ejemplo en algunos colegios indican qué han de llevar los niños para almorzar: un día yogur, otro bocadillo, otro fruta, otro bollería casera… Y a los padres y al equipo del centro le resulta cómodo, no hay que pensar, pero ¿y al niño? ¿No queremos que desarrolle un criterio sobre lo que come? ¿A los adultos nos gusta que nos digan lo que tenemos que comer por sistema todas las semanas? ¿Tan malo es que el niño pueda elegir si quiere llevar yogur, frutos secos o bocadillo en lugar de tener que ceñirse a lo que otros imponen (a veces lo sugieren)? ¿No sería mejor educar en el aprecio a la diferencia en lugar de tener que uniformar lo que todos comen?

En algunos colegios además de lo que han de llevar para el almuerzo también han de ir con uniforme, otra cosa más en la que no han de pensar, no necesitan pensar en qué se ponen, qué clima hace, qué les hace sentir bien, etc.

Si además se quedan a comer tampoco van a elegir el menú, obvio.

En clase a partir de primaria es en contadas ocasiones en las que suelen elegir la actividad a realizar o como disponer del tiempo. Además muchas veces tampoco hay que pensar, obedecer, tener el comportamiento que el centro considere adecuado y responder a la expectativa del docente es lo fundamental, es la forma más segura de aprobar en algunos centros (no quiero generalizar porque más centros cada día cambian esto, pero quedan muchos por transformar sus aulas todavía).

Por las tardes muchos niños tampoco pueden elegir qué van a hacer porque hay centros que ponen deberes, muchos deberes.

A cierta hora hay que irse a dormir porque el descanso y la salud son importantes, eso es fundamental. Así que el niño va pasando por muchos días en los que su capacidad de elección, de decisión, de intervención en los pequeños detalles de su día a día se ve muy limitada.

¿A nadie más le parece preocupante?

¿De verdad queremos fomentar una educación que invite tanto a no tener que pensar?

O en todo caso, si alguien cree que estas imposiciones de algunos centros escolares tienen ventajas, ya que opiniones hay de todos los colores ¿puede ser una ventaja en cuanto a la educación de un menor que no tenga que pensar? ¿Esa es la ventaja?

Yo quiero niños que piensen, que piensen mucho, en todo tipo de cosas.

Me gusta pensar y la gente que piensa.

Me gustan las personas que incluso se paran a pensar en qué color de camiseta es la que desean lucir hoy.

Pensar es bueno. Elegir también.

Azucena Caballero

Fomenta el pensamiento crítico en la escuela

el pensamiento crítico en la escuela

¿Fomenta el pensamiento crítico la escuela? Nuestra respuesta es que no lo hace, pues cuestionar es lo menos valorado de todo lo que un niño va a aprender, lo que menos se valora.

Y no lo hará, mientras sigamos teniendo como base del aprendizaje el repetir contenidos de manera memorística y el obedecer cualquier norma, orden o decisión externamente impuesta sobre lo que hay que aprender y lo que hay que responder, esta habilidad más que potenciarse, se aplasta.

Os dejamos algunas propuestas para lograr poner las bases para el pensamiento crítico en los niños:

  1. No insistiremos en inculcarles nuestras creencias religiosas o políticas, presentándolas con objetividad y dando también su valor a los que piensan de manera diferente. Seremos respetuosos con otras etnias, culturas, religiones e ideologías, evitando la parcialidad y la confrontación.
  2. Los animaremos a defender con pasión y respeto sus propias ideas, y a sustentarlas en argumentos. Y eso lo haremos desde que son pequeños. Nada hay más desesperante que un grupo de alumnos de Bachillerato que se paralizan cuando les pides su opinión sobre un tema o solo saben defenderlo con prejuicios y descalificaciones, pues nadie nunca les animó al pensamiento crítico, sino a la memorización, la falta de opciones y la obediencia.
  3. Les ayudaremos a desarrollar un pensamiento lógico y a expresarse con coherencia, no dando tanto valor a la expresión escrita sobre la oral. Los escucharemos de forma activa, sin juicios, y por supuesto, sin arrogancia. Muchas veces los niños intentan contarnos algo pero nos creemos que nuestros propios asuntos son mucho más importantes.
  4. Valoraremos y fomentaremos la colaboración, el intercambio de ideas y el trabajo en equipo, pues solamente mediante la práctica se consigue entender al otro y saber llegar a acuerdos. Desterraremos la competitividad como medio de mejora y excelencia educativa.
  5. Daremos tiempo al juego libre, como vehículo de autodescubrimiento y exploración y como fórmula para aprender a valorar riesgos, cooperar y llegar a acuerdos. Incluso debemos tener presente que el juego libre, en grupo o en solitario, ayuda al niño a buscar soluciones creativas y divergentes a lo establecido.
  6. Otro vehículo del desarrollo del pensamiento crítico es la que nace de la pasión por un tema en concreto, en el que, el niño, fascinado, querrá investigar, comparar datos y teorías, profundizar y sacar sus propias conclusiones, del amor y la entrega, del placer.
  7. Y recordaremos en todo momento que las personas libres aprenden a ser libres, siéndolo y aprendiendo también a hacerse responsables de sus actos, no por miedo al castigo, sino por compromiso personal con sus derechos y los de los demás.

Todos los niños, y no solo los mejores alumnos, son capaces de desarrollar el pensamiento crítico. Para ayudarles el educador debe introducirlo en todos los ámbitos del aprendizaje: con paciencia, haciendo preguntas y permitiendo que el alumno vaya logrando expresar su opinión o su pensamiento de manera clara.

La verdad establecida se aplica a todo lo que nos rodea: valores, costumbres, normas, ideología y cultura propia, explicaciones sobre la ciencia, la historia o la sociología. Los adultos tenemos que tener el valor de realizar este tipo de pensamiento nosotros para poder transmitírselo a los niños.

El pensamiento crítico no consiste en sacar fallos a todo, sino analizar las premisas de manera lógica, aportando datos y llegando a conclusiones propias.

La claridad, el propósito, la valoración de las fuentes y los datos, las implicaciones de la consecuencia de nuestra respuesta, la capacidad de autocrítica es algo que los educadores debemos hacer y acompañar a los niños en este proceso cognitivo.

Mireia Long

Fomenta el pensamiento crítico en tus hijos

PB-CASTIGAR

La base del aprendizaje del pensamiento crítico, desde el punto de vista de la Pedagogia Blanca es sencilla: el mismo pensamiento crítico. Debemos permitir que el niño aprenda mediante el error y la reflexión autónoma, no mediante la memorización o la obediencia.

Debemos permitirle ofrecernos sus propias respuestas sin penalizar la equivocación, la imaginación o la divergencia. Nunca jamás ridiculizarlos, ni usar el chantaje, ni hacerles sentir presionados, ni confundir castigo con consecuencia.

Los niños que piensan por ellos mismos y ejercen el pensamiento crítico cuestionarán lo que les presentemos como verdades morales, normas, ideas, creencias y respuestas.

A veces nos harán sentir incómodos ante nuestras propias contradicciones. Nos revelarán nuestra propia ignorancia y prejuicios. Son maravillosos. Pero para poder acompañarlos nos tenemos que volver nosotros capaces de autocrítica, flexibles y conscientes de nuestros límites.

Nos van a hacer aceptar una idea que nos dolerá: los adultos no siempre tienen la razón. Tenemos que asumirlo y hasta comprender y aceptar que los adultos que nos educaron con amor hicieron cosas equivocadas y nos dañaron. Sin esa capacidad nunca ayudaremos a que los niños desarrollen un pensamiento crítico real, pues este se aprende mediante su ejercicio.

No podemos reproducir en ellos la necesidad de obedecer a la autoridad sin cuestionarla ni negarse a seguir órdenes injustas. No digo que sea más sencillo educar de esta manera, pero desde luego eso si es educar, no adiestrar. Estamos con los niños para ayudarles a convertirse en adultos plenos y responsables, no en súbditos sin criterio propio ni capacidad de desobediencia. El camino es complicado, pero indispensable.

Mireia Long