Es posible y beneficioso educar sin castigar

66e2450972_1466366326099

Lo más importante que tenemos que realizar es tener la seguridad de que el castigo no es una forma efectiva ni respetuosa de educar, no sirve para nuestro objetivo, ayudar a que nuestros hijos tengan comportamientos que no les dañen ni les pongan el peligro ni a ellos ni a nadie.

Los niños nos observan, todo el rato. Y nos necesitan como guía, contención, ejemplo y refugio. Si les hacemos sentir abandonados o humillados la confianza y la seguridad que esperan de nosotros se quiebra y lo único que les enseñamos es a sentir que no estamos a su lado.

Los niños nos observan porque aprenden repitiendo lo que nosotros hacemos. La manera lógica de enseñarles a tratar a los demás es tratándolos nosotros como deseamos que ellos hagan y como deseamos nosotros ser tratados. Y, realmente, ¿a qué me refiero? A que todos queremos ser tratados con empatía, siendo escuchados y comprendidos. Si nosotros recurrimos a la violencia directa o la violencia emocional, al abandono o la humillación, aprenderán que es lo que de ellos se espera.

Pero, atención, eso no significa que haya que dejar que los niños hagan lo que quieran, ni que no respeten a los demás. Nuestra obligación como padres es intervenir y enseñarles que hay comportamientos que no son adecuados. Si los dejamos solos ellos no pueden aprender, es más, si no intervenimos reforzamos esas acciones lo que, a largo plazo, puede convertirse en incontrolable y nuestros hijos ser niños sin límites, maleducados, violentos y sin un concepto claro de que los demás tienen derechos que hay que respetar también.

Y, por supuesto, los niños hacen cosas que no deben hacer. Seguro que tenéis muchos ejemplos, aunque, me temo, no siempre todo lo que esperamos de un niño es justo, viable o adecuado para ellos. Tenemos que tener el valor de repasar nuestras normas y expectativas y hacerlas, de verdad, centradas en el bienestar del niño y no solo en nuestros deseos o convenciones.

La cuestión es clara, si nuestro hijo hace cosas que pueden dañarle o dañar a otros (también a nosotros) hay que intervenir. Pero paciencia, los niños no aprenden a la primera y puede ser necesario repetir y explicar muchas veces hasta que asuman como justa esa norma. Están creciendo y no siempre manejan bien sus impulsos o emociones.

Cuando para conseguir tu objetivo educativo castigas el niño se siente enfadado y se pone a la defensiva, tiene miedo y rabia y eso desencadena incluso reacciones bioquímicas que les hacen sentir mal e interfieren en el aprendizaje. Se olvidan de la causa del castigo, especialmente los más pequeños, y solo sienten una enorme frustración y pena. Pierden la confianza en nosotros y nos mentirán en el futuro. A la larga, lo único que te queda es aumentar la intensidad y frecuencia del castigo.

¿Qué podemos hacer entonces? Establecer límites, pero siempre conectados al niño, ofreciéndole la seguridad de nuestro amor y confianza, explicando con paciencia y de manera adecuada a su nivel de maduración, las consecuencias de lo que estaba realizando para que pueda llegar a entender y aprender.

Mireia Long

¿Por qué castigamos a los niños?

66e2450972_1466279641490

Muchos padres, incluso los que repudian el más mínimo castigo físico y están trabajando intensamente para no gritarle a sus hijos, no encuentran más solución que la imposición o, si son desobedecidos, el castigo.

Realmente se encuentran sin más herramientas que las que han recibido ellos de niños y las que aplica el entorno para educar a sus amados pequeños y lo hacen, sobre todo, por temor a que el niño pueda correr riesgos o agobiados por excesivas expectativas sobre lo que deben esperar de ellos.

Desde la etapa de las rabietas los castigos, más que mejorar el comportamiento del niño, lo empeorarán y se va entrando en una espiral de violencia emocional y oposición que solo conduce a más castigos como manera de educar, algo que, a la larga, no provoca que el niño sea más comprensivo, responsable y motivado, sino que lo alejan de sus padres, le hacen perder confianza en ellos y en él mismo y hace que, para no ser castigado, se acostumbre a ocultar y mentir.

Además, los padres llegan a usar los castigos para razones completamente absurdas y peligrosas, ocultando los problemas de sus hijos que están provocando las situaciones que disturban a los adultos: peleas entre hermanos, falta de cuidado con las cosas, malas notas, palabrotas, despistes y dejadez en la colaboración en el hogar. Todas esas cosas son síntomas de malestar en el niño: necesidad de atención, desmotivación escolar, cansancio, escasez de juego libre y un número de obligaciones y normas que a veces son prematuras en su desarrollo.

Muchas de esas situaciones, además, merecen y necesitan atención de los padres, para reconducirlas escuchando a su hijo que hable sabiéndose en un entorno seguro y amoroso.

El castigo solo aleja al niño de la idea de un hogar confiable. Aprenderá a mentir y ocultar, y, como mucho obedecerá puntualmente por miedo al castigo, y no por convencimiento de que debe actuar de determinado modo. Es decir, no lo hace responsable y consciente, sino que disminuye su autoestima, le hace sentir humillado, viviendo una situación injusta. Al final, incluso, se sentirá una mala persona y construirá una imagen de sí mismo desvalorizada.

Llegada a la adolescencia la confianza se habrá quebrado y explotará en mayor resentimiento, alejamiento y oposición, algo que podría haberse evitado con una educación realmente consciente, abierta y respetuosa, que partiera de conocer y comprender al niño y acompañarlo en la adquisición de modos de relacionarse sanos y pacíficos.

Pero, ¿existen alternativas reales para no usar los castigos? Sin la más mínima duda, así es. Y os lo contaremos.

 Mireia Long

LGTB

e77d4303d8_1460401100779

Los adolescentes LGTB sufren situaciones de acoso escolar en mayor medida que otros niños y, en algunos casos, a eso se va a unir la incomprensión y hasta el rechazo de sus familias o de la sociedad. Esto produce un intenso sufrimiento precisamente cuando mayor apoyo y comprensión necesitan ya que en la adolescencia todos nos enfrentamos a la necesidad de conocernos y ser aceptados.

La familia debería ser, sin duda, el primer espacio donde el niño se sintiera aceptado sin juicios y apoyado plenamente, pues, aunque nuestra sociedad cada vez sea menos homofóbica, la realidad del entorno juvenil no lo es. La escuela tiene un papel importantísmo en esta faceta, pues puede cubrir carencias del entorno social y familiar, o puede reforzar el aislamiento y la represión.

Una de las mejores maneras de educar en la aceptación propia y externa de las personas no heterosexuales es ofrecerles a los adolescentes modelos con los que identificarse. Estos modelos deben ser valiosos independientemente de su orientación sexual, reforzando la idea de que la orientación no define a la persona, huyendo de estereotipos, y también, a la vez, ser modelos que permitan a los adolescentes LGTB idenficarse con personajes históricos o imaginarios que manifiesten claramente una orientación no heterosexual.

Hay muchos personajes que han servido para normalizar y visibilizar a las personas homosexuales y bisexuales y hoy quiero hablaros de ellos, pues, de manera transversal, su presentación puede servir para que los adolescentes se sientan cómodos y puedan expresarse sin temores.

Personalmente adoro al Capitan Jack Harkness y también al actor que lo representa, John Barrowman. Jack es bisexual, o mejor, dicho, pansexual (le gustan también los extraterrestres atractivos), abiertamente seductor, guapo, simpatico y sobre todo, es un héroe clásico. Sin estereotipos sobre lo que se suele presentar como un personaje no heterosexual, abierto en sus relaciones y muy consciente de su atractivo y masculinidad y sobre todo, un ser humano excepcional con el que cualquiera puede identificarse. Un héroe LGTB.

En las series icónicas donde lo encontramos, Doctor Who y Torchwood no es el único personaje, además, que no es heterosexual. La doctora River Song, mujer madura, muy agresiva sexualmente, casada con un Doctor de apariencia juvenil, deja clara su bisexualidad en varias ocasiones. También tenemos a Madame Vastra y Jeny, dos hembras casadas (y digo hembras porque una de ellas no es humana sino reptiliana). La sexualidad de los personajes no les define, es simplemente un aspecto más de su vida perfectamente normal y así se muestra, sin determinarlos ni limitarlos, que es lo que debemos ayudar a que todos los niños entiendan.

¿Nos contáis que otros personajes históricos y literarios podemos proponer como modelos de normalización para los adolescentes sobre la vida y la orientación sexual no heterosexual?

Mireia Long

En el curso de la Pedagogía Blanca te daremos ideas y recursos para introducir temas de valores de libertad y respeto de manera que conecten con tus hijos y alumnos, acercándolos de manera interesante. ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA

Nunca he castigado

e77d4303d8_1460399743944

Me preguntaban hoy, asombrados, si era verdad que nunca había castigado a mi hijo. Ya imagináis las respuestas: “eso es que has tenido suerte y no lo has necesitado”, o “ya verás cuando crezca y se te suba a las barbas”. La mejor, sin duda, es la de quien me argumentaba que si no habia castigado nunca no podía defender que un castigo bien puesto a su debido tiempo no servía para nada.

Aclarando:

Primero, no, no he castigado porque no me ha hecho falta castigar, ya que no considero que el castigo tenga utilidad alguna, por lo que si he tenido un conflicto con mi hijo he usado otras estrategias, lo que ha hecho que su comportamiento no se mueva por el miedo al castigo sino por la voluntad y la responsabiliad. No usar la humillación, la amenaza y el autoritarismo permiten una buena comunicación y una relación basada en el respeto y la confianza.

Segundo, mi hijo es ya adolescente y su actitud es colaborativa, se responsabiliza de sus tareas, metas y objetivos, es respetuoso ya que es respetado, argumenta sus opiniones, defiende sus derechos y deseos, y pide disculpas si comete un error que las haga necesarias. Y no tengo barba.

Tercero, dudo mucho que los castigos bien puestos y a su debido tiempo sirvan para algo, pues los niños que son castigados siguen “necesitando” ser castigados y lo único que realmente aprenden es a engañar, temer y rebelarse en cuanto puedan ante la autoridad injusta. Quizá, usados habitualmente, si sirven, pero lo que logran es personas adultas que se mueven por el miedo, por el temor al castigo y que son sumisos ante la autoridad injusta. Puesto que eso no lo quiero para mi hijo la posible utilidad de los castigos la considero perniciosa.

Si quieres aprender a educar sin castigos a tus hijos o alumnos te vamos a ayudar con muchas herramientas prácticas. ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA.

Mireia Long

La frustración

e77d4303d8_1460399248692

El tema de la frustración es algo que me preocupa desde hace unos años: desde que mi hija cumplió los 13 años y noté un nivel más alto de frustración, propio de la edad, y vi que todo lo que yo sabía sobre ello era poco o equivocado; todos los consejos que nos daban a los padres, todas las teorías reinantes. Me sensibilicé más con el tema y empecé a tomar consciencia de lo que ocurría cuando aparecían estas situaciones, no sólo con mis hijos, sino también con los demás miembros de la familia. Empecé a ser más empática y paciente.

Frustración sentimos desde que nacemos y lo hacemos hasta abandonar este mundo; bien porque no nos atienden, bien porque las cosas no salen como queremos, o simplemente por miedo. Teniendo en cuenta que los niños sienten esta emoción desde bebés y recordando los consejos absurdos de algunos “expertos” que afirman sin tener ninguna prueba que los niños son “pequeños tiranos y nos quieren manipular” cuando lloran y se tiran al suelo en un ataque de frustración, me gustaría apuntar que en estos casos no se trata de “manipulación” (¿hablan en serio? ¿un niño de 2 años sabe tanto de psicología humana y tiene tanta experiencia social como para saber manipular a un adulto?? ¿de dónde han sacado esta conclusión?), sino de sentimientos/sensaciones más básicas, naturales en el ser humano: miedos, frustraciones, necesidades emocionales o físicas, cansancio, hambre, sed…

¿Qué hacer?

Primero, para poder ayudar a nuestros hijos es importante quitarnos de la cabeza los prejuicios reinantes sobre los llantos o enfados de los niños e intentar razonar partiendo de nuestros propios sentimientos y emociones. Todos los tenemos dentro y la lógica nos dice que los bebés o niños también.

Segundo, reconocer la emoción en sí. Parece mentira, pero muchos de los adultos no son capaces de reconocer la frustración como tal y aceptarla como algo humano, por lo tanto algo normal. Nos enojamos con las situaciones que se nos escapan de las manos, con lo que nos molesta, pero no somos conscientes del por qué. Si llegamos a ser conscientes de nuestras emociones ya la mitad del trabajo está hecho.
Un ejemplo de frustración no reconocida: hay padres que se ponen nerviosos cuando oyen bebés llorando (suyos o de otros), pero no son capaces de reconocer por qué. Es fácil, estamos programados genéticamente a ponernos nerviosos al oír el llanto de un bebé para atenderlo y, de esta forma, tranquilizarlo y luego tranquilizarnos nosotros. Para dar más detalles, al oír el llanto de un bebé nuestro cerebro primitivo reconoce la situación como de emergencia o peligro, luego hay una descarga automática de adrenalina en nuestra sangre para darnos energía para huir o resolver la situación de emergencia (la adrenalina es la hormona del miedo y de la acción), y a raíz de esta descarga nosotros accionamos y calmamos el bebé. Por desgracia, nuestra cultura nos impide seguir nuestros impulsos naturales diseñados por la naturaleza y no todos los adultos reaccionamos positivamente cuando se trata de la resolución de la situación. Algunos ni saben lo que les pasa y no saben, por lo tanto, qué hacer. Otros tienen vagancia y no quieren moverse de su sitio. Y otros tienen la idea equivocada que “no debemos atender el llanto de un bebé porque nos quiere manipular”. Ya ahora sabemos que no es así.

Aceptemos nuestro malestar y aceptemos que los niños pueden sentir lo mismo con el agravante que no saben qué es, ni cómo se gestiona. Si nosotros lo reconocemos y lo aceptamos, ellos aprenderán a reconocerlo también a aceptarlo.

Tercero, intentar manejar la frustración y buscar una solución. No controlarla y ahogarla, sino gestionar la emoción y buscar resolver la situación que nos la produce. Si nuestro hijo llora o grita o está enfadado lo mejor es intentar calmarlo primero y luego procurar averiguar qué le ha producido la frustración: ¿tiene hambre, sed, dolor, tristeza? ¿está enfadado porque no le hemos hecho caso antes?  Recordemos que los niños no saben gestionar sus emociones.
Recordemos que los niños no saben gestionar sus emociones son pequeños, son inmaduros, están aprendiendo poco a poco cómo hacerlo viéndonos a nosotros cómo gestionamos estas situaciones. Si les decimos “cállate, niño” no van a aprender a gestionar, sino a ahogar su dolor o a negarlo.

Da igual la edad, desde recién nacidos hasta jóvenes de 18-20 años, todos sienten frustración y muchos están en el proceso de aprender cómo canalizarla; como adultos, nuestro papel es enseñar cómo reconocer, gestionar y solucionar un conflicto interno de este tipo a través de nuestra paciencia y nuestro propio ejemplo.

Si quieres aprender a acompañar a tu hijo y alumno con nosotras, consiguiendo herramientas para comprenderlo mejor, ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA.

Sorina Oprean, tutora de la Pedagogía Blanca

Obediencia y autonomía

11072982_730132313751857_682636470441524410_n

¿Ser un niño obediente es igual a ser un niño “bueno”? ¿Hacer lo que mandan los padres es siempre benéfico para los niños? ¿Son sólo los padres los que saben qué es mejor para los hijos? ¿Los niños no pueden decidir nada sobre su propia educación? ¿Los padres deben ser dueños absolutos de la educación de sus hijos y decidir en su lugar o deben tener el papel de unos maestros-guías que les ayuden a los niños a decidir por sí mismos cómo desarrollar mejor su personalidad y autonomía?

Hace un par de meses unos padres preocupados por la educación de su hijo analizaron en este video  un libro escrito por una madre china sobre cómo educar a los niños de forma estricta e inflexible para sacar lo mejor de ellos. Si nos llevamos por las ideas que le inspiraron a darles esta educación a sus hijos el tema es como mínimo polémico. No es cuestión de occidente versus oriente, es mucho más, diría yo.

Aquí van algunas de las ideas conductoras de esta madre:

No invitar nunca amigos de los hijos a casa a jugar.

Jugar no sirve – es una perdida de tiempo – hay que limitar el tiempo de juego.

No ver ni televisión, ni videojuegos.

Prohibido actuar en obras teatrales.

No tocar percusión. 

No animar a los niños por sus logros, sino decirles que lo pueden hacer mejor. 

No conversar, ni hablar con los niños. A los hijos se les adoctrina, no son amigos.

La felicidad es ser el mejor. Hay que tener éxito siempre.

Estudiar y practicar también en vacaciones. 

No hacer los deberes con tus hijos, la responsabilidad es suya, no tuya.

De entrada me parece que la madre china plantea un adiestramiento a la antigua, según la tradición china, en una época que ya no corresponde con este tipo de “aprendizaje”. Las últimas investigaciones sobre el cerebro, todo lo que aporta la neurociencia, lo que sabemos sobre las emociones, las conexiones neuronales, el papel de las hormonas y glándulas en el aprendizaje, el ritmo individual de la madurez cognitiva y de todo tipo – todo esto hace que el planteamiento de esta señora parezca como poco abominable. Evidentemente las hijas estarán contentas – no han conocido otra manera de criarse y si se les ha adoctrinado acerca del concepto de “éxito” claro que se sienten realizadas. Pero esto depende del objetivo final de los padres.

Para mí hay algo sagrado: el derecho de cualquier ser humano a elegir su propia educación, independientemente de su edad, y el derecho al amor incondicional. Un menor no puede tener menos derechos que un adulto. Ya sé que un niño no sabe exactamente cómo educarse y para ello están los padres, para seguirle en sus intereses y talentos – la guía cariñosa de los adultos cuidadores; no con un adiestramiento agresivo y rígido, sino con atención hacia sus gustos y sus necesidades reales de aprendizaje. Además, la educación supone saber desenvolverse en la vida, por lo tanto necesita vivirla y hacerlo a SU manera.

Vamos, que a mí me parece terrible lo que plantea la madre china. Por dar el ejemplo que mejor conozco – o sea nosotros – nosotros no hemos hecho ninguna de las cosas propuestas por ella y sin embargo tenemos dos hijos maravillosos – vale, no son number one, pero tampoco lo queríamos, la verdad; demasiada presión – muy bien educados, sanos, felices, trabajadores, responsables y disciplinados. ¿Qué he hecho? Pues casi justo lo contrario de lo que propone la señora. He conversado con ellos, los he tratado como a mis amigos – y ahora somos amigos, ellos con 20 y 18 años, yo con 49 – me han acompañado en todos mis quehaceres diarios, en mis problemas y mis alegrías, han aprendido lo que es la vida a mi lado, como madre. Han jugado durante muchos años de su vida, y seguimos en el mismo espíritu, el sentido del humor es sano y te mantiene a flote incluso en los tiempos más negros de tu vida. Han estudiado música a su ritmo y también han ido a talleres de percusión. Mi hija quiere dedicarse a la música de forma profesional; él la ve como una compañera de vida. Ambas decisiones son buenas.

Han tenido y tienen amigos. Los humanos somos seres sociales, vivimos en comunidad; es necesario desarrollar dotes de cooperación y colaboración, no de competición. La competición, como mucho, debería ser con uno mismo. Y esto lo tiene que decidir la persona en cuestión, no sus padres o sus profes. Si un niño recibe una buena educación sabrá competir consigo mismo y querrá mejorar siempre por sí mismo cuando empiece a tener algo de madurez y de sentido crítico. Porque al fin y al cabo, cualquier ser humano quiere llegar a la excelencia, sólo se le debe ayudar en su empeño para que tenga una motivación interior, el mejor motor para superarse diariamente a sí mismo.

Han actuado en grupos de teatro. Para mí el teatro es el super-recurso educativo por excelencia. Permite desarrollar exitosamente varios tipos de inteligencias, la imaginación, la creatividad, la autonomía, la personalidad, la psicomotricidad… aparte de permitir aprender y adquirir un montón de conocimientos de todo tipo, académicos o informales, igual de importantes.

Hemos hecho deberes juntos, y no podía ser de otra forma ya que, al ser educados en casa, estaba clarísimo que los en los estudios académicos necesitarían ayuda, por lo menos al principio.

Han jugado muchísimo. El juego es una herramienta de aprendizaje importantísima.

Han visto películas en la tele – así aprendieron inglés.

En cuanto a las vacaciones… no puedo decir que hemos tenido vacaciones porque me parece que un niño aprende todo el rato. No se puede separar el aprendizaje de la vida real. La vives y aprendes. Estudias, analizas, exploras todo el rato – si se te permite. En “vacaciones”, sobre todo si viajas, aprendes otras cosas; es un período en el que haces otras actividades, ves otros sitios, oyes otros idiomas, conoces otras personas, descansas para poder asimilar lo estudiado… ahogar a los niños con lo mismo que durante el resto del año es, al fin y al cabo, aburrido y poco productivo si es por obligación. Por supuesto que hacen falta muchas horas de práctica si se quiere llegar a la cima, pero una cosa es hacerlo por madurez y convicción personal, y otra porque te obligan los de alrededor.

Y sí, me he entusiasmado con sus logros. ¿Por qué? Porque mi entusiasmo los anima a seguir adelante en sus intentos de hacer algo. Los he animado cuando se han equivocado, los he animado cuando lo han hecho bien. La idea es seguir adelante en la vida, independientemente de los problemas, saber salir de los embrollos dignamente, saber resolver conflictos y saber negociar. Si yo, como padre, no demuestro tener confianza y fe en sus logros, ¿cómo van a aprender a tenerla ellos?

Como conclusión: no quería dos hijos obedientes, no quería “fabricar” dos marionetas domadas como a los caballos de competición; quería ayudar a crecer y madurar a dos seres humanos, dos seres pensantes y con sentido crítico, dos seres responsables y conscientes de lo que ocurre a su alrededor y dentro de sí mismos.

Y lo más importante quizá: el amor que los padres podemos dar a los niños. El cerebro toma forma a raíz de la influencia de las hormonas; hoy en día sabemos mucho más sobre la neurociencia, como ya lo dije. Los métodos antiguos (porque lo que usa la china es eso, métodos antiguos de adiestrar basados en el miedo) ya se sabe que no sirven si queremos educar seres HUMANOS. Sólo hay que echar una mirada en el mundo y ver cómo vivimos y qué tipo de sociedad hemos construido. No hay casi nadie en mi alrededor que esté contento con el mundo que le ha tocado; falta cooperación, colaboración, cariño, inteligencia y sabiduría real, sentido común, sentido del humor – con algunas excepciones, todos somos estresados, asustados, agresivos, traumatizados, deprimidos. Por supuesto no se trata de vivir en un estado de felicidad continua, pero sí de conseguir un equilibrio saludable interior y exterior. Y esto sólo se logra a través de una educación que nos ayude a desarrollarnos como personas, no como robots.

Por último, un comentario: con muy pocas excepciones, cuesta ser un adulto feliz si no se ha tenido una infancia feliz.

Si necesitas seguir aprendiendo a educar conscientemente, ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA
Por Sorina Oprean, tutora en la Pedagogía Blanca

Una generación maltratada

e77d4303d8_1460397282940

El problema fundamental para conseguir cambiar la forma en que educamos a nuestros hijos es que no asumimos que la mayoría de nosotros fuimos maltratados cuando erámos niños. Somos una generación maltratada, hija de muchas generaciones de maltratados. Justificamos el cachete que nos daba nuestra madre porque sabemos que ella no sabía más, justificamos los castigos porque parece que eran por nuestro bien, y cuando somos madres a veces podemos creer que “eso” tampoco era tan malo, a ti te pasó y no tienes traumas (o eso te crees) así que vamos justificando formas de maltrato, las confundimos con establecer límites, y cuando alguien nos dice que no, que eso que tu haces es innecesario y que es una forma de maltrato te entran todo tipo de males.

Ya, es que tenemos que empezar por asumir los malos tratos recibidos en nuestra infancia y adolescencia por parte de quienes más no querían. Ellos no sabían más, pero nosotras podemos aprender y hacerlo de una manera diferente.

Si quieres superar el modelo de educación que te dañó y no quieres repetirlo con tus hijos o alumnos, te ayudaremos. ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA

Azucena Caballero

Aprender a respetar

1484606_802459273185827_651713843004829043_n

No, señores, no. El respeto a los demás no se aprende a tortas, cachetes, gritos y castigos.

Entonces, ¿cómo enseñamos a los niños a respetar a los demás?
Con ejemplo. Con explicaciones adecuadas a su capacidad de razonamiento. Con normas y límites claros y respetuosos con su evolución. Con amor. Tratándolos con respeto. Corrigiendo afectuosamente los comportamientos que dañen a otras personas. Con empatía. Con paciencia. Siendo modelos, estando presentes, escuchándolos, ayudándoles, guiándolos, acompañándolos, negociando lo negociable, permitiéndoles ser responsables. Ganando respeto, no miedo. Siendo una autoridad porque nos reconozcan como merecedores de ella. No delegando en los niños nuestra responsabilidad por su bienestar pero trabajando desde la confianza y la cercanía, nunca con golpes, insultos o desprecio. Reconociendo sus sentimientos y frustraciones pero ayudándoles a canalizarlos sin violencia. No siendo violentos nosotros con nadie. Tan sencillo como actuar nosotros con ellos y con los demás como esperamos que ellos actúen.

Si necesitas ayuda para educar de este modo, ÚNETE a la Pedagogía Blanca.

Mireia Long

No etiquetemos a los niños

e77d4303d8_1460396792075

A. S. Neill dice que es posible obligar a alguien a prestar atención, pero no se puede forzar a nadie a sentir interés.

Si pensamos un poco, esto es precisamente lo que pretendemos de nuestros hijos, de nuestros alumnos que van al colegio a atender cursos de educación obligatoria, queremos que presten atención al aluvión de informaciones que les obligamos a escuchar y, acaso, que finjan un interés que no sienten. Si no lo sienten o no lo fingen les tildamos de “vagos”, “insensibles”, “saturados de información innecesaria”, “aburridos desde nacimiento”, “ignorantes”, “generación estúpida”, “golfos”.

A lo largo de los años he hablado con y he leído comentarios de decenas de padres, maestros y profes, y la mayoría ha usado y usa las palabras que escribí arriba. A veces no sé si entristecerme o enfadarme cuando veo adultos hechos y derechos incapaces de ver el drama de sus hijos cuando se ven obligados a acudir diariamente en tropel a unos colegios con funcionamiento de fábricas para, supuestamente, “obtener una educación que les sirva de adultos”.
Me parece hasta raro que nosotros, siendo adultos, no podamos recordar lo mal que nos sentíamos en el fondo cuando teníamos que pasar por malos ratos en la escuela: las burlas de los profes o compañeros, cumplir con un horario casi de cuartel y con unas normas a veces absurdas, estar durante horas quietos en un espacio cerrado junto a otros 25 o 35 niños amontonados en los mismos metros cuadrados, nervios en el estomago por tener que reproducir en un examen unas informaciones en la mayoría de los casos inútiles, en otros casos en un formato poco interesante y desprovisto de lógica o demasiado teórico…

Sé que hay gente – niños o adultos – que piensan que así deben ser las cosas.

Que educar equivale a adiestrar.

Que socializar equivale a tragar con la presencia impuesta (que no conversación tranquila y agradable con personas elegidas libremente) de muchos niños cualesquiera en un espacio aglomerado sin posibilidad de tener momentos personales privados durante horas y horas.

Que aprender equivale a memorizar.

Y que ser “buen niño” equivale a ser obediente.

Sé que muchos piensan así aunque la realidad no sea esta.
Pero hay también profes, padres y niños que se dan cuenta de lo absurdo y lo falso de estas equivalencias.

He conocido personas conscientes del engaño colectivo en el que vivimos y que aún así, no se atreven a salir de él, les da miedo, piensan que a lo mejor al final toda esta farsa no lo es tanto y que sus hijos necesitan vivir estas mentiras para llegar a ser personas maduras felices. Al final se dan cuenta de su error, pero ya es tarde, ya no pueden cambiar las cosas, la educación de sus hijos se ha perdido por el camino, la relación está algo deteriorada, la adolescencia no ayuda en absoluto a mejorar la situación, todo lo relacionado con la educación se les escapa de las manos y ven que lo que ellos percibían como una farsa sí lo era de verdad.

A estos padres, a estos profes les pediría por favor que actúen si se dan cuenta del engaño en el que vivimos en el mundo educativo convencional. 

Y a los demás, los que se creen que la educación es igual al adiestramiento y se quejan de que los alumnos/hijos “no están motivados” o “no saben aprender” o “estos niños son una generacion de vagos, que lo tienen todo masticado; una generacion que tiene múltiples distracciones que antes no teníamos”, unas preguntas: ¿realmente se creen que un niño interesado por algo no se mueve para averiguar/explorar más en este sentido? ¿han intentado ponerse por un momento en su lugar? ¿se dan cuenta que al forzar a alguien a prestar atención se logra justo el efecto contrario? ¿se dan cuenta que el interés o se siente o no se siente y no lo puede imponer nadie desde fuera? ¿saben que un niño no es un perro al que hay que adiestrar, sino un ser humano con deseos, emociones, talentos y habilidades a las que simplemente hay que permitirles que se desarrollen?
¿Podrían por favor dejar de etiquetar negativamente a los niños de hoy en día y en cambio podrían ayudar más a que los pequeños puedan ejercer de verdad sus derechos a una educación real con información de calidad, un entorno sano y no tan masificado, espacios para respirar y moverse, experiencias vitales interesantes, y no a un sucedáneo mal hecho y dañino?

Si quieres obtener herramientas para una verdadera educación respetuosa y consciente, ahora es el momento. ÚNETE A LA PEDAGOGÍA BLANCA

 

Por Sorina Oprean, tutora de la Pedagogía Blanca