Los castigos escolares como maltrato institucional

Cuando se quiere investigar, se investiga. Lo hizo la Universidad de Texas en 2011 cuando publicó un estudio muy amplio (sobre un millón de estudiantes) sobre el impacto de las medidas disciplinarias en la evolución social de los adolescentes y niños Los resultados son apabullantes. Podéis consultar las conclusiones aquí y el estudio completo, aquí. La conclusión está clara: los castigos son inútiles.

Un tema habitual en los debates educativos y en las cuestiones que nos realizan familias y educadores es el de los castigos: castigos por hablar en clase, por no atender, por no hacer los deberes, por molestar, por desobedecer, por romper cosas, por comportamientos peligrosos, por peleas, por defenderte de una agresión o por ser agresivo. Y los que son insultantes y deberían estar específicamente prohibidos: los castigos colectivos. Los castigos, pese a ser inútiles, se perciben como un mal necesario e indispensable, y como el recurso final para reconducir conductas inapropiadas.

La extensión de los castigos

En la legislación, con el nombre dulcificado, y en los reglamentos escolares aparecen reflejados aunque rara vez queda bien claro como y cuando se juzgan determinadas conductas que se castigan a diario con penas leves, a veces sin pruebas y sin derecho a reclamar.

La respuesta habitual es que si no se castiga y no se aplica el castigo como fórmula conocida de represión de conductas indeseables el educador pierde todo control de lo que sucede en el aula y no se puede evitar que esas conductas se repitan. Y a eso vamos hoy. A desenmascarar la enorme mentira de la utilidad del castigo.

La realidad es que todo lo que se usa para imponer disciplina a los niños es incorrecto, erróneo y solo empeora, a la larga, su comportamiento. Los resultados de los castigos son, igual que en el hogar, contraproducentes. Podríamos decir que el castigo puede servir, a corto plazo, para parar una conducta, para que la víctima sienta que es resarcida, pero la realidad nos demuestra que no es cierto ni eso. Como mucho sirven para que el adulto crea que tiene el control.

Un complejo sistema de castigos y poca claridad

Los diferentes tipos de castigo que se aplican a los niños son la pérdida de privilegios, las consecuencias negativas, el tiempo afuera, la silla de pensar, el negar tiempo de esparcimiento, el aumentar la carga de deberes (con copias absurdas) y, por ultimo, partes y expulsiones. Todo este complejo sistema de castigos a cargo de los adultos-guardianes (en los que, excepto en los casos más graves) se deciden autoritaria y discrecionalmente, sin derecho a defensa, hace que la escuela parezca una cárcel y funcione con un sistema muy parecido.

Menciono su clara inutilidad, son un timo, son un error y son perjudiciales pues, en la mayoría de los casos, no solo no evitan la repetición de conductas inconvenientes, sino que suelen estar ligados a un incremento de dichas conductas. Vamos, que no sirven para nada más que para marcar el camino del niño problemático hacia el aumento de su carácter problemático.

El niño problemático

Es evidente que hay comportamientos inadecuados, disruptivos, molestos y hasta peligrosos que no se pueden permitir. Aclaro esto con contundencia. Pero el que existan esos problemas no significa que cualquier medida para afrontarlos sea justa, adecuada o inteligente. La que se está usando mediante castigos desde luego no funciona.

Dejo para otro tema esas cuestiones por las que se castiga injusta, injustificada y erróneamente, pues serían conductas normales en los niños, que muestran su salud y vitalidad y que demuestran, más bien, que el sistema que se está usando para enseñarles o lo que se espera de ellos no es correcto. Hoy hablamos de verdaderas conductas inaceptables, de niños conflictivos.

Es demasiado común el perfil de niño problemático, con anotaciones en su expediente desde casi el comienzo de su escolarización y comentarios al respecto entre educadores y familias. Los castigos, suspensos, malas notas, expulsiones, van aumentando en frecuencia y contundencia pero muy rara vez tienen un efecto positivo en el comportamiento del niño por ellas solas. Más bien agudizan la conflictividad, etiquetando al niño, haciéndole sentir víctima de injusticias, enseñándole a mentir en vez de a pedir ayuda y provocando que su autoconcepto se vea destruido. Los niños que reciben castigos habitualmente por «mal comportamiento» tienes muchas más posibilidades de llegar a la adolescencia con verdaderas dificultades de integración social, consumo de drogas y hasta delitos.

Negligencia y maltrato institucional

Lo que afirmo es dificilmente demostrable en España donde no existe el más mínimo interés en averiguar un poco más sobre la evolución de estos niños que se convierten en adolescentes problemáticos y que podrán ser adultos que delinquen o que se ven en situaciones complicadísimas en la vida adulta. Pero si los hay en otros lugares del mundo como el que os he dejado para empezar.

Los castigos son inútiles y, por tanto, son maltrato institucional

La realidad es que esos niños, por razones sociales, psicológicas, de neurodiversidad cognitiva o con problemas de desarrollo existen. Pero también es cierto que la escuela tiene la obligación de integrarlos y está legalmente comprometida en ayudarles a desarrollarse. Se trata de un derecho de los menores que la escolarización debe asegurar. La tercera cuestión es que si existen, hoy en día, herramientas, conocimientos, avances en psicología y terapias capaces de acompañarlos para que su integración sea real y efectiva. Por tanto, ¿qué falla para que los maestros sigan usando medidas más antiguas que el Código de Hammurabi y completamente inútiles y contraproducentes como son el tiempo afuera, las tarjetas rojas, las caritas tristes, las expulsiones del aula o la privación de recreo? ¿De quién es la responsabilidad de tamaña irresponsabilidad?

¿Hay algún responsable?

Quiero recalcar lo grave que es que el Estado, por medio del Sistema Educativo, se comprometa a velar por los intereses de los niños y atender sus derechos y que, en las leyes educativas, indique que esos niños tienen derecho a ser atendidos de la mejor manera posible, desarrollarse y recibir la atención adecuada para lidiar y superar sus dificultades pero que se apliquen, de manera generalizada, «pseudoterapias» como los castigos, que está demostrado que son inútiles y perjudiciales. Estamos hablando de maltrato institucional de proporciones incalculables.

Con esto quiero aclarar que el desconocimiento en avances en Psicología y Pedagogía de los docentes me parece preocupante, pero todavía lo es más la negligencia del Estado a la hora de ofrecerles la formación necesaria y los recursos suficientes para aplicar dichos avances. Entiendo que no dotar a los docentes, especialmente a los funcionarios, de conocimientos actualizados ni de tiempo, ratios y apoyo suficiente es una decisión del Estado. Sin embargo, no estaría de más estudiar con interés dichos avances y no rechazar, por conservadurismo o ignorancia, lo que aportan. La incompetencia es un problema con muchas causas, pero sigue siendo una incompetencia aplicar castigos inútiles y dañinos.

Sea culpa del docente o del sistema o del gobierno quien paga es el niño al que se priva de sus derechos y al que, al final, se culpabiliza de la incompetencia de los adultos. Hoy me preocupa más eso que el ego de los adultos, perdonadme.

Las consecuencias de los castigos

La investigación que mencioné al comienzo de este artículo ofreció datos incuestionables. Los niños que estaban diagnosticados con TDHA y TDA solían recibir muchos castigos a pesar de que su condición debería haberse relacionado con otro abordaje. Tratándose de USA también se constataba un mayor porcentaje de castigos en los afroamericanos. Hoy, en España, posiblemente, la pertenencia a minorías étnicas, religiosas, culturales o un contexto social o familiar problemático serán también causa de sobrerrepresentación. En general, los adolescentes que recibían medidas disciplinarias por diferentes temas eran mucho más propensos a tener problemas, después, con la justicia.

Así que, o nos resignamos a considerar irrecuperables a los niños con problemas o tenemos que admitir que esas medidas son inútiles. Si a los niños con mayores dificultades les aplicamos medidas punitivas cada vez más duras conseguimos que las medidas que tengamos que tomar sean cada vez más duras, poco más. No les ayudamos en nada. Los que trabajan con niños y adolescentes problemáticos saben que los castigos no les enseñan nada y no mejoran las conductas a medio y largo plazo.

Esto no se aplica solo a adolescentes problemáticos o disruptivos. Si estamos hablando de niños neurodiversos o con problemas de gestión de la ansiedad, la ira o la tensión que son incapaces de regular sus expresiones emocionales por ellos mismos, castigar nunca será una acción adecuada. Lo que necesitan es acompañamiento, apoyo y medidas pedagógicas y psicológicas que les ayuden a conocerse y a expresarse de otro modo en esas situaciones. Con los niños más pequeñitos, igualmente, los castigos son, sin lugar a duda, inaceptables, violentos y causan un profundo daño, pues estamos penalizando algo que no son capaces de controlar. Los castigos son inútiles y además les están perjudicando y hasta violando sus derechos.

La intervención educativa siempre debe educar

En realidad, los estudios psicológicos señalan que a mayor contundencia de los castigos y mayor frecuencia, los problemas de comportamiento se hacen mayores a largo plazo por más que la intervención pueda tener cierto efecto de manera inmediata.

Controlar y castigar a los niños no les enseña a controlarse por ellos mismos, ni nos ayuda a ayudarles averiguando las razones de ese comportamiento, lo que sería, y creo que es evidente, mucho más deseable. El castigo interfiere en esa investigación de causas y en darle al adolescente y al niño herramientas que pueda usar para mejorar, además de hacerle tener peor autoestima y desconfiar de los adultos que están para cuidarlo.

El objetivo de TODA intervención educativa debería ser EDUCAR, es decir, dotar al sujeto de más herramientas, conocimiento, autonomía, motivación, autodisciplina y mejorar sus habilidades para relacionarse con otras personas y estar en sociedad. Los castigos no cumplen esa función.

Mirela Long

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1 comentario en “Los castigos escolares como maltrato institucional”

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