Las madres y sus Cincuenta Sombras

 

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Estos días se habla mucho en nuestro circulo de las madres y sus “sombras”, una teoría, según Laura Gutman, que dice que cualquier problema que tengan los hijos desde que nacen aparece porque las madres tienen, a su vez, problemas suyos sin resolver. De esta forma cualquier enfermedad o problema emocional que afecte a los niños tiene su raíz en los problemas emocionales que las madres no han resuelto.

No estoy de acuerdo con esta teoría tomada al pie de la letra. Si bien es cierto que el estado anímico de las madres afecta en gran medida al de los niños – lo cual es natural en definitiva porque las madres, por estar tan implicadas en la crianza de nuestros hijos, influimos al 100% en ellos – esto no significa que determinamos tanto en los problemas que se les presenten a los niños. Las enfermedades infantiles no solo son normales en el desarrollo natural de su crecimiento, sino que les ayudan a fortalecer su sistema inmune. Además un niño que pasa por distintos tipos de conflictos emocionales, con la ayuda cariñosa y paciente de los adultos responsables, aprende también a gestionarlos de forma satisfactoria, y este tiene que ser uno de los objetivos principales de la educación. Frustraciones y conflictos emocionales se nos presentan en cualquier momento de nuestra vida, lo ideal es aprender como resolverlos. Vidas sin contratiempos no existen en ningún lado de la tierra y es utópico pretender no tenerlos nunca.

Lo triste de la teoría de Gutman es que muchas madres se la toman al pie de la letra y se sienten culpables de los problemas de los hijos. La culpa no es algo positivo en ningún caso ya que nos sume en la depresión, no nos ayuda a salir del problema.

Para mí el tema más importante en realidad es simplemente intentar ser buenas madres.

Para ello las madres deberíamos:

1. No confundir crianza y educación con doma e instrucción; tener en cuenta que los niños nos observan y nos imitan y copian nuestras actitudes y comportamientos más allá de las imposiciones basadas en el miedo.

2. Dejarles a los niños la libertad de ser como son sin pretender transfórmalos en seres obedientes, y guiarlos en su desarrollo según SU potencial y SUS talentos naturales.

3. Tener paciencia y sabiduría para que los niños maduren a SU ritmo y según SU manera de ser y necesidades.

4. Tratar en todo momento a los niños como nos gustaría a nosotras que nos traten los demás, con cariño y paciencia.

5. Mirar los conflictos como oportunidades de aprender y crecer como personas, renunciando a las culpas inútiles y concentrándonos en los rasgos positivos que tenemos todos, madres e hijos.

6. Velar por su felicidad y salud en todo momento desde que nacen hasta la madurez definitiva, pero dejarles hacer sus propias elecciones para fortalecer su autodisciplina, su juicio y su sistema de valores – dejarles construirse su propio modelo mental del mundo que les rodea. Desde la elección de su ropa o la alimentación hasta la propia educación, no hay motivo alguno para que no se negocie siempre con ellos, sin llegar a imponer o a obligar: dentro de las posibilidades que hay en cada familia, se pueden ofrecer siempre varias opciones para que los niños elijan y sientan que tienen algo de control sobre su vida, sus gustos y sus necesidades, y que no son unos apéndices de los padres, sino seres humanos en desarrollo. 

7. No obligarles hacer algo solo porque se nos antoja a nosotras; existen motivos poderosos para no permitirles entrar en situaciones que afecten su seguridad y la de los demás, pero aparte de estas no hay motivo alguno para otras prohibiciones.

8. Respetar y aceptar con calma las elecciones de nuestros hijos si se trata de necesidades o gustos suyos.

9. No hipotecar su infancia y su felicidad presente por un supuesto “bien” futuro. Ningún niño infeliz se transformará por arte de magia en un adulto feliz.

10. Informarnos siempre que sea posible en cuanto a las mejores maneras de criar y educar dejando de lado nuestros prejuicios, las tradiciones, los “consejos” (bien intencionados, sin duda, pero no siempre acertados) de otras personas.

No hay culpas, solo oportunidades de madurar y aprender, siempre.

Más allá de unas supuestas “sombras” que podamos tener las madres existe nuestro libre albedrío, existen nuestras elecciones para elegir lo mejor para nosotras mismas y para nuestros hijos, existe la voluntad de romper con modelos emocionales y educativos que nos han hecho daño, para buscar y poner en práctica otros más sanos y armoniosos.

De nuevo recomiendo la lectura de los libros de Víktor Frankl, Sue Gerhardt y Erich Fromm. Son libros que nos ayudan a entender cómo funcionan las emociones y los patrones de comportamiento y nos alientan a ver más allá de los prejuicios o supuestas culpas para poder encontrar la felicidad, la armonía y la salud independientemente de las circunstancias que nos rodean. 

En mi experiencia personal de madre sin “sombras” debo reconocer que lo que más me ha ayudado ha sido el amor incondicional hacia mis hijos, la paciencia y el deseo firme de respetar su manera de ser, de actuar y de pensar.

 

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Sorina Oprean, tutora de la Pedagogía Blanca

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