Lo dejan todo hecho un «Cristo»

Lo sé. A muchos nos gusta que nuestra casa sea un pequeño museo de ajuares, muebles caros y brillantes, sin purpurina por el suelo, con las habitaciones a juego con el catálogo de Laura Ashley, rosa o azul (según el sexo)… pero ellos no valoran esas menudencias ni les interesan.

Ellos quieren jugar, dejar montado el Scalextric, el mundo Playmobil, la tienda de frutas o el castillo del dragón en su habitación para jugar toda la semana.

Cierto es que cada vez los espacios son más reducidos y tenemos más cosas. Así que, si dejamos todo por el suelo, no podemos ni caminar. Pero os recomiendo que hagáis un ejercicio de introspección a vuestra infancia o a la de algún amigo o vecino al que “envidiásemos”.

Yo hago el mío:

“Cada semana montábamos en la mesa del salón, la pequeña, la que se usaba para estas cosas, un castillo con las piezas del Exin Castillos. Todos íbamos aportando: más torres, más pasadizos, más altura, una bruja, tres arqueros, antorchas… Teníamos muchas piezas, en unos cubos de cartón del detergente de lavadora.

Siempre había piezas por el suelo y cuando ibas descalzo o con calcetines y pisabas una “gtrksjirkhnolsjdofoehgnkskjkllñ…”

Al final de la semana teníamos una fortaleza increíble!!! Jamás olvidaré esas experiencias.

También había un pequeño agujero en el suelo, junto a la puerta del baño, de algún albañil al que agradecimos que olvidase rellenar de cemento y usábamos de “guá”. Si llegaba la hora de comer y no habíamos terminado la partida se quedaba “parada” hasta después. Nadie tocaba nada. Eso sí, si ibas al baño había que encender las luces y ver dónde pisabas para no encontrarte con la canica traidora que te podía hacer volcar.

Nuestro favorito: las manualidades. Disponíamos de muchas opciones que nuestros padres consideraban apropiadas: recortables, maquetas (hicimos una de trenes escala “n”, de 2m x 1m que una vez acabada colgaba de la pared para ponerla sobre la mesa y jugar en cualquier momento), pintura sobre lienzo, dioramas para los Playmobil, decorar tarjetas, hacer un castillo de cartón, etc…”

Nuestra casa nunca estaba del todo recogida. Siempre había libros, juguetes, material de manualidades o cosas varias a la vista. Eso sí, todo limpio pero revuelto. Éramos la envidia de los amigos del cole. La casa, por la tarde, siempre estaba llena de niños con los que hacer cosas. Y, de mayor, me di cuenta que era porque sus madres preferían que viniesen ellos a nuestra casa que nosotros a las suyas y que se “mancharan” o “descolocaran”.

No puedo tener mejor recuerdo que esas tardes de sábado que, si no estábamos de viaje, jugábamos o hacíamos cualquier cosa en la mesa del salón. Recortar, pintar, pegar, buscar en los libros, jugar… recuerdo, sin duda, el olor de mis pinturas, de mis acuarelas, de las ceras como si estuvieran ahora mismo delante.

Tenemos que dejar a los niños que vivan esas sensaciones. Es importante darle importancia a lo que la tiene. Y que estén horas montando un escenario con Lego, por ejemplo, y tengan que quitarlo para comer es imperdonable.

Tenemos que buscar la manera de que dispongan de espacios en los que tener sus trabajos expuestos o donde puedan dejar, el tiempo que se estime oportuno, sus juegos.

Ese será el equipaje que llevemos para toda nuestra vida, esas sensaciones, esos olores, ese contacto con lo interesante, esas realidades, esa vivencia.

El círculo de Lola.

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