Riesgos de la educación basada en premios y castigos

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En general se tiene una creencia errónea muy arraigada basada en la idea de que los niños, para desarrollarse adecuadamente, necesitan una instrucción (dirigida e, incluso autoritaria) muy intensa por parte del adulto.
Esta creencia forma parte de la cultura adultocentrista que caracteriza a la sociedad occidental y que infravalora las capacidades naturales de los niños. Se interactúa con los niños desde la firme creencia de que el adulto, por tener las capacidades más desarrolladas que el niño, tiene derechos por encima de él.
Se cree, también, que el carácter innato y la forma de actuar de los niños deben ser moldeados a gusto del educador mediante técnicas de modificación de conducta (basadas en premios y castigos) que no tienen en consideración los aspectos emocionales de la persona.
Asimismo, se desconoce, en general, las características del desarrollo evolutivo de los niños, lo cual genera ideas equivocadas sobre las necesidades de éstos y sobre la manera de favorecer el buen desarrollo de los mismos.
Sin embargo, la realidad es muy diferente. Los niños nacen provistos de grandes capacidades que impulsan su desarrollo si se les permite.
No necesitan una instrucción autoritaria e inflexible por parte del adulto para crecer y desarrollarse. Por el contrario, necesitan una figura de apego que les otorgue seguridad y confianza y les acompañe emocionalmente en su desarrollo, sirviéndoles de protección, guía y referente.
Más aún, para un desarrollo adecuado del niño, el adulto debe comprender y dar respuesta a sus necesidades físicas y emocionales, respetando el carácter natural del niño y su ritmo de desarrollo.

La educación basada en premios y castigos: un obstáculo para el desarrollo de la autorregulación

Cuando se cría a un niño basando su educación en premiar las acciones que el adulto considera adecuadas y en castigar las que considera inadecuadas, se está impidiendo de manera absoluta la capacidad de autorregulación del niño.
La autorregulación se define como la capacidad de las personas de modificar sus comportamientos y actitudes en función de las propias necesidades y de las demandas de situaciones específicas.
Así, trata de un mecanismo de adaptación al medio social altamente sensible a las influencias ambientales, por lo que los padres tienen un papel esencial sobre el desarrollo de esta capacidad durante la infancia.
La autorregulación permite al niño desarrollar la capacidad de tomar decisiones, hacer elecciones, confiar en sí mismo y ser asertivo.
Cuando se basa la educación en premios y castigos se está vinculando fuertemente la actividad (física y emocional) del niño acondicionantes externos. De este modo, el niño interioriza que su acción ha de estar regulada por la intervención de agentes diferentes de sí mismo.
Así, el niño adopta un papel pasivo en la toma de decisión, la elección, el control de sus propios procesos y de la regulación de sus necesidades, depositando la gestión de las distintas áreas de su desarrollo en manos del adulto.
Además, se orienta la acción del niño a la consecución de un objetivo (premio) o a la evitación de un resultado indeseable (castigo).
Sin embargo, la eficacia de los premios y castigos sobre el comportamiento del niño no es permanente. A medida que el niño crece, pierde el interés en los premios y el miedo a los castigos.
Para mantener la eficacia de los mismos, los premios deberían ser cada vez más atractivos y los castigos más aversivos. Sin embargo, siempre llega un momento en el que este incremento del atractivo o la aversión se torna inviable y los premios y castigos pierden su eficacia como modificadores de la conducta.

Otorgando a otros el poder sobre la vida del niño

Por otra parte, cuando un niño aprende a actuar en función de condicionantes externos, pierde la posibilidad de desarrollar habilidades personales y sociales propias que le permitan desenvolverse adecuadamente en su día a día.
Desprovisto de estas habilidades (confianza en sí mismo, asertividad, capacidad de autocontrol y de toma de decisiones autogestionadas…), el niño siempre necesitará un condicionante externo.
Cuando este condicionante es impuesto por los padres, son éstos quienes tienen el control sobre su hijo pero ¿qué sucede en situaciones en las que los padres están ausentes? ¿quién toma ese control sobre el niño?

 

En estos casos, el niño queda expuesto al control de otras personas (maestros, compañeros, cuidadores…). Ante la incapacidad de autorregulación, el niño puede ser controlado por todo tipo de personas, con el peligro que esto conlleva para sí.
Mónica Serrano de Psicología Infantil y Crianza con Apego

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