Los niños no son crueles

Mientras los adultos enseñen a acosar y tengan dinámicas de violencia emocional con los niños, ninguna medida, sea en el ámbito escolar, sea institucional, tendrá efecto total o duradero, pues el modelo está ya profundamente marcado como válido en los niños.

Los niños que acosan no pertenecen necesariamente a una clase social desfavorecida, ni vienen de familias con problemas. Los niños que acosan son, generalmente, niños a los que se les ha enseñado a acosar o que han sufrido acoso y, para ser fuertes y no ser víctimas, lo reproducen, sea como defensa, sea como manera de expresar su malestar y su dolor. Pero, ¿qué hacemos los adultos para convertir a los niños en acosadores? Vamos con ello.

Los padres se pueden convertir en ejemplos de lo que hace un acosador. Ellos actúan como acosadores. Cualquiera que haya sufrido acoso laboral, maltrato de su pareja o ex pareja o acoso en las redes, sabe bien lo que digo: insultos, burlas, chantaje, amenazas, críticas despiadadas o comentarios dañinos sobre amigos, vecinos, familiares o sobre cualquier personaje, más o menos público. Se trata de comportamientos muy extendidos. Los niños absorben todo. Los niños asimilan que lo que sus padres hacen es correcto. Luego, lógicamente, digamos lo que les digamos, ellos harán lo que les hemos mostrado que hacemos nosotros.

En el acoso escolar, además, es evidente que se están repitiendo comportamientos abusivos que los padres tienen con sus propios hijos. ¿Qué locura es esta que digo? Si, los “métodos” de educación y crianza que dañan las emociones de los niños, que usan la agresión física, emocional, o verbal, niegan sus necesidades, amenazan, chantajean, insultan, vejan y se burlan del niño son acoso, aunque se intenten justificar.

Si abrimos los ojos y observamos veremos que muchos niños siguen sufriendo agresiones físicas, y no me refiero a palizas, sino a azotes, empujones, ser arrastrados, ser zarandeados o incluso reciben un bofetón. Comparaciones dañinas, amenazas directas de dejar de ser amados, chantaje para conseguir que el niño haga algo que no desea, sarcasmo, palabras duras y hasta insultos, bromas de mal gusto o sencillamente, hablarles sin el respeto que se supone que usamos con cualquier adulto, siguen siendo habituales. No difiere tanto de lo que luego, si el niño hace con otros niños, consideraremos inaceptable, pero es lo que ellos han aprendido que no es tan grave hacer, ya que sus padres lo hacen.

¿Podemos mantener la autoridad mediante la imposición mucho tiempo? Me temo que no. La manera de construir una familia que dialoga es comenzar con el diálogo desde pequeños, incluso cuando tienen dificultades todavía para ese tipo de relación. Con paciencia, con mimo, con atención plena. Sin castigos, ni gritos, ni cachetes. Y, de este modo, también enseñamos a los niños que ser más fuerte o querer sentirse más fuerte no da derecho a maltratar, que sentirse abrumado no da derecho a maltratar, que tener miedo o querer mantener una posición jerárquica dominante, no da derecho a maltratar.

Es decir, si usamos insultos y vejaciones verbales los niños van a actuar de ese modo con otros. También, si los exponemos a la violencia ellos la van a copiar y reproducir. No es necesario usar técnicas conductistas en la crianza y la educación de los niños (aunque sirvan para manipularlos) si los adultos son modelos buenos y no enseñan a los niños violencia, ni permiten que sean expuestos a ella. Podemos matizar que los niños muy pequeños pueden no saber canalizar o expresar sus emociones negativas, pero ahí está el adulto para educar de verdad con ejemplo y empatía, a la vez que se cuida mucho de averiguar, si el niño recibe modelos violentos del entorno.
También, si creemos que nuestros hijos merecen no aprender a ser violentos, debemos exigirnos poner los medios para que nuestros hijos no aprendan violencia de la televisión, otros niños con comportamiento agresivos, la escuela, los maestros o miembros de la familia extensa que pueden seguir recurriendo a humillaciones, gritos, insultos, chantajes o azotes para criar o educar. Si no exponemos a los niños a la violencia, no somos agresivos verbal, emocional o físicamente con ellos, los niños no van a ser agresivos.

La responsabilidad del mal comportamiento es nuestra y, es evidente, que las conductas de los padres en el ambiente familiar o el entorno social y escolar van a reflejarse en la conducta de los niños. Además, sabemos que la violencia afecta al cerebro de los niños, que pegarles les puede causar trastornos mentales y que los vuelve agresivos.

Los adultos y el entorno hacen a los niños violentos. Lo que los niños necesitan es ser respetados y vivir en un ambiente pacífico, no que les hagan más daño por algo que los adultos les han enseñado a hacer.

Los niños no son crueles. Los volvemos nosotros y el entorno crueles. Cada vez que los dejamos llorando de noche en su cuna, cada vez que les gritamos, cada vez que nos burlamos de sus fallos, cada vez que golpeamos su alma con la indiferencia cuando tienen un berrinche, cada vez que les obligamos a besar a quien no quieren besar, cada vez que hablamos despectivamente de ellos o a ellos, cada vez que les decimos que son tontos, o malos, o que siempre se portan mal, cada vez que los tratamos como no deberíamos tratar a ninguna persona, y mucho menos a alguien indefenso y que depende de nosotros. Cada vez que les amamos mal y descargamos en ellos nuestras frustraciones. Los volvemos crueles. Y luego no deberíamos asombrarnos de que ellos hagan lo mismo con otros niños.

Mireia Long

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