El poder del título

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He encontrado por las redes este cartel reproducido en diversos contextos y no puedo resistirme a comentarlo. Con gusto añadiría la autoría y pediría permiso al autor, pero circula de manera anónima así que, por su interés divulgativo, lo comparto con vosotras. Si su autor nos pidiera retirarlo o añadir su autoría, encantadas lo haremos. Bueno, vamos al grano.

 

Los padres, legalmente, son los responsables del bienestar y la protección de los derechos de sus hijos. Solo, si claramente y de manera demostrada, no lo hicieran, pueden las autoridades indicar una limitación de ese derecho u obligación. Nadie, por tanto, debería señalar la orientación educativa que los padres deben seguir, siempre que lo hagan beneficiando al niño.

 

Segundo paso. Nadie puede demostrar, de ninguna manera, que las únicas personas capaces de educar, enseñar y guiar a un niño son profesionales con una titulación oficial determinada marcada por determinado Estado. El Estado asume ese control y, en mi opinión, con la excusa de la protección roba a los padres el derecho a elegir modelos y métodos educativos fuera de un marco estricto y obliga a usar determinados centros en los que solo pueden enseñar los titulados por las normas del Estado. La libertad ha desaparecido. La capacidad de elección, la posibilidad de disentir de un modelo presentado como el único posible y beneficioso, son escamoteadas. Repito, nadie ha podido demostrar, pues es falso, que solo un título oficial homologado por el Estado correspondiente te da la exclusividad de la capacidad de enseñar y educar. De hecho, educar va más allá de la escuela, mucho más allá. En otros países, culturas y tiempo los que enseñaban no seguían el curriculum y la titulación del Estado (Español en este caso, pero podéis aplicarlo a cualquier otro).

 

La titulación garantiza una formación. Pero no garantiza que otras formaciones no sean también posibles. Y desde luego no garantiza otros aspectos: ética, empatía, respeto por los niños, actualización metodológica, comprensión y herramientas para atender la diversidad. De hecho, no garantiza siquiera que no seas misógino, racista, pedófilo o tengas problemas mentales o psicológicos que imposibiliten que eduques adecuadamente. Y si lo dudáis, ojalá pudierais escuchar a algunos educadores en las reuniones de evaluación. Y, como hay que hacer cada vez que criticamos a algunos educadores, añado en mayúscula: ALGUNOS. La mala suerte es que  me he encontrado muchos y quizá tu unos cuantos también.

 

Un tema que me gustaría añadir es el de las formaciones para padres y maestros. Las hay oficiales, avaladas por el Estado. Las hay homologadas, y las hay privadas. La inmensa mayoría de los padres y maestros tienen la suficiente capacidad intelectual como para elegir en qué van a gastarse su dinero y qué buscan exactamente.

 

Curiosamente muchos de esos mensajes críticos, en tono amenazador, minusvalorando la capacidad de las familias para quejarse si algún educador no usa los métodos adecuados o falta al respeto a sus hijos o, sencillamente, de elegir como desean que sus hijos sean educados, suelen poner énfasis en la titulación, como si esta diera un poder omnisciente, incapacidad de errar, justicia y conocimientos actualizados, además de ser portadora de una ideología monolítica sobre qué es adecuado y bueno para cada niño y cada familia.

 

Termino señalando que suele haber un componente misógino añadido a estos mensajes, sutil a veces, directo en otros: las madres, estúpidas e ignorantes, deben delegar en el profesional todo criterio, sea un ginecólogo de cuchillo fácil, sea un nutricionista que se burla de técnicas de logopedas (incluso logopedas profesionales aunque sean mujeres) o nos aconseja no beber para que no nos violen, sea un sanitario que nos dice como sentir la maternidad o dar el pecho, sea cualquier maestro del franquismo que quiere que nadie le dispute su poder.

 

Pues eso, queridos lectores, no os dejéis desempoderar. La titulación oficial no es la única vía de enseñanza y aprendizaje sobre crianza, cuidados de los niños, alimentación, lactancia, partos, aprendizaje y felicidad. Si lo fuera, no tendríamos tantos niños infelices ni tanto fracaso escolar.

 

 

Mireia Long

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