Un paseo por la escuela del futuro, por Helena Saez

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Hoy he estado dando un paseo imaginario por mi escuela ideal, por el sistema educativo ideal. Quizá no vi todo con detalle, quizá no miré todo con lupa, pero paseé por allí, y esto fue lo que me encontré…

 

En primer lugar, decidí llamar por teléfono y entrevistar a los adultos responsables, preguntarles a qué hora podía pasar a visitar la escuela. Me contaron que para educar a un niño se necesita una formación personal y profesional muy profunda, que no vale con haber estudiado, no vale con tener el título. Hay que saber cómo aprenden los niños, hay que saber qué es el respeto, sin dudas.

La directora me contó que el estado les subvenciona, pero el proyecto lo dirigen ellos; me contó que no eligen a cualquiera, que los profesores deben ser capaces de empatizar con todos los niños – de todas las edades – lo máximo posible, y me dijo que, para ello, deben haber sanado sus propias infancias.
Los candidatos a directores son elegidos por el claustro de profesores, y no se presentan al azar, sino que son profesores con años de experiencia y que conocen muy bien las necesidades de los centros educativos, pues deben ser estos quienes actúen como portavoces ante la administración encargada de regularlos. Le pregunté qué necesitan los niños y esto fue lo que me contestó:

– Los niños necesitan profesores que respeten y den importancia a sus emociones y les ayuden a expresarlas. Además, el papel del profesor o profesora debe ser el de mentor/a, el de acompañante. El profesor no sólo enseña, sino que acompaña en el aprendizaje y en la vida. Deben conocer a sus alumnos y ambos deben tener la posibilidad de elegirse mutuamente. Para ello, fomentamos el libre albedrío y la atención personalizada, por lo que contamos con distintos profesores para las mismas áreas de conocimiento.

Investigué sobre qué formación exigían para entrar a ser acompañante de esta escuela, y encontré que los profesores tienen que estar muy bien formados, para hacer el aprendizaje dinámico, libre y – sobretodo – activo, aprovechando los intereses intrínsecos de los niños para introducir otros conocimientos de manera transversal. Deben conocer las distintas características de sus alumnos  y estar preparados para adaptar sus métodos a los ellos, en lugar de tratar de adaptar a los alumnos a sus métodos.

Cuando le pregunté a la directora cuál era el perfil que buscaban a la hora de contratar nuevos profesores, me contestó:

– El profesor o la profesora ideal es aquella que conoce a sus alumnos y sus contextos, les respeta en el sentido amplio de la palabra, empatiza con ellos, les inspira y expone a nuevos conocimientos, les enseña a través de sus centros de interés, sin saturarles, de manera activa y vivencial. Debe saber muy bien lo que enseña, pero sobretodo, cómo aprende la persona o personas a las que enseña, quién es, qué siente…

Cuando por fin llegó el día de visitar la escuela, empecé por darme un paseo por los alrededores, que eran todo naturaleza, y sin embargo, estaban relativamente cerca de la ciudad. Me sorprendió la ausencia de separación entre el área de recreo y el resto del paisaje que rodeaba la escuela. Al entrar, descubrí que, también en el interior, los espacios eran abiertos y diáfanos, no había aulas cerradas, sino que había distintos espacios para distintas áreas de conocimiento.

Otra peculiar característica del centro era que los niños podían campar por allí a sus anchas, tenían libre albedrío, y ellos decidían cuando deseaban asistir y cuando preferían quedarse en casa. Pero allí no sólo había niños, también había padres – e incluso abuelas -, pues eran los niños quienes decidían cuando deseaban ser acompañados por sus figuras de apego y cuando por sus compañeros y mentores. Todo el mundo allí parecía informado de las distintas opciones educativas, puesto que la escuela ofrece cursos de pedagogía y crianza respetuosa para padres (e incluso abuelos!).

Aquel simpático edificio, construido con materiales naturales, era autosuficiente, según me explicaron los niños, que parecían conocer muy bien el funcionamiento del tejado solar. La escuela no se parecía nada a esa gran caja con ventanas en serie que solían ser la mayoría de las escuelas. Además, era un edificio muy luminoso, artístico… Incluso algunas de sus áreas parecían ejemplos de distintas tendencias arquitectónicas. Más adelante, me explicaron que el edificio se había construido así para poder ser usado como referencia educativa en historia del arte.

Me sorprendió gratamente ver que los alumnos tenían una cúpula redonda en la que se reunían en asambleas para proponer y votar las salidas que deseaban hacer durante el curso escolar, pero aun más me sorprendió que la edad mínima para votar fuese prácticamente cuatro años. Todos parecían grandes conversadores, y aunque noté que lo profesores eran maestros en el arte de la escucha activa, no supe – hasta que hablé con los alumnos más mayores – que la comunicación verbal y no verbal eran parte del currículum de libre configuración de la escuela y que además se enseñaba a los alumnos a tomar la iniciativa.

Cuando entré en aquella cúpula geométrica, mitad madera, mitad cristal, un par de alumnas me contaron que lo que en aquel momento estaba sucediendo era parte de una dinámica del curso de facilitación de grupos que la escuela ofrecía periódicamente, además de otros sobre comunicación positiva, asertiva y no violenta. Al parecer, las asignaturas optativas no eran fijas, sino que la escuela contaba con recursos suficientes para fomentar los intereses emergentes de sus alumnos.

En aquella escuela había una gran diversidad sociocultural, puesto que – prácticamente – todo el material que necesitaban los alumnos lo aportaban la escuela y el estado. No había más evaluación que la autoevaluación, pues los exámenes eran excepcionales y optativos, así como las tareas y actividades propuestas, que se basaban principalmente en proyectos prácticos en los que los alumnos tenían vía libre para experimentar, decidir qué medios necesitaban para aprender y dar su opinión, pues se fomentaba el pensamiento crítico y el desarrollo de los valores personales. Cuando pregunté a los profesores por ciertas evaluaciones que había presenciado, uno de ellos dijo <<Cuando se evalúa a un alumno/a, el objetivo es detectar sus potenciales y necesidades educativas, en ningún caso separarle del resto por sus características propias>>.

Otro detalle curioso fue que los alumnos de altas capacidades, los alumnos extranjeros y los que presentaban alguna discapacidad o problema de aprendizaje se hallaban integrados con el resto, dentro de la misma escuela, aunque recibieran atención personalizada.

Mi impresión final, fue que el resultado de ese sistema educativo eran personas respetuosas, empáticas, asertivas, emprendedoras, independientes y seguras de sí mismas, capaces de opinar sobre casi cualquier tema por el que se les preguntara y capaces, también, de dirigir sus propias vidas; eran personas felices que parecían haber desarrollado plenamente todos sus intereses, a pesar de sus diferencias grupales.

Eran una pequeña parte de eso que hoy llamamos utopía…

Autora: Helena Saez, alumna de la Tercera Promoción de la Pedagogía Blanca.

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