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Una historia sobre la Creatividad, por Mónica Álvarez

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Como esto iba de creatividad, me voy a saltar las preguntas y te voy a contar una historia.

Érase una vez dos hermanas, princesas de un reino del norte. La mayor tiene un don, puede crear formas de hielo, crear con sus manos y su imaginación aquello que se le ocurre. Juegan las dos juntas muchas veces, disfrutando del mundo de mil y una posibilidades que se les abre ante ellas gracias al don de la hermana.
Pero un día, en uno de esos juegos, como en los juegos de todos los niños, la hermana pequeña resulta herida.
Los padres hacen lo que hacen los padres en ese momento: asustarse. Llevan a la niña donde alguien que pueda sanarla y toman medidas para que aquello no vuelva a suceder.

Encierran a la hija mayor en una habitación para que aprenda a controlar su don con una premisa: debe controlar sus emociones para controlar su don.

La hermana pequeña despierta y se encuentra sola. No comprende por qué ya no puede ver a su hermana mayor, su amiga, su compañera. Pasa el resto de su niñez sola en un gran palacio rodeada de adultos y sin nadie que le preste, realmente, atención ni que juegue con ella.

La hermana mayor asume su “castigo”, se siente culpable por lo que ha sucedido y, haciendo gala de una madurez mayor de la que tendría otra niña a su edad, asume su soledad e incluso pide a sus padres que no la visiten, ya que sus poderes cada vez crecen más, a pesar de que se convierte en una maestra en controlar sus emociones.

Un día los padres salen de viaje y perecen en un accidente. Las hermanas se encuentran solas, abandonadas a un

destino demasiado pesado para dos muchachas tan jóvenes.
En la ceremonia de entronamiento de la nueva reina se descubren sus poderes y ella huye para evitar hacer daño con él a sus súbditos.

El resto es la historia de dos muchachas en busca de su lugar en un mundo que, muchas veces, no está preparado para acoger a las personas geniales. Si quieres conocer el resto, te invito a ver la película Frozen.

Ahora quería dejarte una serie de reflexiones que me han surgido a raíz de esta historia:
1º. Los adultos en general tiene/tenemos miedo de la genialidad de nuestros hijos. Los padres de la princesa no saben cómo gestionar los poderes de su hija. Vale, hablamos de una historia ficticia, fantástica, pero podrían ser los padres de cualquier niño superdotado hoy en día; o de un niño genial al que se le etiqueta como TDHA; o de cualquier niño que trata de mostrar al mundo su originalidad única e inquebrantable.
Nuestra sociedad busca unificar, hacer iguales a todos los niños, porque en parte existe un miedo a quien es diferente. De esta homogeneización de la población se encarga la escuela, pero no nos engañemos, los padres somos cómplices. Somos los padres quienes nos asustamos de la genialidad de nuestros hijos, de sus posibles consecuencias, porque no la entendemos, porque no somos capaces de imaginar las posibilidades últimas que pueden desplegar en su vida. Es más fácil callarse, hacerse igual que el resto, volverse gris.

2º. Los iguales perpetúan los patrones que ya asumieron. Muchos niños acaban decidiendo apagar sus poderes especiales, porque la presión de los compañeros en la escuela puede más que ellos. Igual que los cangrejos en un cubo que agarran a aquéllos que se quieren escapar arrastrándolos de nuevo al fondo del mismo, son los propios niños en la escuela quienes se encargan de acallar a aquél que despunta y que muestra algún viso de genialidad. Envidia, falta de miras, incapacidad de ver más allá, niños que se rindieron y eligieron dejar también de ser geniales para poder sobrevivir en un mundo adulto que no admite al que es diferente. Los niños aprenden por imitación y acaban haciendo a los demás lo mismo que ellos viven en sus propias carnes.

3º. Muchos niños geniales reniegan de su propia genialidad porque asumen como propia la responsabilidad que en este caso es de los adultos.

Los padres de la historia responsabilizaron indirectamente a la niña de lo ocurrido. A ella y a su poder. La niña asumió esta responsabilidad como propia, y se sometió al castigo con una madurez fuera de lo común.

En realidad no es responsabilidad suya. Cuando unos padres reciben en su familia un niño son responsables del niño y de lo que él pueda realizar. Si el niño tiene alguna aptitud especial es importante estudiar, investigar acerca de esa aptitud y darle las herramientas adecuadas para que pueda aprender a gestionarla y vivir con ella sin miedo a que se haga daño a sí mismo o al resto. Esconder(se) no es la solución. Como tampoco lo es negar y hacer como si no pasara nada. Sólo se consigue que sea el niño quien se responsabilice/culpabilice viviendo con una carga excesiva e innecesaria que le impiden precisamente desarrollar su creatividad y todos sus dones. Como la niña de la historia vive encerrada en una habitación, igual el niño se encierra en sí mismo, enfocándose en ocultar y controlar, y perdiéndose el poder vivir un momento tan decisivo y crítico para lo que va a ser el resto de su vida: su infancia.

4º. Controlar las emociones es lo último que hay que hacer. A las emociones hay que mirarlas a la cara, hablarles, conocerlas, hacerlas cómplices y compañeras. Solamente así se podrá aprender a fluir, a vivir y desarrollar el don, los dones con los que todos nacemos.

5º. Los padres de estas niñas no son intrínsecamente “malos” sólo hacen lo que aprendieron a hacer, lo que vieron hacer a sus propios padres. La educación conductista es como esa habitación en la que encerraron a Elsa, creyendo que de forma mágica, llegaría a dominar su poder. Igual que a un niño se le manda a la silla de pensar para que recapacite sobre lo que ha hecho. El niño se pasará horas si es preciso, pero tal vez las conclusiones a las que llegue no serán las que nosotros querríamos, sino que se “montará” su propia historia tal vez sustentada sobre creencias erróneas que nadie le explica ni le ayuda a corregir.

6º. El adiestramiento conductista no es amigo de los niños ni de sus dones especiales. Es importante buscar romper viejos esquemas y buscar nuevas maneras de educar. Y eso es responsabilidad de padres y educadores:

  • a) Utilizar la palabra y el gesto como vehículo de comunicación. Es importante no dar por hecho lo que el niño siente decidiendo lo que es mejor para él.
  • b) Utilizar la escucha, descubrir lo que realmente ese niño siente y desea para poder acompañarle en su camino de crecimiento y transformación.
  • c) Estar siempre dispuestos a ampliar nuestra realidad y no dar por hecho que tenemos la verdad absoluta.
  • d) Descubrir que a veces “su” verdad es mejor que la nuestra.
  • e) Descubrir en cada niño esa pincelada de genialidad y buscar la manera de potenciarla.
  • f) Ser conscientes del miedo que podemos sentir ante eso desconocido y grande que portan nuestros hijos.
  • g) Hacernos responsables de ese miedo y pedir ayuda, estudiar, hacer terapia…
  • h) Estar dispuestos a crecer con ellos siempre que sea necesario.
  • i) Ser conscientes de que en el camino puede despertarse nuestro propio don.
  • j) Ser conscientes del miedo que puede suscitar descubrir nuestro don.
  • k) Ser humildes para asumir que nuestros hijos pueden ser nuestros maestros en este camino iniciático en la búsqueda de nuestro propio camino de crecimiento y transformación.

En definitiva, “eso que nos hace diferentes”, que es el centro de nuestro ser y del que mana nuestra creatividad es algo que en la mayoría de los casos hay que aprender a manejar y gestionar.

Como decía el poeto Khalil Gibrán, nuestros hijos son las flechas que apuntan certeras hacia un futuro que nosotros no podemos siquiera imaginar cómo será. Nosotros somos el arco que se tensa para enviar la flecha. Nuestros miedos y limitaciones no deberían ser un obstáculo para nuestros hijos; como arcos, debemos estar en la condición óptima para enviar la flecha lo más lejos posible, dándole así la posibilidad de disfrutar del más amplio abanico de posibilidades.

Mónica Álvarez
Psicóloga, Terapeuta de Pareja y Familia
http://MonicaAlvarezAlvarez.com
Para la Pedagogía Blanca

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